Amor romántico

Te separas, cuando yo voy despacio

te acercas, cuando yo voy deprisa,

y es curiosa la constante asimetría

columpiando perpetuas resonancias.

Parece que te extiendes campo abierto,

hacia el extremo opuesto,

y no vislumbro

 el fin de aquellos pasos tortuosos

que suenan a asfalto entre las nubes.

La paradoja es que tú estás más cerca,

la velocidad no es un crucero,

que conjugue el lenguaje de los versos.

La paradoja es que tú estás más lejos,

cuanto más me aproximo a tu horizonte.

Quizá es vértigo, respuesta en torbellino,

que trae el agua presta al sumidero,

y a mí lo que me gusta es espaciar las piedras,

sobre el estanque que compone la mirada.

Carezco de murallas, yo no temo,

ser presa del azar de tu sonrisa,

 hace tiempo que vengo de regreso,

atomizada en el viento que roza la piel,

como paso de azahar entre tornados.

 Ya conozco todos tus lunares,

la sombra de tus lunas

y la noche.

Ya no soy filamento ni membrana

sino de mi propia piel,

y tanto que no amo,

 sino por instantes,

de tantos dígitos,

como los centímetros de mis torres.

He cambiado de dimensión

para intentar comprenderte

y ahora, quizá es tarde,

pero ya sé,

que no era necesario ni preciso,

porque tú, como holograma estático,

eres solo una fantasía de mi mente.

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Horizonte

      

  “En el horizonte se oyen los ecos del tiempo” fue quizá una de mis primeras metáforas. Una monja, cuyo nombre no recuerdo, que daba clase de lengua en la prehistórica EGB, me recriminó al leerlo. En el horizonte no se oye nada. Esto está mal. Y tal afirmación, reconozco, me afectó tanto que todavía la recuerdo. Es una metáfora, me decía a mí misma, como intentando calmarme. El psicólogo del colegio nos pasó un test y determinó que mi imaginación se salía de la tabla, por lo que no iba a tener buen rendimiento escolar- erró, o eso creo, porque tengo dos licenciaturas- por culpa de mi imaginación. Decidió debía hacer unos ejercicios, de los cuales solo realicé el primero, que consistía en imaginarse cosiendo un botón. Salí espantada y se lo conté a mi madre. Una madre siempre tiene soluciones para un niño. Mi madre entró en el colegio como si de superwoman, que lo era, se tratase y se plantó delante de la directora. Mi hija no va a realizar ejercicios para reducir la imaginación, porque la creatividad es muy importante. Y ahí acabó el problema del cosido y los botones.

           Cuando esto ocurrió Einstein ya había desarrollado la teoría de la relatividad, y comenzaba en pañales la mecánica cuántica. No voy a exigir que una monja en una clase de EGB percibiera lo que quizá no le es dado percibir, pero la idea del horizonte cósmico tiene mucha analogía con la “música celestial” que sí debiera oír.

           Esta pequeña anécdota autobiográfica, me obliga a reflexionar lo castrante que puede ser la “educación” mal entendida, porque si bien es cierto que para cuestionar las cosas es necesario una base de estudio, esfuerzo y conocimiento, no lo es menos que el aprendizaje mimético corto- campista, determina que muchas áreas de conocimiento, que debieran ser ilusionantes para los jóvenes, se queden relegadas.

          ¿Qué hubiera pasado si mi monja hubiese retrocedido (ojo, no avanzado, que ya sería lo más) en el tiempo y se situase en medio de los experimentos de los cosmólogos que intentaban captar la radiación de fondo? Quizá me hubiera explicado, con brillo en los ojos, las teorías sobre el horizonte cósmico y las vibraciones, el fondo cósmico de microondas y su uniformidad como paradigma de la expansión del universo. Y quizá desde ese primer momento hubiese amado más la física que la literatura, porque hubiese visto poesía en sus ecuaciones.

           Pero no fue así, porque eso estaba- en sus palabras- realmente mal. ¿Cómo va oírse ruido en el horizonte?

Un horizonte no es más que el susurro del tiempo.

     Como dice mi hija Boadicea, los niños son realmente sabios.

                  “Yo soy una muralla

y mis senos son como torres;

por eso a sus ojos me volví

como aquella que trae la paz.”

                     Definitivamente creo que la monja tampoco había leído el Cantar de los Cantares.

Venidero

Hay una pauta métrica en cada reconstrucción”

La torrre se hace arcano

sobre el mapa

de la osa mayor.

Ya no hay plomo en el aire

y los pulmones

se revelan

a su dosis de oxígeno.

El tiempo se deshace entre las manos,

llamando al paso,

entre los continentes

y como si fuera una señal

premonitoria,

la huella de mis cielos,

se hace rosa primera

de un rosal

que nace sin espinas.

La pretensión de un final,

de fantasía,

retando a los abismos,

en el que no importe

la profundidad del acantilado

sobre los brazos del mar.

Suena el arpa,

la cuerda dando juego,

a la pauta de la métrica

para desconciliar todas las simetrías

y así dejar hueco en el espacio,

diseminando

la siembra primorosa

de mis antipartículas.

No temas,

el valor te trae la pócima,

la contracción

para expandir los soles,

en el fruto de la nueva primavera.


Año nuevo

Felicitarse el año,

desayunarse a sí mismo

en lentejuelas,

para ahogarse

en unas bragas rojas

y una copa de champagne.

La suerte siempre se resiste

a desintegrarse

en nuestras uvas,

ya se sigan los cuartos o se ignoren,

la vida sigue en enero,

recalcitrante,

por eso,

obvia los selfies,

porque tú ya lo sabes,

no hay mejor suerte que tú mismo.

Según madre

Hay mitos como esquinas

en lamento,

como látigo

de palabras traicioneras

a la propia placenta.

La caja de pandora,

la manzana,

en culpa sobre el útero

Quién se atreve,

a proclamar conmigo

Quién se atreve,

a desterrar la historia escrita

de la frente de los niños

y generar el comienzo de la vida.

La mujer está herida

por la afrenta

perpetua de los siglos.

pero el hombre es cautivo

de batallas sin rumbo

y de promesas.


Si miras a mis ojos,

hallarás un espiral de saúcos

reclamando un nudo

sobre tu cuello.

La indisciplinada belleza

del viento

retomando

el aliento interior

Tú sabes como yo

que los héroes,

se cuentan según madre.

La sinfonía

Cuerdas,

frecuencia en bajo,

la octava,

sobre la sinfonía de nuestro tiempo.

Una vibrante analogía

en la frontera

de todos los sucesos.

Mientras tanto,

se mecen los tejidos,

las redes y los bucles

el tambor,

retocando nebulosas.

¿Bailamos?