Una mujer deshila los versos de un poema

                    Una mujer deshila palabras en las redes,

mirando, ausente, triste, al mar que, malherido,

                    golpea sus sentidos con viento desatado.

                   Y ese aire de olvido, esa ausencia que hiede

                    parece no sostiene su mundo en un suspiro.

                    Sus ventanas de invierno no saben de deshielo

                    ni esas noches de antaño de brazos extendidos,

                    ni de aquellos poemas que adornaban su oído,

                    como tallos de rosas, como valles de lirio,

                    y que ahora, lejanos, se le antojan perdidos.

                    Más se alza una nube sobre el cielo estrellado.

                   Su forma le recuerda el porte de su amado

                    y añora aquellos pétalos que un día deshojaron,

                    todos aquellos besos de madera de ámbar.

                    Quién pudiera ser agua sobre un cabo arriado

                    y cruzar el abismo en un fondo de algar,

                     Quién pudiera ser ave y volar a su lado

                     hacia sus pies de luna y sus ojos de sal.

                     Una mujer deshila los versos en poema

                     y los guarda, escondidos, en un trozo de mar.

Si no fuera poeta, quizá, no lo diría…

                 

Si no fuera poeta, quizá, dibujaría

                  un cielo bien repleto de nubes pasajeras,

esas que habitan el éxodo y destierro,

                 cuando las luces son pocas, tan distantes

                 y la noche es materia vacua y yerma.

                  Si fuera poeta, quizá, no escribiría

                  bajo el aroma del mes de crisantemo

                  porque todo está ahí para ser contemplado

                  sin más palabra indemne que la lluvia

                  descendiendo suave, enterneciendo

                  todas, aquellas, ellas, las pequeñas cosas.

                  Si no fuera poeta, quizá, no pensaría

                  en el pequeño rostro oculto tras las lunas,

                   ni amasaría su mezcla, como una madre,

                  para recomponerlo de nuevo triunfante

                  sobre las descendencias de la tierra.

                   Sin duda, si yo fuera poeta no diría

                    que las hojas de otoño son esferas

                    que desprenden palabras al oído

                    cada vez que tropiezan en el suelo.

                    Cada vez que se elevan revoltosas

                     jugando a tener alas con el viento.

                    Si no fuera poeta, quizá, yo no diría,

                    que en este antagonismo a primavera

                    retomo la energía de tus ojos

                    para volverte a ver sin que lo notes.

Érase una vez la tierra y la rueda de la fortuna

Antes de que la tierra me hablara,

yo anhelaba mantener indemne

un cuerpo de sirena,

el cabello de amazona

y la ancestral espada que tutela

las puertas de la noche.

Antes de que la tierra me hablara,

yo era eterna viajante de la noria,

donde la fortuna gira tras el vértigo

depredando sus hijos, marchitando

los ojos vendados del olvido.

Y atada con sus monstruos,

 como  si fueran míos,

soñaba con la suerte del arriba,

temía la desgracia del abajo,

en ese mapa que dicen es destino.

Pero cuando giraba bien abajo,

la tierra me llamó,

me dijo: Salta.

¿Por qué sigues atada ahí?

¿No es absurda esta rueda?

La fortuna gira, y tú la llamas karma,

la fortuna gira, y tú la llamas suerte,

la fortuna gira, ahora ya es desgracia,

el silencio, la angustia, eso que no llega

…eso que te atrapa.

Salta. Pisa mi tierra que te envuelve

y te hace inmune a la gravedad.

La vida es otra cosa. Y es más simple.

Pero los habitantes de la rueda,

precisan alimentarse de tu engaño.

La seguridad que te prometen es vacua,

su corona no es clara y sus aspas

no son más que senderos tortuosos

que vienen a restarte lo que intuyes.

Lo que te impones ser y lo que se te impone,

no es mas que un no ser desconectado,

devorado

por los depredadores de tu ausencia.

Salta. Regrésate.

Por lo que más quieras, sé libre

Y permítete ver gigantes en molinos

y Dulcineas en tabernas.

Tan dentro de ti esta la memoria

del agua primordial y de mis vides.

La espiral, el torque, y esa hierba

que hace crecer la confianza,

una magia tan poderosa,

que borra de un palmo toda distopía.

¿Ves la semilla? Ya está creciendo

en cada corazón…

Me desaté del tiempo y del espacio,

dejándome caer, tocando suelo,

apegada a la tierra que es la madre.

Y ajena al movimiento de la noria,

pude escuchar su bella sinfonía.

Y danzamos, danzamos…