Cartas desde la caverna

Miguel Altiere es un espíritu filosófico que se adhiere, sin compasión alguna, a los textos de algunos blogeros. Se define, sin mucha coherencia, como neoplatónico y es muy insistente. Yo diría, sin exagerar, que es muy cansino. Hasta que logra su propósito no te deja en paz. Hoy a tocado al mío. Y aquí está, dispuesto a plasmar sus lunáticas ideas en una carta que les dirige a todos ustedes. Me advertido que debo afirmar que tiene todos los derechos reservados en una plataforma de registro de la propiedad intelectual, por lo que absténgase de copiar sus fantásticas ideas. Bueno, qué decir que él las cree fantásticas, pero, les confieso, tiene un ego demasiado subido. Creo que es poco consciente de la realidad. En fin, les dejo con su carta y juzgen ustedes. Sin duda, coincidirán conmigo que está un poquito alterado. Ay, lo siento, me acaba de sacudir una descarga eléctrica. Rectifico, es una reflexión muy profunda y muy a su altura…

El poder de la mentira. Cartas desde la caverna

       Dale un carpetazo a las leyendas, cuentos, parábolas y moralejas. Y disfruta, ya sobrepasamos el siglo de la razón. No hay nada más que lo que ves, no existe nada más que lo que se comprueba. Dios ha muerto, ellos, dice Nietzsche, lo mataron por nosotros. El trabajo ya está hecho, a partir de ese momento el hombre puede ser su propio dios. El ser maravilloso deconstruido en un mundo creado, y cada vez más, para mentes de infantes. Empapémonos con sus dosis de realidad. No hay nada más exuberante, sobre todo si tenemos el frigorífico lleno de cerveza y estamos dispuestos a disfrutar del espectáculo.

       Diremos que no es racional pensar en nada sobrenatural. Es una alucinación de tu pequeña mente. Eres el aquí y ahora. Libre de discernir. El ser más informado, más despierto. Pero te hablarán de su “relato”, no de su verdad, y manejarán las cifras, los medios de masa, las comunicaciones y te presentarán medias realidades, asumidas como verdad, en la cultura de la desinformación.

       Negaremos la paradójica fuerza de los mitos. Son leyendas para hombres primitivos. Ahora somos personas en el siglo XXI. Pero a la vez introducirán mensajes de la nueva era, la creación de tu propia realidad, las relaciones familiares que traspasan los tiempos y una nueva mística que se relaciona, de forma no muy explicable, con un campo de la física. Ahora todo es cuántico. ¿No entiendes qué implica? No importa, ellos tampoco.

      Abrazaremos esta realidad en un camino ansioso por agotar nuestro deseo, más cosas, más éxito, más sexo implícito y explícito, más comida, más abundancia, más…más…más…Buscar el placer no es malo, pero este propósito freudiano, nos enlaza en la carrera del más, sin realmente plantearnos qué cantidad queremos. El más, más, más …no nos dejará ver…Es como llegar a unos grandes almacenes abarrotados de cosas con objeto de buscar algo bien concreto. Abramos las puertas de la confusión. Es realmente divertido ser nuestro propio dios, creerse capaz de crear una imagen a medida, un mundo a nuestra medida. Pero cuando tengas instalado en tu vida esa ansia compulsiva del más, te dirán que deseas por encima de tus posibilidades, que has caído en un exceso, y que las consecuencias que procedan son tu culpabilidad. ¿Y estarás perdido? Claro, perdido, dispuesto a recibir tu dosis de castigo. No hay causa sin efecto, regla básica, nos cuentas. O estarás dispuesto a abrazar las tesis de cualquier gurú que te salve de la ruina, el exceso, el consumismo. Ya nada te satisface, siempre, es más, más, más… Y así volverás a sentirte pequeño. ¿Un dios? Un ser pequeño, diminuto y débil…

     Valoremos la prostitución del pensamiento. Regodeémonos en lo macabro. Hagamos de las víctimas bufones del siglo XXI. Aireemos nuestras mediocridades. Eso sí, con gritos, aspavientos, enojos, a impulsos, echando fuera todo aquello que parece tenemos dentro. ¿Pero lo tenemos de verdad? Da igual, lo importante es vomitar. Y que el receptor del vómito se contamine. ¿Para qué enseñar serenidad? ¿Para qué buscar soluciones? El problema no es un problema es un espectáculo. Se resuelve en las tertulias, dando charlas, cambiando eslóganes. Y como en un rito iniciático de regresión infinita, creemos otro relato, en el que las palabras mágicas que hayamos diseñado en una tarde cualquiera, supongan la redención de nuestros problemas.

     Exageremos las teorías de la conspiración, hasta el punto que abracen el absurdo, y con ello se diluya, si lo tuvieran, su fragmento de verdad. Clamemos al universo nos otorgue una cáscara nueva, que rocíe el sol y nos traiga la primavera más maravillosa. Aquella en la que el hombre, rey del universo, abraza el único grial reconocido: El poder del dinero. Nuestra salvación infinita en un mundo de ocio permanente, series, bestsellers, luces, destellos, nuestra mejor imagen en las redes, para desolación de nuestro yo desnudo.

   Sigamos, pues, ascendiendo, entre la desinformación, para nuestra mayor gloria.

   Pero si algo puede ser cierto de esta distopía, es que por mucho que te prometan, no serás feliz.

  Recordemos la torre de babel, si el Dios de Israel, evitó la fuerza de la conexión de aquellos que pretendían desafiarle, haciendo que no se entendieran, al hablar lenguajes diferentes, esta maraña disruptiva, distópica y desinformativa, es la mejor manera de hacer que no pienses.

 ¿Dios ha muerto como decía Nietzsche? O ¿hemos creado un nuevo ídolo?

  Disfruta. Ah, y no olvides invitarme a una cerveza.

  Atentamente,

  Un habitante de la caverna

3 de abril. 32 años y un laberinto

Víspera de Befana de 1999. Marcelo esperaba impaciente el regalo de esa vieja maga de zapatos rotos. Su padre le había prometido llevarle al laberinto de Villa Pisani.

      Era una mañana cálida, pese al invierno. Marcelo se entretenía dando vueltas al laberinto persiguiendo a una mariposa blanca, sin pensar en otra cosa.

      —Vas haciendo círculos —le indicaba su padre—. Síguenos, no quiero que te pierdas.

      Marcelo hizo caso omiso. Se perdió, como era de prever, y varios guías tuvieron que emplear todos sus esfuerzos en localizarle.

      —Te lo dije —le regañó su padre—. No sé si Befana traerá regalos para ti esta noche.

        Sin embargo, Befana trajo regalos. Siempre se compadece de los niños traviesos. Además de sus juguetes preferidos le dejó una carta, lacrada con un raro sello de color blanco, que solo podría leer al cumplir 32 años.

    Marcelo conservó la carta y, aunque tuvo muchas tentaciones de abrirla a lo largo de los años, no lo hizo, quizá porque creía internamente que ese sobre amarillento conservaba algo que se esfumaría,si no cumplía con sus indicaciones.

   Marcelo, aunque fue hallado aquel día por los guías turísticos, llevaba una vida metafóricamente apegada a la continua pérdida, en los senderos de un complicado laberinto, persiguiendo una mariposa blanca que nunca alcanzaba. Había caído una y otra vez en profundas oscuridades y nada parecía satisfacerlo. Desordenó sus horarios, abandonó sus estudios y acabó trabajando en cualquier cosa por pura supervivencia. Su novia, Sofía, una muchacha alegre y cariñosa, no tuvo más remedio que dejarle tras múltiples engaños y faltas de compromiso. Nunca llegaba a tiempo a los sitios y siempre había una disculpa para no mirarse en el espejo.  Hoy era su 32 cumpleaños. Esa mañana se despertó con una tremenda resaca. Tocaba desayunar paracetamol y un café bien cargado. Cerró el teléfono. No podía ni aguantar el sonido de las llamadas de felicitación de cumpleaños. Mientras bebía el café se acordó de aquella carta. Era el momento de conocer qué decía.

        Querido Marcelo:

     Cuando se estropea un aparato doméstico y hemos de acudir al temido libro de instrucciones, podemos invocar a la divinidad en arameo, más no evitaremos chocarnos con la ineludible realidad: No hay quien lo entienda. La vida se asemeja, a veces, al aparato con instrucciones deficientes, como un código indescifrable en el que no encontramos la tecla del reset. ¿Dónde estará esa dichosa tecla? ¿Dónde el reinicio? ¿Dónde estará ese lugar que todos buscamos?

    Al final todo se reduce a un callejón que parece no tener salida, sin internarte en caminos estrechos y sinuosos, entre la oscuridad y la claridad. ¿Cuántas lecciones precisamos para ver el final del laberinto?  El hombre vive en la eterna duda, pero hay algo que nos puede guiar. El peor enemigo, para buscar la salida a nuestro propio laberinto, no es lo malo que nos pueda pasar, ni la dificultad de su diseño. Es el miedo, Marcelo, el miedo. Ninguna de las páginas más negras de la historia de la humanidad se hubiera escrito sin la complicidad del miedo de los que callan. Es natural, el instinto de supervivencia se impone sobre todo, aunque se nos vaya todo en ello. Por eso quizá la tecla de reinicio reside en algún lugar más allá del miedo; más allá del instinto. Pero para no tener miedo, no debemos sentirnos solos. Marcelo, no temas, haya pasado lo que haya pasado, eso no te define. Nadie es su pasado, sino quién quiera construirse en el presente. Siempre serás bienvenido. Es hora de sentirnos conectados.

  Preparé tu cuarto, con sábanas de amapola, y encendí el incienso de rosas, para tu bienvenida. Quería recorrer tus ojos, agarrarte las manos y visitar las estrellas. No llegaste. Quizá te despistó una sirena o tal vez un pirata, esos mares siempre tienen turbulencias. Seguiré esperando, tejiendo nubes, porque, algún día, todos acabamos llegando a Ítaca.

       Los sueños infantiles se quedan impresos en algún lugar de nuestra memoria. Ese lugar en el que encontramos quizá lo más auténtico de nosotros mismos. Era la hora del regreso. La tecla del reinicio, nunca mejor dicho. Su madre le había escrito esa carta 20 años antes. Lo seguía esperando, tejiendo nubes. El mejor regalo de su 32 cumpleaños fue el abrazo de los suyos.

2 de abril. ¿Conectados?

Miguel tenía las manos arrugadas, tanto que, si te fijases solamente en ellas, afirmarías que se trata de un anciano. Sin embargo, su expresión facial era suave, su rostro terso, sin apenas arrugas. Le mirabas a los ojos y parecía un niño. En realidad, ya había cumplido los 70. Vestía de forma muy extraña y siempre portaba un amuleto de un sol. En el pueblo todos decían que se había vuelto loco, que había tomado esto y aquello, participado en sectas y sociedades secretas. Los lenguaraces siempre tienen mucha imaginación. En ello les va su negocio.

  No me gustaba ir al pueblo. Sus gentes solo sabían hablar de lo que había ocurrido a otras. Únicamente cambiaban de tema cuando querían advertirte de algo negativo. Pasara lo que pasara, todo era para mal. Que si te iba a salir mal el negocio que proyectabas, si no ibas a aprobar tal examen, si ese novio no era el mejor para ti…Todo mal.

  Viernes Santo y con una niebla densa. Un día intensamente plomizo, de suelo extremadamente gris. No podía aguantar otra advertencia de mi tía, así que salí a la calle, por pura necesidad de respirar y no escuchar nada tóxico.

  Miguel estaba sentado en un banco, mirando al río. Sus ojos parecían absortos en el discurrir del agua.

   — Siéntate aquí, María.

   —¿Yo?

   —Sí, quiero contarte algo.

    Me senté a su lado y una extraña sensación se apoderó de mí. ¿No sería un psicópata? No lo conocía. Todo el mundo decía que estaba mal.

    —María te conozco desde pequeña. Tengo que contarte algo. Ya sabes que yo he vivido mucho. He intentado buscar a Dios en todas partes. Pasé del catolicismo a la nueva era, de la nueva era a la kabbalah, de la kabbalah al sufismo, del sufismo al sincretismo…Todos los caminos que se podían recorrer los seguí y no lo encontré, salvo ahí, en el agua.

     —¿En el agua?

     —Sí, María, en el agua. Sobrevolándola. ¿No lo ves?

     —Me temo que yo no veo nada.

      —Cada uno ha de tomarse su tiempo y su búsqueda. María, queda poco tiempo, poco tiempo…

     —¿Poco tiempo?

     —Para asumir el pacto. Hay que sellarlo

     —¿Qué pacto?

     —El cuarto pacto. Las tablas de la ley han desordenado sus letras. Ahora es tiempo de hacer una torre.

     —¿Una torre?, ¿Cómo la torre de babel? Eso no le gustó a tu Dios, eso era un desafío contra él.

    — No, María, esto es distinto, es una torre para la unión. El cuarto pacto, es la conexión entre todas las palabras buenas. Todas las letras están dispuestas a reunirse, para formar palabras buenas. Todos debemos aprender a hablarlas.

    —¿Y qué es una palabra buena?

   —María, no pensé me harías esa pregunta. ¿Qué va a ser? Aquellas que nos unen, nos conectan y nos hacen ser conscientes de la realidad de los otros. Esas son las palabras buenas.

Tras esta breve conversación con Miguel, pensé que quizá era cierto que estaba loco, como decían las gentes del pueblo. Sin embargo, esa misma noche soñé con una torre tan alta, que formaba escaleras de palabras buenas, para conectarnos entre todos. Quizá Miguel no estaba loco, quizá tenía razón y la única forma de mejorar este planeta desbocado, es comenzar a inundarlo de palabras buenas.

1 de abril.¿ La vida te arrolla?

       Buenas tardes, permítanme que me presente hoy aquí, de improviso. Me llamo Aurora y quienes me hayan leído en una anterior entrada conocerán alguna cosa de mí. Mi creadora me ha pedido que les cuente algo sobre mi vida, lo que me resultó más difícil de aprender y, por lo que, en ocasiones, sufrí muchas desilusiones. Yo era como un recipiente, un pequeño cubo que se pone en el exterior y no se mueve, de forma que si llueve recibe lluvia, si nieva nieve y si hace un sol arrollador se abrasa. La vida me arrollaba, yo no tenía las riendas. Y esa fue la experiencia de vida que me costó más aprender. ¿Y cómo lo hice? A base de golpes, desilusiones y sensaciones de caos. Reconozco que en ese proceso tuve un encuentro providencial.

         Mi primer día de colegio encontré a mi mejor amiga, fue la primera que me habló. Las otras no lo hacían. Me eligió ella, no yo. Y a partir de ahí, mi vida comenzó a funcionar con las mismas reglas.  Cuando llegó la adolescencia, yo quería tener novio como las demás, y mi primer novio fue uno de los primeros que me lo pidió. Resultó un fiasco. También él me eligió, yo solo estaba esperando como ese cubito en el exterior, a recibir agua, nieve…lo que fuera. Conocí a mi marido en una fiesta de cumpleaños. El primero que me pidió bailar. También fue un horror. Doce años de matrimonio convertidos en martirio. Elegí mi profesión tras consultar mi carta astral. Al final la dejé por aburrimiento y comencé a estudiar filosofía, y ahora estoy aquí, dando clases de filosofía en una ciudad que elegí en una tirada de dados.

        Mis parejas me decepcionaron, mis amigas me decepcionaron, mi trabajo me daba problemas. Un día, leyendo el periódico, observé un anuncio de una consulta de psicología. Marina Bao, psicóloga. Me gustó el nombre. Y como todo en mí es intuición, allá fui. Lo que yo ahora les voy a contar, para mí, fue esencial. Una mujer de 52 años resultó iluminarse por una joven de 30. Desde ese día, podríamos decir que, pese a mis peculiaridades, he tomado las riendas de mi propio carro.

       —Así que te gustan los dados para guiar tu destino. Juguemos al tarot.

       Marina puso encima de la mesa de la consulta la carta del carro. Genial, pensé, la primera psicóloga bruja que me he encontrado. Gracias universo, será mi psicóloga para siempre. Pero ella me preguntó:

      —¿Qué opinas de esta carta?

      —Pues el carro, el regreso, el destino.

      —¿Cómo elegiste este destino, trabajar aquí?

      —Porque en los dados me salió el seis. Asigne un número a cada destino del concurso de traslado y salió el 6.

     —¿Y a tu marido?

     —Porque ese día bailamos y me pareció que la luna brillaba más fuerte. Era un mensaje. De todos los que allí estaban, era el más guapo.

     —¿Tus amigas?

    —Aquellas que quisieron serlo.

    —¿Y tú, cuando has elegido algo?

      Me quedé pensativa. Era cierto, eludía mi responsabilidad al elegir, esperando que la vida me diera lo que me correspondiera.

      —Si eres un mero recipiente estático, recibes las inclemencias del tiempo. Si decides dónde situarte. Podrás recibir lo que buscas. Eso no quiere decir que no puedas tener desilusiones, pero lo que tú haces es jugar a la ruleta rusa —observó Marina.

      Era eso, en la vida no hay que esperar lo que venga. Hay que elegir. Para elegir debemos aprender a saber lo que queremos. De lo contrario, la vida te arrolla.

31 de marzo. Sé océano y no roca

Sé océano, no seas roca. Las piezas del mapamundi

“Lo sentimos, pero su producto no encaja en nuestra línea”. Un nuevo rechazo a la propuesta de comercialización de lo que, para Alberto, había sido su mejor idea. ¿Cómo podía ser posible que no encontrase financiación para ejecutarlo? Los bancos le denegaban los créditos, las grandes firmas comerciales su apoyo y su pequeña fábrica de productos de higiene ya no podía resistir un nuevo envite. Había diseñado una nueva línea de geles de baño para deportistas con una gran capacidad antibacteriana y la posibilidad de monodosis, de modo que se podía llevar al gimnasio, incluso, en un bolsillo de la cazadora del chándal. Era ideal para viajes cortos. La fragilidad económica de la empresa que había heredado de su abuelo, el sentimiento que debía sostenerla como débito a las generaciones que le precedían y la posibilidad de asumir los costes, si no encontraba ayuda, le abocaban a un callejón sin salida. Cuanto más lo pensaba e insistía en buscar nuevas ideas para conseguir financiación, más puertas se le cerraban.

  Era la hora del desayuno, así que pidió un café solo bien cargado y una tostada en el bar de enfrente de una conocida entidad bancaria. No tenía ninguna confianza de obtener algo diferente a unas buenas palabras. La camarera le sirvió el café en una taza con mensaje. “No hay nada imposible si confías”. Tuvo ganas de tirar la taza al suelo y pisotearla hasta que dicho mensaje se diluyera. El engaño de las frasecitas de autoayuda. Dejó la taza y sin acabar ni siquiera el café, pidió la cuenta. La camarera se acercó y mirándole fijamente a los ojos, como si tuviera un mensaje importante que decirle.

—Son 7,10 señor. Con 10 céntimos no se olvide.

—7, 10, aquí tiene.

—No le cobre, Susana —dijo un hombre de unos cincuenta años, de pelo canoso alborotado y rasgos faciales muy diminutos, unos ojos que casi no se veían si no fuera porque brillaban intensamente —. Deje que le invite por hoy. Sé que vendrá mañana y será usted quien me invite.

 —Mañana no vendré aquí, no vivo cerca. Gracias, pero no creo que sea posible que vuelva.

—Volverá, no tengo duda.

  A Alberto le pareció bien extraña esa invitación sorpresiva, pero estaba demasiado agobiado para reparar en ello. Aceptó la invitación y se dirigió a la entidad bancaria. El director no estaba, había tenido que salir para resolver un asunto urgente. Le dieron cita para la mañana siguiente. ¿Cómo era posible que aquel hombre lo supiera?

  Volvió a dirigirse a la cafetería para interesarse por ese extraño individuo. Se alegró al ver que todavía no se había ido.

—¿Cómo sabía usted que tenía que volver mañana?

—Obvio. Hoy usted necesita pasear un tiempo a solas. Mañana será otro día.

   El hombre misterioso le dijo adiós afectuosamente y sin más palabra se levantó de su mesa, despidiéndose de la camarera.

—¿Quién es?, ¿usted lo sabe? —Alberto se dirigió a la camarera.

—Es un vecino, vive por aquí, eso creo, porque viene todos los días. Es un hombre amable. Se llama Javier, no sé mucho más.

    Alberto salió del bar intrigado, pero ya no pudo ver a dónde se dirigía ese misterioso interlocutor. Decidió encomendarse al destino y comenzó a pasear sin rumbo por las calles. De pronto se vio delante de un escaparate de una juguetería. Se centró en un rompecabezas del mapamundi, de gran tamaño. Recordó inmediatamente su infancia. Tuvo uno parecido. Nunca logró terminarlo. Recordó que pasaba los días, en la mesa de la cocina, intentándolo montar, mientras su madre le decía: “eso es muy difícil, Alberto, no lo harás nunca. No sabes colocar las piezas”.

   No sabes colocar las piezas. Esa frase retumbó sobre su cabeza. Vivía agobiado porque desde siempre había creído que no sabía colocar las piezas. A veces las etiquetas nos maldicen. Ahora lo sabía, pero ¿cómo aprender a colocar las piezas? Volvió a pensar en el mensaje de la taza. Si confías, nada es imposible. Quizá era eso, no tenía confianza en sí mismo, en su capacidad para colocar las piezas. Volvió caminando a la oficina.

  Cuando revisó su proyecto, se dio cuenta que, como pretendía que todo saliese bien y tuviera un buen resultado, había supervisado hasta el mínimo detalle, el color de los productos, la forma de su envasado, sus utilidades, hasta la forma de portarlo. Y pensó que, si fuera a él a quien le presentasen un producto en el que todo está diseñado tan rígido, donde no había espacio para poner el propio sello, idear, colaborar contribuir, tendría dos opciones, rechazarlo o hacer una contrapropuesta en la que sugeriría una serie de cambios. La primera opción era la más fácil y menos comprometida. Y esa era la que se encontraba cada vez que proponía su lanzamiento.

    Como si fuera invadido por una gran inspiración, cambió el planteamiento de su producto y se dirigió, dossier en mano, a la oficina de una de las grandes marcas. Sintió un vacío en el estómago. Le parecía una locura, lo más seguro es que le dieran con la puerta en las narices, pero algo le impulsaba a hacerlo. Tenía que cruzar ese abismo.

   Sin saber prácticamente cómo, el recepcionista le atendió y lo mandó al departamento comercial y desde el departamento comercial al director general. Cuando le pasaron al despacho del director no dio crédito a lo que veía. Allí estaba ese hombre de rasgos diminutos que le había invitado al café.

  —Pase y siéntese. No le esperaba hoy sino mañana. Me ha sorprendido gratamente.

  Alberto notó la cara de satisfacción de Javier mientras revisaba su propuesta.

  —Es una gran oferta. Colaboraremos. Me temo que tendrá que invitarme a más de un café.

  —Eso está hecho.

  El exceso de control, la sobreprotección, el ser nuestro propio policía interior, puede tener puntos positivos, ya que el perfeccionismo nos lleva a mejorar activamente, pero también negativos, porque la rigidez impide veamos otros puntos de vista y recibamos las bendiciones que la vida nos pueda ofrecer. No etiquetes, no seas rígido, sé océano.

Martes 30 de abril. Tú no eres unas zapatillas rosa

        Tú no eres esas zapatillas rosas

 Referirse al calzado metafóricamente para asimilarlo a nuestra esencia, alma, o ser espiritual, es algo arraigado en nuestra cultura y que tiene unas bases conocidas. Cambiar de calzado y cambiar de esencia puede ser una alegoría que nos impulse al crecimiento personal pero, en su sentido más literal o materialista, es creernos distintos por una determinada apariencia. Los cuellos más bellos que he visto raramente están vestidos con diamantes.

 Ana era una chica alegre y divertida, siempre estaba riendo, buscando un motivo para una broma o para hacer un chiste. Qué decir tiene que, pese a sus 14 años, era el alma de su casa. No se podía no quererla. Era una joven de largo cabello castaño, con unos ojos grandes que te miraban fijamente, mientras no paraba de reír, contagiándote la risa. ¿Quién podría negarle algo?

 Ana quería unas zapatillas rosas de una marca conocida, cuyo precio acumulaba tres cifras. Su madre no era muy partidaria de gastarse un dineral en ese calzado, cuando tenía suficientes deportivas.

—Todas las chicas las tienen, mamá.

—¿Y tú tienes que querer lo que quieren todas? Debes pensar en lo que necesitas, no en caprichos.

—Si yo no las llevo pareceré una colgada, una freak. Mira estas zapatillas que llevo, mamá, no las querría poner ninguna chica de mi clase.

—Iremos a ver esas zapatillas, pero no te prometo nada.

   En la zapatería tenían un puesto destacado. Ahí estaban las flamantes y deseadas zapatillas. Ana cogió un par, de color rosa intenso, y el emblema de la marca bien visible.

 —Esas no, Ana. Mira, estas son más discretas le dijo su madre, mientras le exhibía un modelo del mismo color, pero en el que el logo de la marca era muy pequeño, casi imperceptible.

 —Esas no, mamá. Esas no las quiero. No se ve de qué marca son…

 —Entonces tu no quieres unas zapatillas de esta marca porque sean más cómodas y de mejor resultado. Tú lo que quieres es llevar un cartel en tus zapatos en el que diga “mira lo que llevo, tanto valgo”. Si no quieres las zapatillas, nos vamos. Yo no te voy a comprar un cartel. Si necesitaras llevar un cartel para gritar al viento que has podido comprarte unas zapatillas caras, me daría mucha pena, Ana. Yo no te he educado así.

 —Mamá, pero si no se ve la marca, las chicas van a decir que son feas.

 —Nunca hubiera pensado que una cosa es bonita o fea porque ponga su marca en grande. Para eso, que vendan unos sacos de patatas con su logo, y ale, todos con los sacos por la calle.

 —Mama…

 —Tú no eres unas zapatillas rosas. Eres Ana.

 Ana finalmente accedió a comprarse las zapatillas con el logo más discreto. Quizá en ese momento aprendió que no necesitaba otras zapatillas y que lo que buscaba en ellas era algo que no le podía dar un objeto. La identidad se construye. No llevar un objeto simplemente para ostentar es un lujo que pueden permitirse pocos.

Lunes, 29 de abril. ¿Puedes sentir la densidad?

                 Si tuviera un telescopio…

   Enrique soñaba que, por fin, el día de Reyes, sus padres le regalaran el telescopio que tanto ansiaba. Fantaseaba con tener un telescopio más profesional que aquel de juguete que le había regalado su abuelo en su cumpleaños. Sabía que era caro, muy caro, pero había oído que a sus padres le había ido bien la cosecha este año. Cruzaba los dedos, encomendándose a la suerte. ¿Tendría por fin ese regalo tan ansiado?

  Enrique era un joven de 17 años cuya mayor pasión era llegar a ser físico. Su madre siempre le bromeaba y le decía que pensase ser pianista, ya que tenía unas manos ágiles y delicadas. Enrique pensaba que las madres siempre ideaban un destino diferente para probarte. Pero él lo tenía claro, sería físico, sí o sí.

 Esa mañana se levantó bien temprano. Tenía el pelo alborotado y hacia arriba. Su cabeza parecía una bombilla amarilla a punto de lucir. Bueno, siempre tenía el pelo alborotado al levantarse. Ese pelo rubio, pero tan rizado, era indomable cuando crecía y desafiaba la ley de la gravedad, erizándose hacia arriba. Lo aplastó con las manos. No tenía tiempo para peinarse. Iba a conocer a su amado telescopio.

 Cuando llegó al salón, se encontró con una caja enorme. Por fin el telescopio, pensó. Abrió el paquete apresuradamente, no reparando en una nota que estaba colgada junto al lazo que decoraba el envoltorio de regalo. Cuando abrió la caja de cartón que escondía tal vestimenta su sorpresa fue mayúscula. En lugar del telescopio había un microscopio, muy bueno, pero un microscopio. ¿Podían ser sus padres tan torpes? Habían confundido un telescopio con un microscopio.

 Preso de la desilusión se dispuso a recoger el papel de regalo esparcido por el suelo. Y ahí estaba un pequeño sobre blanco, que parecía contener una tarjeta, en la que textualmente leyó:

 Querido Enrique. Sé que deseabas un telescopio, pero me ha parecido mejor idea regalarte un microscopio. Si uno no comprende las reglas de las cosas pequeñas, ¿Cómo va a comprender el universo? Atentamente, Baltasar.

 Las cimas más altas se escalan desde abajo. Si no tienes las herramientas adecuadas no puedes escalar. Asume que todo es un trayecto, y que cuando la vida regala algo de manera apresurada y sin merecerlo, más que el éxito como regalo lo que te somete es a una prueba. Y créeme, de ella no es tan fácil salir ileso. Atentamente, Melchor.

 Bueno, qué decir tiene que yo quería regalarte el telescopio. Pero me convencieron de que no era oportuno. Sí entiendes este deseo no colmado, todo fracaso, como un paso más adelante en tu destino, sin duda llegarás a ser un buen físico. Atentamente Gaspar.

  Volvió a mirar el microscopio. Quizá no era tan mal regalo. Podría examinar minerales, cosas pequeñas, la materia es densa y ese instrumento facilitaba observar lo que nuestros ojos no nos dejan ver. Observar, ver más allá de la densidad, para crecer. Hay demasiadas cosas que no vemos y tenemos cerca.

¿Qué ves detrás de tu puerta?

     DOMINGO 28 DE ABRIL

     Estoy sentada con los pies cubiertos de tierra. Ella cubre de ocre el color de mis zapatos. Sé que son de color arena, clara, iluminada por el sol del mediodía. Pero no los veo.

       Detrás de la puerta, veo un monstruo

     Eva era una joven de 13 años, con unos ojos de un marrón intenso y unas cejas pobladas y marcadas, tan definidas que eran perfectas. Su tez era pálida, sus labios carnosos tenían un color rojo, natural, que hacía imposible no detenerte en su belleza.  Fue una niña solitaria, siempre enredada en construir fantásticas historias con sus juguetes. Le gustaba cambiar el final de los libros y también, muchas veces, el principio. Su mayor deseo era vivir en una nube llena de flores rojas. Cuando sus padres se divorciaron, su mundo se derrumbó como si fuera un castillo de naipes. La adolescencia se volvió difícil. Buscaba agradar, ser querida, pero cada vez que lo buscaba ella sentía que se perdía. El desorden marcaba la batuta de su vida. Muchas veces se sentía molesta con solo oír la voz de su madre y solía discutir con demasiada frecuencia. A veces, siquiera sabía por qué. Lo cierto era que, por mínima que fuera la crítica que recibiera, respondía con una ira inusitada. Eva, en realidad, se defendía de sus propias oscuridades, pero lo que no sabía era que, cada vez que lo hacía, atraía otras oscuridades mucho más peligrosas.

    Esta mañana le costó despertarse. Solo deseaba dormir. La insistencia de su madre hizo que se levantara, al menos para cerrar la puerta y decirle que la dejara en paz, que estaba muy cansada. Tras despedir a su madre, se volvió a hacer un ovillo en su edredón, conectó los cascos a su teléfono móvil y comenzó a escuchar música a todo volumen.

 Eva, te he dicho mil veces que recojas tu habitación. ¿Te parece normal? —dijo su madre, señalando una montaña de camisetas esparcidas por todo el suelo.

—¿Tú no te ibas al trabajo? Ya lo recojo, estás siempre igual. Yo ya sé lo que tengo que hacer.

 —Y yo lo que no te tengo que permitir. Deja ahora mismo el móvil y ponte a recoger.

 —Que me dejes en paz. Estoy haciendo cosas. Ya lo haré.

  —Tú misma  —dijo su madre, mientras se dispuso a coger todas las camisetas del suelo — .Como están en el suelo, es basura y a la basura me las llevo.

  —Que no mamá, que no… —Eva trato de impedirlo—. Eres una pesada, ahora las recojo, te he dicho.

  —Pesada me llamas, tú no tienes respeto a tu madre. Dame el móvil, quedas castigada sin él una semana.

  —El móvil no…

  Su madre intentó quitarle el móvil y Eva impedirlo. Estaba esperando ese wathsapp del chico más guapo de la clase. No podía llevárselo.

  —Bruja, bruja, eres una bruja, una idiota, no te ves una vieja amargada, siempre regañando, Eva por aquí, Eva por allá. No me extraña que papá no te quisiera. Te odio.

  —Tu comportamiento es incorregible, Eva.

  —¿Incorregible? Bruja, fea, gorda, que eres una gorda, por eso estás amargada

  Eva agarró el móvil, las camisetas, las metió en su mochila y salió de la casa dando un portazo.

   Esa noche no volvió, se quedó a dormir en casa de una amiga. Su madre llamaba insistentemente a su teléfono, así que la bloqueó. Esa noche tuvo una terrible pesadilla. Un monstruo estaba detrás de la puerta de su habitación y le saludaba como si la conociese de toda la vida. Era como una masa informe gris muy oscura y le decía, Eva, tú y yo somos lo mismo. Se despertó agitada y confusa. Se dirigió a la cocina de esa casa extraña para buscar un vaso de agua. Sentía la boca muy seca. Allí estaba la madre de Inés, preparando unas tostadas para el desayuno.

 —¿Te ha visitado el monstruo gris? Le preguntó la madre de su amiga Inés.

 —¿Cómo sabes lo que he soñado?

  —Porque una vez, hace muchos años, también me pasó a mí. Y sabes, con el tiempo, me di cuenta de una cosa muy importante, que yo era quien lo estaba creando.

  Para que las paredes de tu casa no sean negativas y en tu puerta no se asome un temido monstruo gris, tan temido porque anuncia que tendrás que aprender a golpes, en lugar de caminar suave, paseando, en esta primavera de tu vida, lo importante es conocer que muchas veces nosotros alimentamos la negatividad. Pensamos que huyendo a una casa extraña se diluirán los problemas, y lejos de ello, se vienen con nosotros.

 Después de recordar a Eva, limpié mis zapatos de la tierra oscura y me dispuse a soñar, como a ella le gustaría, con una nube plagada de flores rojas.

Cuando hay intrusos todo puede suceder

Comienzan los preparativos…. Muy pronto en imprenta Los extraños ojos de Marina

Bueno, bueno, bueno… ya veo que doña Aurora se coló en este blog el otro día, pues, con su permiso, yo también lo hago hoy. Tengo mucho que decirles. Estoy atrapado en una historia en la que he sido objeto de unas acusaciones terribles e injustas. Si ustedes leen las mentiras que cuentan sobre mí, pueden pensar que soy pérfido malvado, pero nada más lejos de la realidad. ¿No desean ustedes un mundo seguro? ¿No desean un mundo más justo? Sí lo desean, no lo nieguen. Quieren despertarse un día y comprobar que sus vidas han cambiado, que existen oportunidades para todos, que no se premia a los inútiles, que se alaba a los que se merecen y que todos reciben su reconocimiento. Pues ese era, y es, mi mayor deseo. Intenté conseguirlo, hice todo lo necesario, dediqué mi tiempo y esfuerzo para que fuera una realidad. Si no me hubiera tropezado con esas tres mujeres, todo habría salido bien…

  —No me voy. ¡Qué no me voy! Usted está muerta, no puede obligarme a irme…

  —Pues claro que se va a ir. Aquí no es bienvenido.

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Vaya, perdonen, se ha colado un indeseable intruso. Las muertas tenemos muchas capacidades que se desconocen. Una de ellas, mandar a paseo a los intrusos o pellizcar a los caraduras e insolentes. No le hagan ni caso, ese intruso es un verdadero psicópata. Conozco muy bien a ese personaje. Hace muchos años que visito este mundo de otra manera y les confieso que no está nada mal. Soy invisible para la mayoría, puedo hablar sin que me escuche quien no quiero y aparecerme donde quiera. Pueden notar mi presencia cuando huele intensamente a incienso de margaritas. Solo tienen que llamarme, pero asegúrense de que tienen en su mesa alguno de mis postres favoritos. Si no, ni me llamen…Lo sé, lo sé, las presencias del más allá podemos ser muy exigentes. Entiéndanme, cuando estaba viva era muy golosa y hay ciertas cualidades que se conservan en este mundo. Si me invocan no se arrepentirán. Tengo muchas historias y leyendas que contarles y, tal vez, les regale algún candado para encerrar todo lo que les importune o les disguste. Permítanme que les anime a realizar un pequeño ritual. Cuando era niña me gustaba dar vueltas alrededor de los árboles y engalanarlos con cintas de colores. En cada cinta anotaba con un rotulador permanente un deseo. Una vez que los había anotado todos, rodeaba el árbol con las cintas y lo circunvalaba nueve veces. Nueve veces al derecho y otras nueve del revés. Mientras daba vueltas repetía estas palabras: creo que puedo hacerlo mientras canto, creo que puedo sentirlo mientras bailo, creo que puedo escucharme mientras hablo. Cuando terminaba esa curiosa circunvalación, guardaba las cintas en una cajita y si algún día me encontraba sin fuerzas volvía a leerlas repitiendo las mismas palabras. Y la magia se hacía en mí, no lo duden, porque si existe una verdadera magia es la que comienza cuando confiamos y creemos en nosotros mismos.

Muy pronto podrán leer muchas más cosas sobre mí.

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Una intrusa en este blog

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   Ustedes no me conocen, así que me presento, me llamo Aurora y soy un personaje de un libro que, dentro de unos meses, la petarda de mi autora va a decidir publicar. Y ya era hora…Los autores son unos indecisos y a mí me falta paciencia. Llevo muchos meses recogida en un cajón, soportando correcciones y esperas infinitas. Aunque le agradezco la oportunidad que me ha dado hoy, en vísperas del 2021, a expresarme libremente, estoy un poco molesta con ella. No se asusten, ella ya lo sabe, pero le da igual y hasta me regaña por egocéntrica. Miren ustedes, mi vida era un auténtico caos, pero muy divertida. Iba al instituto donde doy clase de filosofía y en mis ratos libres me jugaba todo. A ver, no sé si me entienden, el exceso de lógica me dejaba la cabeza un poco de aquella manera…y qué mejor que tomarse dos cervezas y jugar, en un absurdo reto, lo que haría después. Elegía el nuevo destino en mi trabajo, un futuro amante, hasta la comida, como un juego. Era apasionante. No crean ustedes que estaba totalmente loca. Lo básico lo controlaba. No iba a jugar acostarme con un monstruo, pero en el universo de lo aceptable todo era pautado por el azar, que si un 3, un 5, quizá un 9. Yo creo que soy un personaje atractivo y que debiera de ser la protagonista principal, pero no hay forma de convencer a mi creadora. Todo empezó cuando un día se me ocurrió ir a una consulta de psicología para intentar contener mis ganas de jugarlo todo y me vi envuelta en una historia bastante extraña. El motivo era más absurdo que yo misma. Solo porque mi padre me compró, cuando era bien pequeña, un peculiar colgante, tuve que seguir el destino de otras dos mujeres, a las que quiero y admiro, aunque a veces sean un poco sosas y hagan cosas bien raritas. No me quejo de que en el libro se alaben mis bizcochos, ya que me salen buenísimos, pero sí de que se me restara el protagonismo que merezco. Un descanso en la trama me llevó a conocer a Roberto, mi pareja actual, y aunque estoy bien con él, echo de menos jugar a adivinar quién sería mi futuro amante. Él es la única opción. Y qué vértigo me da tanta seguridad. Estoy temblando, mi alma ¿Cómo soluciono ahora mi aversión por la rutina? Pues todas las mañanas, antes de desayunar, hago un peculiar sorteo para elegir el rol que mantendré cada noche con Roberto, que si amante dulce, que si una leona agresiva, que si una gatita delicada…El pobre debe tener la cabeza loca, pero aburrir no se aburre…Seguro que esto y otros detalles les parecen interesantes, pero a la petarda de mi autora no parece impresionarle nada. Solo está preocupada de que se recuperen unos linajes y que se abra una puerta con una llave. En fin, habrá que dejarla con sus cosas. Me despido, voy a ensayar mi personaje de hoy. Me toca actuar como si tuviera una avanzada artrosis. Me he comprado una pelota de broma que imita los chasquidos de los huesos. Me parto de risa imaginando qué dirá mi Roberto cuándo, en pleno acto de pasión, oiga unos chasquidos sospechosos y yo me queje de que no puedo moverme, pidiéndole que llame por favor a una ambulancia. No podré resistir ver su cara de asombro. Pero tampoco se asusten, no soy tan mala, luego le daré su merecido premio.