Geis

Y vos, mi caballero,

qué torpeza,

cuán apacible era su destino,

le esperaban placeres de la carne,

profecía en los labios,

las noches estrelladas en cascadas,

permutando los soles de poniente.

 

Más hubo de romper el sortilegio,

creerme humana, reclamar mis huesos,

pretendiendo confinarme en sus dominios

y apropiarse del fuego de mi boca.

 

Ahora ya es tarde,

ha terminado el juego,

los bueyes de Femen rugen fuerte,

y mis ancestros reclaman que me eleve

con toda la fuerza de su sangre.

 

Y mientras le degrado a vil infante,

un geis le impongo,

de forma inquebrantable,

conjuro o sortilegio,

ninguno de mis rostros será humano

ante la vista de sus ojos.

 

Prosiga, pues, su camino,

ya no hay diosa,

que vaya apiadarse de su espada.

 

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