Alfredo y el mar

A mi padre le gustaba contemplar el mar. Se sentía en paz mientras observaba su inmensidad. Yo, de pequeña, le acompañaba muchas veces. Por eso siempre he creído que las buenas personas, mi padre lo era, meditan frente al mar. Alfredo lo hace y, fruto de ello, nos regala en sus dos últimos poemarios “Entre tú y el mar” de la editorial Lastura y “Territorios” de la Biblioteca de Autores Manchegos, sus bellas impresiones. Ninguno de ellos tiene desperdicio, los poemas están tan cuidados que se revelan desnudos ante la belleza. Una belleza de la cotidianeidad de los días frente al mar, pero a la vez cargados de la misma profundidad que su mágico elemento.

  El jueves pasado presentó con éxito su pequeño vástago “Territorios”, de la colección literaria Ojo de Pez y que formará parte de la Biblioteca de Autores Manchegos. Pudiera hablar de sus cuidadas metáforas, de su suave y armoniosa versión sobre el amor, la familia y las eternas preguntas que siguen sobrecogiendo a los hombres más sabios. Sin embargo, quien me conozca sabe que hay algo a lo que no me puedo resistir, y es la búsqueda del código, la pauta, que, al destilar sus versos, nos ofrece el fruto de su mejor vid.

  El primer poema nos anuncia su propósito: hacer 30 poemas que hallaría en el mar, pero no sin conquistar el aire, sin andar la arena, sin abrazar la sal, seguir la bella figura de una palmera, para conjugar sol, cielo, viento, agua y tierra, creciéndose en horizonte. Un propósito que cumple sobradamente en los bellos poemas que le suceden, pero que no parece cumplir en su número, pues son nada más ni nada menos que 52, si no he contado mal.

  Pero observemos más allá de dicha aparente contradicción. No es ajeno al 30 la palabra propósito, porque no hay propósito que no pueda cumplirse sin un orden y dicho orden no deja de favorecer una nueva ordenación de la que es camino y es progreso.

  Alfredo en este poema inicial nos conjuga los elementos, agua, sal y mar, aire y viento, tierra, playa y arena. En lugar de fuego, y arraigada a tierra, la palmera, que avista sol, cielo y horizonte, porque la montaña fluye y es cambiante, en cuanto no limitamos el pensamiento.

  Y comienza Alfredo un camino de versos tras la luz, en los que todo es uno y nada existe de forma aislada. Un poeta asombrado por la tarde, al que disgusta se tapen las ventanas, porque hay que transcender de lo que ves para encontrar lo que se supone.

  Alfredo elige para culminar su segundo capítulo un poema reflexivo sobre el vaivén entre las dualidades de la vida. El eterno vaivén que nos avisa, el mar como género y como vientre, que hemos de hallar ese lugar apartado de los tormentosos vórtices, para coronar la luna.

  Un cuidado poemario en el que no faltan propuestas originales y que recomiendo a todos.