La noche y las redes

                 Cae la tarde y cierro el ordenador. No se crean que para hacer un gran cambio.  Media hora mirando el móvil, las novedades de las redes. Me asaltan anuncios por doquier de nuevos libros. Muchos prometen lo mismo, su lectura me llevará a un universo desconocido, un paquete místico para aprender a vivir y otro fantástico para sumergirme en historias de puertas dimensionales. Entre tanta oferta no sé cuál elegir, cuál sería ese libro esencial para que mi vida se transformase en armonía perpetua. Pero ¿existe? Dejémoslo ahí, en ese objetivo inalcanzable. Su publicidad me cuenta que todos ayudarme a conseguirlo. Confusa por tanta duda, hago “zapping” en YouTube. Me dejo guiar por su publicidad. Ay, amiga, eras tú aquella a la que la vida no le arrollaba. En fin, todos tenemos contradicciones. Abro el primer video que ofrece la plataforma. Es un hombre que asevera contactar con el propio Dios. Su mensaje es claro: Dios dice que seamos buenas personas. No profundiza más, sigue dando vueltas a la misma frase. Buenas personas ya somos casi todos, ¿no?, con algunas equivocaciones, pero, claro, hay que verse en las circunstancias de cada uno. Cierto que algunos de aquellos que no llegan al “casi” son bien detestables. Paso al siguiente video. Ya entramos en algo más complejo, es una clase de Kabbalah, con meditaciones de letras. Intento meditar. Tengo que luchar conmigo misma para no recordar a aquel hombre repitiendo que hay que ser buenas personas. Al fin me centro y cierro los ojos. Irrumpen en mi mente unos rostros con la cruz de San Andrés. Esto es raro, pienso, abro los ojos y cambio de tercio, no se me vaya a ir demasiado la olla. El tercer intento me lleva a algo realmente inquietante. Un individuo está relatando todos los tipos de reptilianos que existen. Les confieso que no tengo ni idea de ese tema. ¿Pero no tenemos todos un ADN similar? Este hombre lo tiene todo muy claro. Comienza a hablar de Egipto. Según dice allí se conocían algunos individuos de dicha maldita genética. Mi cabeza vuelve a irse. Pienso en las pirámides. Una estructura magnífica pero demasiado pesada para volar. Me las imagino de otro modo, capaces de crear una energía que torne su material en flexible y se queden planas, unidimensionales, en un papiro. El hombre explica cómo reconocer a un reptiliano…quizá todos podamos ser reptilianos, solo hace falta una mera composición en nuestra fotografía. Me inquieta ese tema, de verdad, no molaría tener piel de serpiente. La serpiente ¿es prudente o astuta? Madre mía, qué lío tengo en la cabeza. Cierro el móvil, recuerdo que es hora de cenar. Me voy al frigorífico cojo una Estrella Galicia y unas buenas aceitunas. Esto sí es una autoayuda del mejor nivel.

Reseña: Pensar para no pensar

Pensar para no pensar es un libro de edición bastante cuidada, la letra respira y facilita su lectura. El libro está bastante mimado, por lo que, desde aquí mi enhorabuena a Edición Personal, sello de autoedición, por su dedicación y calidad.

 Más, como es evidente, mi principal enhorabuena es para su autora. Marisol Martínez Sánchez Prieto es una gran mujer. Sin duda, una de esas personas tocadas por la intuición que se rebelan a su tiempo y son capaces de convertirse en guionistas de su propia vida. Ella, siempre divina, con sus más de 70 años, no hay tacones, ni escotes, ni sombreros que se le resistan. Pero si muchos se quedan en la superficialidad de su maravillosa indumentaria advierto que, como no podía ser de otra manera, detrás de esa divina rebeldía está una mujer, en todos los sentidos, de bandera.

  Y como es una mujer de bandera, con más de setenta años, sin apenas formación, escribiendo a mano e ignorando todo sobre las nuevas tecnologías, fue capaz de asumir un reto que le propusieron en la biblioteca de su pueblo: Escribir sus memorias. Conoció en ese tránsito aquello que solo un escritor entiende, como levantarse a media noche para escribir una frase o pasarse horas y horas, detenido el tiempo, para completar un capítulo. Ella ya es uno de nosotros. Y como uno de nosotros y nosotras aquí aprovecho para darle mi más afectuosa bienvenida.

 Marisol creció en un mundo de corsés morales, en un pueblo marcadamente patriarcal, en el que abandonó sus estudios bien pronto para trabajar en la quesería de su familia. Pero, como ser especial que es, le dio la vuelta a todo, manteniendo ante la vida una actitud que, sin duda, será ejemplo para las generaciones venideras.

 Si escribir un libro es un reto, unas memorias lo es más. Si a cualquiera nos preguntaran si escribiríamos nuestras memorias, la mayoría diríamos que no. ¿Mis memorias?, ¿contar mis cosas? No, no…Quizá pensaríamos que, tal vez, si cambiáramos el nombre a las personas, rodeásemos la escena con una invasión zombi o una guerra extraterrestre, puede que nadie se enterase de que contamos nuestras cosas…Pero hablamos de Marisol y ella es capaz. Y lo ha hecho: Pensar para no pensar.

 Es un libro para no pensar, pues fue escrito en este tiempo de pandemia. También es un libro para pensar, porque nos ofrece su palabra sincera. Comienza con una cita de Mateo y termina, en su contraportada, con una cita de Isaías. Pero ahí no termina eso, su autora concluye esa cita pidiéndole una señal al profeta.

 Esa petición requiere que indaguemos si esa señal no está en este libro desde el principio.  Debemos, pues, preguntarnos cómo su autora enfrenta la espiritualidad. La percepción que yo tengo de Marisol ante la consciencia de la vida es tan particular como ella misma. Me la imagino ante una pitonisa, quien le echa las cartas para averiguar su futuro. Marisol está atenta, parece entusiasmada y cualquiera diría que se lo cree. Pero no, no se lo cree. Aún así, si las cartas saliesen un poco regulares, por mucho que no se lo creyese, Marisol diría que “eso lo iba a cambiar ella”, que le echasen otras cartas. Es más, me la imagino hablando con el mismísimo Dios y diciéndole “no se te ocurra, eso no puede pasar”. Y lo que es inexplicable para el resto de los mortales: Dios la escucha. Sí, la escucha.

  Y si esto ya nos da la primera pista, todavía hay más. Su autora firma y se identifica con un sol sonriente. Un símbolo poderoso, el astro rey, el calor, el veranito, la playa, las palmeras…Pero estamos investigando si hay una señal, por lo que no puede ser tan simple. Y es que ella se identifica con ese círculo y los delgados rayos que le rodean. Un sabio místico de la Kabbalah del siglo XVI, al meditar sobre la creación, explicaba que Dios se contrajo para crear el mundo y ese espacio vacío que dejó tenía forma de esfera. Algo que no está muy alejado de alguna teoría física actual sobre la formación del universo. La divinidad rellena ese espacio con una luz delgada, unas suaves líneas, para evitar el daño o su ruptura. La luz entra siempre a ráfagas delgadas, como diría Virginia Woolf.   No es casual que ella se identifique con esa esfera. Cuando da lo mejor de sí misma, lo envuelve todo, para que a su familia no le queme el sol, ni le afecten las veleidades de la luna. Y en ese momento es capaz de rebelarse ante el mismísimo universo. Así Marisol le dice a su padre que no se puede morir. No se instala en la queja o en el victimismo, contándonos las preocupaciones de su propia enfermedad, sino que nos dice “eso está parado”, y en un momento amargo, cuando la adversidad azota a dos miembros de su familia, se retira para llorar en silencio, con una botella de vino, para no embriagarse con el fruto de la vida.

   Qué ancestral sabiduría aquella que nos enseña que cuando uno se enfrenta al fruto amargo de la vida, siempre desconocemos hacia dónde puede llevarnos su embriaguez. Retirarse, el silencio, es la mejor manera de cuidar nuestro pequeño círculo y no dañarlo todavía más.

   Si les faltase alguna prueba más para querer conocer a esa magnífica mujer, hay más señales. Marisol tiene una hora mágica, las 22:22. Cuenta que se le ocurrió un día, cuando estaba mirando la luna y hablando por teléfono con una persona muy especial, su hija Chari. Tomen nota, a ella se le ocurrió, así, como una cosa sin importancia. Teólogos, filósofos, egiptólogos, cabalistas, teósofos, sufistas, estudiosos de los lenguajes ancestrales, pueden cerrar sus libros. El libro de Thoth, los 22 arcanos, los 22 senderos hacia las 10 emanaciones del árbol de la vida, las 22 letras del alfabeto hebreo, las 22 letras del arameo…A ella se le ocurrió, de casualidad.

 Pero la guinda final que concluye esta investigación reside en algo muy esencial. Su hora mágica no son las 22, sino las 22: 22, la hora espejo. El alfabeto en su conjunto, con las múltiples combinaciones de todos los nombres de la divinidad, a fin de intentar aproximarse a la unidad y también su letra de cierre, la 22, la TAV. Esa es la gran llave que nos regala Marisol cuando cuenta su vida, cuando se desnuda ante nuestros ojos mostrándose, sin ambages, tal cual es. Y pienso que ella lo sabía desde el primer momento de su nacimiento. Todos debemos llevar en nuestro hombro una tav, porque la tav significa la fe simple en nuestro propósito, sin sujetarse a dogmas, la confianza. Y es esa confianza sin miedo la que nos libera y nos hace guionistas de nuestra propia historia.

 En sus palabras, nunca debemos renunciar a nuestra propia forma de ver las cosas.

Con su marcada genialidad, recuerdo que un día les dijo a unas vecinas , quienes no dejaban de recomendarle instrucciones para dejar bien blanca la fregona, ” yo no me preocupo de que la fregona esté limpia, sino de cómo le voy a hacer el amor a mi marido cuando llegue del campo”.

Quien se sujeta a dogma por ser timorato, no por convicción, ni siquiera se puede evaluar, pues es su temor el que le frena, no su capacidad de hacer el bien. Y en ese querer ser timorato se pasa siempre en exceso de rigor, convirtiendo su vida en represión y lo que es peor, amargando a los que le rodean. Marisol es su antagonista. Todo lo contrario. Una mujer de bandera dispuesta a seguir comiéndose la vida.

  La palabra tiene fuerza creadora, ella nos ha dejado su palabra en este libro.

Las cinco esquinas

LAS CINCO ESQUINAS

  Cinco personas y sus familias vivían atrapadas en un espacio en forma de pentágono. Estaban confinados por una razón desconocida y su único contacto con el exterior era el empleado de correos, que le traía lo necesario para subsistir.

  Su mundo se vio reducido a unas estancias particulares en las esquinas del pentágono y un espacio común, en su centro, donde al menos podrían socializar mínimamente. Su vida se convirtió en rutinaria. El tedio era tal que, día a día, todo iba perdiendo sentido.  

 María era una mujer solitaria que vivía con un precioso gato de color café. Desarrolló una compulsión por las compras, de forma que pedía objetos de todo tipo, para poder así mantener algún contacto con el empleado de correos. Lo había idolatrado. Él conocía el exterior. Fantaseaba con la idea de que, algún día, le confesase su amor. Y eso nunca ocurría. Un día el cartero le comentó que estaba casado y tenía dos hijos. ¿Hijos? En su reducido espacio nadie había tenido hijos. Su fantasía romántica se quebró. Ese amor imposible que le dolía por dentro le llevó a otra compulsión: comprar y comprar cosas para agradar a los otros vecinos del pentágono. A veces se las aceptaban con una sonrisa y otras se notaba que les desagradaba mucho les comprase objetos que ellos no habían pedido.

Ernesto era un hombre rudo, con un carácter quizá demasiado irascible. Era muy exigente consigo mismo y con su familia. Vivía con su mujer, Alejandra y su hijo Esteban de 20 años. Esteban sufría el rigor de su padre, quien fantaseaba con poder salir del maldito pentágono si su hijo se convertía en un deportista de élite. Le exigía una rutina dura de entrenamiento y alimentación. A penas le dejaba respirar. Alejandra sufría por su hijo. Sabía que su deseo era ser escritor. Pero Alejandra no se atrevía a decirle nada a su marido.

Alberto era muy atractivo. Un hombre moreno y alto de rasgos marcados. Tenía carisma. Todos le escuchaban. Vivía con Ana, su novia, la cual solo veía a través de sus ojos. Era el habitante más popular. Nadie le rehuía y si salía a las zonas comunes, todos acudían para conversar con él. Decía tener un plan para salir de dicho habitáculo, pero sus ideas quedaban en humo. Nunca había una propuesta concreta.

Horacio era el intelectual. Siempre estaba leyendo libros y no deseaba el contacto con ningún otro ser, salvo el cartero, y solo cuando le traía un paquete con su nuevo pedido de libros. Vivía solo. Nunca salía a los espacios comunes. Los demás le parecían poco para él. Su conversación le aburría. El deseaba seguir estando encerrado y no le preocupaba salir. Solo quería seguir estudiando y que nadie le importunase. No había nadie como él, al menos, eso pensaba.

Cristina era la mejor. Siempre estaba sonriendo y dispuesta a ayudar al resto. Era equilibrada, de buen carácter. Vivía con su sobrina Valeria. Una preciosa niña de 10 años y la única niña del lugar. Le gustaba contar cuentos, imaginar historias y viajar con la mente. Al menos así hacía que Valeria no se sintiese tan limitada. Por las noches lloraba en silencio por su sobrina. Temía que nunca pudiera ser libre.

Tuvieron que pasar, desgraciadamente, muchos años, hasta que los vecinos de tal particular pentágono descubriesen la salida. Era muy fácil, estaba justo en el espacio común. No pudieron verla hasta que cambiaron su forma de pensar. María comenzó a pensar en sí misma y entendió que su valor no residía en cómo la vieran los demás. Daba, pero no pensando en ella, en la ganancia de agradar, sino en ayudar cuando alguien de verdad lo necesitase. Dejó de idolatrar al cartero y pensó en todo lo que podía hacer en el exterior, sin importarle tanto lo que pensasen de ella sus vecinos. Alejandra y Esteban fueron capaces de poner límites a Ernesto. Ernesto comprendió que uno debe vivir su propia vida y que su hijo también. Ana dejó de mirar a través de los ojos de Alberto. Le hizo saber sus debilidades y Alberto comprendió que si no se actúa, por mucho que se hable, uno no alcanza la victoria. Horacio entendió que los libros no podían darle aquello que debía vivir por sí mismo. Debía ser humano, no un autómata asimilando información, sentir, vivir, amar, respirar. Cristina, por fín, se dio cuenta que no podría salvar a Valeria si no se salvaba a sí misma.

 Salieron, un día de primavera, dispuestos a enfrentar la aventura de sus propias vidas.  ¿Cuántas esquinas tenemos que limpiar? Quizá no exactamente estas, pero tal vez otras.

Cartas desde la caverna

Miguel Altiere, quiere dirigirles una nueva carta. Dice que ha estado meditando mucho esta semana. Está muy agitado, mueve las manos sin parar y quiere que todos salgan de sus casas con un farol para alumbrar su caverna. Dice que nunca podrá ser totalmente iluminada si todos ustedes no encienden su luz.

Tú eres único/a. Puede haber alguien parecido, quizá te parezcas mucho a tu padre, tu madre, tu hermano…Pero aun así eres único/a. Siempre hay algún rasgo, complexión, gesto, que te diferencia.

Esa diferencia no es solo física. Es también mental, en tus capacidades y habilidades.

Puede que muchas de tus ideas sean parecidas a otros, incluso las mismas, pero la forma en la que las entiendes, cómo las expresas y lo que concluyes de ellas es único. Cada persona aporta siempre una visión diferente.

Como eres único/a puedes hacer cosas únicas. Deja de cortar y pegar. Deja de reescribir o copiar lo que han dicho otros. ¿No conoces el tema? Infórmate y medítalo. Atrévete a expresar lo que piensas. Sea más elaborado o no, aportará una particular visión, la tuya.

Alabas a las personas que hacen cosas únicas porque tienen éxito, en el trabajo, en sus relaciones, en sus inversiones, en sus intuiciones…

Pero no es un secreto. Tú también eres único/a y puedes hacer cosas únicas.

¿Y por qué otros únicos/as tienen éxito?

Porque actúan. Porque las hacen realidad. Fracasarán alguna vez, o muchas, pero seguirán haciendo cosas únicas y obtendrán éxito en alguna.

¿Y qué nos diferencia a los demás de aquellos/as que hacen cosas únicas?

Que tememos no ser capaces de hacerlo.

Así que actúa. Lánzate a la vida. Experimenta. Sé único/a.

Si piensas que no puedes hacerlo, deja a tu vocecita interior de lado y pruébalo. Te ruego que saques tu farol a la calle y ayudes a iluminar esta cueva oscura.

No escribo esto como un consejo de autoayuda, sino como una necesidad. Estoy harto de alumbrar solo esta caverna oscura. Todos dependemos de todos. Precisamos que los demás aporten su lado único.

Un mundo en el que se pierden tantas cosas únicas porque muchos/as no confían y no se atreven a hacerlas, no es el mundo ideal. Nos estamos perdiendo algo mejor. El mundo puede ser mejor si todos aportamos nuestra forma única de mirarlo.

El espejo de Margarita

Margarita se desconocía. Muchas veces no confiaba en sí misma y daba vueltas a las cosas, pensando no hacía nada bien. Siempre tenía un fallo que recriminarse. Ella estaba acostumbrada a complicarse la vida. Estudió dos carreras universitarias a la vez. Emprendió un pequeño negocio y a primera hora de la tarde daba clase en la universidad. Y todo ello compaginado con la crianza de dos hijos, para los que siempre reservaba las tardes, desde que salían del colegio. Era una madre cariñosa y presente, aunque en ocasiones, lo reconocía, cuando llegaba la noche se sentía desfallecida. El padre de sus hijos, desde el divorcio, se había convertido en un padre ausente.

  Un día, embebida en esa carrera vertiginosa por hacer todo al mismo tiempo, decidió darse un respiro, para pensar qué cambios podía hacer en su negocio. La pandemia estaba afectando de manera considerable a sus ingresos. Y en esos momentos de incertidumbre, tuvo una pequeña crisis de ansiedad. Sintió como si el esternón se le hundiera hacia dentro, con un dolor punzante y una sensación de ahogo constante. Cuando en la consulta de urgencias le comunicaron que era una crisis de ansiedad, no daba crédito. ¿Ansiedad?, yo nunca tengo ansiedad, pensó.

 Aun así, se dejó convencer por sus amigas y decidió acudir a la consulta de una “coach”, para ver si podía mejorar su rutina. Las entrevistas con la psicóloga no fueron tan gratificantes como pensaba. La coach hablaba muy acelerada y afirmaba estar muy ocupada, tener que hacer muchas consultas y nunca tenía tiempo para completar la media hora que, por otra parte, Margarita pagaba por anticipado.

 Está muy ocupada, decían. ¿Ocupada?, ¿y qué justificación es estar ocupada? Se preguntaba. Ella nunca retrasó un contrato, ni falló a un compromiso. Le comentaron que su coach siempre llegaba tarde a la consulta. Empezaba tarde y las citas se le agolpaban, debiendo reducirlas. Margarita no entendía por qué no reducía el número de citas y cumplía sus compromisos, si no podía abarcarlo todo.

 En ese momento comprendió que ella sí estaba muy ocupada. Y aun así sabía gestionar los tiempos. Dejó a la coach con la palabra en la boca y dedicó toda la tarde para sí misma y sus hijos. Respiró, tomó confianza. Saldría adelante.

 ¿Cuántas buenas cualidades tienes que no reconoces?

  A veces es necesario un espejo en el que se reflejen nuestras capacidades y cualidades positivas.

Cartas desde la caverna

Miguel Altiere es un espíritu filosófico que se adhiere, sin compasión alguna, a los textos de algunos blogeros. Se define, sin mucha coherencia, como neoplatónico y es muy insistente. Yo diría, sin exagerar, que es muy cansino. Hasta que logra su propósito no te deja en paz. Hoy a tocado al mío. Y aquí está, dispuesto a plasmar sus lunáticas ideas en una carta que les dirige a todos ustedes. Me ha advertido que debo afirmar que tiene todos los derechos reservados en una plataforma de registro de la propiedad intelectual, por lo que absténgase de copiar sus fantásticas ideas. Bueno, qué decir que él las cree fantásticas, pero, les confieso, tiene un ego demasiado subido. Creo que es poco consciente de la realidad. En fin, les dejo con su carta y juzgen ustedes. Sin duda, coincidirán conmigo que está un poquito alterado. Ay, lo siento, me acaba de sacudir una descarga eléctrica. Rectifico, es una reflexión muy profunda y muy a su altura…

El poder de la mentira. Cartas desde la caverna

       Dale un carpetazo a las leyendas, cuentos, parábolas y moralejas. Y disfruta, ya sobrepasamos el siglo de la razón. No hay nada más que lo que ves, no existe nada más que lo que se comprueba. Dios ha muerto, ellos, dice Nietzsche, lo mataron por nosotros. El trabajo ya está hecho, a partir de ese momento el hombre puede ser su propio dios. El ser maravilloso deconstruido en un mundo creado, y cada vez más, para mentes de infantes. Empapémonos con sus dosis de realidad. No hay nada más exuberante, sobre todo si tenemos el frigorífico lleno de cerveza y estamos dispuestos a disfrutar del espectáculo.

       Diremos que no es racional pensar en nada sobrenatural. Es una alucinación de tu pequeña mente. Eres el aquí y ahora. Libre de discernir. El ser más informado, más despierto. Pero te hablarán de su “relato”, no de su verdad, y manejarán las cifras, los medios de masa, las comunicaciones y te presentarán medias realidades, asumidas como verdad, en la cultura de la desinformación.

       Negaremos la paradójica fuerza de los mitos. Son leyendas para hombres primitivos. Ahora somos personas en el siglo XXI. Pero a la vez introducirán mensajes de la nueva era, la creación de tu propia realidad, las relaciones familiares que traspasan los tiempos y una nueva mística que se relaciona, de forma no muy explicable, con un campo de la física. Ahora todo es cuántico. ¿No entiendes qué implica? No importa, ellos tampoco.

      Abrazaremos esta realidad en un camino ansioso por agotar nuestro deseo, más cosas, más éxito, más sexo implícito y explícito, más comida, más abundancia, más…más…más…Buscar el placer no es malo, pero este propósito freudiano, nos enlaza en la carrera del más, sin realmente plantearnos qué cantidad queremos. El más, más, más …no nos dejará ver…Es como llegar a unos grandes almacenes abarrotados de cosas con objeto de buscar algo bien concreto. Abramos las puertas de la confusión. Es realmente divertido ser nuestro propio dios, creerse capaz de crear una imagen a medida, un mundo a nuestra medida. Pero cuando tengas instalado en tu vida esa ansia compulsiva del más, te dirán que deseas por encima de tus posibilidades, que has caído en un exceso, y que las consecuencias que procedan son tu culpabilidad. ¿Y estarás perdido? Claro, perdido, dispuesto a recibir tu dosis de castigo. No hay causa sin efecto, regla básica, nos cuentas. O estarás dispuesto a abrazar las tesis de cualquier gurú que te salve de la ruina, el exceso, el consumismo. Ya nada te satisface, siempre, es más, más, más… Y así volverás a sentirte pequeño. ¿Un dios? Un ser pequeño, diminuto y débil…

     Valoremos la prostitución del pensamiento. Regodeémonos en lo macabro. Hagamos de las víctimas bufones del siglo XXI. Aireemos nuestras mediocridades. Eso sí, con gritos, aspavientos, enojos, a impulsos, echando fuera todo aquello que parece tenemos dentro. ¿Pero lo tenemos de verdad? Da igual, lo importante es vomitar. Y que el receptor del vómito se contamine. ¿Para qué enseñar serenidad? ¿Para qué buscar soluciones? El problema no es un problema es un espectáculo. Se resuelve en las tertulias, dando charlas, cambiando eslóganes. Y como en un rito iniciático de regresión infinita, creemos otro relato, en el que las palabras mágicas que hayamos diseñado en una tarde cualquiera, supongan la redención de nuestros problemas.

     Exageremos las teorías de la conspiración, hasta el punto que abracen el absurdo, y con ello se diluya, si lo tuvieran, su fragmento de verdad. Clamemos al universo nos otorgue una cáscara nueva, que rocíe el sol y nos traiga la primavera más maravillosa. Aquella en la que el hombre, rey del universo, abraza el único grial reconocido: El poder del dinero. Nuestra salvación infinita en un mundo de ocio permanente, series, bestsellers, luces, destellos, nuestra mejor imagen en las redes, para desolación de nuestro yo desnudo.

   Sigamos, pues, ascendiendo, entre la desinformación, para nuestra mayor gloria.

   Pero si algo puede ser cierto de esta distopía, es que por mucho que te prometan, no serás feliz.

  Recordemos la torre de babel, si el Dios de Israel, evitó la fuerza de la conexión de aquellos que pretendían desafiarle, haciendo que no se entendieran, al hablar lenguajes diferentes, esta maraña disruptiva, distópica y desinformativa, es la mejor manera de hacer que no pienses.

 ¿Dios ha muerto como decía Nietzsche? O ¿hemos creado un nuevo ídolo?

  Disfruta. Ah, y no olvides invitarme a una cerveza.

  Atentamente,

  Un habitante de la caverna

3 de abril. 32 años y un laberinto

Víspera de Befana de 1999. Marcelo esperaba impaciente el regalo de esa vieja maga de zapatos rotos. Su padre le había prometido llevarle al laberinto de Villa Pisani.

      Era una mañana cálida, pese al invierno. Marcelo se entretenía dando vueltas al laberinto persiguiendo a una mariposa blanca, sin pensar en otra cosa.

      —Vas haciendo círculos —le indicaba su padre—. Síguenos, no quiero que te pierdas.

      Marcelo hizo caso omiso. Se perdió, como era de prever, y varios guías tuvieron que emplear todos sus esfuerzos en localizarle.

      —Te lo dije —le regañó su padre—. No sé si Befana traerá regalos para ti esta noche.

        Sin embargo, Befana trajo regalos. Siempre se compadece de los niños traviesos. Además de sus juguetes preferidos le dejó una carta, lacrada con un raro sello de color blanco, que solo podría leer al cumplir 32 años.

    Marcelo conservó la carta y, aunque tuvo muchas tentaciones de abrirla a lo largo de los años, no lo hizo, quizá porque creía internamente que ese sobre amarillento conservaba algo que se esfumaría,si no cumplía con sus indicaciones.

   Marcelo, aunque fue hallado aquel día por los guías turísticos, llevaba una vida metafóricamente apegada a la continua pérdida, en los senderos de un complicado laberinto, persiguiendo una mariposa blanca que nunca alcanzaba. Había caído una y otra vez en profundas oscuridades y nada parecía satisfacerlo. Desordenó sus horarios, abandonó sus estudios y acabó trabajando en cualquier cosa por pura supervivencia. Su novia, Sofía, una muchacha alegre y cariñosa, no tuvo más remedio que dejarle tras múltiples engaños y faltas de compromiso. Nunca llegaba a tiempo a los sitios y siempre había una disculpa para no mirarse en el espejo.  Hoy era su 32 cumpleaños. Esa mañana se despertó con una tremenda resaca. Tocaba desayunar paracetamol y un café bien cargado. Cerró el teléfono. No podía ni aguantar el sonido de las llamadas de felicitación de cumpleaños. Mientras bebía el café se acordó de aquella carta. Era el momento de conocer qué decía.

        Querido Marcelo:

     Cuando se estropea un aparato doméstico y hemos de acudir al temido libro de instrucciones, podemos invocar a la divinidad en arameo, más no evitaremos chocarnos con la ineludible realidad: No hay quien lo entienda. La vida se asemeja, a veces, al aparato con instrucciones deficientes, como un código indescifrable en el que no encontramos la tecla del reset. ¿Dónde estará esa dichosa tecla? ¿Dónde el reinicio? ¿Dónde estará ese lugar que todos buscamos?

    Al final todo se reduce a un callejón que parece no tener salida, sin internarte en caminos estrechos y sinuosos, entre la oscuridad y la claridad. ¿Cuántas lecciones precisamos para ver el final del laberinto?  El hombre vive en la eterna duda, pero hay algo que nos puede guiar. El peor enemigo, para buscar la salida a nuestro propio laberinto, no es lo malo que nos pueda pasar, ni la dificultad de su diseño. Es el miedo, Marcelo, el miedo. Ninguna de las páginas más negras de la historia de la humanidad se hubiera escrito sin la complicidad del miedo de los que callan. Es natural, el instinto de supervivencia se impone sobre todo, aunque se nos vaya todo en ello. Por eso quizá la tecla de reinicio reside en algún lugar más allá del miedo; más allá del instinto. Pero para no tener miedo, no debemos sentirnos solos. Marcelo, no temas, haya pasado lo que haya pasado, eso no te define. Nadie es su pasado, sino quién quiera construirse en el presente. Siempre serás bienvenido. Es hora de sentirnos conectados.

  Preparé tu cuarto, con sábanas de amapola, y encendí el incienso de rosas, para tu bienvenida. Quería recorrer tus ojos, agarrarte las manos y visitar las estrellas. No llegaste. Quizá te despistó una sirena o tal vez un pirata, esos mares siempre tienen turbulencias. Seguiré esperando, tejiendo nubes, porque, algún día, todos acabamos llegando a Ítaca.

       Los sueños infantiles se quedan impresos en algún lugar de nuestra memoria. Ese lugar en el que encontramos quizá lo más auténtico de nosotros mismos. Era la hora del regreso. La tecla del reinicio, nunca mejor dicho. Su madre le había escrito esa carta 20 años antes. Lo seguía esperando, tejiendo nubes. El mejor regalo de su 32 cumpleaños fue el abrazo de los suyos.

2 de abril. ¿Conectados?

Miguel tenía las manos arrugadas, tanto que, si te fijases solamente en ellas, afirmarías que se trata de un anciano. Sin embargo, su expresión facial era suave, su rostro terso, sin apenas arrugas. Le mirabas a los ojos y parecía un niño. En realidad, ya había cumplido los 70. Vestía de forma muy extraña y siempre portaba un amuleto de un sol. En el pueblo todos decían que se había vuelto loco, que había tomado esto y aquello, participado en sectas y sociedades secretas. Los lenguaraces siempre tienen mucha imaginación. En ello les va su negocio.

  No me gustaba ir al pueblo. Sus gentes solo sabían hablar de lo que había ocurrido a otras. Únicamente cambiaban de tema cuando querían advertirte de algo negativo. Pasara lo que pasara, todo era para mal. Que si te iba a salir mal el negocio que proyectabas, si no ibas a aprobar tal examen, si ese novio no era el mejor para ti…Todo mal.

  Viernes Santo y con una niebla densa. Un día intensamente plomizo, de suelo extremadamente gris. No podía aguantar otra advertencia de mi tía, así que salí a la calle, por pura necesidad de respirar y no escuchar nada tóxico.

  Miguel estaba sentado en un banco, mirando al río. Sus ojos parecían absortos en el discurrir del agua.

   — Siéntate aquí, María.

   —¿Yo?

   —Sí, quiero contarte algo.

    Me senté a su lado y una extraña sensación se apoderó de mí. ¿No sería un psicópata? No lo conocía. Todo el mundo decía que estaba mal.

    —María te conozco desde pequeña. Tengo que contarte algo. Ya sabes que yo he vivido mucho. He intentado buscar a Dios en todas partes. Pasé del catolicismo a la nueva era, de la nueva era a la kabbalah, de la kabbalah al sufismo, del sufismo al sincretismo…Todos los caminos que se podían recorrer los seguí y no lo encontré, salvo ahí, en el agua.

     —¿En el agua?

     —Sí, María, en el agua. Sobrevolándola. ¿No lo ves?

     —Me temo que yo no veo nada.

      —Cada uno ha de tomarse su tiempo y su búsqueda. María, queda poco tiempo, poco tiempo…

     —¿Poco tiempo?

     —Para asumir el pacto. Hay que sellarlo

     —¿Qué pacto?

     —El cuarto pacto. Las tablas de la ley han desordenado sus letras. Ahora es tiempo de hacer una torre.

     —¿Una torre?, ¿Cómo la torre de babel? Eso no le gustó a tu Dios, eso era un desafío contra él.

    — No, María, esto es distinto, es una torre para la unión. El cuarto pacto, es la conexión entre todas las palabras buenas. Todas las letras están dispuestas a reunirse, para formar palabras buenas. Todos debemos aprender a hablarlas.

    —¿Y qué es una palabra buena?

   —María, no pensé me harías esa pregunta. ¿Qué va a ser? Aquellas que nos unen, nos conectan y nos hacen ser conscientes de la realidad de los otros. Esas son las palabras buenas.

Tras esta breve conversación con Miguel, pensé que quizá era cierto que estaba loco, como decían las gentes del pueblo. Sin embargo, esa misma noche soñé con una torre tan alta, que formaba escaleras de palabras buenas, para conectarnos entre todos. Quizá Miguel no estaba loco, quizá tenía razón y la única forma de mejorar este planeta desbocado, es comenzar a inundarlo de palabras buenas.

1 de abril.¿ La vida te arrolla?

       Buenas tardes, permítanme que me presente hoy aquí, de improviso. Me llamo Aurora y quienes me hayan leído en una anterior entrada conocerán alguna cosa de mí. Mi creadora me ha pedido que les cuente algo sobre mi vida, lo que me resultó más difícil de aprender y, por lo que, en ocasiones, sufrí muchas desilusiones. Yo era como un recipiente, un pequeño cubo que se pone en el exterior y no se mueve, de forma que si llueve recibe lluvia, si nieva nieve y si hace un sol arrollador se abrasa. La vida me arrollaba, yo no tenía las riendas. Y esa fue la experiencia de vida que me costó más aprender. ¿Y cómo lo hice? A base de golpes, desilusiones y sensaciones de caos. Reconozco que en ese proceso tuve un encuentro providencial.

         Mi primer día de colegio encontré a mi mejor amiga, fue la primera que me habló. Las otras no lo hacían. Me eligió ella, no yo. Y a partir de ahí, mi vida comenzó a funcionar con las mismas reglas.  Cuando llegó la adolescencia, yo quería tener novio como las demás, y mi primer novio fue uno de los primeros que me lo pidió. Resultó un fiasco. También él me eligió, yo solo estaba esperando como ese cubito en el exterior, a recibir agua, nieve…lo que fuera. Conocí a mi marido en una fiesta de cumpleaños. El primero que me pidió bailar. También fue un horror. Doce años de matrimonio convertidos en martirio. Elegí mi profesión tras consultar mi carta astral. Al final la dejé por aburrimiento y comencé a estudiar filosofía, y ahora estoy aquí, dando clases de filosofía en una ciudad que elegí en una tirada de dados.

        Mis parejas me decepcionaron, mis amigas me decepcionaron, mi trabajo me daba problemas. Un día, leyendo el periódico, observé un anuncio de una consulta de psicología. Marina Bao, psicóloga. Me gustó el nombre. Y como todo en mí es intuición, allá fui. Lo que yo ahora les voy a contar, para mí, fue esencial. Una mujer de 52 años resultó iluminarse por una joven de 30. Desde ese día, podríamos decir que, pese a mis peculiaridades, he tomado las riendas de mi propio carro.

       —Así que te gustan los dados para guiar tu destino. Juguemos al tarot.

       Marina puso encima de la mesa de la consulta la carta del carro. Genial, pensé, la primera psicóloga bruja que me he encontrado. Gracias universo, será mi psicóloga para siempre. Pero ella me preguntó:

      —¿Qué opinas de esta carta?

      —Pues el carro, el regreso, el destino.

      —¿Cómo elegiste este destino, trabajar aquí?

      —Porque en los dados me salió el seis. Asigne un número a cada destino del concurso de traslado y salió el 6.

     —¿Y a tu marido?

     —Porque ese día bailamos y me pareció que la luna brillaba más fuerte. Era un mensaje. De todos los que allí estaban, era el más guapo.

     —¿Tus amigas?

    —Aquellas que quisieron serlo.

    —¿Y tú, cuando has elegido algo?

      Me quedé pensativa. Era cierto, eludía mi responsabilidad al elegir, esperando que la vida me diera lo que me correspondiera.

      —Si eres un mero recipiente estático, recibes las inclemencias del tiempo. Si decides dónde situarte. Podrás recibir lo que buscas. Eso no quiere decir que no puedas tener desilusiones, pero lo que tú haces es jugar a la ruleta rusa —observó Marina.

      Era eso, en la vida no hay que esperar lo que venga. Hay que elegir. Para elegir debemos aprender a saber lo que queremos. De lo contrario, la vida te arrolla.

31 de marzo. Sé océano y no roca

Sé océano, no seas roca. Las piezas del mapamundi

“Lo sentimos, pero su producto no encaja en nuestra línea”. Un nuevo rechazo a la propuesta de comercialización de lo que, para Alberto, había sido su mejor idea. ¿Cómo podía ser posible que no encontrase financiación para ejecutarlo? Los bancos le denegaban los créditos, las grandes firmas comerciales su apoyo y su pequeña fábrica de productos de higiene ya no podía resistir un nuevo envite. Había diseñado una nueva línea de geles de baño para deportistas con una gran capacidad antibacteriana y la posibilidad de monodosis, de modo que se podía llevar al gimnasio, incluso, en un bolsillo de la cazadora del chándal. Era ideal para viajes cortos. La fragilidad económica de la empresa que había heredado de su abuelo, el sentimiento que debía sostenerla como débito a las generaciones que le precedían y la posibilidad de asumir los costes, si no encontraba ayuda, le abocaban a un callejón sin salida. Cuanto más lo pensaba e insistía en buscar nuevas ideas para conseguir financiación, más puertas se le cerraban.

  Era la hora del desayuno, así que pidió un café solo bien cargado y una tostada en el bar de enfrente de una conocida entidad bancaria. No tenía ninguna confianza de obtener algo diferente a unas buenas palabras. La camarera le sirvió el café en una taza con mensaje. “No hay nada imposible si confías”. Tuvo ganas de tirar la taza al suelo y pisotearla hasta que dicho mensaje se diluyera. El engaño de las frasecitas de autoayuda. Dejó la taza y sin acabar ni siquiera el café, pidió la cuenta. La camarera se acercó y mirándole fijamente a los ojos, como si tuviera un mensaje importante que decirle.

—Son 7,10 señor. Con 10 céntimos no se olvide.

—7, 10, aquí tiene.

—No le cobre, Susana —dijo un hombre de unos cincuenta años, de pelo canoso alborotado y rasgos faciales muy diminutos, unos ojos que casi no se veían si no fuera porque brillaban intensamente —. Deje que le invite por hoy. Sé que vendrá mañana y será usted quien me invite.

 —Mañana no vendré aquí, no vivo cerca. Gracias, pero no creo que sea posible que vuelva.

—Volverá, no tengo duda.

  A Alberto le pareció bien extraña esa invitación sorpresiva, pero estaba demasiado agobiado para reparar en ello. Aceptó la invitación y se dirigió a la entidad bancaria. El director no estaba, había tenido que salir para resolver un asunto urgente. Le dieron cita para la mañana siguiente. ¿Cómo era posible que aquel hombre lo supiera?

  Volvió a dirigirse a la cafetería para interesarse por ese extraño individuo. Se alegró al ver que todavía no se había ido.

—¿Cómo sabía usted que tenía que volver mañana?

—Obvio. Hoy usted necesita pasear un tiempo a solas. Mañana será otro día.

   El hombre misterioso le dijo adiós afectuosamente y sin más palabra se levantó de su mesa, despidiéndose de la camarera.

—¿Quién es?, ¿usted lo sabe? —Alberto se dirigió a la camarera.

—Es un vecino, vive por aquí, eso creo, porque viene todos los días. Es un hombre amable. Se llama Javier, no sé mucho más.

    Alberto salió del bar intrigado, pero ya no pudo ver a dónde se dirigía ese misterioso interlocutor. Decidió encomendarse al destino y comenzó a pasear sin rumbo por las calles. De pronto se vio delante de un escaparate de una juguetería. Se centró en un rompecabezas del mapamundi, de gran tamaño. Recordó inmediatamente su infancia. Tuvo uno parecido. Nunca logró terminarlo. Recordó que pasaba los días, en la mesa de la cocina, intentándolo montar, mientras su madre le decía: “eso es muy difícil, Alberto, no lo harás nunca. No sabes colocar las piezas”.

   No sabes colocar las piezas. Esa frase retumbó sobre su cabeza. Vivía agobiado porque desde siempre había creído que no sabía colocar las piezas. A veces las etiquetas nos maldicen. Ahora lo sabía, pero ¿cómo aprender a colocar las piezas? Volvió a pensar en el mensaje de la taza. Si confías, nada es imposible. Quizá era eso, no tenía confianza en sí mismo, en su capacidad para colocar las piezas. Volvió caminando a la oficina.

  Cuando revisó su proyecto, se dio cuenta que, como pretendía que todo saliese bien y tuviera un buen resultado, había supervisado hasta el mínimo detalle, el color de los productos, la forma de su envasado, sus utilidades, hasta la forma de portarlo. Y pensó que, si fuera a él a quien le presentasen un producto en el que todo está diseñado tan rígido, donde no había espacio para poner el propio sello, idear, colaborar contribuir, tendría dos opciones, rechazarlo o hacer una contrapropuesta en la que sugeriría una serie de cambios. La primera opción era la más fácil y menos comprometida. Y esa era la que se encontraba cada vez que proponía su lanzamiento.

    Como si fuera invadido por una gran inspiración, cambió el planteamiento de su producto y se dirigió, dossier en mano, a la oficina de una de las grandes marcas. Sintió un vacío en el estómago. Le parecía una locura, lo más seguro es que le dieran con la puerta en las narices, pero algo le impulsaba a hacerlo. Tenía que cruzar ese abismo.

   Sin saber prácticamente cómo, el recepcionista le atendió y lo mandó al departamento comercial y desde el departamento comercial al director general. Cuando le pasaron al despacho del director no dio crédito a lo que veía. Allí estaba ese hombre de rasgos diminutos que le había invitado al café.

  —Pase y siéntese. No le esperaba hoy sino mañana. Me ha sorprendido gratamente.

  Alberto notó la cara de satisfacción de Javier mientras revisaba su propuesta.

  —Es una gran oferta. Colaboraremos. Me temo que tendrá que invitarme a más de un café.

  —Eso está hecho.

  El exceso de control, la sobreprotección, el ser nuestro propio policía interior, puede tener puntos positivos, ya que el perfeccionismo nos lleva a mejorar activamente, pero también negativos, porque la rigidez impide veamos otros puntos de vista y recibamos las bendiciones que la vida nos pueda ofrecer. No etiquetes, no seas rígido, sé océano.