Otoño

El otoño imprime sonrisas pasajeras sobre la belleza de un nosotros

El otoño imprime sonrisas pasajeras,

viajantes al mundo inanimado,

que guarda nuestros sueños no cumplidos

cuando el yo no se aguarda ni arremete

turbando la serenidad de los paisajes.

El otoño descarta sensaciones,

deshilando los cosidos del miedo,

ropaje en colorido y rompeolas,

un sol intermitente entre las nubes

y un paraguas para resguardarse

del traqueteo de la vida.

Sobre el suelo se esparcen los secretos,

que quedaron perdidos, silenciados,

en el anhelo amarillento de sus hojas.

Ocre sobre el pastel de cumpleaños,

las velas se resisten a apagarse,

queriendo ser parte de la quema

de la nueva cosecha renacida.

Nadie nos encontramos a nosotros,

las múltiples preguntas,

la respuesta cambiante,

que calibra

la luz de octubre

sobre dimensiones escondidas.

No sé dónde estoy,

si arriba o abajo,

si levito,

 no existe acomodo ni esplendor,

ausente de misericordia.

Misericordia propia.

Comprenderse.

Y desligarse

de la solera que resta

labilidad a la existencia.

El otoño imprime sonrisas pasajeras,

cuando desnuda la mirada

en la belleza de un nosotros.

Si nacemos limitados e incompletos,

el deseo de hallar nuestra otra parte,

es tan humano,

como el error de asirse

a cualquier barandilla de promesas.

Nadie está preparado para un viaje al otro,

si juega a esconderse entre las cáscaras.

Es tan cruel el miedo como emborracharse

con las uvas del éxito.

Quizá este viaje sea solo un prólogo

siempre defectuoso

para retozarse entre las ropas

y poder arder por dentro sin ambages.