DUENDE

Puedo verte

asomándote,

a la barandilla de mi mundo

desde la estrella de tus ojos.

 

La hierba tiene sonidos

que se escuchan,

cuando las hadas duermen

y la ropa se tiende sobre el campo

blanqueándose.

 

La tropa de los duendes,

escuadra victoriosa,

en el duermevela de las cosas,

desordena todos las cortinas,

tumultuosamente,

sobre el tendedero de la noche.

 

No hay duende que no comprenda

que este universo

tiene, a veces, una belleza indescriptible.

 

El agua de la vida reclamando,

el renacimiento de mis notas.

 

 

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Dama del bosque

La palabra, en compostura de lo eterno,

va derramando los anillos de los árboles,

para contar los dedos,

que han de señalar las bienvenidas

de savia, en la temprana madrugada,

de las castañas enredadas a tus ojos.

Vieja dama del bosque,

el tiempo es ya testigo,

en crecimiento,

del musgo del invierno

y son tus luces,

templo abierto, nube en grito

sobre la verde cúpula que corona

el altar de hierba, el claro-oscuro,

las que anuncian descendiendo

el retorno de tu brisa.

Sueño

 

No siempre fue ella

en blanca tez

sobre la curva de sus identidades

desconcertando al agua

en las coordenadas de los sueños

 

No siempre fue él

incorporándose

salvaje melodía siempre inquieta

entre los rostros que todavía restan

 

 

Dime, tú, si tú pudieras

comprender las dimensiones

de la dama que nace sobre el lago,

si tus ojos,

hubieran amanecido tecleando

sus inspiraciones,

si tú fueras,

aquel a quien  busca el mensajero,

quizás,

ya hubieras tenido este sueño