Reseña: Olvidadas Íberas

             Su autora, Teresa Sánchez Ruiz, es una persona multifacética, profesora, deportista, escritora y acuarelista, cada día nos sorprende con una propuesta diferente y eso se nota. Olvidadas Íberas es algo más que una novela corta, es un caleidoscopio que nos deja ver un prisma con multitud de tonos, colores e impresiones; Impresiones que se recomponen en un auténtico largometraje, donde los planos se rellenan con imágenes de profunda carga visual.

           Teresa escribe imágenes, el lenguaje de este siglo y consigue un efecto esencial, convirtiendo un cortometraje en la “biblia” y pauta del guion mayor en el que el lector cae inmerso.

            Los asesinos son gente corriente, quizá el vecino del segundo piso, tal vez ese sabio profesor que tanto admiramos. No llevan un cartel que indique su grado de maldad, pueden ayudar a las ancianas a cruzar la calle sin pestañear y sobrecogernos con una mirada tierna. La protagonista tiene que enfrentarse con ese mal, ese que sobrevive disimulado en las escenas cotidianas, demasiado cercano a la investigación, demasiado cercano a la pasión.

           La novela nos trae imágenes de alto impacto, las madres que quieren saber de sus hijas asesinadas y el cordón policial que impide se acerquen al lugar de los hechos. También nos ofrece reflexiones sobre la mujer ancestralmente objetualizada y el hombre, tan despojado de su esencia, que entiende que solo puede redimirse como criminal. Las niñas, las inocentes, las mujeres, históricamente relegadas, forman un círculo, en el que confluye la exposición detallada de muchos aspectos del mundo íbero, con aquellas frases que, inconscientemente, nos enraízan con la cultura ancestral, en el camino entre la vida y la muerte. Es fácil deleitarse con las detalladas descripciones de los lugares, las indumentarias, caer preso en el deseo de descubrir ese secreto del lenguaje íbero. Y mientras el lector se sumerge en estas descripciones, la santa compaña avisa del peligro. El peligro que, con cámara subjetiva, se mimetiza entre los párrafos, dando un giro sorprendente a la historia narrada.

           El relato es también redentor. A la protagonista no la salva ni el “séptimo de caballería” ni un aguerrido caballero andante, se salva ella misma. Porque las íberas reclaman su lugar para no ser olvidadas.

 

 

Amigos imaginarios

Juzga por ti misma, dijo Adela, mientras agitaba un sobre en su mano. Lee y verás.

Mandato, y realmente imperativo, como los que acostumbraba a sugerirme Adela cuando estaba realmente enojada. Dentro del sobre, una pequeña cuartilla arrugada y de aspecto avejentado, que decía, con letra temblorosa:

               “Sé quién eres, y que has usurpado mi identidad. Pero voy a recuperarla y puedes estar segura que mi piel ya no será tu piel.

                 Avisada quedas. Adela”

              ¿Qué significa esto, Adela? Es una carta antigua ¿Cuándo la escribiste? La letra no parece la tuya, pero….

               Estás perdida, Laura, me dijo Adela de forma tajante. ¡Cómo voy a escribir semejante estupidez! Yo no fui quien escribió esta nota. Fuiste tú.

               ¿Yo?, contesté atragantándome el asombro- No digas tonterías. Qué estupidez.

                 Y a partir de ahí, comencé a pensar que Adela era solo mi propia imitación. Desde ese momento, y por una nota que no sé ni quién la escribió, perdimos nuestra amistad.

 

PD: Así es como Laura dejó de tener una amiga imaginaria. Se dio cuenta que necesitaba amigos diferentes a ella, no una muñeca que se le parecía y que le decía lo que quería oír en cada momento.

       La nota la escribió su abuela, muchos años antes, cuando intentó librarse de una amiga imaginaria a la que, curiosamente, también llamaba Adela.

       Porque crecer significa amar la diferencia.

Carta para otra vida

       Hace tiempo que encuentro notas tuyas, escritas en cualquier parte, en los azulejos, en la mesa, en los papeles que habitan siempre diseminados en mi cuarto de estudio. Lamento decirte que no los puedo leer bien. Ya sé que lo sabes, esa letra tuya tan complicada y que tanto, tanto echo de menos, y ahora, que me escribes desde otra dimensión, me resulta todavía más difícil entenderte. Comprendo palabras sueltas, sé que me quieres decir algo, pero no puedo dar con el correcto significado de la frase. Ahora que te escribo, reflejada en la pantalla del ordenador, gracias al maravilloso efecto del sol de mayo, reconozco que no tengo ni la menor idea de cómo podría hacerte llegar este mensaje. El olivo asoma sus ramas sobre mi cabeza, mientras me recuesto sobre el césped. Pienso en esa maravilla de las ramas, extendidas, como parte de un todo que es el árbol. ¿Pudieras quizá acercarte un poco? Quizá rozar la cortina de la pérgola o teclear el techo de mimbre. Es mucho pedir, lo comprendo. No es nada fácil comunicarse entre las vidas.

         Pero yo también sé, que estés donde estés, tú también estarás intentando leerme.

Acércate de nuevo

 

Acércate de nuevo,

que quiero deslizarme por tu nombre,

como si fuera un sueño

y resucitarme piel en verbo..

Tenemos un tejado compartido

en la impronta del recuerdo,

dos copas de buen vino

y un envite,

apuesta a cielo abierto.

Despleguemos los toldos entre soles

seamos paisaje en estuario,

llanura de sentidos

la rebelión del fuego

Acércate

acércate de nuevo

 

Un día complicado para Martina Hernández

          Martina Hernández es quizá lo más parecido a mí misma que puede ser un personaje, si en algo se parecen los personajes a su autor, que a veces también lo dudo. Martina nació en mi cabeza el día que se me quedó el tacón clavado en una rejilla cercana a la parada de autobús. Complicada tarea la de intentar sacarlo sin llevar demasiado la atención y sin que la longitud de la falda permitiese agacharse mucho.  Tras un rato de desconcierto y bochorno, al fin, se liberó y surgió la máxima- que todavía respeto- de no acercarse a las rejillas.

   A Martina no le gustan los bolsos, como a mí, porque le suponen un nuevo engorro. Ella, como yo no renuncia a los tacones de aguja, con lo que una mañana cualquiera laborable es una odisea si hay que llevar bolso. Vamos a ver…es que, en una mano el maletín con la tableta, los papeles del trabajo, en la otra el paraguas (no para de llover) ¿Y el bolsito de marras dónde? ( Ya lo sé, reconozco soy un poco zote)…agarrado junto al maletín, colgado en el hombro para que, mientras caminas la calle, vaya bajando el bolso  por tu brazo y acabes desequilibrándote. Y reza que  no te llamen al móvil ¿Cómo diablos lo coges?. Luego, cuando llegas a Puerto( es decir a la oficina) siempre hay algún gracioso que dice…Te llamé, no lo cogiste….( Aquí Martina quiere decir una cosa, pero no le dejo…)

  Otra cosa que odia Martina, y yo, son las combinaciones( o enaguas), esa prenda interior que se suele poner para que la falda o el vestido no transparente (En fin, puede tener otros usos pero no vienen al caso). Ahora casi todas se fabrican con una fibra más tensa que te aprieta, dicen que para modelar (la figura), pero mienten, es para acostumbrarte a la tortura, presionándote el abdomen aunque te hayas comido siete torrijas. A Martina no le gustan, no tiene ningún interés en modelar nada, así que las compra más bien clásicas, de esas que se encuentran en las mercerías tradicionales. Ay…pero el problema que tienen esas, es que suelen ser de cintura tan generosa que no se sujetan nada y se van deslizando de forma que puede asomarse por el vestido…!!Horror!!…y como te descuides acaba enredándose en los tacones…En fin, toda una atracción fatal.

   Para que luego alguien diga que no es complicado llegar a la oficina un día de lluvia.

 

Indicios

    Día ocho de diciembre. Un día apropiado para poner el belén. Así lo pensó Marta, quien bajó al sótano de su vivienda, donde se ubicaba el trastero, a fin coger las cajas donde guardaba las figuritas navideñas. Abrió la puerta del garaje y un rastro de gotas rojas impresionadas sobre el suelo de cemento. Por Dios, que no sea sangre, se decía. Era realmente desconcertante. Miró alrededor pero no observó nada extraño, así que se dirigió a la puerta de su trastero para coger las cajas que buscaba.

    Había colocado el tablero y un dibujo de estrellas. Todo preparado para comenzar a poner el musgo, hacer los caminos, el rio, poner el puente. Pero al abrir la primera caja, cuál fue su sorpresa, cuando lo primero que vio, fue un cuchillo. ¡Un cuchillo! y de grandes dimensiones, de unos 27 centímetros de hoja- Menudo escalofrío. No era suyo, no, no, no era suyo.

    Lo inspeccionó y no tenía rastro de sangre, pero aun así, no podía sacarse la imagen de las manchas rojas sobre el cemento. ¿Iría a la Policía? ¿Y si era sangre de verdad? ¿Le inculparían? El cuchillo estaba en sus cajas.

    Cariño, no te habrás acordado y será algún cuchillo que tendríamos, lo dejaste olvidado tras recoger las cosas de navidad. El año pasado guardábamos un jamón en el sótano, pudo ser eso.

     Las explicaciones de su marido sonaban bien. Era eso. Seguro. Menuda tontería.

      Esa misma tarde en la televisión vio a Javier, un vecino suyo. Sí,  un hombre tripón, de bigote pelirrojo, siempre sonriente. Y ahí estaba detenido, según decían, por asesinar a una joven de tez clara y pelo moreno que en la fotografía parecía feliz. Javier negaba todos los hechos, aunque el cuerpo, mutilado, había aparecido en su trastero. Volvió a sentir un gran escalofrío. ¿El cuchillo?

      Asustada, llamó a la policía, y efectivamente pasadas las pruebas correspondientes, el cuchillo tenía rastro de sangre. Quedaba pendiente el ADN para ya saber con certeza si era el cuchillo del asesinato. ¡Qué horror! ¿Cómo pudo aparecer el cuchillo en su caja? ¿Pudo forzar la llave del trastero? Era fácil, la policía dijo que era sencillo abrir esos trasteros.

       ¿Y si fuera al revés? Mientras Marta observaba a su marido, volvió a sentir un tremendo escalofrío.

Diógenes

                     Aun quedaban restos de lo que ella había sido, aunque no lo recordara. Aquellos vestidos de talle alto, agolpados, asimétricamente, sobre la cama de invitados y el sombrero de paja, aquel que había sido su favorito, tirado sobre una alfombra repleta de cajas metálicas de galletas. Barajó las faldas aprisionadas en el armario, pero no se vistió con ninguna. Salió a la calle con una bata de margaritas amarilla y un gorro de baño en la cabeza. Todos los días se dirigía a la tienda de comestibles en la que había trabajado tantos años. Allí, el nuevo dependiente, el bueno de Juan, le esperaba para entregarle, como cada mañana, una bolsa con alimentos. Él garantizaba su supervivencia. Pero ,ella, siempre parecía más interesada en acaparar más cajas vacías de galletas que la propia comida.

                 ¿Tienes por ahí alguna caja?- le preguntaba. Juan al principio se negaba, sabía que acabarían apiladas en su casa, pero siempre cedía.

                No se podía negar nada a aquella anciana de ojos verdes intensos. Como todos los días, de vuelta, con dos o tres cajas más. Ella las depositó sobre la alfombra del dormitorio, mientras canturreaba una canción infantil: “El patio de mi casa es particular…cuando llueve se moja, como los demás “.

                  Ahí estaba, la cara de su madre, su madre, abrazándola, tras la llegada del colegio, la merienda de pan de azúcar mientras guardaba nuevos recortables en una caja metálica de galletas.

                Más y más cajas de galletas. Caminó por la casa, hacia el baño. La bañera era la despensa de los botes vacíos y del silencio amargo; el silencio, su fiel compañero, acompañante de noches de verano, ventana abierta a las estrellas. ” El patio de mi casa es particular…” canturreo mientras abría el grifo de la ducha, mojándose la cabeza.  “Cuando llueve se moja como los demás…Agáchate y vuelvete a agachar, que los agachaditos no saben bailar”

            Con una toalla en la cabeza y esa misma bata de flores se tumbó sobre la cama de invitados. Pensó ponerse un vestido de aquellos que usaba de joven. Todavía le servían. Estaba guapa.  “Agáchate, y vuelvete a agachar…”

         Un golpe sobre el suelo, sonido, negro, ella inerte, tendida, sobre las cajas de galletas.

          No tenía a nadie, ningún pariente, falleció sin testamento. El piso para los servicios sociales, no sin una buena limpieza y desinfección.

       La habitación de invitados- aquellos que nunca vinieron- se transformó en una habitación de una preciosa niña de largos cabellos, quien, curiosamente guardaba en una caja metálica de galletas sus recortables de bailarinas.

                  El ciclo de la vida.