Reflexiones de media tarde: Las puertas

       Nunca hay tiempos fáciles. La vida no es un traje a medida. Tiene baches, acantilados, desconciertos y alegrías. Os propongo un juego, pensad que leéis el horóscopo en una revista de variedades y dice algo así como que tenéis un futuro de gran éxito, pero para llegar, debéis superar una prueba, hay varias puertas y solo tenéis una llave. Si adivináis cuál es la vuestra, entraréis en vuestro mundo maravilloso, si no lo adivináis, perderéis la llave para siempre. Aunque estoy convencida de que ninguno creéis a ciencia cierta en estas cosas, ojo, que algo de inquietud generan. ¿Cómo voy a adivinar la puerta? ¿Y si no lo hago? ¿Y si fracaso? Vaya sensación agridulce, pero de alguna manera, más habitual que menos en muchos aspectos de nuestra vida. Cuando nos enfrentamos al futuro, acabamos pensando en ese “Y sí…”, que lleva impresa una palabra: Miedo.

         Pero ¿Por qué tienes miedo? Muchas veces se te cae el mundo encima, a mi también. Piensas que otros consiguen cosas fácilmente y a ti te cuestan mucho, yo también. Dudas de tus capacidades para realizar algún proyecto, yo también. Se te cierra una puerta tras otra, y crees que nunca existirá la tuya, a mí también. No eres feliz todo el tiempo, yo tampoco. Sería una estupidez ser feliz a todas horas, ya que hay tragos amargos, que duelen y socavan. Esta es una sociedad descarnada, pero ¿Y si te deja de importar no encontrar la llave? No hay que ser agorero para saber que los escenarios cambian y las puertas también. Hace tiempo que he dejado de buscar mi puerta. Ahora simplemente disfruto del paisaje de esta primavera y no pretendo encontrar  un talismán o ese tan llamado el éxito, porque el verdadero talismán y el verdadero éxito somos nosotros mismos. Curiosamente no teniendo miedo, se aprende a arriesgar y a ganar.

       Si la vida es una carrera de fondo, no hay porqué darse por vencido en ninguna etapa.

 

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Carta para otra vida

       Hace tiempo que encuentro notas tuyas, escritas en cualquier parte, en los azulejos, en la mesa, en los papeles que habitan siempre diseminados en mi cuarto de estudio. Lamento decirte que no los puedo leer bien. Ya sé que lo sabes, esa letra tuya tan complicada y que tanto, tanto echo de menos, y ahora, que me escribes desde otra dimensión, me resulta todavía más difícil entenderte. Comprendo palabras sueltas, sé que me quieres decir algo, pero no puedo dar con el correcto significado de la frase. Ahora que te escribo, reflejada en la pantalla del ordenador, gracias al maravilloso efecto del sol de mayo, reconozco que no tengo ni la menor idea de cómo podría hacerte llegar este mensaje. El olivo asoma sus ramas sobre mi cabeza, mientras me recuesto sobre el césped. Pienso en esa maravilla de las ramas, extendidas, como parte de un todo que es el árbol. ¿Pudieras quizá acercarte un poco? Quizá rozar la cortina de la pérgola o teclear el techo de mimbre. Es mucho pedir, lo comprendo. No es nada fácil comunicarse entre las vidas.

         Pero yo también sé, que estés donde estés, tú también estarás intentando leerme.

El grito

Suena una canción de rock,

atardece,

sexo implícito e implícito

de una pareja de motel.

Y nosotros,

ausentes,

adheridos,

a un aliento eventual,

anónimos,

en la alternancia

     aleatoria

del disparo silenciado,

 el orificio de entrada,

percutido,

sin casquillo ni muesca,

hacia dentro

desde dentro

sin salida.

El hombre se despide,

la amante siempre es complaciente,

por mucho que lloriquee tras el acto,

en un bar de carretera.

Y nosotros,

aterrados,

sin nombre,

sobre el folio en éxodo,

de espaldas,

al laberinto de la vida.

Hay mucho maquillaje

y un cierto aroma a perfume,

los actores conversan,

y nosotros

magullados

por tanta profecía,

por tanto profeta

distraídos..

Vuelve a sonar la misma canción de rock

y yo pregunto

¿Por qué no gritas fuerte,

para verte?

y para verme.

 

 

Bastante

Y llegó Compostela a nuestros ojos,

peregrina hacia el vino de tu boca,

los acantilados del norte

                                  y las ventanas

llamando a carnaval entre sus hojas.

 Fue camino Madrid,

                      y fue,

                                     refugio,

donde, detenidas nuestras rosas,

                            tomaron cuerpo,

                                     en imperio,

                                      plenilunio,

                                      dispendio,

de terrenales faustos,

                      huracanado intento,

                      y de manzanas rojas.

   Y ahora que ya vamos a la resta,

                                buscando cauces,

                       amando desencuentros,

                                 que tú eres sauce

   y yo junco

                            en este abril al viento,

ahora que te pregunto y no contestas,

 quizá no sabes, quizá no sé

                                              me retas,

                   hay mantra en los pasillos

                                   qué te apuestas,

                      que hay luz tras el visillo,

                                           y reinventas,

   un yo,

              tal cual ferviente

   infatigable amante

                                        a ti conversa,

                         Una escuadra de lirios

    y claveles,                        

la pretensión del tiempo,

                                          la respuesta,

  no exenta de vaivenes

                                           ni de cirios

                               en procesión abierta.

 Todavía hay bastantes,

 ¿No los oyes?

              Hay bastantes

                        tambores,

                                         percutiendo

Todavía hay bastante,

                           bastante amor,

                                             sintiendo.

Solsticio

Entre las manos,

las cuatro hojas del trébol,

las cuatro puertas,

hacia mayores dimensiones,

el tacto de tu sonrisa

y el aire revelando,

el aliento próximo,

el transito

del fuego.

Hijo de la tierra,

rueda,

sobre el arco iris de los nombres

desatando

la fuerza de los elementos

porque cuando el sol se detiene

tus ojos,

iluminan mi mundo.


La habitación espejo

              Martina Blanco es uno de mis personajes favoritos, por sus capacidades especiales. Algún día verá la luz su historia completa, desempolvada del cajón de los desencuentros, como ella hubiera querido. Sí, “hubiera querido”, porque los personajes de ficción también tienen “su corazoncito”, aunque nadie lo crea. Pero hoy no es el día de contar toda su historia, que ya vendrá, sino uno de sus acontecimientos favoritos.

             Desde muy pequeña comenzó a ver, oír y palpar realidades diferentes. Una de ellas era su habitación espejo. Descubrió que detrás de las paredes, podía existir otro mundo, cuando, al ordenar su cuarto, se le cayó el teléfono móvil, el cual sorprendentemente, en lugar de verse empujado hacia el suelo, conforme mandan las leyes gravitatorias, tomó una velocidad inusitada dirigiéndose hacia la pared, la que dobló como si se tratase de gomaespuma para desaparecer después sin dejar rastro. Y así, como si fuera Alicia tras el espejo, Martina se acercó a la pared, pero lamentablemente no pudo traspasarla. Sin embargo, su teléfono había dejado una pequeña brecha, por la cual pudo mirar qué había hacia el otro lado. Me diréis que es absurdo, qué iba a haber, pues el piso de “al lado”. Pero no, no era eso lo que se veía, sino otra habitación idéntica a la suya, donde se encontraba su anti-ego. Si ella se llamaba Martina, la otra chica se llamaba Luna; si Martina era rubia, la otra morena; si Martina era alta, Luna era baja. Todo al revés.

            Mientras nuestra protagonista miraba por el hueco de la pared, una voz le explicaba.

-Ay, Martina ¿Te sorprende? Son tus realidades diferentes. Lo que pudiste ser y no fuiste, tanto en el proceso que configuraron tus genes- que es lo primero que observas- como en las elecciones que realizaste por tu propia voluntad.

           Acto seguido apareció en escena Emilio, o alguien que se parecía a Emilio, el primer novio de Martina, el cual se dirigía a Luna como si fuese su pareja y preguntaba aquello tan típico como dónde están mis calcetines negros con puntera roja.

-Pues, sí, Martina. Así sería tu vida si hubieses aceptado la proposición de matrimonio de Emilio. Yo aun recuerdo aquel día, teníais casi 17 años y él, tan ilusionado, apareció con un anillo de compromiso. En cambio, tú te quedaste helada y saliste corriendo calle arriba, despavorida. Es que siempre has sido poco romántica, Martina.

– No me enfades- le dijo Martina a la voz- No seas tan…Tú, ya que sabes tanto de mí, podrás entender que lo mejor era huir. ¡Matrimonio a los 17! – exclamó- ¡Venga ya!

           Un cuadro en la pared llamó su atención. Era un pequeño paisaje que dibujó cuando tenía 20 años y que acto seguido decidió tirarlo a la basura, porque le pareció un mal dibujo.

– ¿Y ese cuadro tan malo que pinté? ¿Es también una oportunidad perdida?

– Que sean oportunidades o fracasos depende de ti, no de los objetos. Mi querida joven, cuánto te queda todavía por aprender.

       La brecha de la pared se cerró por arte de magia, el teléfono rebotó y cayó al suelo, como la naturaleza impone, pero Martina ya nunca fue la misma, y siempre pensaba qué pudiera estar pasando en aquel cuarto cada vez que descartaba un proyecto o se decidía a no hacer alguna cosa.

        La existencia de Luna supuso un reto para ella, implicó concluir que lo somos todo. Todo lo que fue nuestro pasado. Aquellos rasgos que vemos y los que no vemos de nuestros familiares y antepasados. Aquellos caminos y decisiones que tomamos, pero también los que no tomamos. Por eso, cada vez que conocía a alguien, con esa habilidad de ver más allá que la caracteriza, podía ver lo que era su vida en sentido contrario.

– No hay materia sin antimateria. Todo es parte del mismo proceso. Lo que vemos, no es la única realidad. Hay cosas que no vemos y son realidad. Nuestra vista es limitada, pero más limitada lo será sino abrimos los ojos y, sobre todo- me increpa Martina sobresaliendo de la página de Word mientras escribo esta historia- hay que buscar la lente apropiada.


					

Pues claro que te amo

Si una nube extraterrestre

invadiera esta atmósfera

se quedaría perdida, entre tus ojos

para hacerse aurora, en todas tus mañanas.

Tendría que haber mil lunas,

              custodiando,

la rotación terrestre de tu rostro

la traslación de los sentidos

y ese océano inexpugnable de tu mente,

cuando me preguntas

si te amo.

Claro que te amo,

con todas las letras,

                       y en cada una

de todas mis posibles vidas.