Ahora

Cuando me dices quizá,
dices ahora,
que la suerte regalada de mi tacto,
amanezca en tu piel cada mañana.
Porque dices quizá, dices ahora,
Sé la corriente arrebatada de mis días.
Qué difícil leernos,
y como si fuéramos intérpretes
desinformados, yo te asiento
y me doy la vuelta disolviendo
mis ganas de besarte en la taza de café
Tú me miras y te retiras sigilosamente, perdiéndote
en el amargo aroma de la apuesta.

Qué complicado es, algunas veces,
enseñar el as de corazones,
llevamos impreso en la mirada.

Todavía

Todavía me piensas tras mi ropa,

en una algarabía de trompetas

y todavía te pienso, fuego intenso

la anaranjada luz que ya me increpa

a viajar tu rostro, reencontrando

la tarde bendecida entre tu cuerpo,

cuando ya nada importa ni me resta,

cuando, fuera de cuentas y sucesos,

octubre se derrota entre tus besos

 

Nada es igual, el sol está distinto,

las nubes desdibujan las manzanas,

pero tú, siempre tú, como si fueras

un hipnótico abismo que me llama,

hojarasca, ventisca, en madrugada,

recoges mi palabra y me desarmas.

 

Es otoño, la cosecha ya está lista,

para traerme el vino de tu boca

y recorrer tu piel entre las uvas,

tus manos son expertas trapecistas

de la pasión que mece y se acentúa,

todavía te pienso y…

me abarrotas.

 

Origen

Hay noches en las que,

toma de tierra,

neutro de reflexiones e indolencias,

me quedo persistiendo en las estrellas

que invadieron mis ojos,

mucho antes,

de que surgiera el sol cada mañana.

 

Hay algo innato,

en ese ir y venir entre horizontes,

quizá la persistencia o la añoranza

que multiplica el verso,

hacia el mundo donde no se nomina

la nada,

porque simplemente no existe.

 

Por eso esta noche,

Hoy,

ventana abierta,

reconozco mis pasos y me olvido

de dónde se fue el mar cuando te fuiste,

y te veo,

todavía,

sonriendo,

sobre la barandilla de mis ojos

amainando el viento, el oleaje

esa indomable preexistencia

que visita todo mi pensamiento.

 

 

 

Miedo

Por mucho que sea predecible,

el miedo sobrecoge nuestros pies,

la cercanía del abismo

y el salto,

hacia ese impreciso infinito,

que no reconoce nuestras huellas.

Por eso,

quién tuviera,

los pies alados de Aquiles,

la fuerza de un semidiós,

el viento huracanado,

para sepultar bajo tierra,

todo el temor

que sobrecoge

las entrañas de esta tierra.

 

 

 

 

Escaparate

Un grueso cristal aumenta,

un rostro entristecido

y empujado,

a no reconocerse en los abismos.

Otro día se dice,

retándose,

como si ignorara,

que va pasando la vida.

No hay un billete de vuelta,

ni un pasaje infinito,

pero ella,

persiste,

en permanecer detenida,

en un escaparate,

como un maniquí sin tiempo.

Un paseante, desde el otro lado,

le regala diariamente su saludo,

en la esperanza de que tome carne

y puedan caminar hacia otro sitio.

Él la ama,

más de lo que se ama ella misma.

Hay veces que el amor nos lleva a esperar

que el otro despierte.