Escritoras

Mujeres que escriben

entre los huecos abiertos

de su doble jornada.

Mujeres que tejen

versos, cual vestidos,

para adornar la primavera.

Mujeres que cuentan cuentos,

que novelan

el curso de la vida.

Mujeres que no temen

ser juzgadas,

que cada día se recuerdan,

que ser mujer no es ser pasiva,

ni neutro, ni electrón.

Mujeres que no son recipiente,

ni floreros,

ni aduladoras de egos infantiles.

Mujeres que crecen con los hombres,

que escriben con los hombres,

que conversan y retan,

que se aguardan

Mujeres que son agua,

tierra, estrella,

con luz propia,

sin precisar que emane

ninguna fuente ajena

a la profundidad de la palabra.

Ella

                     Ella había alcanzado una edad

                     en la que ya no se desean tormentas

                     sino primaveras.

                     Su pelo delicadamente gris

                     iba formando vetas

                      de colores,

                     rebelde a la monocromía.

                     Él buscaba un bálsamo

                     para su soledad.

                     Cuando la conoció

                     entendió le era accesible,

                     un buen arreglo,

                    para su trasnochada imaginaria.

                    Y desempolvando sus artes

                     de conquista, pretendió besar su mano,

                     mientras le decía guapa.

                     La mujer depositó suavemente

                     sus lentes sobre la mesa

                     y le miró fijamente,

                      como se mira a los impostores.

                     No, gracias.

                     No quiero conocerle.

                     Quien desconoce las profundidades del océano

                     no puede resultar buen navegante.

Estancia

La estancia está vacía,

una fantasmal batuta

marca la pauta de una vieja canción.

Madrid tiene las calles ausentes.

Las aceras del sueño

se transmutan

en aceras del miedo. Hay mucha bruma

y el silencio abarrota la cotidianidad.

Cuando te conocí aun existían baladas,

que hablaban del amor romántico

y labios de pasión.

La voz de una cantante armoniza

los vórtices del Jazz.

Rotación, expansión, contracción,

y la lucha a fuego abierto,

resiliente a vislumbrar los disfraces

que arman de balas la razón.

Un joven busca referencias

en lugares ignotos y lenguaje barroco.

La desnudez siempre impresiona sencilla,

pero no hay nada más complicado

que lo sencillo y humilde sin ser impostado,

si es que en este mundo

queda algo

ajeno a la impostura.

Y si me hablaras de ti,

una vez más,

desprovisto de la auto-idolatría,

desprovisto del yo,

quizá pudiéramos recoger margaritas

y hacer un centro para el salón.

Lo circunvalaría nueve veces,

nueve olas,

para no revelarme a la paciencia.

El dolor emocional nos avisa

que hay algo inconcluso en esta huida.

Quizá falten palabras y los símbolos

hoy disputan su trono pervertidos

de toda su abstracción.

Nadie navega mar adentro,

sin reconocer sus limitaciones.

La voz de la cantante domestica

el juego de partículas,

transfigurándolas

y mi imagen ya no tiene un contorno preciso,

quizá porque no estoy,

no soy,

me diluyo

cual holograma

en la caverna de los nombres.

Todos queremos suelo firme,

un techo que mirar

y una sonrisa.

Demasiado para buscarlo fuera.

Preteridas

las densidades de las ropas.

Hay demasiadas capas,

demasiadas corbatas

Y collares de diamantes.

Hay demasiados te quiero,

La vida correcta,

la línea.

Quién te dijo que la luz era más buena

que la oscuridad de la noche.

Lo presumes porque no la ves.

Pero los ojos son siempre altamente limitados.

La luz se propaga en línea recta,

pero su trayectoria se curva

a través de pequeños orificios.

Los rayos de luz no existen.

No hay nada tan exacto

en esta irrealidad

que no nos permita revertirla.

La luna de diciembre

protestará sus facturas por impago

de los pequeños rostros,

dónde están las virtudes

y la potestas

bajo la espada de Miguel.

No hay autoridad que no nazca del amor,

por eso el hierro fiero de la ira

se derretirá con un solo beso.

La estancia está vacía,

ya imagino

un centro de margaritas

sobre la mesa del salón.