Lunes, 29 de abril. ¿Puedes sentir la densidad?

                 Si tuviera un telescopio…

   Enrique soñaba que, por fin, el día de Reyes, sus padres le regalaran el telescopio que tanto ansiaba. Fantaseaba con tener un telescopio más profesional que aquel de juguete que le había regalado su abuelo en su cumpleaños. Sabía que era caro, muy caro, pero había oído que a sus padres le había ido bien la cosecha este año. Cruzaba los dedos, encomendándose a la suerte. ¿Tendría por fin ese regalo tan ansiado?

  Enrique era un joven de 17 años cuya mayor pasión era llegar a ser físico. Su madre siempre le bromeaba y le decía que pensase ser pianista, ya que tenía unas manos ágiles y delicadas. Enrique pensaba que las madres siempre ideaban un destino diferente para probarte. Pero él lo tenía claro, sería físico, sí o sí.

 Esa mañana se levantó bien temprano. Tenía el pelo alborotado y hacia arriba. Su cabeza parecía una bombilla amarilla a punto de lucir. Bueno, siempre tenía el pelo alborotado al levantarse. Ese pelo rubio, pero tan rizado, era indomable cuando crecía y desafiaba la ley de la gravedad, erizándose hacia arriba. Lo aplastó con las manos. No tenía tiempo para peinarse. Iba a conocer a su amado telescopio.

 Cuando llegó al salón, se encontró con una caja enorme. Por fin el telescopio, pensó. Abrió el paquete apresuradamente, no reparando en una nota que estaba colgada junto al lazo que decoraba el envoltorio de regalo. Cuando abrió la caja de cartón que escondía tal vestimenta su sorpresa fue mayúscula. En lugar del telescopio había un microscopio, muy bueno, pero un microscopio. ¿Podían ser sus padres tan torpes? Habían confundido un telescopio con un microscopio.

 Preso de la desilusión se dispuso a recoger el papel de regalo esparcido por el suelo. Y ahí estaba un pequeño sobre blanco, que parecía contener una tarjeta, en la que textualmente leyó:

 Querido Enrique. Sé que deseabas un telescopio, pero me ha parecido mejor idea regalarte un microscopio. Si uno no comprende las reglas de las cosas pequeñas, ¿Cómo va a comprender el universo? Atentamente, Baltasar.

 Las cimas más altas se escalan desde abajo. Si no tienes las herramientas adecuadas no puedes escalar. Asume que todo es un trayecto, y que cuando la vida regala algo de manera apresurada y sin merecerlo, más que el éxito como regalo lo que te somete es a una prueba. Y créeme, de ella no es tan fácil salir ileso. Atentamente, Melchor.

 Bueno, qué decir tiene que yo quería regalarte el telescopio. Pero me convencieron de que no era oportuno. Sí entiendes este deseo no colmado, todo fracaso, como un paso más adelante en tu destino, sin duda llegarás a ser un buen físico. Atentamente Gaspar.

  Volvió a mirar el microscopio. Quizá no era tan mal regalo. Podría examinar minerales, cosas pequeñas, la materia es densa y ese instrumento facilitaba observar lo que nuestros ojos no nos dejan ver. Observar, ver más allá de la densidad, para crecer. Hay demasiadas cosas que no vemos y tenemos cerca.

¿Qué ves detrás de tu puerta?

     DOMINGO 28 DE ABRIL

     Estoy sentada con los pies cubiertos de tierra. Ella cubre de ocre el color de mis zapatos. Sé que son de color arena, clara, iluminada por el sol del mediodía. Pero no los veo.

       Detrás de la puerta, veo un monstruo

     Eva era una joven de 13 años, con unos ojos de un marrón intenso y unas cejas pobladas y marcadas, tan definidas que eran perfectas. Su tez era pálida, sus labios carnosos tenían un color rojo, natural, que hacía imposible no detenerte en su belleza.  Fue una niña solitaria, siempre enredada en construir fantásticas historias con sus juguetes. Le gustaba cambiar el final de los libros y también, muchas veces, el principio. Su mayor deseo era vivir en una nube llena de flores rojas. Cuando sus padres se divorciaron, su mundo se derrumbó como si fuera un castillo de naipes. La adolescencia se volvió difícil. Buscaba agradar, ser querida, pero cada vez que lo buscaba ella sentía que se perdía. El desorden marcaba la batuta de su vida. Muchas veces se sentía molesta con solo oír la voz de su madre y solía discutir con demasiada frecuencia. A veces, siquiera sabía por qué. Lo cierto era que, por mínima que fuera la crítica que recibiera, respondía con una ira inusitada. Eva, en realidad, se defendía de sus propias oscuridades, pero lo que no sabía era que, cada vez que lo hacía, atraía otras oscuridades mucho más peligrosas.

    Esta mañana le costó despertarse. Solo deseaba dormir. La insistencia de su madre hizo que se levantara, al menos para cerrar la puerta y decirle que la dejara en paz, que estaba muy cansada. Tras despedir a su madre, se volvió a hacer un ovillo en su edredón, conectó los cascos a su teléfono móvil y comenzó a escuchar música a todo volumen.

 Eva, te he dicho mil veces que recojas tu habitación. ¿Te parece normal? —dijo su madre, señalando una montaña de camisetas esparcidas por todo el suelo.

—¿Tú no te ibas al trabajo? Ya lo recojo, estás siempre igual. Yo ya sé lo que tengo que hacer.

 —Y yo lo que no te tengo que permitir. Deja ahora mismo el móvil y ponte a recoger.

 —Que me dejes en paz. Estoy haciendo cosas. Ya lo haré.

  —Tú misma  —dijo su madre, mientras se dispuso a coger todas las camisetas del suelo — .Como están en el suelo, es basura y a la basura me las llevo.

  —Que no mamá, que no… —Eva trato de impedirlo—. Eres una pesada, ahora las recojo, te he dicho.

  —Pesada me llamas, tú no tienes respeto a tu madre. Dame el móvil, quedas castigada sin él una semana.

  —El móvil no…

  Su madre intentó quitarle el móvil y Eva impedirlo. Estaba esperando ese wathsapp del chico más guapo de la clase. No podía llevárselo.

  —Bruja, bruja, eres una bruja, una idiota, no te ves una vieja amargada, siempre regañando, Eva por aquí, Eva por allá. No me extraña que papá no te quisiera. Te odio.

  —Tu comportamiento es incorregible, Eva.

  —¿Incorregible? Bruja, fea, gorda, que eres una gorda, por eso estás amargada

  Eva agarró el móvil, las camisetas, las metió en su mochila y salió de la casa dando un portazo.

   Esa noche no volvió, se quedó a dormir en casa de una amiga. Su madre llamaba insistentemente a su teléfono, así que la bloqueó. Esa noche tuvo una terrible pesadilla. Un monstruo estaba detrás de la puerta de su habitación y le saludaba como si la conociese de toda la vida. Era como una masa informe gris muy oscura y le decía, Eva, tú y yo somos lo mismo. Se despertó agitada y confusa. Se dirigió a la cocina de esa casa extraña para buscar un vaso de agua. Sentía la boca muy seca. Allí estaba la madre de Inés, preparando unas tostadas para el desayuno.

 —¿Te ha visitado el monstruo gris? Le preguntó la madre de su amiga Inés.

 —¿Cómo sabes lo que he soñado?

  —Porque una vez, hace muchos años, también me pasó a mí. Y sabes, con el tiempo, me di cuenta de una cosa muy importante, que yo era quien lo estaba creando.

  Para que las paredes de tu casa no sean negativas y en tu puerta no se asome un temido monstruo gris, tan temido porque anuncia que tendrás que aprender a golpes, en lugar de caminar suave, paseando, en esta primavera de tu vida, lo importante es conocer que muchas veces nosotros alimentamos la negatividad. Pensamos que huyendo a una casa extraña se diluirán los problemas, y lejos de ello, se vienen con nosotros.

 Después de recordar a Eva, limpié mis zapatos de la tierra oscura y me dispuse a soñar, como a ella le gustaría, con una nube plagada de flores rojas.

Cuando hay intrusos todo puede suceder

Comienzan los preparativos…. Muy pronto en imprenta Los extraños ojos de Marina

Bueno, bueno, bueno… ya veo que doña Aurora se coló en este blog el otro día, pues, con su permiso, yo también lo hago hoy. Tengo mucho que decirles. Estoy atrapado en una historia en la que he sido objeto de unas acusaciones terribles e injustas. Si ustedes leen las mentiras que cuentan sobre mí, pueden pensar que soy pérfido malvado, pero nada más lejos de la realidad. ¿No desean ustedes un mundo seguro? ¿No desean un mundo más justo? Sí lo desean, no lo nieguen. Quieren despertarse un día y comprobar que sus vidas han cambiado, que existen oportunidades para todos, que no se premia a los inútiles, que se alaba a los que se merecen y que todos reciben su reconocimiento. Pues ese era, y es, mi mayor deseo. Intenté conseguirlo, hice todo lo necesario, dediqué mi tiempo y esfuerzo para que fuera una realidad. Si no me hubiera tropezado con esas tres mujeres, todo habría salido bien…

  —No me voy. ¡Qué no me voy! Usted está muerta, no puede obligarme a irme…

  —Pues claro que se va a ir. Aquí no es bienvenido.

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Vaya, perdonen, se ha colado un indeseable intruso. Las muertas tenemos muchas capacidades que se desconocen. Una de ellas, mandar a paseo a los intrusos o pellizcar a los caraduras e insolentes. No le hagan ni caso, ese intruso es un verdadero psicópata. Conozco muy bien a ese personaje. Hace muchos años que visito este mundo de otra manera y les confieso que no está nada mal. Soy invisible para la mayoría, puedo hablar sin que me escuche quien no quiero y aparecerme donde quiera. Pueden notar mi presencia cuando huele intensamente a incienso de margaritas. Solo tienen que llamarme, pero asegúrense de que tienen en su mesa alguno de mis postres favoritos. Si no, ni me llamen…Lo sé, lo sé, las presencias del más allá podemos ser muy exigentes. Entiéndanme, cuando estaba viva era muy golosa y hay ciertas cualidades que se conservan en este mundo. Si me invocan no se arrepentirán. Tengo muchas historias y leyendas que contarles y, tal vez, les regale algún candado para encerrar todo lo que les importune o les disguste. Permítanme que les anime a realizar un pequeño ritual. Cuando era niña me gustaba dar vueltas alrededor de los árboles y engalanarlos con cintas de colores. En cada cinta anotaba con un rotulador permanente un deseo. Una vez que los había anotado todos, rodeaba el árbol con las cintas y lo circunvalaba nueve veces. Nueve veces al derecho y otras nueve del revés. Mientras daba vueltas repetía estas palabras: creo que puedo hacerlo mientras canto, creo que puedo sentirlo mientras bailo, creo que puedo escucharme mientras hablo. Cuando terminaba esa curiosa circunvalación, guardaba las cintas en una cajita y si algún día me encontraba sin fuerzas volvía a leerlas repitiendo las mismas palabras. Y la magia se hacía en mí, no lo duden, porque si existe una verdadera magia es la que comienza cuando confiamos y creemos en nosotros mismos.

Muy pronto podrán leer muchas más cosas sobre mí.

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Una intrusa en este blog

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   Ustedes no me conocen, así que me presento, me llamo Aurora y soy un personaje de un libro que, dentro de unos meses, la petarda de mi autora va a decidir publicar. Y ya era hora…Los autores son unos indecisos y a mí me falta paciencia. Llevo muchos meses recogida en un cajón, soportando correcciones y esperas infinitas. Aunque le agradezco la oportunidad que me ha dado hoy, en vísperas del 2021, a expresarme libremente, estoy un poco molesta con ella. No se asusten, ella ya lo sabe, pero le da igual y hasta me regaña por egocéntrica. Miren ustedes, mi vida era un auténtico caos, pero muy divertida. Iba al instituto donde doy clase de filosofía y en mis ratos libres me jugaba todo. A ver, no sé si me entienden, el exceso de lógica me dejaba la cabeza un poco de aquella manera…y qué mejor que tomarse dos cervezas y jugar, en un absurdo reto, lo que haría después. Elegía el nuevo destino en mi trabajo, un futuro amante, hasta la comida, como un juego. Era apasionante. No crean ustedes que estaba totalmente loca. Lo básico lo controlaba. No iba a jugar acostarme con un monstruo, pero en el universo de lo aceptable todo era pautado por el azar, que si un 3, un 5, quizá un 9. Yo creo que soy un personaje atractivo y que debiera de ser la protagonista principal, pero no hay forma de convencer a mi creadora. Todo empezó cuando un día se me ocurrió ir a una consulta de psicología para intentar contener mis ganas de jugarlo todo y me vi envuelta en una historia bastante extraña. El motivo era más absurdo que yo misma. Solo porque mi padre me compró, cuando era bien pequeña, un peculiar colgante, tuve que seguir el destino de otras dos mujeres, a las que quiero y admiro, aunque a veces sean un poco sosas y hagan cosas bien raritas. No me quejo de que en el libro se alaben mis bizcochos, ya que me salen buenísimos, pero sí de que se me restara el protagonismo que merezco. Un descanso en la trama me llevó a conocer a Roberto, mi pareja actual, y aunque estoy bien con él, echo de menos jugar a adivinar quién sería mi futuro amante. Él es la única opción. Y qué vértigo me da tanta seguridad. Estoy temblando, mi alma ¿Cómo soluciono ahora mi aversión por la rutina? Pues todas las mañanas, antes de desayunar, hago un peculiar sorteo para elegir el rol que mantendré cada noche con Roberto, que si amante dulce, que si una leona agresiva, que si una gatita delicada…El pobre debe tener la cabeza loca, pero aburrir no se aburre…Seguro que esto y otros detalles les parecen interesantes, pero a la petarda de mi autora no parece impresionarle nada. Solo está preocupada de que se recuperen unos linajes y que se abra una puerta con una llave. En fin, habrá que dejarla con sus cosas. Me despido, voy a ensayar mi personaje de hoy. Me toca actuar como si tuviera una avanzada artrosis. Me he comprado una pelota de broma que imita los chasquidos de los huesos. Me parto de risa imaginando qué dirá mi Roberto cuándo, en pleno acto de pasión, oiga unos chasquidos sospechosos y yo me queje de que no puedo moverme, pidiéndole que llame por favor a una ambulancia. No podré resistir ver su cara de asombro. Pero tampoco se asusten, no soy tan mala, luego le daré su merecido premio.

Una rama entre muchas

             

Érase una vez, en un universo muy lejano, un pequeño planeta donde los árboles hablaban entre sí. El bosque era bullicioso y alegre, un refugio para todas las aves y criaturas que lo habitaban. El árbol madre, maravillado por el hermoso paisaje que habían construido los árboles, dio a cada rama su individualidad y el don de la palabra. Y así llegó el día que las ramas pudieron hablar también entre sí, presumir de sus elegantes hojas, competir por su verde más intenso, los frutos más exóticos. Las ramas empezaron a compararse con las otras, a repudiar a aquellas que tenían menos frutos o las hojas menos verdes, más diversas. La vida en la unidad del árbol era insoportable y los bosques se convirtieron en un lugar desagradable para las otras criaturas vivientes. La Madre de los árboles decidió separarlos y de un soplo transformó el bosque en una amplia llanura donde plantó independiente cada rama de los árboles y ocultó sus troncos tras un velo invisible, el cual no se alzaría hasta que abandonasen su ceguera por sentirse únicas. Como no tenían raíces, las ramas comenzaron a secarse. Ya no había alimento para su verdor, no daban espléndidos y coloridos frutos. Sufrieron mucho para sobrevivir, debieron alimentarse de lo que pudieran encontrar bajo la tierra. Un día, una misteriosa estrella se compadeció de las penurias de las ramas e iluminó su penumbra. Las ramas fueron conscientes de que había perdido su verde. Se veían tan oscuras y tan débiles. Las lágrimas comenzaron a brotar de la endeble cáscara que les recubría. La tierra se humedeció y comenzó a reverdecerse. Los troncos se hicieron visibles y a cada rama le fue permitido volver a ocupar su lugar. Comprendieron que su mejor realidad era formar parte, todas juntas, de la maravilla de los árboles.

            Soy una rama, parte de lo que he venido, de los que me han precedido, lo que me es mostrado como presente, lo que será el futuro. Soy una entre muchos y entre muchas uno. Las leyes de la naturaleza muestran que la mejor versión de uno es la que no se comprende sin los otros.

Reseña: Olvidadas Íberas

             Su autora, Teresa Sánchez Ruiz, es una persona multifacética, profesora, deportista, escritora y acuarelista, cada día nos sorprende con una propuesta diferente y eso se nota. Olvidadas Íberas es algo más que una novela corta, es un caleidoscopio que nos deja ver un prisma con multitud de tonos, colores e impresiones; Impresiones que se recomponen en un auténtico largometraje, donde los planos se rellenan con imágenes de profunda carga visual.

           Teresa escribe imágenes, el lenguaje de este siglo y consigue un efecto esencial, convirtiendo un cortometraje en la “biblia” y pauta del guion mayor en el que el lector cae inmerso.

            Los asesinos son gente corriente, quizá el vecino del segundo piso, tal vez ese sabio profesor que tanto admiramos. No llevan un cartel que indique su grado de maldad, pueden ayudar a las ancianas a cruzar la calle sin pestañear y sobrecogernos con una mirada tierna. La protagonista tiene que enfrentarse con ese mal, ese que sobrevive disimulado en las escenas cotidianas, demasiado cercano a la investigación, demasiado cercano a la pasión.

           La novela nos trae imágenes de alto impacto, las madres que quieren saber de sus hijas asesinadas y el cordón policial que impide se acerquen al lugar de los hechos. También nos ofrece reflexiones sobre la mujer ancestralmente objetualizada y el hombre, tan despojado de su esencia, que entiende que solo puede redimirse como criminal. Las niñas, las inocentes, las mujeres, históricamente relegadas, forman un círculo, en el que confluye la exposición detallada de muchos aspectos del mundo íbero, con aquellas frases que, inconscientemente, nos enraízan con la cultura ancestral, en el camino entre la vida y la muerte. Es fácil deleitarse con las detalladas descripciones de los lugares, las indumentarias, caer preso en el deseo de descubrir ese secreto del lenguaje íbero. Y mientras el lector se sumerge en estas descripciones, la santa compaña avisa del peligro. El peligro que, con cámara subjetiva, se mimetiza entre los párrafos, dando un giro sorprendente a la historia narrada.

           El relato es también redentor. A la protagonista no la salva ni el “séptimo de caballería” ni un aguerrido caballero andante, se salva ella misma. Porque las íberas reclaman su lugar para no ser olvidadas.

 

 

Amigos imaginarios

Juzga por ti misma, dijo Adela, mientras agitaba un sobre en su mano. Lee y verás.

Mandato, y realmente imperativo, como los que acostumbraba a sugerirme Adela cuando estaba realmente enojada. Dentro del sobre, una pequeña cuartilla arrugada y de aspecto avejentado, que decía, con letra temblorosa:

               “Sé quién eres, y que has usurpado mi identidad. Pero voy a recuperarla y puedes estar segura que mi piel ya no será tu piel.

                 Avisada quedas. Adela”

              ¿Qué significa esto, Adela? Es una carta antigua ¿Cuándo la escribiste? La letra no parece la tuya, pero….

               Estás perdida, Laura, me dijo Adela de forma tajante. ¡Cómo voy a escribir semejante estupidez! Yo no fui quien escribió esta nota. Fuiste tú.

               ¿Yo?, contesté atragantándome el asombro- No digas tonterías. Qué estupidez.

                 Y a partir de ahí, comencé a pensar que Adela era solo mi propia imitación. Desde ese momento, y por una nota que no sé ni quién la escribió, perdimos nuestra amistad.

 

PD: Así es como Laura dejó de tener una amiga imaginaria. Se dio cuenta que necesitaba amigos diferentes a ella, no una muñeca que se le parecía y que le decía lo que quería oír en cada momento.

       La nota la escribió su abuela, muchos años antes, cuando intentó librarse de una amiga imaginaria a la que, curiosamente, también llamaba Adela.

       Porque crecer significa amar la diferencia.

Carta para otra vida

       Hace tiempo que encuentro notas tuyas, escritas en cualquier parte, en los azulejos, en la mesa, en los papeles que habitan siempre diseminados en mi cuarto de estudio. Lamento decirte que no los puedo leer bien. Ya sé que lo sabes, esa letra tuya tan complicada y que tanto, tanto echo de menos, y ahora, que me escribes desde otra dimensión, me resulta todavía más difícil entenderte. Comprendo palabras sueltas, sé que me quieres decir algo, pero no puedo dar con el correcto significado de la frase. Ahora que te escribo, reflejada en la pantalla del ordenador, gracias al maravilloso efecto del sol de mayo, reconozco que no tengo ni la menor idea de cómo podría hacerte llegar este mensaje. El olivo asoma sus ramas sobre mi cabeza, mientras me recuesto sobre el césped. Pienso en esa maravilla de las ramas, extendidas, como parte de un todo que es el árbol. ¿Pudieras quizá acercarte un poco? Quizá rozar la cortina de la pérgola o teclear el techo de mimbre. Es mucho pedir, lo comprendo. No es nada fácil comunicarse entre las vidas.

         Pero yo también sé, que estés donde estés, tú también estarás intentando leerme.

Acércate de nuevo

 

Acércate de nuevo,

que quiero deslizarme por tu nombre,

como si fuera un sueño

y resucitarme piel en verbo..

Tenemos un tejado compartido

en la impronta del recuerdo,

dos copas de buen vino

y un envite,

apuesta a cielo abierto.

Despleguemos los toldos entre soles

seamos paisaje en estuario,

llanura de sentidos

la rebelión del fuego

Acércate

acércate de nuevo

 

Un día complicado para Martina Hernández

          Martina Hernández es quizá lo más parecido a mí misma que puede ser un personaje, si en algo se parecen los personajes a su autor, que a veces también lo dudo. Martina nació en mi cabeza el día que se me quedó el tacón clavado en una rejilla cercana a la parada de autobús. Complicada tarea la de intentar sacarlo sin llevar demasiado la atención y sin que la longitud de la falda permitiese agacharse mucho.  Tras un rato de desconcierto y bochorno, al fin, se liberó y surgió la máxima- que todavía respeto- de no acercarse a las rejillas.

   A Martina no le gustan los bolsos, como a mí, porque le suponen un nuevo engorro. Ella, como yo no renuncia a los tacones de aguja, con lo que una mañana cualquiera laborable es una odisea si hay que llevar bolso. Vamos a ver…es que, en una mano el maletín con la tableta, los papeles del trabajo, en la otra el paraguas (no para de llover) ¿Y el bolsito de marras dónde? ( Ya lo sé, reconozco soy un poco zote)…agarrado junto al maletín, colgado en el hombro para que, mientras caminas la calle, vaya bajando el bolso  por tu brazo y acabes desequilibrándote. Y reza que  no te llamen al móvil ¿Cómo diablos lo coges?. Luego, cuando llegas a Puerto( es decir a la oficina) siempre hay algún gracioso que dice…Te llamé, no lo cogiste….( Aquí Martina quiere decir una cosa, pero no le dejo…)

  Otra cosa que odia Martina, y yo, son las combinaciones( o enaguas), esa prenda interior que se suele poner para que la falda o el vestido no transparente (En fin, puede tener otros usos pero no vienen al caso). Ahora casi todas se fabrican con una fibra más tensa que te aprieta, dicen que para modelar (la figura), pero mienten, es para acostumbrarte a la tortura, presionándote el abdomen aunque te hayas comido siete torrijas. A Martina no le gustan, no tiene ningún interés en modelar nada, así que las compra más bien clásicas, de esas que se encuentran en las mercerías tradicionales. Ay…pero el problema que tienen esas, es que suelen ser de cintura tan generosa que no se sujetan nada y se van deslizando de forma que puede asomarse por el vestido…!!Horror!!…y como te descuides acaba enredándose en los tacones…En fin, toda una atracción fatal.

   Para que luego alguien diga que no es complicado llegar a la oficina un día de lluvia.