Amigos imaginarios

Juzga por ti misma, dijo Adela, mientras agitaba un sobre en su mano. Lee y verás.

Mandato, y realmente imperativo, como los que acostumbraba a sugerirme Adela cuando estaba realmente enojada. Dentro del sobre, una pequeña cuartilla arrugada y de aspecto avejentado, que decía, con letra temblorosa:

               “Sé quién eres, y que has usurpado mi identidad. Pero voy a recuperarla y puedes estar segura que mi piel ya no será tu piel.

                 Avisada quedas. Adela”

              ¿Qué significa esto, Adela? Es una carta antigua ¿Cuándo la escribiste? La letra no parece la tuya, pero….

               Estás perdida, Laura, me dijo Adela de forma tajante. ¡Cómo voy a escribir semejante estupidez! Yo no fui quien escribió esta nota. Fuiste tú.

               ¿Yo?, contesté atragantándome el asombro- No digas tonterías. Qué estupidez.

                 Y a partir de ahí, comencé a pensar que Adela era solo mi propia imitación. Desde ese momento, y por una nota que no sé ni quién la escribió, perdimos nuestra amistad.

 

PD: Así es como Laura dejó de tener una amiga imaginaria. Se dio cuenta que necesitaba amigos diferentes a ella, no una muñeca que se le parecía y que le decía lo que quería oír en cada momento.

       La nota la escribió su abuela, muchos años antes, cuando intentó librarse de una amiga imaginaria a la que, curiosamente, también llamaba Adela.

       Porque crecer significa amar la diferencia.

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Carta para otra vida

       Hace tiempo que encuentro notas tuyas, escritas en cualquier parte, en los azulejos, en la mesa, en los papeles que habitan siempre diseminados en mi cuarto de estudio. Lamento decirte que no los puedo leer bien. Ya sé que lo sabes, esa letra tuya tan complicada y que tanto, tanto echo de menos, y ahora, que me escribes desde otra dimensión, me resulta todavía más difícil entenderte. Comprendo palabras sueltas, sé que me quieres decir algo, pero no puedo dar con el correcto significado de la frase. Ahora que te escribo, reflejada en la pantalla del ordenador, gracias al maravilloso efecto del sol de mayo, reconozco que no tengo ni la menor idea de cómo podría hacerte llegar este mensaje. El olivo asoma sus ramas sobre mi cabeza, mientras me recuesto sobre el césped. Pienso en esa maravilla de las ramas, extendidas, como parte de un todo que es el árbol. ¿Pudieras quizá acercarte un poco? Quizá rozar la cortina de la pérgola o teclear el techo de mimbre. Es mucho pedir, lo comprendo. No es nada fácil comunicarse entre las vidas.

         Pero yo también sé, que estés donde estés, tú también estarás intentando leerme.

La habitación espejo

              Martina Blanco es uno de mis personajes favoritos, por sus capacidades especiales. Algún día verá la luz su historia completa, desempolvada del cajón de los desencuentros, como ella hubiera querido. Sí, “hubiera querido”, porque los personajes de ficción también tienen “su corazoncito”, aunque nadie lo crea. Pero hoy no es el día de contar toda su historia, que ya vendrá, sino uno de sus acontecimientos favoritos.

             Desde muy pequeña comenzó a ver, oír y palpar realidades diferentes. Una de ellas era su habitación espejo. Descubrió que detrás de las paredes, podía existir otro mundo, cuando, al ordenar su cuarto, se le cayó el teléfono móvil, el cual sorprendentemente, en lugar de verse empujado hacia el suelo, conforme mandan las leyes gravitatorias, tomó una velocidad inusitada dirigiéndose hacia la pared, la que dobló como si se tratase de gomaespuma para desaparecer después sin dejar rastro. Y así, como si fuera Alicia tras el espejo, Martina se acercó a la pared, pero lamentablemente no pudo traspasarla. Sin embargo, su teléfono había dejado una pequeña brecha, por la cual pudo mirar qué había hacia el otro lado. Me diréis que es absurdo, qué iba a haber, pues el piso de “al lado”. Pero no, no era eso lo que se veía, sino otra habitación idéntica a la suya, donde se encontraba su anti-ego. Si ella se llamaba Martina, la otra chica se llamaba Luna; si Martina era rubia, la otra morena; si Martina era alta, Luna era baja. Todo al revés.

            Mientras nuestra protagonista miraba por el hueco de la pared, una voz le explicaba.

-Ay, Martina ¿Te sorprende? Son tus realidades diferentes. Lo que pudiste ser y no fuiste, tanto en el proceso que configuraron tus genes- que es lo primero que observas- como en las elecciones que realizaste por tu propia voluntad.

           Acto seguido apareció en escena Emilio, o alguien que se parecía a Emilio, el primer novio de Martina, el cual se dirigía a Luna como si fuese su pareja y preguntaba aquello tan típico como dónde están mis calcetines negros con puntera roja.

-Pues, sí, Martina. Así sería tu vida si hubieses aceptado la proposición de matrimonio de Emilio. Yo aun recuerdo aquel día, teníais casi 17 años y él, tan ilusionado, apareció con un anillo de compromiso. En cambio, tú te quedaste helada y saliste corriendo calle arriba, despavorida. Es que siempre has sido poco romántica, Martina.

– No me enfades- le dijo Martina a la voz- No seas tan…Tú, ya que sabes tanto de mí, podrás entender que lo mejor era huir. ¡Matrimonio a los 17! – exclamó- ¡Venga ya!

           Un cuadro en la pared llamó su atención. Era un pequeño paisaje que dibujó cuando tenía 20 años y que acto seguido decidió tirarlo a la basura, porque le pareció un mal dibujo.

– ¿Y ese cuadro tan malo que pinté? ¿Es también una oportunidad perdida?

– Que sean oportunidades o fracasos depende de ti, no de los objetos. Mi querida joven, cuánto te queda todavía por aprender.

       La brecha de la pared se cerró por arte de magia, el teléfono rebotó y cayó al suelo, como la naturaleza impone, pero Martina ya nunca fue la misma, y siempre pensaba qué pudiera estar pasando en aquel cuarto cada vez que descartaba un proyecto o se decidía a no hacer alguna cosa.

        La existencia de Luna supuso un reto para ella, implicó concluir que lo somos todo. Todo lo que fue nuestro pasado. Aquellos rasgos que vemos y los que no vemos de nuestros familiares y antepasados. Aquellos caminos y decisiones que tomamos, pero también los que no tomamos. Por eso, cada vez que conocía a alguien, con esa habilidad de ver más allá que la caracteriza, podía ver lo que era su vida en sentido contrario.

– No hay materia sin antimateria. Todo es parte del mismo proceso. Lo que vemos, no es la única realidad. Hay cosas que no vemos y son realidad. Nuestra vista es limitada, pero más limitada lo será sino abrimos los ojos y, sobre todo- me increpa Martina sobresaliendo de la página de Word mientras escribo esta historia- hay que buscar la lente apropiada.


					

Acércate de nuevo

 

Acércate de nuevo,

que quiero deslizarme por tu nombre,

como si fuera un sueño

y resucitarme piel en verbo..

Tenemos un tejado compartido

en la impronta del recuerdo,

dos copas de buen vino

y un envite,

apuesta a cielo abierto.

Despleguemos los toldos entre soles

seamos paisaje en estuario,

llanura de sentidos

la rebelión del fuego

Acércate

acércate de nuevo

 

Un día complicado para Martina Hernández

          Martina Hernández es quizá lo más parecido a mí misma que puede ser un personaje, si en algo se parecen los personajes a su autor, que a veces también lo dudo. Martina nació en mi cabeza el día que se me quedó el tacón clavado en una rejilla cercana a la parada de autobús. Complicada tarea la de intentar sacarlo sin llevar demasiado la atención y sin que la longitud de la falda permitiese agacharse mucho.  Tras un rato de desconcierto y bochorno, al fin, se liberó y surgió la máxima- que todavía respeto- de no acercarse a las rejillas.

   A Martina no le gustan los bolsos, como a mí, porque le suponen un nuevo engorro. Ella, como yo no renuncia a los tacones de aguja, con lo que una mañana cualquiera laborable es una odisea si hay que llevar bolso. Vamos a ver…es que, en una mano el maletín con la tableta, los papeles del trabajo, en la otra el paraguas (no para de llover) ¿Y el bolsito de marras dónde? ( Ya lo sé, reconozco soy un poco zote)…agarrado junto al maletín, colgado en el hombro para que, mientras caminas la calle, vaya bajando el bolso  por tu brazo y acabes desequilibrándote. Y reza que  no te llamen al móvil ¿Cómo diablos lo coges?. Luego, cuando llegas a Puerto( es decir a la oficina) siempre hay algún gracioso que dice…Te llamé, no lo cogiste….( Aquí Martina quiere decir una cosa, pero no le dejo…)

  Otra cosa que odia Martina, y yo, son las combinaciones( o enaguas), esa prenda interior que se suele poner para que la falda o el vestido no transparente (En fin, puede tener otros usos pero no vienen al caso). Ahora casi todas se fabrican con una fibra más tensa que te aprieta, dicen que para modelar (la figura), pero mienten, es para acostumbrarte a la tortura, presionándote el abdomen aunque te hayas comido siete torrijas. A Martina no le gustan, no tiene ningún interés en modelar nada, así que las compra más bien clásicas, de esas que se encuentran en las mercerías tradicionales. Ay…pero el problema que tienen esas, es que suelen ser de cintura tan generosa que no se sujetan nada y se van deslizando de forma que puede asomarse por el vestido…!!Horror!!…y como te descuides acaba enredándose en los tacones…En fin, toda una atracción fatal.

   Para que luego alguien diga que no es complicado llegar a la oficina un día de lluvia.

 

Indicios

    Día ocho de diciembre. Un día apropiado para poner el belén. Así lo pensó Marta, quien bajó al sótano de su vivienda, donde se ubicaba el trastero, a fin coger las cajas donde guardaba las figuritas navideñas. Abrió la puerta del garaje y un rastro de gotas rojas impresionadas sobre el suelo de cemento. Por Dios, que no sea sangre, se decía. Era realmente desconcertante. Miró alrededor pero no observó nada extraño, así que se dirigió a la puerta de su trastero para coger las cajas que buscaba.

    Había colocado el tablero y un dibujo de estrellas. Todo preparado para comenzar a poner el musgo, hacer los caminos, el rio, poner el puente. Pero al abrir la primera caja, cuál fue su sorpresa, cuando lo primero que vio, fue un cuchillo. ¡Un cuchillo! y de grandes dimensiones, de unos 27 centímetros de hoja- Menudo escalofrío. No era suyo, no, no, no era suyo.

    Lo inspeccionó y no tenía rastro de sangre, pero aun así, no podía sacarse la imagen de las manchas rojas sobre el cemento. ¿Iría a la Policía? ¿Y si era sangre de verdad? ¿Le inculparían? El cuchillo estaba en sus cajas.

    Cariño, no te habrás acordado y será algún cuchillo que tendríamos, lo dejaste olvidado tras recoger las cosas de navidad. El año pasado guardábamos un jamón en el sótano, pudo ser eso.

     Las explicaciones de su marido sonaban bien. Era eso. Seguro. Menuda tontería.

      Esa misma tarde en la televisión vio a Javier, un vecino suyo. Sí,  un hombre tripón, de bigote pelirrojo, siempre sonriente. Y ahí estaba detenido, según decían, por asesinar a una joven de tez clara y pelo moreno que en la fotografía parecía feliz. Javier negaba todos los hechos, aunque el cuerpo, mutilado, había aparecido en su trastero. Volvió a sentir un gran escalofrío. ¿El cuchillo?

      Asustada, llamó a la policía, y efectivamente pasadas las pruebas correspondientes, el cuchillo tenía rastro de sangre. Quedaba pendiente el ADN para ya saber con certeza si era el cuchillo del asesinato. ¡Qué horror! ¿Cómo pudo aparecer el cuchillo en su caja? ¿Pudo forzar la llave del trastero? Era fácil, la policía dijo que era sencillo abrir esos trasteros.

       ¿Y si fuera al revés? Mientras Marta observaba a su marido, volvió a sentir un tremendo escalofrío.

Diógenes

                     Aun quedaban restos de lo que ella había sido, aunque no lo recordara. Aquellos vestidos de talle alto, agolpados, asimétricamente, sobre la cama de invitados y el sombrero de paja, aquel que había sido su favorito, tirado sobre una alfombra repleta de cajas metálicas de galletas. Barajó las faldas aprisionadas en el armario, pero no se vistió con ninguna. Salió a la calle con una bata de margaritas amarilla y un gorro de baño en la cabeza. Todos los días se dirigía a la tienda de comestibles en la que había trabajado tantos años. Allí, el nuevo dependiente, el bueno de Juan, le esperaba para entregarle, como cada mañana, una bolsa con alimentos. Él garantizaba su supervivencia. Pero ,ella, siempre parecía más interesada en acaparar más cajas vacías de galletas que la propia comida.

                 ¿Tienes por ahí alguna caja?- le preguntaba. Juan al principio se negaba, sabía que acabarían apiladas en su casa, pero siempre cedía.

                No se podía negar nada a aquella anciana de ojos verdes intensos. Como todos los días, de vuelta, con dos o tres cajas más. Ella las depositó sobre la alfombra del dormitorio, mientras canturreaba una canción infantil: “El patio de mi casa es particular…cuando llueve se moja, como los demás “.

                  Ahí estaba, la cara de su madre, su madre, abrazándola, tras la llegada del colegio, la merienda de pan de azúcar mientras guardaba nuevos recortables en una caja metálica de galletas.

                Más y más cajas de galletas. Caminó por la casa, hacia el baño. La bañera era la despensa de los botes vacíos y del silencio amargo; el silencio, su fiel compañero, acompañante de noches de verano, ventana abierta a las estrellas. ” El patio de mi casa es particular…” canturreo mientras abría el grifo de la ducha, mojándose la cabeza.  “Cuando llueve se moja como los demás…Agáchate y vuelvete a agachar, que los agachaditos no saben bailar”

            Con una toalla en la cabeza y esa misma bata de flores se tumbó sobre la cama de invitados. Pensó ponerse un vestido de aquellos que usaba de joven. Todavía le servían. Estaba guapa.  “Agáchate, y vuelvete a agachar…”

         Un golpe sobre el suelo, sonido, negro, ella inerte, tendida, sobre las cajas de galletas.

          No tenía a nadie, ningún pariente, falleció sin testamento. El piso para los servicios sociales, no sin una buena limpieza y desinfección.

       La habitación de invitados- aquellos que nunca vinieron- se transformó en una habitación de una preciosa niña de largos cabellos, quien, curiosamente guardaba en una caja metálica de galletas sus recortables de bailarinas.

                  El ciclo de la vida.