El espejo de la pareja

Juana era la mujer de su vida. Siempre alegre, sonriente, llevaba el optimismo en los genes. Justamente lo que a Luis le faltaba, que era un hombre tímido, callado y con aspecto triste. Cuando se casaron pensó que sería para toda la vida, ¿quién no querría pasar toda la vida con Juana?  Eran muy jóvenes y tuvieron que afrontar muchas dificultades, dos sueldos escasos, dos hijos y muchas facturas. Pero eran felices sin necesidad de viajar al extranjero o pasarse el verano en una playa paradisiaca. Ellos se conformaban con un paseo matutino por el Retiro y tomar un agradable aperitivo en una terraza.

 Luego vino la adolescencia de los muchachos. Lo cierto es que no salieron buenos estudiantes. Muchas discusiones. Ella más blanda con sus debilidades, él decepcionado porque hubiera anhelado aprovechasen la posibilidad de estudiar, algo que Luis no había tenido.

 Con el tiempo, los jóvenes díscolos se hicieron hombres y se buscaron la vida en Londres, haciendo cosas que ni Juana ni él entendían mucho. El mayor, se dedicaba al tatuaje. Quién iba a pensar que hacerse tatuajes se iba a poner de moda. Llevaba la cabeza teñida de color amarillo, como si quisiese ser un pollo. Eso le ponía enfermo, pensaba que hacía el ridículo y todos los ingleses se iban a reír de él, pero Juana siempre decía que ellos eran viejos ya y no entendían la vida de hoy. El pequeño trabajaba en una empresa haciendo uñas artificiales de diseño. A la gente joven le gusta llevar dibujos de bosques y de lunas en las uñas. Luis pensaba que era un trabajo poco masculino, pero su Juana siempre le recordaba que era un anticuado. Ella decía que era un sexista. Qué palabreja, pensaba, para recriminarle que era un poco machista y trasnochado.

 Aun así, eran felices, bastante felices, lo eran…

 Luis se seca las lágrimas cuando recuerda esos momentos. Ahora no lo eran. No sabe cómo ni por qué un día su Juana se levantó con mal pie y comenzó a quejarse por todo, que si nunca le había hecho un regalo, que si no era detallista, que si iba siempre a lo suyo, que si…Una larga retahíla de reproches, tan grande como el universo. Él al principio contestaba y surgía una discusión cada vez más dramática. Luego pensó en callar y otorgar. Así que un día llegaba con una rosa, otro día con una caja de bombones… Pero a su Juana nada agradaba. Y comenzaba la lista de los que si…y que si…

 Desistió, quizá por su orgullo, y optó por no hacer nada. Y eso, hoy piensa, fue la peor decisión que pudo haber tomado, porque Juana se ponía como una energúmena. Se había ido aquella sonrisa de todos los días, las bromas, los besos a escondidas de los niños. Todo se había esfumado de repente, hasta los niños. La casa ahora era un lugar inhóspito, donde solo Nicolás, el perro caniche que había adoptado, parecía recibirle con agrado.

 El lunes pasado perdió la cabeza. En una de esas ya rutinarias trifulcas la insultó, le dijo de todo, lo que pensaba y lo que no pensaba. Se asustó de su propio comportamiento. Él siempre había sido un hombre prudente. Por lo que ahora estaba en una consulta de psicología.

—¿Qué pensó Juana cuándo usted la insulto? —preguntó el psicólogo.

—No lo sé, supongo que pensó que era un ser despreciable. Bueno, creo que eso ya lo pensaba. En realidad, ella se rio.

—¿Se rio?

—Sí, a carcajadas.

—¿Usted siempre ha sido feliz con Juana?

—Sí, mucho. Yo querría que volviera todo a ser como antes.

—¿Y sabe usted lo que piensa Juana?

—Pues que soy un mal marido…Eso es lo que dice, ¿no?

—Yo se lo pregunto a usted. ¿Es usted un mal marido?

—No sé, habría que preguntárselo a Juana.

—Y si yo le contase que su Juana es la misma de siempre, la mujer sonriente y optimista, y que lo que usted está viendo no es ella. ¿Se lo creería?

—Me dice que estoy loco. Eso, no. Lo que estoy contando es una verdad como puños. No sé cómo agradarla.

—Ha oído hablar de la ley del espejo…

—¿Qué espejo? En casa tenemos muchos.

—No, me refiero a otra cosa. Lo que a usted le está llevando a un infierno, también es parte de usted mismo.

—¿De mí mismo? Claro, no sé cómo agradarla.

—No, no hacia ella, sino hacia dentro. ¿Sabe usted como agradarse?

—¿Agradarme a mí? ¿para qué? Yo me conformo con poco. Bueno, con ver a mi Juana feliz.

—Pues eso es el problema. Su Juana también se conforma con poco…

—¿Con poco? Si le compro regalos, no le gusta. No quiere flores, no quiso ni un anillo de oro blanco, que mis cuartos me costó en la joyería…Yo no sé lo que quiere. ¿Usted lo sabe?

—Creo que sí. Juana quiere verle feliz.

 En ese momento a Luis se le abrió la mente. Como si el castillo de naipes que había construido se derrumbase y hubiese que volver a edificarlo. Juana quería que él fuera feliz.

 Llegó a su casa. Juana estaba apagada y triste como siempre, pero esta vez el le saludó con la sonrisa más grande que pudo fingir. El psicólogo le dijo que a veces las cosas no salían al principio, pero estaban dentro. Él quería hacer feliz a su Juana. Por ello tenía que esforzarse a hacerlas, sin pensar mucho si podía o no sonreír. Era como si llevase un montón de sonrisas metidas en un tarro con la tapa bien cerrada y fuera su propia mente la que no dejaba abrirla. Así que tenía que sonreír y, con el tiempo, la tapa se abrirá como por arte de magia y le saldrían todas las sonrisas del corazón.

—Muy contento vienes hoy.

—Sí, muy contento — La abrazó.

—Quita, quita, que estamos viejos ya para ese jueguecito.

—¿Vieja tú? Si nunca envejeces…

—No seas mentiroso.

—Pues yo no estoy viejo. Y como no lo estoy, me he pasado por la agencia de viajes. Nos vamos a Londres quince días a ver a los chicos.

—¿En serio?  —A Juana se le iluminó la cara.

—Sí, mujer, sí. Ya es hora de espabilar los ahorros de la cuenta. ¿Para qué sino los queremos? Esto va a cambiar, Juana. No me voy a privar de lo que quiero hacer y no voy a privarte de compartirlo conmigo, si es lo que quieres…

—¿Cómo no voy a querer estar contigo, zalamero?

  Y así, entre risas, se abrazaron, comiéndose a besos, mientras hacían las maletas.

Érase una vez la tierra y la rueda de la fortuna

Antes de que la tierra me hablara,

yo anhelaba mantener indemne

un cuerpo de sirena,

el cabello de amazona

y la ancestral espada que tutela

las puertas de la noche.

Antes de que la tierra me hablara,

yo era eterna viajante de la noria,

donde la fortuna gira tras el vértigo

depredando sus hijos, marchitando

los ojos vendados del olvido.

Y atada con sus monstruos,

 como  si fueran míos,

soñaba con la suerte del arriba,

temía la desgracia del abajo,

en ese mapa que dicen es destino.

Pero cuando giraba bien abajo,

la tierra me llamó,

me dijo: Salta.

¿Por qué sigues atada ahí?

¿No es absurda esta rueda?

La fortuna gira, y tú la llamas karma,

la fortuna gira, y tú la llamas suerte,

la fortuna gira, ahora ya es desgracia,

el silencio, la angustia, eso que no llega

…eso que te atrapa.

Salta. Pisa mi tierra que te envuelve

y te hace inmune a la gravedad.

La vida es otra cosa. Y es más simple.

Pero los habitantes de la rueda,

precisan alimentarse de tu engaño.

La seguridad que te prometen es vacua,

su corona no es clara y sus aspas

no son más que senderos tortuosos

que vienen a restarte lo que intuyes.

Lo que te impones ser y lo que se te impone,

no es mas que un no ser desconectado,

devorado

por los depredadores de tu ausencia.

Salta. Regrésate.

Por lo que más quieras, sé libre

Y permítete ver gigantes en molinos

y Dulcineas en tabernas.

Tan dentro de ti esta la memoria

del agua primordial y de mis vides.

La espiral, el torque, y esa hierba

que hace crecer la confianza,

una magia tan poderosa,

que borra de un palmo toda distopía.

¿Ves la semilla? Ya está creciendo

en cada corazón…

Me desaté del tiempo y del espacio,

dejándome caer, tocando suelo,

apegada a la tierra que es la madre.

Y ajena al movimiento de la noria,

pude escuchar su bella sinfonía.

Y danzamos, danzamos…

Adéntrate en una historia mágica: Los extraños ojos de Marina Bao

Mi nombre es Marina Bao. Crecí entre magia y leyendas de la mano de una meiga mentora, quien me hizo heredera de su linaje mágico: El linaje del trébol. Una forma de mirar el mundo reclama su lugar y nos invita a ser partícipes del cambio.

Mi linaje no es único en el mundo. Sé que hay más y que cada uno de ustedes pertenece a uno de ellos. No es casual que me esté leyendo en este momento.

En cada siglo surgen nuevos linajes, a partir de los manuscritos antiguos que se han ido pasando por generaciones de transmisores hasta que llega su turno. Un viejo manuscrito refiere que todos los libros fueron elaborados por un alquimista italiano del siglo XV.

Cada libro tiene dos candados. Estos candados se utilizan para desaparecerlo y evitar que caiga en manos no deseadas. Si advierten el peligro se adhieren, como si fueran imanes, a sus solapas, hasta que lo tornan invisible. Los candados hay que ganarlos, superando unas particulares pruebas, y son entregados a su siguiente propietario, por su anterior, cuando considera que está preparado para recibirlos.

No existe una regla sobre el número de transmisiones que se necesitan para completarlo. Si el propietario no ha logrado hacerlo, debe entregarlo a su heredero, quien se encargará de su cuidado.

Los amuletos fueron creados en un taller de joyería veneciano y comercializados en las diferentes ferias de la época. Cuando el libro ya está destinado a alguien que posea un amuleto, está permitido utilizar la magia para hacer que se reencuentre con los poseedores de los otros tres, siempre que sean igualmente merecedores de los dones del libro mágico.

Así que si en sus manos tiene un libro semejante o un colgante misterioso, consérvelo; todo tiene una razón y la descubrirá.

Hay personas que se empecinan en poner en todo lugar la razón. Niegan todo lo que no ven y no tocan. Otras se empecinan en buscar respuestas esotéricas a todo lo que viven, desdeñando toda razón, aunque saben que no ven ni tocan nada diferente. Pero nada es realmente como lo percibimos. Si no abrimos nuestra mente, no podemos reconocer el camino interior, el camino integrado en la naturaleza, el camino que te lleva a la colina, donde nuestros ancestros veneraban su energía, humedeciendo sus pies descalzos sobre la hierba.

Nosotras, desde que nacimos, percibimos otra realidad y tuvimos que acostumbrarnos a ello, con las dudas, los miedos, preguntándonos si nuestra mente podría funcionar mal. Lúa, Aurora y yo vivimos como cualquiera. Lo que nos diferencia del resto es lo que no contamos, porque no sabemos si siempre va a ser bien entendido o nos mandan directas a una consulta psiquiátrica. Pero ocultar lo que se vive no es del todo bueno. Esta es una de las razones por las que me decidí a contar mi historia, que es también la historia de tres amigas que debieron vencer la carga que les impuso el linaje del trébol con la ayuda de su sensibilidad.

Los extraños ojos de Marina Bao. Mundos Flotantes editorial.

@todos los derechos registrados.

 Desde las raíces de la naturaleza, la tierra, en un diálogo espiritual, confluye un thriller psicológico en el que la magia es también psicomagia y que se trata como una forma diferente de mirar la vida. Escrita en primera persona, la protagonista narra su aprendizaje para lidiar con capacidades que parecen paranormales pero que no son narradas con esa connotación, sino superando dicho concepto y sin etiquetas.

 Misterio y aventuras. Una novela para adultos, pero que también permite su lectura a los más jóvenes.

Mundos Flotantes editorial presenta la novela: Los extraños ojos de Marina Bao

Marina tiene unos extraños ojos que le llevan a observar la vida de una forma especial. Desde muy pronto comprenderá que no son tan extraños y no es la única.

¿Eres una persona altamente sensible? ¿Te gustaría adentrarte en una historia mágica y a la vez real?¿ Y disfrutar a través de la magia de tu forma de ver el mundo? ¿Acompañar a Marina cuando se enfrente a su particular reto y elegir tu propio linaje?

Sigue la historia del linaje del Trébol de cuatro hojas: Los extraños Ojos de Marina Bao.

Disponible en librerías y en sus web de venta on line.

No hay peces de colores

Hoy he estado en el mercado del sentido

y no hay peces de colores.

Había un puesto de algodón de azúcar

y color rosado.

Una mujer extendía su mano,

invitándome a probarlos,

prometiéndome

un finito sabor dulce,

para mí quizá demasiado empalagoso.

En otro puesto se vendían flores,

cortadas, simétricamente colocadas,

para morir en un jardín oscuro,

sin servir de alimento

a las mariposas blancas,

 vendidas

a cuarenta céntimos

en cajas de madera.

Un hombre, desde lejos,

me ofrecía un linimento,

la pócima milagrosa,

para calmar todas las dolencias.

Un manjar alquímico,

que prometía ser pasaporte a las estrellas.

Hace tiempo que no busco linimentos,

ni tiritas sobre cualquier herida.

Huyo de todos los placebos.

Prefiero mi dolencia, el corte limpio,

limpiar mi propia sangre,

quemar las lágrimas,

en cualquier hoguera del silencio,

a una cortina de humo,

donde abrasarme por dentro

y no encontrarme.

Un librero me dijo que sus libros,

serían como un pez sobre mis ojos.

¿Y si todo lo que estuviera escrito

no fuera sino una lente deformada,

un sucedáneo,

siempre mediatizado por las sombras

de quien osó a interpretarlo entre sus noches?

Yo busco el pez, la letra originaria…

y a veces, confieso, que desisto

pensando que, quizá, no existe

ese estanque donde posar los pies

y detener la mente

para liberarse de cadenas.

En el mercado del sentido

no hay peces de colores.

Una vieja mujer

caminaba despacio

casi arrastrando

un pesado cesto de manzanas.

Ella pasó a mi lado

y me miró,

tan detenidamente,

que pude leer en sus labios

su advertencia:

“Los peces de colores

 que tú buscas

no habitan en estanques,

sino en las aguas más profundas,

quizá, la más turbulentas.

Es mejor no buscarlos,

o puedes naufragarte

o desangrarte”.

Y en ese momento

pude observar un mar, adentro,

y las profundidades abismales.

No me importó arrojarme

entre sus aguas.

¿Quién quiere seguridad

cuando,

en el mercado del sentido,

no hay peces de colores?

Zapatos

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Siempre le habían dicho que, en el día, había horas propicias para encontrar el alma gemela. Por eso, cuando Simón, estaba esperando que el semáforo se pusiera en verde, observaba detenidamente el tránsito de los peatones. ¿Sería capaz de reconocerla a primera vista?

    Era 8 de septiembre. Atardecía. Los rayos de sol caían despacio jugando a iluminar el paso de peatones. Simón interpretó aquello como un buen augurio. Una joven cruzaba la calle de prisa. Las miradas se rozaron. Sintió fuego. Era ella, ella…

    ¿Cómo sería capaz de lograr encontrarla? No sabía dónde vivía ni dónde trabajaba. Si estaban de verdad predestinados, se volvería a encontrar con ella. Pero pasaban días, meses, y no ocurría nada, hasta que un día, paseando por una calle comercial, vio a aquella muchacha ordenar los zapatos en el escaparate de una conocida zapatería. Era ella, sin duda. Ella colocaba los zapatos con tanta delicadeza, dejándolos perfectamente alineados que ni el mismo lo haría mejor. A Simón le incomodaba la gente que no cuidaba sus zapatos. Su abuela le había prevenido: Alguien que no coloca bien los zapatos no está equilibrado. No contendrá sus emociones, será reactiva y su vida será un tormento.

     Nunca viene mal tener unos zapatos nuevos. Así que entró en aquella zapatería, dispuesto a conocer su alma gemela. Se llamaba Sara y era perfecta. Pronto comenzaron una relación que culminó en matrimonio en pocos meses. Amor a primera vista. ¿No hay mejor señal de que las almas están predestinadas?

    La convivencia no fue como esperaba. Cuando Sara llegaba a casa, dejaba los zapatos tirados por todas partes. Decía que ya tenía bastante con ordenarlos todos los días en la zapatería. Al principio Simón los colocaba cuidadosamente, pero poco a poco se fue cansando. Esos molestos zapatos de tacón invadiendo el dormitorio por doquier, en cualquier parte. Definitivamente no era su alma gemela. Pero, ¿Qué podía hacer? Lo mejor era divorciarse y emprender de nuevo la búsqueda, antes de consumirse en una vida sin sentido.

    Simón tenía confianza con un sabio rabino. Le consultó su problema, pero el rabino no le dijo lo que Simón pretendía escuchar. “No estás preparado, para divorciarte. Debes seguir tu camino, si no toda mujer que encuentres será la misma. Debes esperar y si no ocurre en esta vida, quizá en otra merezcas encontrar tu alma gemela”.

  ¿Pero cómo confiar en esa afirmación? ¿Y si no hubiera otra vida? Aquello era como pedir que renunciara a su felicidad. Además, si hubiera otra vida ya no recordaría nada de esta, por lo que su “sacrificio” sería inútil. Simón no dejaba de dar vueltas, una y otra vez, a las palabras del rabino.

   Pensó cambiar de religión, pero casi todos, sacerdotes y pastores, le seguían diciendo lo mismo, que no debía divorciarse. Simón se encontraba cada vez más perdido y molesto ¿Era justo exigirle semejante sacrificio?

    Simón tomaba café todas las mañanas en un bar cercano a su trabajo. Un día encontró cerrado el establecimiento. De vuelta al trabajo y molesto por el cambio que la causalidad estaba imponiendo en su rutina, se cruzó con una mujer rubia, de largos cabellos, a la cual miró profundamente. La siguió. Trabajaba en una panadería y colocaba los panes meticulosamente ordenados, tan simétricos, que cualquiera diría que era su propio espíritu. Es ella, pensó. El rabino se equivocaba. Ella estaba ahí delante de sus ojos.

   Simón se divorció de Sara y se arrojó a los brazos de María. Tras un año se casó con ella y los zapatos de tacón desordenados, caídos por doquier, volvieron a ser la estampa cotidiana de su dormitorio. Simón tuvo dos hijos con María, de la cual terminó divorciándose.

   Unos dicen que Simón sigue buscando a su alma gemela en cualquier escaparate de zapatería y, mientras tanto, enseña a sus hijos a ordenar meticulosamente los zapatos.

  Otros, que logró comprender que el amor no consiste en buscar y exigir que el otro sea un reflejo que responda siempre a nuestra medida, sino permitirse sentir amor y no temer amar. Por eso ahora bebe los vientos por Esther, una mujer que diseña zapatos asimétricos y de diferentes colores.

  No somos sino gotas, en un océano, que no comprendemos la inmensidad del conjunto.

Léase, por zapatos, las pasiones y emociones más reactivas. Simón lo que buscaba era aquella persona con la que pudiera vivir una vida serena. Como quiera que escudriñaba el “orden” de sus posibles parejas futuras, para intentar que su mente ordenase el proceso, se forzaba a enamorarse de aquello que le impresionaba iba a ser correcto y acababa siempre, contradictoriamente, con personas muy reactivas, enredándose en discusiones y reproches sin final. Cuando dejó de tener miedo, conoció a Esther.

 Quizá es tan malo dejarse llevar por lo que suceda, sin criterio, como intentar controlarlo todo. Al final, la vida arrolla.

La noche y las redes

                 Cae la tarde y cierro el ordenador. No se crean que para hacer un gran cambio.  Media hora mirando el móvil, las novedades de las redes. Me asaltan anuncios por doquier de nuevos libros. Muchos prometen lo mismo, su lectura me llevará a un universo desconocido, un paquete místico para aprender a vivir y otro fantástico para sumergirme en historias de puertas dimensionales. Entre tanta oferta no sé cuál elegir, cuál sería ese libro esencial para que mi vida se transformase en armonía perpetua. Pero ¿existe? Dejémoslo ahí, en ese objetivo inalcanzable. Su publicidad me cuenta que todos ayudarme a conseguirlo. Confusa por tanta duda, hago “zapping” en YouTube. Me dejo guiar por su publicidad. Ay, amiga, eras tú aquella a la que la vida no le arrollaba. En fin, todos tenemos contradicciones. Abro el primer video que ofrece la plataforma. Es un hombre que asevera contactar con el propio Dios. Su mensaje es claro: Dios dice que seamos buenas personas. No profundiza más, sigue dando vueltas a la misma frase. Buenas personas ya somos casi todos, ¿no?, con algunas equivocaciones, pero, claro, hay que verse en las circunstancias de cada uno. Cierto que algunos de aquellos que no llegan al “casi” son bien detestables. Paso al siguiente video. Ya entramos en algo más complejo, es una clase de Kabbalah, con meditaciones de letras. Intento meditar. Tengo que luchar conmigo misma para no recordar a aquel hombre repitiendo que hay que ser buenas personas. Al fin me centro y cierro los ojos. Irrumpen en mi mente unos rostros con la cruz de San Andrés. Esto es raro, pienso, abro los ojos y cambio de tercio, no se me vaya a ir demasiado la olla. El tercer intento me lleva a algo realmente inquietante. Un individuo está relatando todos los tipos de reptilianos que existen. Les confieso que no tengo ni idea de ese tema. ¿Pero no tenemos todos un ADN similar? Este hombre lo tiene todo muy claro. Comienza a hablar de Egipto. Según dice allí se conocían algunos individuos de dicha maldita genética. Mi cabeza vuelve a irse. Pienso en las pirámides. Una estructura magnífica pero demasiado pesada para volar. Me las imagino de otro modo, capaces de crear una energía que torne su material en flexible y se queden planas, unidimensionales, en un papiro. El hombre explica cómo reconocer a un reptiliano…quizá todos podamos ser reptilianos, solo hace falta una mera composición en nuestra fotografía. Me inquieta ese tema, de verdad, no molaría tener piel de serpiente. La serpiente ¿es prudente o astuta? Madre mía, qué lío tengo en la cabeza. Cierro el móvil, recuerdo que es hora de cenar. Me voy al frigorífico cojo una Estrella Galicia y unas buenas aceitunas. Esto sí es una autoayuda del mejor nivel.

Reseña: Pensar para no pensar

Pensar para no pensar es un libro de edición bastante cuidada, la letra respira y facilita su lectura. El libro está bastante mimado, por lo que, desde aquí mi enhorabuena a Edición Personal, sello de autoedición, por su dedicación y calidad.

 Más, como es evidente, mi principal enhorabuena es para su autora. Marisol Martínez Sánchez Prieto es una gran mujer. Sin duda, una de esas personas tocadas por la intuición que se rebelan a su tiempo y son capaces de convertirse en guionistas de su propia vida. Ella, siempre divina, con sus más de 70 años, no hay tacones, ni escotes, ni sombreros que se le resistan. Pero si muchos se quedan en la superficialidad de su maravillosa indumentaria advierto que, como no podía ser de otra manera, detrás de esa divina rebeldía está una mujer, en todos los sentidos, de bandera.

  Y como es una mujer de bandera, con más de setenta años, sin apenas formación, escribiendo a mano e ignorando todo sobre las nuevas tecnologías, fue capaz de asumir un reto que le propusieron en la biblioteca de su pueblo: Escribir sus memorias. Conoció en ese tránsito aquello que solo un escritor entiende, como levantarse a media noche para escribir una frase o pasarse horas y horas, detenido el tiempo, para completar un capítulo. Ella ya es uno de nosotros. Y como uno de nosotros y nosotras aquí aprovecho para darle mi más afectuosa bienvenida.

 Marisol creció en un mundo de corsés morales, en un pueblo marcadamente patriarcal, en el que abandonó sus estudios bien pronto para trabajar en la quesería de su familia. Pero, como ser especial que es, le dio la vuelta a todo, manteniendo ante la vida una actitud que, sin duda, será ejemplo para las generaciones venideras.

 Si escribir un libro es un reto, unas memorias lo es más. Si a cualquiera nos preguntaran si escribiríamos nuestras memorias, la mayoría diríamos que no. ¿Mis memorias?, ¿contar mis cosas? No, no…Quizá pensaríamos que, tal vez, si cambiáramos el nombre a las personas, rodeásemos la escena con una invasión zombi o una guerra extraterrestre, puede que nadie se enterase de que contamos nuestras cosas…Pero hablamos de Marisol y ella es capaz. Y lo ha hecho: Pensar para no pensar.

 Es un libro para no pensar, pues fue escrito en este tiempo de pandemia. También es un libro para pensar, porque nos ofrece su palabra sincera. Comienza con una cita de Mateo y termina, en su contraportada, con una cita de Isaías. Pero ahí no termina eso, su autora concluye esa cita pidiéndole una señal al profeta.

 Esa petición requiere que indaguemos si esa señal no está en este libro desde el principio.  Debemos, pues, preguntarnos cómo su autora enfrenta la espiritualidad. La percepción que yo tengo de Marisol ante la consciencia de la vida es tan particular como ella misma. Me la imagino ante una pitonisa, quien le echa las cartas para averiguar su futuro. Marisol está atenta, parece entusiasmada y cualquiera diría que se lo cree. Pero no, no se lo cree. Aún así, si las cartas saliesen un poco regulares, por mucho que no se lo creyese, Marisol diría que “eso lo iba a cambiar ella”, que le echasen otras cartas. Es más, me la imagino hablando con el mismísimo Dios y diciéndole “no se te ocurra, eso no puede pasar”. Y lo que es inexplicable para el resto de los mortales: Dios la escucha. Sí, la escucha.

  Y si esto ya nos da la primera pista, todavía hay más. Su autora firma y se identifica con un sol sonriente. Un símbolo poderoso, el astro rey, el calor, el veranito, la playa, las palmeras…Pero estamos investigando si hay una señal, por lo que no puede ser tan simple. Y es que ella se identifica con ese círculo y los delgados rayos que le rodean. Un sabio místico de la Kabbalah del siglo XVI, al meditar sobre la creación, explicaba que Dios se contrajo para crear el mundo y ese espacio vacío que dejó tenía forma de esfera. Algo que no está muy alejado de alguna teoría física actual sobre la formación del universo. La divinidad rellena ese espacio con una luz delgada, unas suaves líneas, para evitar el daño o su ruptura. La luz entra siempre a ráfagas delgadas, como diría Virginia Woolf.   No es casual que ella se identifique con esa esfera. Cuando da lo mejor de sí misma, lo envuelve todo, para que a su familia no le queme el sol, ni le afecten las veleidades de la luna. Y en ese momento es capaz de rebelarse ante el mismísimo universo. Así Marisol le dice a su padre que no se puede morir. No se instala en la queja o en el victimismo, contándonos las preocupaciones de su propia enfermedad, sino que nos dice “eso está parado», y en un momento amargo, cuando la adversidad azota a dos miembros de su familia, se retira para llorar en silencio, con una botella de vino, para no embriagarse con el fruto de la vida.

   Qué ancestral sabiduría aquella que nos enseña que cuando uno se enfrenta al fruto amargo de la vida, siempre desconocemos hacia dónde puede llevarnos su embriaguez. Retirarse, el silencio, es la mejor manera de cuidar nuestro pequeño círculo y no dañarlo todavía más.

   Si les faltase alguna prueba más para querer conocer a esa magnífica mujer, hay más señales. Marisol tiene una hora mágica, las 22:22. Cuenta que se le ocurrió un día, cuando estaba mirando la luna y hablando por teléfono con una persona muy especial, su hija Chari. Tomen nota, a ella se le ocurrió, así, como una cosa sin importancia. Teólogos, filósofos, egiptólogos, cabalistas, teósofos, sufistas, estudiosos de los lenguajes ancestrales, pueden cerrar sus libros. El libro de Thoth, los 22 arcanos, los 22 senderos hacia las 10 emanaciones del árbol de la vida, las 22 letras del alfabeto hebreo, las 22 letras del arameo…A ella se le ocurrió, de casualidad.

 Pero la guinda final que concluye esta investigación reside en algo muy esencial. Su hora mágica no son las 22, sino las 22: 22, la hora espejo. El alfabeto en su conjunto, con las múltiples combinaciones de todos los nombres de la divinidad, a fin de intentar aproximarse a la unidad y también su letra de cierre, la 22, la TAV. Esa es la gran llave que nos regala Marisol cuando cuenta su vida, cuando se desnuda ante nuestros ojos mostrándose, sin ambages, tal cual es. Y pienso que ella lo sabía desde el primer momento de su nacimiento. Todos debemos llevar en nuestro hombro una tav, porque la tav significa la fe simple en nuestro propósito, sin sujetarse a dogmas, la confianza. Y es esa confianza sin miedo la que nos libera y nos hace guionistas de nuestra propia historia.

 En sus palabras, nunca debemos renunciar a nuestra propia forma de ver las cosas.

Con su marcada genialidad, recuerdo que un día les dijo a unas vecinas , quienes no dejaban de recomendarle instrucciones para dejar bien blanca la fregona, » yo no me preocupo de que la fregona esté limpia, sino de cómo le voy a hacer el amor a mi marido cuando llegue del campo».

Quien se sujeta a dogma por ser timorato, no por convicción, ni siquiera se puede evaluar, pues es su temor el que le frena, no su capacidad de hacer el bien. Y en ese querer ser timorato se pasa siempre en exceso de rigor, convirtiendo su vida en represión y lo que es peor, amargando a los que le rodean. Marisol es su antagonista. Todo lo contrario. Una mujer de bandera dispuesta a seguir comiéndose la vida.

  La palabra tiene fuerza creadora, ella nos ha dejado su palabra en este libro.

Las cinco esquinas

LAS CINCO ESQUINAS

  Cinco personas y sus familias vivían atrapadas en un espacio en forma de pentágono. Estaban confinados por una razón desconocida y su único contacto con el exterior era el empleado de correos, que le traía lo necesario para subsistir.

  Su mundo se vio reducido a unas estancias particulares en las esquinas del pentágono y un espacio común, en su centro, donde al menos podrían socializar mínimamente. Su vida se convirtió en rutinaria. El tedio era tal que, día a día, todo iba perdiendo sentido.  

 María era una mujer solitaria que vivía con un precioso gato de color café. Desarrolló una compulsión por las compras, de forma que pedía objetos de todo tipo, para poder así mantener algún contacto con el empleado de correos. Lo había idolatrado. Él conocía el exterior. Fantaseaba con la idea de que, algún día, le confesase su amor. Y eso nunca ocurría. Un día el cartero le comentó que estaba casado y tenía dos hijos. ¿Hijos? En su reducido espacio nadie había tenido hijos. Su fantasía romántica se quebró. Ese amor imposible que le dolía por dentro le llevó a otra compulsión: comprar y comprar cosas para agradar a los otros vecinos del pentágono. A veces se las aceptaban con una sonrisa y otras se notaba que les desagradaba mucho les comprase objetos que ellos no habían pedido.

Ernesto era un hombre rudo, con un carácter quizá demasiado irascible. Era muy exigente consigo mismo y con su familia. Vivía con su mujer, Alejandra y su hijo Esteban de 20 años. Esteban sufría el rigor de su padre, quien fantaseaba con poder salir del maldito pentágono si su hijo se convertía en un deportista de élite. Le exigía una rutina dura de entrenamiento y alimentación. A penas le dejaba respirar. Alejandra sufría por su hijo. Sabía que su deseo era ser escritor. Pero Alejandra no se atrevía a decirle nada a su marido.

Alberto era muy atractivo. Un hombre moreno y alto de rasgos marcados. Tenía carisma. Todos le escuchaban. Vivía con Ana, su novia, la cual solo veía a través de sus ojos. Era el habitante más popular. Nadie le rehuía y si salía a las zonas comunes, todos acudían para conversar con él. Decía tener un plan para salir de dicho habitáculo, pero sus ideas quedaban en humo. Nunca había una propuesta concreta.

Horacio era el intelectual. Siempre estaba leyendo libros y no deseaba el contacto con ningún otro ser, salvo el cartero, y solo cuando le traía un paquete con su nuevo pedido de libros. Vivía solo. Nunca salía a los espacios comunes. Los demás le parecían poco para él. Su conversación le aburría. El deseaba seguir estando encerrado y no le preocupaba salir. Solo quería seguir estudiando y que nadie le importunase. No había nadie como él, al menos, eso pensaba.

Cristina era la mejor. Siempre estaba sonriendo y dispuesta a ayudar al resto. Era equilibrada, de buen carácter. Vivía con su sobrina Valeria. Una preciosa niña de 10 años y la única niña del lugar. Le gustaba contar cuentos, imaginar historias y viajar con la mente. Al menos así hacía que Valeria no se sintiese tan limitada. Por las noches lloraba en silencio por su sobrina. Temía que nunca pudiera ser libre.

Tuvieron que pasar, desgraciadamente, muchos años, hasta que los vecinos de tal particular pentágono descubriesen la salida. Era muy fácil, estaba justo en el espacio común. No pudieron verla hasta que cambiaron su forma de pensar. María comenzó a pensar en sí misma y entendió que su valor no residía en cómo la vieran los demás. Daba, pero no pensando en ella, en la ganancia de agradar, sino en ayudar cuando alguien de verdad lo necesitase. Dejó de idolatrar al cartero y pensó en todo lo que podía hacer en el exterior, sin importarle tanto lo que pensasen de ella sus vecinos. Alejandra y Esteban fueron capaces de poner límites a Ernesto. Ernesto comprendió que uno debe vivir su propia vida y que su hijo también. Ana dejó de mirar a través de los ojos de Alberto. Le hizo saber sus debilidades y Alberto comprendió que si no se actúa, por mucho que se hable, uno no alcanza la victoria. Horacio entendió que los libros no podían darle aquello que debía vivir por sí mismo. Debía ser humano, no un autómata asimilando información, sentir, vivir, amar, respirar. Cristina, por fín, se dio cuenta que no podría salvar a Valeria si no se salvaba a sí misma.

 Salieron, un día de primavera, dispuestos a enfrentar la aventura de sus propias vidas.  ¿Cuántas esquinas tenemos que limpiar? Quizá no exactamente estas, pero tal vez otras.

Cartas desde la caverna

Miguel Altiere, quiere dirigirles una nueva carta. Dice que ha estado meditando mucho esta semana. Está muy agitado, mueve las manos sin parar y quiere que todos salgan de sus casas con un farol para alumbrar su caverna. Dice que nunca podrá ser totalmente iluminada si todos ustedes no encienden su luz.

Tú eres único/a. Puede haber alguien parecido, quizá te parezcas mucho a tu padre, tu madre, tu hermano…Pero aun así eres único/a. Siempre hay algún rasgo, complexión, gesto, que te diferencia.

Esa diferencia no es solo física. Es también mental, en tus capacidades y habilidades.

Puede que muchas de tus ideas sean parecidas a otros, incluso las mismas, pero la forma en la que las entiendes, cómo las expresas y lo que concluyes de ellas es único. Cada persona aporta siempre una visión diferente.

Como eres único/a puedes hacer cosas únicas. Deja de cortar y pegar. Deja de reescribir o copiar lo que han dicho otros. ¿No conoces el tema? Infórmate y medítalo. Atrévete a expresar lo que piensas. Sea más elaborado o no, aportará una particular visión, la tuya.

Alabas a las personas que hacen cosas únicas porque tienen éxito, en el trabajo, en sus relaciones, en sus inversiones, en sus intuiciones…

Pero no es un secreto. Tú también eres único/a y puedes hacer cosas únicas.

¿Y por qué otros únicos/as tienen éxito?

Porque actúan. Porque las hacen realidad. Fracasarán alguna vez, o muchas, pero seguirán haciendo cosas únicas y obtendrán éxito en alguna.

¿Y qué nos diferencia a los demás de aquellos/as que hacen cosas únicas?

Que tememos no ser capaces de hacerlo.

Así que actúa. Lánzate a la vida. Experimenta. Sé único/a.

Si piensas que no puedes hacerlo, deja a tu vocecita interior de lado y pruébalo. Te ruego que saques tu farol a la calle y ayudes a iluminar esta cueva oscura.

No escribo esto como un consejo de autoayuda, sino como una necesidad. Estoy harto de alumbrar solo esta caverna oscura. Todos dependemos de todos. Precisamos que los demás aporten su lado único.

Un mundo en el que se pierden tantas cosas únicas porque muchos/as no confían y no se atreven a hacerlas, no es el mundo ideal. Nos estamos perdiendo algo mejor. El mundo puede ser mejor si todos aportamos nuestra forma única de mirarlo.