La habitación espejo

              Martina Blanco es uno de mis personajes favoritos, por sus capacidades especiales. Algún día verá la luz su historia completa, desempolvada del cajón de los desencuentros, como ella hubiera querido. Sí, “hubiera querido”, porque los personajes de ficción también tienen “su corazoncito”, aunque nadie lo crea. Pero hoy no es el día de contar toda su historia, que ya vendrá, sino uno de sus acontecimientos favoritos.

             Desde muy pequeña comenzó a ver, oír y palpar realidades diferentes. Una de ellas era su habitación espejo. Descubrió que detrás de las paredes, podía existir otro mundo, cuando, al ordenar su cuarto, se le cayó el teléfono móvil, el cual sorprendentemente, en lugar de verse empujado hacia el suelo, conforme mandan las leyes gravitatorias, tomó una velocidad inusitada dirigiéndose hacia la pared, la que dobló como si se tratase de gomaespuma para desaparecer después sin dejar rastro. Y así, como si fuera Alicia tras el espejo, Martina se acercó a la pared, pero lamentablemente no pudo traspasarla. Sin embargo, su teléfono había dejado una pequeña brecha, por la cual pudo mirar qué había hacia el otro lado. Me diréis que es absurdo, qué iba a haber, pues el piso de “al lado”. Pero no, no era eso lo que se veía, sino otra habitación idéntica a la suya, donde se encontraba su anti-ego. Si ella se llamaba Martina, la otra chica se llamaba Luna; si Martina era rubia, la otra morena; si Martina era alta, Luna era baja. Todo al revés.

            Mientras nuestra protagonista miraba por el hueco de la pared, una voz le explicaba.

-Ay, Martina ¿Te sorprende? Son tus realidades diferentes. Lo que pudiste ser y no fuiste, tanto en el proceso que configuraron tus genes- que es lo primero que observas- como en las elecciones que realizaste por tu propia voluntad.

           Acto seguido apareció en escena Emilio, o alguien que se parecía a Emilio, el primer novio de Martina, el cual se dirigía a Luna como si fuese su pareja y preguntaba aquello tan típico como dónde están mis calcetines negros con puntera roja.

-Pues, sí, Martina. Así sería tu vida si hubieses aceptado la proposición de matrimonio de Emilio. Yo aun recuerdo aquel día, teníais casi 17 años y él, tan ilusionado, apareció con un anillo de compromiso. En cambio, tú te quedaste helada y saliste corriendo calle arriba, despavorida. Es que siempre has sido poco romántica, Martina.

– No me enfades- le dijo Martina a la voz- No seas tan…Tú, ya que sabes tanto de mí, podrás entender que lo mejor era huir. ¡Matrimonio a los 17! – exclamó- ¡Venga ya!

           Un cuadro en la pared llamó su atención. Era un pequeño paisaje que dibujó cuando tenía 20 años y que acto seguido decidió tirarlo a la basura, porque le pareció un mal dibujo.

– ¿Y ese cuadro tan malo que pinté? ¿Es también una oportunidad perdida?

– Que sean oportunidades o fracasos depende de ti, no de los objetos. Mi querida joven, cuánto te queda todavía por aprender.

       La brecha de la pared se cerró por arte de magia, el teléfono rebotó y cayó al suelo, como la naturaleza impone, pero Martina ya nunca fue la misma, y siempre pensaba qué pudiera estar pasando en aquel cuarto cada vez que descartaba un proyecto o se decidía a no hacer alguna cosa.

        La existencia de Luna supuso un reto para ella, implicó concluir que lo somos todo. Todo lo que fue nuestro pasado. Aquellos rasgos que vemos y los que no vemos de nuestros familiares y antepasados. Aquellos caminos y decisiones que tomamos, pero también los que no tomamos. Por eso, cada vez que conocía a alguien, con esa habilidad de ver más allá que la caracteriza, podía ver lo que era su vida en sentido contrario.

– No hay materia sin antimateria. Todo es parte del mismo proceso. Lo que vemos, no es la única realidad. Hay cosas que no vemos y son realidad. Nuestra vista es limitada, pero más limitada lo será sino abrimos los ojos y, sobre todo- me increpa Martina sobresaliendo de la página de Word mientras escribo esta historia- hay que buscar la lente apropiada.


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