Solsticio

Entre las manos,

las cuatro hojas del trébol,

las cuatro puertas,

hacia mayores dimensiones,

el tacto de tu sonrisa

y el aire revelando,

el aliento próximo,

el transito

del fuego.

Hijo de la tierra,

rueda,

sobre el arco iris de los nombres

desatando

la fuerza de los elementos

porque cuando el sol se detiene

tus ojos,

iluminan mi mundo.


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La habitación espejo

              Martina Blanco es uno de mis personajes favoritos, por sus capacidades especiales. Algún día verá la luz su historia completa, desempolvada del cajón de los desencuentros, como ella hubiera querido. Sí, “hubiera querido”, porque los personajes de ficción también tienen “su corazoncito”, aunque nadie lo crea. Pero hoy no es el día de contar toda su historia, que ya vendrá, sino uno de sus acontecimientos favoritos.

             Desde muy pequeña comenzó a ver, oír y palpar realidades diferentes. Una de ellas era su habitación espejo. Descubrió que detrás de las paredes, podía existir otro mundo, cuando, al ordenar su cuarto, se le cayó el teléfono móvil, el cual sorprendentemente, en lugar de verse empujado hacia el suelo, conforme mandan las leyes gravitatorias, tomó una velocidad inusitada dirigiéndose hacia la pared, la que dobló como si se tratase de gomaespuma para desaparecer después sin dejar rastro. Y así, como si fuera Alicia tras el espejo, Martina se acercó a la pared, pero lamentablemente no pudo traspasarla. Sin embargo, su teléfono había dejado una pequeña brecha, por la cual pudo mirar qué había hacia el otro lado. Me diréis que es absurdo, qué iba a haber, pues el piso de “al lado”. Pero no, no era eso lo que se veía, sino otra habitación idéntica a la suya, donde se encontraba su anti-ego. Si ella se llamaba Martina, la otra chica se llamaba Luna; si Martina era rubia, la otra morena; si Martina era alta, Luna era baja. Todo al revés.

            Mientras nuestra protagonista miraba por el hueco de la pared, una voz le explicaba.

-Ay, Martina ¿Te sorprende? Son tus realidades diferentes. Lo que pudiste ser y no fuiste, tanto en el proceso que configuraron tus genes- que es lo primero que observas- como en las elecciones que realizaste por tu propia voluntad.

           Acto seguido apareció en escena Emilio, o alguien que se parecía a Emilio, el primer novio de Martina, el cual se dirigía a Luna como si fuese su pareja y preguntaba aquello tan típico como dónde están mis calcetines negros con puntera roja.

-Pues, sí, Martina. Así sería tu vida si hubieses aceptado la proposición de matrimonio de Emilio. Yo aun recuerdo aquel día, teníais casi 17 años y él, tan ilusionado, apareció con un anillo de compromiso. En cambio, tú te quedaste helada y saliste corriendo calle arriba, despavorida. Es que siempre has sido poco romántica, Martina.

– No me enfades- le dijo Martina a la voz- No seas tan…Tú, ya que sabes tanto de mí, podrás entender que lo mejor era huir. ¡Matrimonio a los 17! – exclamó- ¡Venga ya!

           Un cuadro en la pared llamó su atención. Era un pequeño paisaje que dibujó cuando tenía 20 años y que acto seguido decidió tirarlo a la basura, porque le pareció un mal dibujo.

– ¿Y ese cuadro tan malo que pinté? ¿Es también una oportunidad perdida?

– Que sean oportunidades o fracasos depende de ti, no de los objetos. Mi querida joven, cuánto te queda todavía por aprender.

       La brecha de la pared se cerró por arte de magia, el teléfono rebotó y cayó al suelo, como la naturaleza impone, pero Martina ya nunca fue la misma, y siempre pensaba qué pudiera estar pasando en aquel cuarto cada vez que descartaba un proyecto o se decidía a no hacer alguna cosa.

        La existencia de Luna supuso un reto para ella, implicó concluir que lo somos todo. Todo lo que fue nuestro pasado. Aquellos rasgos que vemos y los que no vemos de nuestros familiares y antepasados. Aquellos caminos y decisiones que tomamos, pero también los que no tomamos. Por eso, cada vez que conocía a alguien, con esa habilidad de ver más allá que la caracteriza, podía ver lo que era su vida en sentido contrario.

– No hay materia sin antimateria. Todo es parte del mismo proceso. Lo que vemos, no es la única realidad. Hay cosas que no vemos y son realidad. Nuestra vista es limitada, pero más limitada lo será sino abrimos los ojos y, sobre todo- me increpa Martina sobresaliendo de la página de Word mientras escribo esta historia- hay que buscar la lente apropiada.


Pues claro que te amo

Si una nube extraterrestre

invadiera esta atmósfera

se quedaría perdida, entre tus ojos

para hacerse aurora, en todas tus mañanas.

Tendría que haber mil lunas,

              custodiando,

la rotación terrestre de tu rostro

la traslación de los sentidos

y ese océano inexpugnable de tu mente,

cuando me preguntas

si te amo.

Claro que te amo,

con todas las letras,

                       y en cada una

de todas mis posibles vidas.

Interiores

Hay un poema de Aquelarre que dice,

mi madre odia la poesía intimista

y posiblemente odia este poema.

Sin embargo,

no resulta posible que odie nada

del “Aquelarre” de Boadicea,

en la quemazón del sinsabor

y la fuerza de su verbo.

Lo que sí es cierto que, posiblemente,

este  mi poema sea intimista

y previsiblemente odie este poema.

Cierto que suelo procastinar la poesía intimista,

porque los versos en caliente

corren el riesgo de ser estercolero,

en el que se dispersa la basura

de todos los propios desconciertos

y yo quiero un poema puro,

detenido,

sin esperpéntico edulcorante.

Las versiones propias siempre se maquillan.

Pero hoy escribo un poema intimista,

en la búsqueda constante de ese óxido

que imponga al tiempo la ley de la cordura,

ya que todos perseguimos un terrón de azúcar,

el bálsamo que sacie de impostura

el amargo silencio de la herida.

Por eso no hay respuestas,

porque ni siquiera

existen

todas las preguntas.

Vivirse en la palabra

       Jugar con la palabra,

Hacerla viva,

                       Resucitar la espuma,

Y comerse las olas, una a una

Replegar la caída,

                            Retozarse,

Como arena de invierno en la mirada

Decir mucho

                        Y tal vez

                                 no decir nada.

Romperse entre versales,

                            Desligarse

Capitalizar la imagen

                            El concepto

Y devolverte de nuevo,

                                            alegoría

                    Para tenerte dentro

                            Desde dentro

                 Para mí,

                        Para ti

          Permutándonos

 En las rimas posibles,                    cada día

          Y también en aquellas imposibles

        Porque lo que te nutre, es poesía

Tú me sabes

             

Tú me sabes a café de la mañana, 

a la asonancia libre, el tendedero

            de galería al sol, madera blanca,

             luciente entre las tejas y persianas.

            Tú me sabes a tarde y avellana,

           al verde que desviste la montaña,                

a un pantalán de dunas, pasarela

             a castaña de otoño y a morera,

             a soportal, a tientas, a bengala.

              Tú me sabes al vaho en los cristales,

              al musgo renaciente en las aceras,

              torbellino, aguacero y vendavales.

              Tú sabes a solsticio, tras la hoguera,

              a esa fuerza del fuego que me aboca

               por ser caricia, eterna viajera

              reclamando la fruta de tu boca

              por esta vez, y por las venideras

               Tú me sabes a verano entre las rocas,

              Tú me sabes a mayo en primavera.

Déjame

Déjame,

         que te descubra en silencio,

           cuando no hay orillas,

              donde esconder los sonidos

Y las caracolas,

            huelen a mar y a frutos del invierno.

Déjame,

         que siendo duna, comprenda tus mareas,

            que siendo luna, relate tus detalles

              y cuente tus besos uno a uno,

           para formar un árbol de nuestras densidades.

Déjame,

          que te ame,

             soplando viento,

                 sin brújula ni meta

                desatando candados,

atravesando,

              los aludes que lastró tu primavera

                y las correntías del otoño.

Déjame,

             simplemente

                     que te ame.