Diógenes

                     Aun quedaban restos de lo que ella había sido, aunque no lo recordara. Aquellos vestidos de talle alto, agolpados, asimétricamente, sobre la cama de invitados y el sombrero de paja, aquel que había sido su favorito, tirado sobre una alfombra repleta de cajas metálicas de galletas. Barajó las faldas aprisionadas en el armario, pero no se vistió con ninguna. Salió a la calle con una bata de margaritas amarilla y un gorro de baño en la cabeza. Todos los días se dirigía a la tienda de comestibles en la que había trabajado tantos años. Allí, el nuevo dependiente, el bueno de Juan, le esperaba para entregarle, como cada mañana, una bolsa con alimentos. Él garantizaba su supervivencia. Pero ,ella, siempre parecía más interesada en acaparar más cajas vacías de galletas que la propia comida.

                 ¿Tienes por ahí alguna caja?- le preguntaba. Juan al principio se negaba, sabía que acabarían apiladas en su casa, pero siempre cedía.

                No se podía negar nada a aquella anciana de ojos verdes intensos. Como todos los días, de vuelta, con dos o tres cajas más. Ella las depositó sobre la alfombra del dormitorio, mientras canturreaba una canción infantil: “El patio de mi casa es particular…cuando llueve se moja, como los demás “.

                  Ahí estaba, la cara de su madre, su madre, abrazándola, tras la llegada del colegio, la merienda de pan de azúcar mientras guardaba nuevos recortables en una caja metálica de galletas.

                Más y más cajas de galletas. Caminó por la casa, hacia el baño. La bañera era la despensa de los botes vacíos y del silencio amargo; el silencio, su fiel compañero, acompañante de noches de verano, ventana abierta a las estrellas. ” El patio de mi casa es particular…” canturreo mientras abría el grifo de la ducha, mojándose la cabeza.  “Cuando llueve se moja como los demás…Agáchate y vuelvete a agachar, que los agachaditos no saben bailar”

            Con una toalla en la cabeza y esa misma bata de flores se tumbó sobre la cama de invitados. Pensó ponerse un vestido de aquellos que usaba de joven. Todavía le servían. Estaba guapa.  “Agáchate, y vuelvete a agachar…”

         Un golpe sobre el suelo, sonido, negro, ella inerte, tendida, sobre las cajas de galletas.

          No tenía a nadie, ningún pariente, falleció sin testamento. El piso para los servicios sociales, no sin una buena limpieza y desinfección.

       La habitación de invitados- aquellos que nunca vinieron- se transformó en una habitación de una preciosa niña de largos cabellos, quien, curiosamente guardaba en una caja metálica de galletas sus recortables de bailarinas.

                  El ciclo de la vida.

 

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