Bukowski

Este mi poema va dedicado a un último maldito. Maestro en ese ver profundo en el reflejo de nuestras miserias. Ahi, va…

Sangrar los dedos,

mientras las teclas absorben la vida

y te devuelven

duplicada

la abrupta sinceridad de quien no posee

ningún emblema debajo de su ropa.

Tus versos sobre mis dedos,

deslizándose,

sobre las caras lánguidas,

esas caras derrotadas

que no comprenderán el juego
de ser artificio en  noches invernales

y nieve sobre el verano.

 Dices que creerán

 que nuestro amor es imperfecto,

porque no han sido capaces

de amar plenamente.

Es cierto,

no hay nada perfecto,

si se siente

y todo es acorde,

si simplemente se asiente

ajeno,

al devenir de las notas redoblando,

la marcha triunfal,

esa indecente caída,

que arrebata la inocencia

bajo un papel de celofán.

La indecencia no está en sorberse el sexo,

ni en abarrotarse del vino más barato,

ni siquiera en la caída libre sobre los adoquines

de la impaciencia,

la indecencia está en no sentir,

más que el odio perfecto.

Los dedos siguen desangrándose

y ya me es ordinaria

su cadencia.


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