Aprendiz de faquir

Viajo, a veces, con las manos vacías,

queriendo coger turno en la rebusca,

de todos los objetos imposibles.

Busco la fantasía que trasgreda

este acontecer distorsionado,

aquella página que me libere

de las estanterías de una biblioteca.

Imagino que existe un universo,

ese objeto imposible para mí,

la línea que rompe el círculo

y visibilizará mis partículas,

en el corta y pega de los tiempos,

un primer asiento en la academia

de hacedores del destino.

Confieso que prefiero el ácido a la tarta,

la pasión de las letras capitales,

capitulares, también, de este principio.

Amo a todos los pies que se descalzan

sobre la rugosidad del esparto,

los que se mecen sobre el mayor número de clavos,

aquellos que persisten,

nadadores,

de la desembocadura de las páginas.

Soy aprendiz de faquir,

buscando el truco,

para no dolerme.

Cartas desde la caverna

Miguel Altiere es un espíritu filosófico que se adhiere, sin compasión alguna, a los textos de algunos blogeros. Se define, sin mucha coherencia, como neoplatónico y es muy insistente. Yo diría, sin exagerar, que es muy cansino. Hasta que logra su propósito no te deja en paz. Hoy a tocado al mío. Y aquí está, dispuesto a plasmar sus lunáticas ideas en una carta que les dirige a todos ustedes. Me ha advertido que debo afirmar que tiene todos los derechos reservados en una plataforma de registro de la propiedad intelectual, por lo que absténgase de copiar sus fantásticas ideas. Bueno, qué decir que él las cree fantásticas, pero, les confieso, tiene un ego demasiado subido. Creo que es poco consciente de la realidad. En fin, les dejo con su carta y juzgen ustedes. Sin duda, coincidirán conmigo que está un poquito alterado. Ay, lo siento, me acaba de sacudir una descarga eléctrica. Rectifico, es una reflexión muy profunda y muy a su altura…

El poder de la mentira. Cartas desde la caverna

       Dale un carpetazo a las leyendas, cuentos, parábolas y moralejas. Y disfruta, ya sobrepasamos el siglo de la razón. No hay nada más que lo que ves, no existe nada más que lo que se comprueba. Dios ha muerto, ellos, dice Nietzsche, lo mataron por nosotros. El trabajo ya está hecho, a partir de ese momento el hombre puede ser su propio dios. El ser maravilloso deconstruido en un mundo creado, y cada vez más, para mentes de infantes. Empapémonos con sus dosis de realidad. No hay nada más exuberante, sobre todo si tenemos el frigorífico lleno de cerveza y estamos dispuestos a disfrutar del espectáculo.

       Diremos que no es racional pensar en nada sobrenatural. Es una alucinación de tu pequeña mente. Eres el aquí y ahora. Libre de discernir. El ser más informado, más despierto. Pero te hablarán de su “relato”, no de su verdad, y manejarán las cifras, los medios de masa, las comunicaciones y te presentarán medias realidades, asumidas como verdad, en la cultura de la desinformación.

       Negaremos la paradójica fuerza de los mitos. Son leyendas para hombres primitivos. Ahora somos personas en el siglo XXI. Pero a la vez introducirán mensajes de la nueva era, la creación de tu propia realidad, las relaciones familiares que traspasan los tiempos y una nueva mística que se relaciona, de forma no muy explicable, con un campo de la física. Ahora todo es cuántico. ¿No entiendes qué implica? No importa, ellos tampoco.

      Abrazaremos esta realidad en un camino ansioso por agotar nuestro deseo, más cosas, más éxito, más sexo implícito y explícito, más comida, más abundancia, más…más…más…Buscar el placer no es malo, pero este propósito freudiano, nos enlaza en la carrera del más, sin realmente plantearnos qué cantidad queremos. El más, más, más …no nos dejará ver…Es como llegar a unos grandes almacenes abarrotados de cosas con objeto de buscar algo bien concreto. Abramos las puertas de la confusión. Es realmente divertido ser nuestro propio dios, creerse capaz de crear una imagen a medida, un mundo a nuestra medida. Pero cuando tengas instalado en tu vida esa ansia compulsiva del más, te dirán que deseas por encima de tus posibilidades, que has caído en un exceso, y que las consecuencias que procedan son tu culpabilidad. ¿Y estarás perdido? Claro, perdido, dispuesto a recibir tu dosis de castigo. No hay causa sin efecto, regla básica, nos cuentas. O estarás dispuesto a abrazar las tesis de cualquier gurú que te salve de la ruina, el exceso, el consumismo. Ya nada te satisface, siempre, es más, más, más… Y así volverás a sentirte pequeño. ¿Un dios? Un ser pequeño, diminuto y débil…

     Valoremos la prostitución del pensamiento. Regodeémonos en lo macabro. Hagamos de las víctimas bufones del siglo XXI. Aireemos nuestras mediocridades. Eso sí, con gritos, aspavientos, enojos, a impulsos, echando fuera todo aquello que parece tenemos dentro. ¿Pero lo tenemos de verdad? Da igual, lo importante es vomitar. Y que el receptor del vómito se contamine. ¿Para qué enseñar serenidad? ¿Para qué buscar soluciones? El problema no es un problema es un espectáculo. Se resuelve en las tertulias, dando charlas, cambiando eslóganes. Y como en un rito iniciático de regresión infinita, creemos otro relato, en el que las palabras mágicas que hayamos diseñado en una tarde cualquiera, supongan la redención de nuestros problemas.

     Exageremos las teorías de la conspiración, hasta el punto que abracen el absurdo, y con ello se diluya, si lo tuvieran, su fragmento de verdad. Clamemos al universo nos otorgue una cáscara nueva, que rocíe el sol y nos traiga la primavera más maravillosa. Aquella en la que el hombre, rey del universo, abraza el único grial reconocido: El poder del dinero. Nuestra salvación infinita en un mundo de ocio permanente, series, bestsellers, luces, destellos, nuestra mejor imagen en las redes, para desolación de nuestro yo desnudo.

   Sigamos, pues, ascendiendo, entre la desinformación, para nuestra mayor gloria.

   Pero si algo puede ser cierto de esta distopía, es que por mucho que te prometan, no serás feliz.

  Recordemos la torre de babel, si el Dios de Israel, evitó la fuerza de la conexión de aquellos que pretendían desafiarle, haciendo que no se entendieran, al hablar lenguajes diferentes, esta maraña disruptiva, distópica y desinformativa, es la mejor manera de hacer que no pienses.

 ¿Dios ha muerto como decía Nietzsche? O ¿hemos creado un nuevo ídolo?

  Disfruta. Ah, y no olvides invitarme a una cerveza.

  Atentamente,

  Un habitante de la caverna

Ausencia

Hay cosas sencillas, cotidianas,

que emergen en todos los paisajes,

un pequeño jarrón, las flores en un patio,

la diversidad caótica del tráfico,

un beso para ti,

aquella mirada

y el imponente palpitar del fruto

de un naranjo.

Y, aun así,

persistimos en buscarnos en conceptos

con complejas palabras enredadas

en la maraña de nuestras propias ausencias.

No es posible entender la vida

sin vivir apegado a la realidad más perceptible.

Ni la vacuidad del universo,

la nota primordial,

el símbolo del tiempo,

la divagación finita,

puede llevarme

a tus labios

si me ausento.

Interrogante

             ¿Y si hubiera una magia de las cosas?

              La lámpara de un genio imaginado

              que te concediese los deseos,

               sin límite de número ni tiempo.

                Pedirías, quizá, la eternidad, la luna,

                la abundancia, un cofre de tesoros,

                ser un sabio, saber la profecía,

                leer los posos de café de la mañana,

               presentir, adivinar o ganar siempre,

               en todos los instantes de la vida.

               Y si eso fuera así, tu yo omnipotente,

               ¿Sería acaso un yo perfeccionado,

               o una incorrecta desviación que absurda,

                divaga entre los restos del deseo?

             ¿Serías quizá lo que siempre soñaste?

                O, tal vez,

               ¿tu peor versión?

                 Los interrogantes descansan

               en la acera del pensamiento,

                 sacudiendo las baldosas,

                  para abrazar, renovados,

                  el nacimiento de una margarita.

                   El diseño es tan perfecto

                    que habría que felicitar al creativo.

3 de abril. 32 años y un laberinto

Víspera de Befana de 1999. Marcelo esperaba impaciente el regalo de esa vieja maga de zapatos rotos. Su padre le había prometido llevarle al laberinto de Villa Pisani.

      Era una mañana cálida, pese al invierno. Marcelo se entretenía dando vueltas al laberinto persiguiendo a una mariposa blanca, sin pensar en otra cosa.

      —Vas haciendo círculos —le indicaba su padre—. Síguenos, no quiero que te pierdas.

      Marcelo hizo caso omiso. Se perdió, como era de prever, y varios guías tuvieron que emplear todos sus esfuerzos en localizarle.

      —Te lo dije —le regañó su padre—. No sé si Befana traerá regalos para ti esta noche.

        Sin embargo, Befana trajo regalos. Siempre se compadece de los niños traviesos. Además de sus juguetes preferidos le dejó una carta, lacrada con un raro sello de color blanco, que solo podría leer al cumplir 32 años.

    Marcelo conservó la carta y, aunque tuvo muchas tentaciones de abrirla a lo largo de los años, no lo hizo, quizá porque creía internamente que ese sobre amarillento conservaba algo que se esfumaría,si no cumplía con sus indicaciones.

   Marcelo, aunque fue hallado aquel día por los guías turísticos, llevaba una vida metafóricamente apegada a la continua pérdida, en los senderos de un complicado laberinto, persiguiendo una mariposa blanca que nunca alcanzaba. Había caído una y otra vez en profundas oscuridades y nada parecía satisfacerlo. Desordenó sus horarios, abandonó sus estudios y acabó trabajando en cualquier cosa por pura supervivencia. Su novia, Sofía, una muchacha alegre y cariñosa, no tuvo más remedio que dejarle tras múltiples engaños y faltas de compromiso. Nunca llegaba a tiempo a los sitios y siempre había una disculpa para no mirarse en el espejo.  Hoy era su 32 cumpleaños. Esa mañana se despertó con una tremenda resaca. Tocaba desayunar paracetamol y un café bien cargado. Cerró el teléfono. No podía ni aguantar el sonido de las llamadas de felicitación de cumpleaños. Mientras bebía el café se acordó de aquella carta. Era el momento de conocer qué decía.

        Querido Marcelo:

     Cuando se estropea un aparato doméstico y hemos de acudir al temido libro de instrucciones, podemos invocar a la divinidad en arameo, más no evitaremos chocarnos con la ineludible realidad: No hay quien lo entienda. La vida se asemeja, a veces, al aparato con instrucciones deficientes, como un código indescifrable en el que no encontramos la tecla del reset. ¿Dónde estará esa dichosa tecla? ¿Dónde el reinicio? ¿Dónde estará ese lugar que todos buscamos?

    Al final todo se reduce a un callejón que parece no tener salida, sin internarte en caminos estrechos y sinuosos, entre la oscuridad y la claridad. ¿Cuántas lecciones precisamos para ver el final del laberinto?  El hombre vive en la eterna duda, pero hay algo que nos puede guiar. El peor enemigo, para buscar la salida a nuestro propio laberinto, no es lo malo que nos pueda pasar, ni la dificultad de su diseño. Es el miedo, Marcelo, el miedo. Ninguna de las páginas más negras de la historia de la humanidad se hubiera escrito sin la complicidad del miedo de los que callan. Es natural, el instinto de supervivencia se impone sobre todo, aunque se nos vaya todo en ello. Por eso quizá la tecla de reinicio reside en algún lugar más allá del miedo; más allá del instinto. Pero para no tener miedo, no debemos sentirnos solos. Marcelo, no temas, haya pasado lo que haya pasado, eso no te define. Nadie es su pasado, sino quién quiera construirse en el presente. Siempre serás bienvenido. Es hora de sentirnos conectados.

  Preparé tu cuarto, con sábanas de amapola, y encendí el incienso de rosas, para tu bienvenida. Quería recorrer tus ojos, agarrarte las manos y visitar las estrellas. No llegaste. Quizá te despistó una sirena o tal vez un pirata, esos mares siempre tienen turbulencias. Seguiré esperando, tejiendo nubes, porque, algún día, todos acabamos llegando a Ítaca.

       Los sueños infantiles se quedan impresos en algún lugar de nuestra memoria. Ese lugar en el que encontramos quizá lo más auténtico de nosotros mismos. Era la hora del regreso. La tecla del reinicio, nunca mejor dicho. Su madre le había escrito esa carta 20 años antes. Lo seguía esperando, tejiendo nubes. El mejor regalo de su 32 cumpleaños fue el abrazo de los suyos.

2 de abril. ¿Conectados?

Miguel tenía las manos arrugadas, tanto que, si te fijases solamente en ellas, afirmarías que se trata de un anciano. Sin embargo, su expresión facial era suave, su rostro terso, sin apenas arrugas. Le mirabas a los ojos y parecía un niño. En realidad, ya había cumplido los 70. Vestía de forma muy extraña y siempre portaba un amuleto de un sol. En el pueblo todos decían que se había vuelto loco, que había tomado esto y aquello, participado en sectas y sociedades secretas. Los lenguaraces siempre tienen mucha imaginación. En ello les va su negocio.

  No me gustaba ir al pueblo. Sus gentes solo sabían hablar de lo que había ocurrido a otras. Únicamente cambiaban de tema cuando querían advertirte de algo negativo. Pasara lo que pasara, todo era para mal. Que si te iba a salir mal el negocio que proyectabas, si no ibas a aprobar tal examen, si ese novio no era el mejor para ti…Todo mal.

  Viernes Santo y con una niebla densa. Un día intensamente plomizo, de suelo extremadamente gris. No podía aguantar otra advertencia de mi tía, así que salí a la calle, por pura necesidad de respirar y no escuchar nada tóxico.

  Miguel estaba sentado en un banco, mirando al río. Sus ojos parecían absortos en el discurrir del agua.

   — Siéntate aquí, María.

   —¿Yo?

   —Sí, quiero contarte algo.

    Me senté a su lado y una extraña sensación se apoderó de mí. ¿No sería un psicópata? No lo conocía. Todo el mundo decía que estaba mal.

    —María te conozco desde pequeña. Tengo que contarte algo. Ya sabes que yo he vivido mucho. He intentado buscar a Dios en todas partes. Pasé del catolicismo a la nueva era, de la nueva era a la kabbalah, de la kabbalah al sufismo, del sufismo al sincretismo…Todos los caminos que se podían recorrer los seguí y no lo encontré, salvo ahí, en el agua.

     —¿En el agua?

     —Sí, María, en el agua. Sobrevolándola. ¿No lo ves?

     —Me temo que yo no veo nada.

      —Cada uno ha de tomarse su tiempo y su búsqueda. María, queda poco tiempo, poco tiempo…

     —¿Poco tiempo?

     —Para asumir el pacto. Hay que sellarlo

     —¿Qué pacto?

     —El cuarto pacto. Las tablas de la ley han desordenado sus letras. Ahora es tiempo de hacer una torre.

     —¿Una torre?, ¿Cómo la torre de babel? Eso no le gustó a tu Dios, eso era un desafío contra él.

    — No, María, esto es distinto, es una torre para la unión. El cuarto pacto, es la conexión entre todas las palabras buenas. Todas las letras están dispuestas a reunirse, para formar palabras buenas. Todos debemos aprender a hablarlas.

    —¿Y qué es una palabra buena?

   —María, no pensé me harías esa pregunta. ¿Qué va a ser? Aquellas que nos unen, nos conectan y nos hacen ser conscientes de la realidad de los otros. Esas son las palabras buenas.

Tras esta breve conversación con Miguel, pensé que quizá era cierto que estaba loco, como decían las gentes del pueblo. Sin embargo, esa misma noche soñé con una torre tan alta, que formaba escaleras de palabras buenas, para conectarnos entre todos. Quizá Miguel no estaba loco, quizá tenía razón y la única forma de mejorar este planeta desbocado, es comenzar a inundarlo de palabras buenas.

1 de abril.¿ La vida te arrolla?

       Buenas tardes, permítanme que me presente hoy aquí, de improviso. Me llamo Aurora y quienes me hayan leído en una anterior entrada conocerán alguna cosa de mí. Mi creadora me ha pedido que les cuente algo sobre mi vida, lo que me resultó más difícil de aprender y, por lo que, en ocasiones, sufrí muchas desilusiones. Yo era como un recipiente, un pequeño cubo que se pone en el exterior y no se mueve, de forma que si llueve recibe lluvia, si nieva nieve y si hace un sol arrollador se abrasa. La vida me arrollaba, yo no tenía las riendas. Y esa fue la experiencia de vida que me costó más aprender. ¿Y cómo lo hice? A base de golpes, desilusiones y sensaciones de caos. Reconozco que en ese proceso tuve un encuentro providencial.

         Mi primer día de colegio encontré a mi mejor amiga, fue la primera que me habló. Las otras no lo hacían. Me eligió ella, no yo. Y a partir de ahí, mi vida comenzó a funcionar con las mismas reglas.  Cuando llegó la adolescencia, yo quería tener novio como las demás, y mi primer novio fue uno de los primeros que me lo pidió. Resultó un fiasco. También él me eligió, yo solo estaba esperando como ese cubito en el exterior, a recibir agua, nieve…lo que fuera. Conocí a mi marido en una fiesta de cumpleaños. El primero que me pidió bailar. También fue un horror. Doce años de matrimonio convertidos en martirio. Elegí mi profesión tras consultar mi carta astral. Al final la dejé por aburrimiento y comencé a estudiar filosofía, y ahora estoy aquí, dando clases de filosofía en una ciudad que elegí en una tirada de dados.

        Mis parejas me decepcionaron, mis amigas me decepcionaron, mi trabajo me daba problemas. Un día, leyendo el periódico, observé un anuncio de una consulta de psicología. Marina Bao, psicóloga. Me gustó el nombre. Y como todo en mí es intuición, allá fui. Lo que yo ahora les voy a contar, para mí, fue esencial. Una mujer de 52 años resultó iluminarse por una joven de 30. Desde ese día, podríamos decir que, pese a mis peculiaridades, he tomado las riendas de mi propio carro.

       —Así que te gustan los dados para guiar tu destino. Juguemos al tarot.

       Marina puso encima de la mesa de la consulta la carta del carro. Genial, pensé, la primera psicóloga bruja que me he encontrado. Gracias universo, será mi psicóloga para siempre. Pero ella me preguntó:

      —¿Qué opinas de esta carta?

      —Pues el carro, el regreso, el destino.

      —¿Cómo elegiste este destino, trabajar aquí?

      —Porque en los dados me salió el seis. Asigne un número a cada destino del concurso de traslado y salió el 6.

     —¿Y a tu marido?

     —Porque ese día bailamos y me pareció que la luna brillaba más fuerte. Era un mensaje. De todos los que allí estaban, era el más guapo.

     —¿Tus amigas?

    —Aquellas que quisieron serlo.

    —¿Y tú, cuando has elegido algo?

      Me quedé pensativa. Era cierto, eludía mi responsabilidad al elegir, esperando que la vida me diera lo que me correspondiera.

      —Si eres un mero recipiente estático, recibes las inclemencias del tiempo. Si decides dónde situarte. Podrás recibir lo que buscas. Eso no quiere decir que no puedas tener desilusiones, pero lo que tú haces es jugar a la ruleta rusa —observó Marina.

      Era eso, en la vida no hay que esperar lo que venga. Hay que elegir. Para elegir debemos aprender a saber lo que queremos. De lo contrario, la vida te arrolla.

31 de marzo. Sé océano y no roca

Sé océano, no seas roca. Las piezas del mapamundi

“Lo sentimos, pero su producto no encaja en nuestra línea”. Un nuevo rechazo a la propuesta de comercialización de lo que, para Alberto, había sido su mejor idea. ¿Cómo podía ser posible que no encontrase financiación para ejecutarlo? Los bancos le denegaban los créditos, las grandes firmas comerciales su apoyo y su pequeña fábrica de productos de higiene ya no podía resistir un nuevo envite. Había diseñado una nueva línea de geles de baño para deportistas con una gran capacidad antibacteriana y la posibilidad de monodosis, de modo que se podía llevar al gimnasio, incluso, en un bolsillo de la cazadora del chándal. Era ideal para viajes cortos. La fragilidad económica de la empresa que había heredado de su abuelo, el sentimiento que debía sostenerla como débito a las generaciones que le precedían y la posibilidad de asumir los costes, si no encontraba ayuda, le abocaban a un callejón sin salida. Cuanto más lo pensaba e insistía en buscar nuevas ideas para conseguir financiación, más puertas se le cerraban.

  Era la hora del desayuno, así que pidió un café solo bien cargado y una tostada en el bar de enfrente de una conocida entidad bancaria. No tenía ninguna confianza de obtener algo diferente a unas buenas palabras. La camarera le sirvió el café en una taza con mensaje. “No hay nada imposible si confías”. Tuvo ganas de tirar la taza al suelo y pisotearla hasta que dicho mensaje se diluyera. El engaño de las frasecitas de autoayuda. Dejó la taza y sin acabar ni siquiera el café, pidió la cuenta. La camarera se acercó y mirándole fijamente a los ojos, como si tuviera un mensaje importante que decirle.

—Son 7,10 señor. Con 10 céntimos no se olvide.

—7, 10, aquí tiene.

—No le cobre, Susana —dijo un hombre de unos cincuenta años, de pelo canoso alborotado y rasgos faciales muy diminutos, unos ojos que casi no se veían si no fuera porque brillaban intensamente —. Deje que le invite por hoy. Sé que vendrá mañana y será usted quien me invite.

 —Mañana no vendré aquí, no vivo cerca. Gracias, pero no creo que sea posible que vuelva.

—Volverá, no tengo duda.

  A Alberto le pareció bien extraña esa invitación sorpresiva, pero estaba demasiado agobiado para reparar en ello. Aceptó la invitación y se dirigió a la entidad bancaria. El director no estaba, había tenido que salir para resolver un asunto urgente. Le dieron cita para la mañana siguiente. ¿Cómo era posible que aquel hombre lo supiera?

  Volvió a dirigirse a la cafetería para interesarse por ese extraño individuo. Se alegró al ver que todavía no se había ido.

—¿Cómo sabía usted que tenía que volver mañana?

—Obvio. Hoy usted necesita pasear un tiempo a solas. Mañana será otro día.

   El hombre misterioso le dijo adiós afectuosamente y sin más palabra se levantó de su mesa, despidiéndose de la camarera.

—¿Quién es?, ¿usted lo sabe? —Alberto se dirigió a la camarera.

—Es un vecino, vive por aquí, eso creo, porque viene todos los días. Es un hombre amable. Se llama Javier, no sé mucho más.

    Alberto salió del bar intrigado, pero ya no pudo ver a dónde se dirigía ese misterioso interlocutor. Decidió encomendarse al destino y comenzó a pasear sin rumbo por las calles. De pronto se vio delante de un escaparate de una juguetería. Se centró en un rompecabezas del mapamundi, de gran tamaño. Recordó inmediatamente su infancia. Tuvo uno parecido. Nunca logró terminarlo. Recordó que pasaba los días, en la mesa de la cocina, intentándolo montar, mientras su madre le decía: “eso es muy difícil, Alberto, no lo harás nunca. No sabes colocar las piezas”.

   No sabes colocar las piezas. Esa frase retumbó sobre su cabeza. Vivía agobiado porque desde siempre había creído que no sabía colocar las piezas. A veces las etiquetas nos maldicen. Ahora lo sabía, pero ¿cómo aprender a colocar las piezas? Volvió a pensar en el mensaje de la taza. Si confías, nada es imposible. Quizá era eso, no tenía confianza en sí mismo, en su capacidad para colocar las piezas. Volvió caminando a la oficina.

  Cuando revisó su proyecto, se dio cuenta que, como pretendía que todo saliese bien y tuviera un buen resultado, había supervisado hasta el mínimo detalle, el color de los productos, la forma de su envasado, sus utilidades, hasta la forma de portarlo. Y pensó que, si fuera a él a quien le presentasen un producto en el que todo está diseñado tan rígido, donde no había espacio para poner el propio sello, idear, colaborar contribuir, tendría dos opciones, rechazarlo o hacer una contrapropuesta en la que sugeriría una serie de cambios. La primera opción era la más fácil y menos comprometida. Y esa era la que se encontraba cada vez que proponía su lanzamiento.

    Como si fuera invadido por una gran inspiración, cambió el planteamiento de su producto y se dirigió, dossier en mano, a la oficina de una de las grandes marcas. Sintió un vacío en el estómago. Le parecía una locura, lo más seguro es que le dieran con la puerta en las narices, pero algo le impulsaba a hacerlo. Tenía que cruzar ese abismo.

   Sin saber prácticamente cómo, el recepcionista le atendió y lo mandó al departamento comercial y desde el departamento comercial al director general. Cuando le pasaron al despacho del director no dio crédito a lo que veía. Allí estaba ese hombre de rasgos diminutos que le había invitado al café.

  —Pase y siéntese. No le esperaba hoy sino mañana. Me ha sorprendido gratamente.

  Alberto notó la cara de satisfacción de Javier mientras revisaba su propuesta.

  —Es una gran oferta. Colaboraremos. Me temo que tendrá que invitarme a más de un café.

  —Eso está hecho.

  El exceso de control, la sobreprotección, el ser nuestro propio policía interior, puede tener puntos positivos, ya que el perfeccionismo nos lleva a mejorar activamente, pero también negativos, porque la rigidez impide veamos otros puntos de vista y recibamos las bendiciones que la vida nos pueda ofrecer. No etiquetes, no seas rígido, sé océano.

Martes 30 de abril. Tú no eres unas zapatillas rosa

        Tú no eres esas zapatillas rosas

 Referirse al calzado metafóricamente para asimilarlo a nuestra esencia, alma, o ser espiritual, es algo arraigado en nuestra cultura y que tiene unas bases conocidas. Cambiar de calzado y cambiar de esencia puede ser una alegoría que nos impulse al crecimiento personal pero, en su sentido más literal o materialista, es creernos distintos por una determinada apariencia. Los cuellos más bellos que he visto raramente están vestidos con diamantes.

 Ana era una chica alegre y divertida, siempre estaba riendo, buscando un motivo para una broma o para hacer un chiste. Qué decir tiene que, pese a sus 14 años, era el alma de su casa. No se podía no quererla. Era una joven de largo cabello castaño, con unos ojos grandes que te miraban fijamente, mientras no paraba de reír, contagiándote la risa. ¿Quién podría negarle algo?

 Ana quería unas zapatillas rosas de una marca conocida, cuyo precio acumulaba tres cifras. Su madre no era muy partidaria de gastarse un dineral en ese calzado, cuando tenía suficientes deportivas.

—Todas las chicas las tienen, mamá.

—¿Y tú tienes que querer lo que quieren todas? Debes pensar en lo que necesitas, no en caprichos.

—Si yo no las llevo pareceré una colgada, una freak. Mira estas zapatillas que llevo, mamá, no las querría poner ninguna chica de mi clase.

—Iremos a ver esas zapatillas, pero no te prometo nada.

   En la zapatería tenían un puesto destacado. Ahí estaban las flamantes y deseadas zapatillas. Ana cogió un par, de color rosa intenso, y el emblema de la marca bien visible.

 —Esas no, Ana. Mira, estas son más discretas le dijo su madre, mientras le exhibía un modelo del mismo color, pero en el que el logo de la marca era muy pequeño, casi imperceptible.

 —Esas no, mamá. Esas no las quiero. No se ve de qué marca son…

 —Entonces tu no quieres unas zapatillas de esta marca porque sean más cómodas y de mejor resultado. Tú lo que quieres es llevar un cartel en tus zapatos en el que diga “mira lo que llevo, tanto valgo”. Si no quieres las zapatillas, nos vamos. Yo no te voy a comprar un cartel. Si necesitaras llevar un cartel para gritar al viento que has podido comprarte unas zapatillas caras, me daría mucha pena, Ana. Yo no te he educado así.

 —Mamá, pero si no se ve la marca, las chicas van a decir que son feas.

 —Nunca hubiera pensado que una cosa es bonita o fea porque ponga su marca en grande. Para eso, que vendan unos sacos de patatas con su logo, y ale, todos con los sacos por la calle.

 —Mama…

 —Tú no eres unas zapatillas rosas. Eres Ana.

 Ana finalmente accedió a comprarse las zapatillas con el logo más discreto. Quizá en ese momento aprendió que no necesitaba otras zapatillas y que lo que buscaba en ellas era algo que no le podía dar un objeto. La identidad se construye. No llevar un objeto simplemente para ostentar es un lujo que pueden permitirse pocos.