Por ti

 Si no vives la luz, estás muerto. No hace falta ser zombie para estarlo, en vida.

 

POR TI

En la agonía de la tierra,

el asfalto esquizófrenico de la noche,

ahogada siempre en alcohol,

zombies de zapatillas multicolor

sobre los aparcamientos del descrédito

y la veneración del carnero opulento y traicionero

que los deja apagados en cualquier esquina,

con la sobredosis publicitaria de su droga.

En la agonía de la tierra,

si no fuera por ti,

por esos ojos que quiebran toda duda,

y esa noche infinita de palabras,

dejaría de seguir persiguiendo

operaciones especiales.

Tú eres mi especial misión,

la única,

de todo este camino entre los muertos.

 

 

 

 

Anuncios

Mala noticia para los instagramers

Tú,  no eres la flor de la vida

ni el astro del comienzo,

ni siquiera un átomo

de una intensa identidad de entrega,

expandiendose,

por todas nuestras finitudes

por muy irreversibles que parezcan.

 

Estas prendido de una telaraña

en una irrealidad opaca.

Nunca estarás lo suficientemente arriba

para no caer

en picado

sobre las colinas de tus miserias.

 

No hay más pobreza que la del alma,

entregada a la putrefacta mentira

de creerse distinto.

 

Rompe el cartel publicitario,

todos somos lo mismo,

mientras gima el mundo

alaridos de desgracia,

guerra,

hambre,

tu nunca serás perfecto.

 

Siento darte esa infeliz noticia

sobre el papel de tus vanidades.

 

Dónde va Vicente…

     Dicen que todo se pega menos la hermosura, y debe ser así, ya que acabo de leer un artículo que explica que nuestro cerebro, a consecuencia de su “neuroplasticidad”, se va amoldando y semejando a otros cercanos. Pienso que será por aquello de “hacer espíritu de grupo”, y si  es así, el dicho de “Dios los da y ellos se juntan”, pudiera partir de una premisa bien equivocada y deberíamos sustituirlo por aquel de “ellos se juntan y se van haciendo iguales”, tal parecido al otro que, referido al matrimonio, reza textualmente que “dos que se acuestan en el mismo colchón, se hacen de la misma condición”

         Me imagino el cerebro como plastilina, modificándose para semejarse al del congéneres y por doquier grupúsculos en semejanza con la peligrosa sentencia de que podemos, si Murphy no se equivoca, gravemente empeorar nuestras iniciales condiciones.

         Algo parecido debe pasar en las redes sociales en las que el encefalograma plano va dominando sus coordenadas a golpe de clic, bulo tras bulo, de manera que acaban hastiando y aburriendo. Hubo un tiempo que tuve la torpeza de intentar desmentir algún bulo, hasta que me di cuenta que lo que  menos importa a sus receptores es aterrizar en la realidad,  nadie quiere hacerlo, por lo que solo consigues agotarte. Aun así confieso que todavía en ocasiones se me corta el aliento al ver que el número de retweets crece en directa proporcionalidad a su falacia. Tal vez la única explicación a este fenómeno, al parte de que preferimos creernos lo que nos dicen a comprobarlo por nosotros mismos, esté en esa neuroplasticidad, que aboca a nuestras neuronas a uniformarse en el bucle infinito de la red de redes.

         Dicha maleabilidad por adaptación no es exclusiva de los adultos, sino se manifiesta en las edades más tempranas y ni siquiera es exclusiva de los humanos, habiéndose demostrado comportamientos semejantes en Orangutanes y Chimpancés.

            Lo que para algunos es un riesgo en la identidad, para muchos es la principal pista para el uso de técnicas para determinar comportamientos. Por eso, basta que cunda la idea de que algo es mayoritariamente asumido para que el disidente se vea forzado a disimular sus diferencias, por lo que no es hasta que comprueba que no existe tal mayoría, cuando se permite manifestar la diferencia. Normalmente justificamos estas acciones en el temor a ser excluido, pero ¿Cuántos se habrán adaptado al nuevo pensamiento? Esa es la gran pregunta y la clave de muchas estrategias de marketing.