Distinta

 

Los amores de verano

son como la gelatina congelada,

tienen algo de infantil, temprano adolescente

y también esa impronta otoñal, versión tardía

que gusta más de golosinas que champagne.

 

Tú lo has visto,

bordeándote con su sonrisa,

cuando has subido a Instagram una foto tuya

con un corazón de chocolate.

Y hoy, te sientes

tan distinta a todo el mundo,

tan distinta, como hace veinte años

fue agosto para tus padres,

tan distinta como lo son, a pares,

los adictos a la oxitocina,

tan, tan, distinta.

 

Puede que exista una fecha de caducidad

que nos recuerde que el invierno,

a veces, deconstruye las pasiones,

pero, aun así,

es cierto, te lo digo,

eres distinta, sí,

eres imperio

de tus mediterráneas turbulencias.

Sea, pues, pirotecnia entre tu ropa

y mapamundi los amaneceres.

 

Sé distinta

y reincidente

en el acantilado de vuestros minutos.

 

Lo confieso,

yo reincido

cuando, cada agosto,

mi mar es Atlántico, siempre adentro

vestido en tornasoles azulados,

en la marejada de nuestros abrazos.

 

Y, aun me siento,

tan nuevamente distinta,

descubriéndome,

entre los soportales de las rúas,

porque Compostela es una isla,

en los mares de su boca,

y yo la convergencia de sus tronos.

 

El poniente siempre barniza mis miradas,

formateando la memoria de mis versos,

dando paso a la danza

en la floración de los sentidos.

 

Sé distinta,

contamínate de sus atardeceres,

él, quizá, esta noche, dejará sobre la arena

la armadura de su desconcierto,

así que dánzale,

hazte eco,

susurrante,

de todas las dimensiones,

sé cascada sobre dunas,

claroscuro,

esculpiendo la luz.

 

Agosto puede ser el racimo

en las vides de toda eternidad,

coronándote

en el gobierno de los vientos

de venideros agostos, peregrinos,

del sol que desnuda tu cintura.

en el remanso de todas las auroras.

 

 

 

 

 

 

 

 

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