CONFESIONES DE LALA.

introducción: Lala es mi alter ego. Quizás el de muchas o el de todas. Es aquel personaje de ficción que a veces nos recuerda, que a veces nos espanta y que en ocasiones hasta nos cae bien.

Lala nació en entradas de facebook y luego su historia quedó inconclusa. En este blog continuaré su travesía. Aquí va el primer capitulo.

CAPÍTULO I.

Digámoslo así. Creo que tengo motivos para reírme de mí misma. Elegí al padre de mis hijos por señales del cielo y conocí el desamor por la libertad de hacer una tortilla (española, preciso, porque la francesa si parecía estar permitida). Y aquí estoy al filo de mi pensamiento y cargada de tópicos eufemísticos sobre lo que es realmente una mierda. Y ya no queda ni el sexo, creo, porque ya hay que ser temerario. Así el amarillo se ha convertido en mi color favorito. Gran símbolo de mi libertad que comenzó a aparecer en mi contradictorio armario. (Porque soy rubia, se entiende, y el amarillo, ya se sabe, no es la mejor opción)

Desconfiar siempre de las señales, que las arma el diablo, sin duda, si es que existe, o quizás las arme un destino burlón, pero que por burlón es tan paciente que te golpeará cuando ya menos lo sientas… o quizás cuando más lo sientas.

No me resulta ridículo encontrar mi emblema en la tortilla de patata. Al fin y al cabo, resulta un emblema válido. Un genial Twitter para leer entre líneas, quien quiera leer y conocer lo no dicho pero previsiblemente oculto.

Y yo en mi relantí de la tercera no se a dónde voy, aunque sé que tengo que seguir yendo, porque hay demasiadas cosas que todavía dependen de que yo camine. Sin embargo, como me he dado al barato esoterismo- y en ello queda el pozo de la desesperación- quizás me interesaría conocer qué cosas dependen de que yo no camine.

Lamentablemente no puedo echar las culpas de esto a Rajoy, porque esta claro que el no menguó las acciones de mi estabilidad emocional, aunque sí la económica. Y todo en realidad es un círculo, vaya, igual, como mi tortilla, sagrada tortilla de patata.

Tras recuperar mi libertad y jugar a los dados mi futuro destino, llegué a Madrid, tras un reciente concurso de traslado (me salió el seis y Madrid era el seis) y aquí estoy dispuesta a surcar la Capital, y esperando que tanto cambio repentino no me afecte a mi ya mermado capital. La pitonisa me dijo que debía elegir una calle amplia y un edificio de número par. Y yo, tan estúpida y supersticiosa, sigo su consejo, y busco mi primer miniapartamento. A veces me digo, que ya no tengo edad para estas cosas. Luego pienso que merece la pena no ser consciente de ello y me desdigo.

Mi primer día de trabajo ha sido de lo más fructífero. Se me ha enganchado la media en la silla (cada vez son más malas) y no me pude levantar en toda la hora de clase, salvo que estuviese gustosa de exhibir semejante tomate. Cuando me ido al baño, y de súbito-sin conversación previa- fui realmente abordada por un compañero, que insistía y persistía que fuese a tomar un café. Huyo al servicio y me digo ¿Será que llevo una lucecita verde en la cabeza? No me lo explico y hasta me da un poco de reparo, pero hay que seguir. Así que me quito las medias y continúo mis clases, como si estuviéramos en pleno verano, que para valiente una ya se las ingenia.

Termino la jornada y puff….el mismito compañero en la puerta. Llueve mucho ¿Te acerco? No gracias, me gusta la lluvia contesto. Pero pienso para mi, no está tan mal el chico, quizás debiera aceptar ese café. Acto seguido se aparece en mi mente la tortilla de patata. Me trae la sensatez !pero si acabo de recuperar la libertad! ¿Por qué perderla tan rápido?. Me voy a mi casa, por primera vez, contenta de estropear mi pelo con la lluvia.

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Me gusta tomar el aperitivo, sobre todo los viernes y los sábados. No voy a renunciar por estar sola, así que, en mi primer viernes, me encamino al bar que tiene mejor “pinta” de todos los más cercanos. Y allá voy a pedir mi caña de los viernes. Tendría que reconsiderar no beber tanta cerveza por eso de la tripa, pero ya está bien de privarse de cosas, con lo buena que está. Olvido tal tortuoso pensamiento y encojo la barriga, que siempre es una buena opción, me miro de perfil en el escaparate de una tienda y me digo a mi misma que no estoy tan mal.
Curioso, un bar andaluz (en el que ofrecen tortillita de camarones y espetos) regentado por un chino. Se llama Li, y está siempre sonriendo, como todos los chinos que tienen un bar. Una canita, dice, una canita…Cañita, le digo, cañita. Y así comienza mi primera insólita amistad en el Madrid del siglo XXI.
Y que entrañable bar. Allí me dan mis primeras lecciones de soltería. Una dependienta de una zapatería, muy avispada ya en estas lides, me enseña la primera regla de oro: Ningún hombre debe subir a tu casa- rolletes fuera- porque lo difícil no es que suba, sino “echarle” después. Me cuenta terribles historias de hombres que se apoltronan, se adueñan del sofá, del mando de la televisión y del frigorífico. Y ¿Cómo los echas? ¿Dime cómo los echas? – me increpa mientras violentamente golpea mi hombro, para que incluso le recabe más atención, lo que a mi, realmente, me provoca miedo atroz.
Me digo a mi misma, no, no, ninguno, al apartamento no sube ninguno.
Li me convence que para cambiar mi suerte lo mejor es cambiar la decoración siguiendo el Feng shui, y el muy gracioso, me regala una brújula, para que compruebe las orientaciones y sitúe a un dragón en la entrada de la casa ¿un dragón?. Si evita las malas vibraciones y debo comprar un dragón Lung, que simboliza la fuerza y la valentía. Menos mal que me ha dicho que puede servir el comprado en cualquier chino de “todo a euro”.

Como comprenderéis, como sigo siendo tan esotéricamente estúpida, me compro el dragón y lo coloco, claro que lo coloco, en la misma entrada de mi casa. Y todos los días lo observo diciéndole, a ver majete, cuando te portas, y me traes la excelencia prometida.

Otra de las grandes lecciones de Lucia, mi amiga la zapatera, es indagar siempre en el Google antes de tener una cita, si es delincuente y lo buscan, o moroso, allí puede salir algo. Ufff……… San Google bendito, ya lo decía Bush, a veces soluciona más que la propia Central de inteligencia. Lucía me insiste en eso de que morosos no, porque solo faltaba a esta edad, que nos encariñáramos y tuviésemos que acabar pagando deudas. Me cuenta también una terrible historia de un antiguo novio suyo al que acabó pagando las letras de un coche, coche, por cierto, con el que luego se marchó sin decir señas (a este no hubo que echarle, parece).

Pero la mejor, sin duda, es la regla de que nunca recibas a un antiguo novio que aparece jurándote amor después de diez o quince años. Pregúntate- vuelve a golpearme en un hombro- ¿Por qué ha tardado tanto? Yo me imagino a Lucia recibiendo tal visita- con la descripción añadida de que después de quince años, el apuesto joven, ya era calvo y tripudo- y no paro de reírme. Me río tanto que casi me atraganto y Li me tiene que traer rápidamente un vaso de agua.

Lo cierto es que risas aparte, tales lecciones me iban a servir de bien poco…

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Me he dispuesto tan impetuosamente a contar mi historia improvisada que he olvidado presentarme. Espero que los que me han leído disculpen tremenda falta, y la excusen debido a mi estado emocionalmente peligroso. Me llamo Adela, Lala para los amigos, y hasta hoy soy profesora de filosofía en un Instituto de Madrid. Ya saben, salió el seis en los dados, aunque yo hubiera preferido Aranjuez ya que es más barato. Y lo sé, lo sé, no resulta ciertamente congruente enseñar lógica y estar tirando dados para elegir destino. Tengo graves incoherencias, lo confieso.

No sé como muchos lo que ocurrirá mañana, o que impulso repentino abordara mi mente. Prefiero pensar que cuando algo falla existe una corresponsabilidad en la elección. No, no, mejor, que esto suena al complejo de culpa, o simplemente que lo que fue en su día bueno, en otro momento ya no lo es. Ah, si, esto me gusta más, todo es movimiento; movimiento propio de un hermético mundo de fases vitales.¿ o de fases lunares?. Lo sé, divago, pero digamos que la tortilla, circular y amarilla, me trajo un nuevo estado- peldaño, que me permite no tener que explicar ni estrujar lo que pasó atrás. Mejor dicho, me convenzo a mi misma para no tener que hacerlo.

Y aquí me veo, envuelta en estos pensamientos, mientras “machaco” a mis adolescentes oyentes con tamañas cuestiones. Mirad, poner atención, intentar para mañana explicarme qué quiere decir Nietzsche aquí: “Qué sucedería si un demonio… te dijese: Esta vida, tal como tú la vives actualmente, tal como la has vivido, tendrás que revivirla… una serie infinita de veces; nada nuevo habrá en ella; al contrario, es preciso que cada dolor y cada alegría, cada pensamiento y cada suspiro… vuelvas a pasarlo con la misma secuencia y orden… y también este instante y yo mismo… Si este pensamiento tomase fuerza en ti… te transformaría quizá, pero quizá te anonadaría también…¡Cuánto tendrías entonces que amar la vida y amarte a ti mismo para no desear otra cosa sino ésta suprema y eterna confirmación! “ . Pobrecitos, pienso para mí- Y para mañana, si yo no he sido capaz nunca de completar la lectura sin sentir un escalofrío ¿También se repetirá el cólico nefrítico que sufrí cuando tenía 34 años?. No lo quiero ni pensar.

Amar y amarte(a ti mismo) para repetirte o clonarte tantas veces como hubiera que rellenar ese infinito. Menos mal que Nietzsche era alemán, y como buen alemán ahí se queda, siempre matizable. Y aquí yo retomo la “matización” celta a ese infinito retorno entendiendo que todo circula y fluye en espiral, se entrecruza y transforma, a través de espacios superpuestos (cuerdas), por lo que no se tendría que repetir constantemente lo mismo, sino que lo finito estaría en los planos y lo infinito en la superposición de estos.

Los chicos me miran con ojos de plato, pensando, seguro, que yo, es decir, que esta profesora está más loca que todos los profesores de filosofía que conocimos antes, y mira que estaban locos.

Termina la clase y mi compañero- recuerdan, el del café y el de la lluvia- vuelve a esperarme en la puerta. ¿Acepta al menos una cerveza ahí enfrente? Acepto la cerveza. Manuel, se llama Manuel, y amablemente se dispone a explicarme todo lo que ocurre en el centro, las intrigas palaciegas, los dimes y diretes, los medios que faltan, los recortes que vienen, y lo mal, y lo mal y mal que está todo.

Me pregunta el tema de mi clase de hoy, y se lo explico. Pero Manuel es profesor de Física. No se acobarda, así que acabo oyendo una larga exposición sobre la teoría de las cuerdas, seguidores- detractores. La filosofía y la física se chocan, interactúan, física y metafísica, explicación y teoría, tiempo y espacio, dimensiones, explicaciones del movimiento, del devenir, del ser. Y como la materia, acabamos nosotros en una pasión inexplicable por la mezcla; eso, si- no olvidé esta vez el consejo- en su apartamento, y no en el mío.

Manuel, Manuel, Manuel, no me importaría que el eterno retorno se cebara preferentemente en esta fase.

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Alguien me ha criticado diciendo que un escritor curtido no es intimista, pero yo no soy escritora ni curtida, por eso me encanta el intimismo. Una forma de ver la realidad a través de nuestros ojos ¿Es que se puede ver la realidad aislada del yo? Cuanto más reflexiono sobre esa idea más creo que todos los conceptos tienen un componente subjetivo. Cuando tú me lees no piensas exactamente lo mismo que yo, por lo que para recomponer la realidad habrá que aunar todos los puntos de vista subjetivos. Y cuantos más, más probabilidad de acercamiento al objeto.

Puntos de vista que se cruzan. No entiendo ciertos proverbios como aquel que nos sugiere seamos como el agua. Li me advierte que estoy equivocada, que hay que confluir y fluir, sentirse agua. Insiste en que no entiendo su significado y trata de exponerme con sus palabras un eterno fluir en el que las fuerzas se complementan cuando la energía circula sin trabas ni sobresaltos. Pero, por suerte o por desgracia, yo no paso de ser una “bárbara” en las huestes de Odín poniendo trabas al destino. Si la entropía es la energía que no puede producir trabajo, ser como el agua significa tener más entropía, lo que para mi implica perder energía transformadora y acercarse a un final irreversible. ¿Pero si a ese final ya vamos a ir de todas formas? ¿No será mejor ir dando “guerra” y con las botas puestas? Mientras pregunto, Li me mira censurándome. Parece mentira que tú des clase de filosofía, me dice y me regala un libro de proverbios que se titula “En busca del camino y la Virtud”, para que lo lea y me instruya un poquito.

Llega Manuel, y mientras pide su cerveza, le pido le explique a Li eso de que a más entropía mayor desorden en el estado de los átomos.

¿Ser como el agua es ser más desordenado? No, no, no, grita Li- y nunca le había oído gritar-Ustedes están realmente locos, locos, no me extraña- asevera Li ahora más enfadado que nunca- que España esté como esté. Locos, locos! ¿Entropía? ¿Qué rollo es esa palabreja? Buda nos indica la virtud. “Fluir como el agua y nunca oponerse”. La flexibilidad y la suavidad son superiores a la rigidez y a la fuerza. Por eso sin la interferencia del yo, pueden verse las cosas externas como son.

Existe también entropía en procesos de orden, señala Manuel. En ciertos procesos de transformación, por ejemplo cuando el agua y el aceite tienden a separarse.

¿Qué Aceite, qué agua, qué tontería?- pregunta Li, quien está realmente molesto con nuestras dudas.

Hay que cambiar de conversación. Manuel entiende mis gestos y comienza a hablar de futbol. Mientras el tono se relaja, yo me quedo absorta en mis pensamientos.

Y yo sigo en mi intimismo, aunque pienso que quizás me convenga abandonar este” yo” cuando me enfrente al próximo horizonte de mis sucesos. Agujero negro de nuestros propios y particulares dramas, de nuestras propias y particulares pérdidas. Y así, en una puerta dimensional abierta a los recuerdos pasados-futuros; en cualquier dimensión de tránsito o momento dramático, recordaré que debo conformarme con fluir y dejar hacer, y en esa especie de resignación- y como no de impotencia (sigo siendo “Bárbara”), quizás se abran aquellas cuerdas que culminan la ecuación universal y pueda volver a compartir aquellos momentos con los que ya se han ido y que el tiempo me fue arrebatando definitivamente.
Ni cuanto duraría ni a dónde llegaríamos. Carpe diem. Dicho y hecho. Es cierto, no me importaba, o al menos yo eso es lo que creía. Y como quiera que un proceso no puede ser ordenado sino por la intervención de otro, aún más rápido y sutil, el mío se vio ordenado por el impetuoso desorden de Manuel, para quien la mente siempre alcanzaba su libertad considerando nuevas estructuras. Y en esta ausencia de repetición nuestra relación tomó un ritmo totalmente anárquico.
Para qué negarlo, y sobre todo desde que he sentido que podría desligarme de todo, sin depender de nada, disfrutaba perdiéndome entre los brazos de Manuel. No buscaba un amigo para filosofar, ni un compañero de viaje, sino un hombre que aterrizase en mis noches de forma que me olvidase, justamente, de que era de noche y de lo que tenía que hacer al día siguiente. Manuel era un hombre de esos, de los que te atrapan a primera vista.
No me gusta el Spa, por esa frenética y esquizofrénica relación entre el frío y el calor. Y a mi, no me gusta el frío. De hecho, soy de las que disfruto con la ducha a más de treinta grados. Pero mientras medito sobre mi Manuel me observo unos pequeños “hoyitos” en mi abdomen ¿ pero esto qué es? Claro, me he pasado con la cerveza, o quizás hago poco ejercicio. Necesitas una sesión de choque, me digo. Piensa y elige, una crema efecto frío del supermercado- que la crisis no nos ha dejado el sueldo para mucho más- y una sesión de spa. Me echo el anticelulítico. Quien no lo haya hecho en alguna ocasión, no ha experimentado la cruel sensación de ser bombardeado intensamente. Es como un montón de inquietantes agujas sobre tu abdomen. Corro por el apartamento- resulta ridículo, ya lo sé- hasta que se me pasa el efecto. Todo quizás por nada, porque los milagros no existen. Y ale, al spa. A ver lo que podemos hacer para coger tono.
Y mientras me estoy poniendo el albornoz sobre mi bikini más viejo, suena el teléfono. Es Manuel. Estoy en el Spa. Pues, muy bien que se viene…¿Pero qué hago?. Si justamente me he traído un bañador horroroso y la claridad- o mi obsesión- hacen cada vez más notorios los desagradables “hoyitos”. Así que rápidamente decido disimularlos con un pareo y me digo a mi misma que no me lo quito ni en la piscina. Pufff……la habitación helada.¿Pero qué he hecho yo para esto?. Aparece Manuel y me abraza. Déjame, que me hielo. Salgamos de aquí. Pero acto seguido me encontraba sobre el hielo dando vueltas con, sobre, bajo, mi Manuel. Una cosa aprendí, que a Manuel poco le importaban los “hoyitos”, y a mí tampoco me impactaba tanto el frío.

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¡No!, no, no- seguía diciendo Lucia sin arrepentirse de que su vino tinto hubiera acabando tatuando mis pantalones vaqueros, ni que mi pelo hubiese sido visitado insólitamente por cuatro boquerones fritos. Calla, que vas a parecer loca, le recriminaba Li, en bajito, para que no lo oyera el resto de la barra. Más, lamentablemente, ya habíamos acaparado la atención de todos. No, no… ¿Para qué tienes esa cabeza? Vamos, que no lo había pensado yo de alguien como tú, que tiene carrera y educación de señorita ¿Es que no ves las pelis de los sábados? ¡Las pelis de los sábados!- seguía con su manía de golpearme compulsivamente el hombro. ¿Qué pelis de los sábados? ¿Qué tonterías?- le dije, mientras agarraba sus manos, las cuales ya se habían convertido en un instrumento peligroso (arroja boquerones y machaca hombros).
Ja…dime que no lo sabes. Que la has pringado guapa con lo de Manuel o es que piensas que eso tiene futuro, pues ya…ninguno. Me decía, con una expresión de seriedad no conocida.
Las pelis de los sábados eran esas películas de sobremesa de los fines de semana, donde la chica americana no incumplía la regla de las tres primeras citas. !Pero menuda cursi estaba hecha mi zapatera!…Me callé, me reí, saqué los boquerones de mi cabeza y comprendí que en la mayor parte de las ocasiones hay que seleccionar lo que se cuenta y a quien se cuenta.
Agradece que no te haya caído la tortilla de patatas, me dice Lucía, sorprendiéndome en su ironía. Tiene razón. Desde luego, hubiese resultado más pringosa sobre mi pelo que los boquerones fritos. Ay…Lucía, esa influencia mediática de las teleseries habrá que pulirla, y muy con mucho. Si, si, pulirla, me decía, porque yo no soy tonta, y como no soy tonta te digo que de una semana no pasas con tu Manuel.
Lo cierto es que a mí no me importaba mucho que Manuel fuera una historia de un día o de una semana, o mejor dicho, a lo mejor hasta me molestaba que fuera una historia continuada. Una relación continuada puede incluso acabar con los mejores mitos. Y ahora, que era libre, deseaba rozar ese abismo trepidante del deseo, sin importar cuanto duraría ni a dónde llegaríamos.

——

Paradigma de contradicción. Si quieres un ejemplo, ahí tienes a un hombre. Cuando le quieres, te atormenta, cuando le dejas, te persigue. Y tú, comienzas de nuevo a ser “la más guapa”, mientras te manda mensajes e insistentes llamadas, que te obligan a cambiar de móvil para evitar un dolor de cabeza. Y para colmo, siempre llama un amigo, con esa intención tan masculina de conciliar lo inconciliable. En este caso Enrique, amigo del alma de Daniel (El de la tortilla de patata, recuerdan) que persiste e insiste que las “mujeres” somos muy “rencorosas”, que “nadie” me va a querer como Daniel, y que “basta ya de hacer el tonto”.
! BASTA!, eso digo yo- elevó la voz. No puedo más. No quiero escuchar más. Se acabó la paciencia. Y la voz de Enrique se fue diluyendo mientras susurraba que era una cabezota, al tiempo que se oía como le comentaba a Daniel “Que hay otro, chaval, que creo que hay otro.”
Pero ni la fatídica sentencia masculina de la existencia de “otro”, en este caso, fue suficiente para hacer desistir a Daniel. Y aquello era realmente una tortura, por no calificarlo casi de acoso, encontrándomelo en todas partes y poniendo cualquier disculpa para hablar conmigo. Llegó a tal extremo que me lo encontré a la hora del aperitivo en el bar de Li.
Debido a mis ideas estrambóticas, obviamente no lo mandé a freír espárragos o cualquier cosa, sino inicie un absurdo periplo para buscarle novia. Así me dejaría en paz, y tan contentos. Creo que en ese momento no resistiría un psicoanálisis. ¿Qué estaba haciendo realmente?. No hacía falta ser muy inteligente para comprender que mi empresa había nacido fracasada. Y no porque no encontrara candidatas, sino porque con mi actitud no le separaba totalmente de mí. Así Daniel entró en una absurda obsesión que yo continuaba alimentando.
Aún así, Daniel se acostumbró a verme con Manuel. Ambos frecuentaban cada vez más el bar de Li, lo que realmente me incomodaba. Sonreía forzadamente cuando los veía- ambos los dos-compartiendo charla y cañas. No es que no crea que sea normal un trato distendido ¿Pero tanto?
El pasado comenzó a estar siempre presente. Yo cada vez más irritable, comencé a tener unas irresistibles ganas de huir a cualquier parte. Por eso el viernes a la salida del trabajo no pasé por el bar de Li. Sabía que allí estaba mi Manuel, pero también estaba Daniel. Ya se encargo Li de mandarme un mensaje para “ponerme al día”. Me subí al primer tren que vi con destino ignorado, y aparecí en un pueblo cualquiera de las afueras de Madrid. Me encontré paseando por sus calles de un lado a otro, hasta que me tropecé con ¡ Daniel! Pero por qué me tienen que pasar estas cosas a mí. Tierra trágame.
Lamentablemente no me tragó la tierra. ¿Qué haces aquí?, preguntaba Daniel. Paradojas del destino. Nada más ni nada menos que había ido a parar al pueblo de su hermana. Os juro que no lo sabía. Y así se lo dije a Daniel. Buscaba aire fresco, nada más. Daniel, en cambio, aceptó mis palabras como disculpa, pero interpretó aquello como un acto voluntario, creyó que le buscaba. Acto seguido sonrió y quiso abrazarme. Yo le aparté. Quiso besarme, y yo le empujé Quiso abrazarme. Yo le aparté.
Y ahí me ven ustedes, corriendo acaloradamente, hacia la parada de taxis de ese pequeño pueblo, buscando mi destino a Madrid, mientras Daniel me gritaba :“No tienes reacciones propias de tu edad”

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Paradigma de contradicción. He aquí una mujer. Mientras regresaba a Madrid en el taxi, no dejaba de pensar en Daniel. Maldita memoria selectiva. Recordamos lo bueno, olvidamos lo malo. Y yo en ese Taxi, presa de contradicciones, recordaba aquella mirada brillante, cómplice en la noche, aquel fuego que nos unía, aquella fuerza. Y sentía nostalgia. Os confieso, hasta llegué a pensar en volver de nuevo a aquel pueblo. Maldita memoria selectiva. Me aferro a mi símbolo, a mi tortilla de patatas. Sacudo mi pensamiento. ¿Es que no te acuerdas? ¿Dónde está tu decisión?.
Qué débiles somos ante la química. La razón no es lo suficientemente fuerte. Ninguno de esos pensamientos, ni siquiera mi amado emblema de libertad, la famosa tortilla de patata, hubiera evitado que ordenara aquel taxi diera la vuelta, salvo la llamada de Lucia- os acordais, la amiga del bar de Li- la cual con un grito estrepitoso, una vez se enteró dónde estaba y a quien me había encontrado, me trajo a la realidad más absoluta con un “ni se te ocurra” que hubiera hecho retumbar la muralla china. Menos mal que los chinos tienen paciencia, y yo también.
Al volver al bar de Li me esperaba impaciente Manuel. Me arroje a sus brazos, pero esa noche, en algún momento, pensé en Daniel. Una lágrima recorrió mi cara mientras la disimulaba con mi sonrisa. Soy de lo que no hay, tengo en mis brazos a un buen hombre y solo me acuerdo del más canalla. Sinceramente va a tener razón Lucía, que estoy de psiquiatra. Quizás no. No dejamos de ser, todos un poco, una constante contradicción.

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