El espejo de Margarita

Margarita se desconocía. Muchas veces no confiaba en sí misma y daba vueltas a las cosas, pensando no hacía nada bien. Siempre tenía un fallo que recriminarse. Ella estaba acostumbrada a complicarse la vida. Estudió dos carreras universitarias a la vez. Emprendió un pequeño negocio y a primera hora de la tarde daba clase en la universidad. Y todo ello compaginado con la crianza de dos hijos, para los que siempre reservaba las tardes, desde que salían del colegio. Era una madre cariñosa y presente, aunque en ocasiones, lo reconocía, cuando llegaba la noche se sentía desfallecida. El padre de sus hijos, desde el divorcio, se había convertido en un padre ausente.

  Un día, embebida en esa carrera vertiginosa por hacer todo al mismo tiempo, decidió darse un respiro, para pensar qué cambios podía hacer en su negocio. La pandemia estaba afectando de manera considerable a sus ingresos. Y en esos momentos de incertidumbre, tuvo una pequeña crisis de ansiedad. Sintió como si el esternón se le hundiera hacia dentro, con un dolor punzante y una sensación de ahogo constante. Cuando en la consulta de urgencias le comunicaron que era una crisis de ansiedad, no daba crédito. ¿Ansiedad?, yo nunca tengo ansiedad, pensó.

 Aun así, se dejó convencer por sus amigas y decidió acudir a la consulta de una “coach”, para ver si podía mejorar su rutina. Las entrevistas con la psicóloga no fueron tan gratificantes como pensaba. La coach hablaba muy acelerada y afirmaba estar muy ocupada, tener que hacer muchas consultas y nunca tenía tiempo para completar la media hora que, por otra parte, Margarita pagaba por anticipado.

 Está muy ocupada, decían. ¿Ocupada?, ¿y qué justificación es estar ocupada? Se preguntaba. Ella nunca retrasó un contrato, ni falló a un compromiso. Le comentaron que su coach siempre llegaba tarde a la consulta. Empezaba tarde y las citas se le agolpaban, debiendo reducirlas. Margarita no entendía por qué no reducía el número de citas y cumplía sus compromisos, si no podía abarcarlo todo.

 En ese momento comprendió que ella sí estaba muy ocupada. Y aun así sabía gestionar los tiempos. Dejó a la coach con la palabra en la boca y dedicó toda la tarde para sí misma y sus hijos. Respiró, tomó confianza. Saldría adelante.

 ¿Cuántas buenas cualidades tienes que no reconoces?

  A veces es necesario un espejo en el que se reflejen nuestras capacidades y cualidades positivas.

31 de marzo. Sé océano y no roca

Sé océano, no seas roca. Las piezas del mapamundi

“Lo sentimos, pero su producto no encaja en nuestra línea”. Un nuevo rechazo a la propuesta de comercialización de lo que, para Alberto, había sido su mejor idea. ¿Cómo podía ser posible que no encontrase financiación para ejecutarlo? Los bancos le denegaban los créditos, las grandes firmas comerciales su apoyo y su pequeña fábrica de productos de higiene ya no podía resistir un nuevo envite. Había diseñado una nueva línea de geles de baño para deportistas con una gran capacidad antibacteriana y la posibilidad de monodosis, de modo que se podía llevar al gimnasio, incluso, en un bolsillo de la cazadora del chándal. Era ideal para viajes cortos. La fragilidad económica de la empresa que había heredado de su abuelo, el sentimiento que debía sostenerla como débito a las generaciones que le precedían y la posibilidad de asumir los costes, si no encontraba ayuda, le abocaban a un callejón sin salida. Cuanto más lo pensaba e insistía en buscar nuevas ideas para conseguir financiación, más puertas se le cerraban.

  Era la hora del desayuno, así que pidió un café solo bien cargado y una tostada en el bar de enfrente de una conocida entidad bancaria. No tenía ninguna confianza de obtener algo diferente a unas buenas palabras. La camarera le sirvió el café en una taza con mensaje. “No hay nada imposible si confías”. Tuvo ganas de tirar la taza al suelo y pisotearla hasta que dicho mensaje se diluyera. El engaño de las frasecitas de autoayuda. Dejó la taza y sin acabar ni siquiera el café, pidió la cuenta. La camarera se acercó y mirándole fijamente a los ojos, como si tuviera un mensaje importante que decirle.

—Son 7,10 señor. Con 10 céntimos no se olvide.

—7, 10, aquí tiene.

—No le cobre, Susana —dijo un hombre de unos cincuenta años, de pelo canoso alborotado y rasgos faciales muy diminutos, unos ojos que casi no se veían si no fuera porque brillaban intensamente —. Deje que le invite por hoy. Sé que vendrá mañana y será usted quien me invite.

 —Mañana no vendré aquí, no vivo cerca. Gracias, pero no creo que sea posible que vuelva.

—Volverá, no tengo duda.

  A Alberto le pareció bien extraña esa invitación sorpresiva, pero estaba demasiado agobiado para reparar en ello. Aceptó la invitación y se dirigió a la entidad bancaria. El director no estaba, había tenido que salir para resolver un asunto urgente. Le dieron cita para la mañana siguiente. ¿Cómo era posible que aquel hombre lo supiera?

  Volvió a dirigirse a la cafetería para interesarse por ese extraño individuo. Se alegró al ver que todavía no se había ido.

—¿Cómo sabía usted que tenía que volver mañana?

—Obvio. Hoy usted necesita pasear un tiempo a solas. Mañana será otro día.

   El hombre misterioso le dijo adiós afectuosamente y sin más palabra se levantó de su mesa, despidiéndose de la camarera.

—¿Quién es?, ¿usted lo sabe? —Alberto se dirigió a la camarera.

—Es un vecino, vive por aquí, eso creo, porque viene todos los días. Es un hombre amable. Se llama Javier, no sé mucho más.

    Alberto salió del bar intrigado, pero ya no pudo ver a dónde se dirigía ese misterioso interlocutor. Decidió encomendarse al destino y comenzó a pasear sin rumbo por las calles. De pronto se vio delante de un escaparate de una juguetería. Se centró en un rompecabezas del mapamundi, de gran tamaño. Recordó inmediatamente su infancia. Tuvo uno parecido. Nunca logró terminarlo. Recordó que pasaba los días, en la mesa de la cocina, intentándolo montar, mientras su madre le decía: “eso es muy difícil, Alberto, no lo harás nunca. No sabes colocar las piezas”.

   No sabes colocar las piezas. Esa frase retumbó sobre su cabeza. Vivía agobiado porque desde siempre había creído que no sabía colocar las piezas. A veces las etiquetas nos maldicen. Ahora lo sabía, pero ¿cómo aprender a colocar las piezas? Volvió a pensar en el mensaje de la taza. Si confías, nada es imposible. Quizá era eso, no tenía confianza en sí mismo, en su capacidad para colocar las piezas. Volvió caminando a la oficina.

  Cuando revisó su proyecto, se dio cuenta que, como pretendía que todo saliese bien y tuviera un buen resultado, había supervisado hasta el mínimo detalle, el color de los productos, la forma de su envasado, sus utilidades, hasta la forma de portarlo. Y pensó que, si fuera a él a quien le presentasen un producto en el que todo está diseñado tan rígido, donde no había espacio para poner el propio sello, idear, colaborar contribuir, tendría dos opciones, rechazarlo o hacer una contrapropuesta en la que sugeriría una serie de cambios. La primera opción era la más fácil y menos comprometida. Y esa era la que se encontraba cada vez que proponía su lanzamiento.

    Como si fuera invadido por una gran inspiración, cambió el planteamiento de su producto y se dirigió, dossier en mano, a la oficina de una de las grandes marcas. Sintió un vacío en el estómago. Le parecía una locura, lo más seguro es que le dieran con la puerta en las narices, pero algo le impulsaba a hacerlo. Tenía que cruzar ese abismo.

   Sin saber prácticamente cómo, el recepcionista le atendió y lo mandó al departamento comercial y desde el departamento comercial al director general. Cuando le pasaron al despacho del director no dio crédito a lo que veía. Allí estaba ese hombre de rasgos diminutos que le había invitado al café.

  —Pase y siéntese. No le esperaba hoy sino mañana. Me ha sorprendido gratamente.

  Alberto notó la cara de satisfacción de Javier mientras revisaba su propuesta.

  —Es una gran oferta. Colaboraremos. Me temo que tendrá que invitarme a más de un café.

  —Eso está hecho.

  El exceso de control, la sobreprotección, el ser nuestro propio policía interior, puede tener puntos positivos, ya que el perfeccionismo nos lleva a mejorar activamente, pero también negativos, porque la rigidez impide veamos otros puntos de vista y recibamos las bendiciones que la vida nos pueda ofrecer. No etiquetes, no seas rígido, sé océano.

Pudiera ser…

Ese reto y apuesta desmedida,

que a destiempo te prueba

y te nomina,

y también te reclama

y desconcierta,

pudiera ser la vida.

Aquello que te pide y te confía

que des un paso más,

que no abandones,

que subas los peldaños,

que destierres

la sensación de pérdida y la huida.

Pudiera ser la vida simplemente,

omitir esas nieblas pasajeras,

cerrar los ojos y aprehender el tiempo,

olvidarse del miedo

nunca cerrar el libro,

nunca poner finales,

para renacer en todos los principios.

No importa cuando llegues o te vayas,

tarde o temprano, en caída o maremoto,

al final toda luna es un anuncio

de que pronto saldrá el sol,

que la luz brilla

cuando piensas que todo está perdido.

Amores no amores.

Amores que matan, amores no amores

amores que exigen, que tientan, que atan

que quiebran tus besos y te dan un vuelco

a la vez que atrapan.

Amores no amores, que lloran, que callan

que cierran la mano cuando el tiempo aguardan,

amores que matan, que imponen y exaltan,

amores perdidos, en fin discutidos

sin tiempo ni tiento, en encubrimiento

cómplice y testigo que el dolor delata

en rostros caídos y en espaldas anchas,

amores no amores, amores que matan

 

Amores no amores, cárceles de fuego

siempre hay una nube surcando los cielos

Hay una salida: rompe la baraja

y en cualquier momento emprende tu vuelo

Que yo aquí te espero.