Leonidas

Si esta tierra ha de ser mausoleo

del hijo del león,

que no lo sea,

por ensalzar la bravura de la muerte

o el temple hacia la pérdida,

que lo sea,

tú que te nominas,

hijo del León,

persiguiendo mientras haya aliento,

la suma infinitiva

de mis caderas.

 

Herodoto no te lo decía

pero vale más el amor de una madre,

los ojos de una amante

y las cestas de manzanas,

que cualquier epopeya.

 

El grial de nuestras emociones

no son los escudos,

sino las manos,

abrazadas

al árbol de la vida.

 

No te quiero en batallas

ni en trescientos desfiladeros de agonía

te quiero,

aunque nos quiebren las arrugas

trepando,

los soles de la tarde

y dibujando candela

entre las noches

de febrero.

 

Te quiero

fuego renacido

samain venidero

y resurgido,

entre los girasoles.

que anuncian la llegada

de mis besos.

 

 

 

 

 

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DUENDE

Puedo verte

asomándote,

a la barandilla de mi mundo

desde la estrella de tus ojos.

 

La hierba tiene sonidos

que se escuchan,

cuando las hadas duermen

y la ropa se tiende sobre el campo

blanqueándose.

 

La tropa de los duendes,

escuadra victoriosa,

en el duermevela de las cosas,

desordena todos las cortinas,

tumultuosamente,

sobre el tendedero de la noche.

 

No hay duende que no comprenda

que este universo

tiene, a veces, una belleza indescriptible.

 

El agua de la vida reclamando,

el renacimiento de mis notas.

 

 

Tiziano

No preciso mil bastidores

para tensar el lienzo

en la imprimación de tus paisajes,

en esa textura del acrílico,

deshojando las aristas de mi literatura,

con la belleza impresiva de tu Venus.

Siempre me gustó el toque del aceite de nuez,

versatilizando los colores,

en ese aroma renacentista,

entre soportales y abanicos,

buscándote en las puertas,

para conjurarte

en la rebelión de los condenados,

“sol entre las estrellas”,

en el último cielo de tus ojos.