El espejo de la pareja

Juana era la mujer de su vida. Siempre alegre, sonriente, llevaba el optimismo en los genes. Justamente lo que a Luis le faltaba, que era un hombre tímido, callado y con aspecto triste. Cuando se casaron pensó que sería para toda la vida, ¿quién no querría pasar toda la vida con Juana?  Eran muy jóvenes y tuvieron que afrontar muchas dificultades, dos sueldos escasos, dos hijos y muchas facturas. Pero eran felices sin necesidad de viajar al extranjero o pasarse el verano en una playa paradisiaca. Ellos se conformaban con un paseo matutino por el Retiro y tomar un agradable aperitivo en una terraza.

 Luego vino la adolescencia de los muchachos. Lo cierto es que no salieron buenos estudiantes. Muchas discusiones. Ella más blanda con sus debilidades, él decepcionado porque hubiera anhelado aprovechasen la posibilidad de estudiar, algo que Luis no había tenido.

 Con el tiempo, los jóvenes díscolos se hicieron hombres y se buscaron la vida en Londres, haciendo cosas que ni Juana ni él entendían mucho. El mayor, se dedicaba al tatuaje. Quién iba a pensar que hacerse tatuajes se iba a poner de moda. Llevaba la cabeza teñida de color amarillo, como si quisiese ser un pollo. Eso le ponía enfermo, pensaba que hacía el ridículo y todos los ingleses se iban a reír de él, pero Juana siempre decía que ellos eran viejos ya y no entendían la vida de hoy. El pequeño trabajaba en una empresa haciendo uñas artificiales de diseño. A la gente joven le gusta llevar dibujos de bosques y de lunas en las uñas. Luis pensaba que era un trabajo poco masculino, pero su Juana siempre le recordaba que era un anticuado. Ella decía que era un sexista. Qué palabreja, pensaba, para recriminarle que era un poco machista y trasnochado.

 Aun así, eran felices, bastante felices, lo eran…

 Luis se seca las lágrimas cuando recuerda esos momentos. Ahora no lo eran. No sabe cómo ni por qué un día su Juana se levantó con mal pie y comenzó a quejarse por todo, que si nunca le había hecho un regalo, que si no era detallista, que si iba siempre a lo suyo, que si…Una larga retahíla de reproches, tan grande como el universo. Él al principio contestaba y surgía una discusión cada vez más dramática. Luego pensó en callar y otorgar. Así que un día llegaba con una rosa, otro día con una caja de bombones… Pero a su Juana nada agradaba. Y comenzaba la lista de los que si…y que si…

 Desistió, quizá por su orgullo, y optó por no hacer nada. Y eso, hoy piensa, fue la peor decisión que pudo haber tomado, porque Juana se ponía como una energúmena. Se había ido aquella sonrisa de todos los días, las bromas, los besos a escondidas de los niños. Todo se había esfumado de repente, hasta los niños. La casa ahora era un lugar inhóspito, donde solo Nicolás, el perro caniche que había adoptado, parecía recibirle con agrado.

 El lunes pasado perdió la cabeza. En una de esas ya rutinarias trifulcas la insultó, le dijo de todo, lo que pensaba y lo que no pensaba. Se asustó de su propio comportamiento. Él siempre había sido un hombre prudente. Por lo que ahora estaba en una consulta de psicología.

—¿Qué pensó Juana cuándo usted la insulto? —preguntó el psicólogo.

—No lo sé, supongo que pensó que era un ser despreciable. Bueno, creo que eso ya lo pensaba. En realidad, ella se rio.

—¿Se rio?

—Sí, a carcajadas.

—¿Usted siempre ha sido feliz con Juana?

—Sí, mucho. Yo querría que volviera todo a ser como antes.

—¿Y sabe usted lo que piensa Juana?

—Pues que soy un mal marido…Eso es lo que dice, ¿no?

—Yo se lo pregunto a usted. ¿Es usted un mal marido?

—No sé, habría que preguntárselo a Juana.

—Y si yo le contase que su Juana es la misma de siempre, la mujer sonriente y optimista, y que lo que usted está viendo no es ella. ¿Se lo creería?

—Me dice que estoy loco. Eso, no. Lo que estoy contando es una verdad como puños. No sé cómo agradarla.

—Ha oído hablar de la ley del espejo…

—¿Qué espejo? En casa tenemos muchos.

—No, me refiero a otra cosa. Lo que a usted le está llevando a un infierno, también es parte de usted mismo.

—¿De mí mismo? Claro, no sé cómo agradarla.

—No, no hacia ella, sino hacia dentro. ¿Sabe usted como agradarse?

—¿Agradarme a mí? ¿para qué? Yo me conformo con poco. Bueno, con ver a mi Juana feliz.

—Pues eso es el problema. Su Juana también se conforma con poco…

—¿Con poco? Si le compro regalos, no le gusta. No quiere flores, no quiso ni un anillo de oro blanco, que mis cuartos me costó en la joyería…Yo no sé lo que quiere. ¿Usted lo sabe?

—Creo que sí. Juana quiere verle feliz.

 En ese momento a Luis se le abrió la mente. Como si el castillo de naipes que había construido se derrumbase y hubiese que volver a edificarlo. Juana quería que él fuera feliz.

 Llegó a su casa. Juana estaba apagada y triste como siempre, pero esta vez el le saludó con la sonrisa más grande que pudo fingir. El psicólogo le dijo que a veces las cosas no salían al principio, pero estaban dentro. Él quería hacer feliz a su Juana. Por ello tenía que esforzarse a hacerlas, sin pensar mucho si podía o no sonreír. Era como si llevase un montón de sonrisas metidas en un tarro con la tapa bien cerrada y fuera su propia mente la que no dejaba abrirla. Así que tenía que sonreír y, con el tiempo, la tapa se abrirá como por arte de magia y le saldrían todas las sonrisas del corazón.

—Muy contento vienes hoy.

—Sí, muy contento — La abrazó.

—Quita, quita, que estamos viejos ya para ese jueguecito.

—¿Vieja tú? Si nunca envejeces…

—No seas mentiroso.

—Pues yo no estoy viejo. Y como no lo estoy, me he pasado por la agencia de viajes. Nos vamos a Londres quince días a ver a los chicos.

—¿En serio?  —A Juana se le iluminó la cara.

—Sí, mujer, sí. Ya es hora de espabilar los ahorros de la cuenta. ¿Para qué sino los queremos? Esto va a cambiar, Juana. No me voy a privar de lo que quiero hacer y no voy a privarte de compartirlo conmigo, si es lo que quieres…

—¿Cómo no voy a querer estar contigo, zalamero?

  Y así, entre risas, se abrazaron, comiéndose a besos, mientras hacían las maletas.

Reflexiones del sábado

   

Cuando nos enfocamos en la palabra humildad, pensamos en la aceptación de nuestras circunstancias, y en ocasiones, incluso en sus más terribles cáscaras de la falsa humildad e hipocresía de las personas narcisistas y egocéntricas.

 Hoy reflexiono y mastico la palabra humilde. Reflexiono y mastico la palabra aceptación. Y pienso que todos, yo la primera, no comprendemos su significado. Hemos interiorizado su contracción, pero no hemos interiorizado su expansión. Todos pensamos que ser humilde es aceptar que uno no lo sabe todo, aceptar su lugar, las condiciones que le tocan, saber aprender y escuchar para mejorar, no alimentando el monstruo de nuestro ego. Y eso es así, pero también lo es que hay que ser humilde para recibir. Aceptarnos, para entender que merecemos y no petardearnos sistemáticamente a nosotros mismos. Cuántas veces nos limitamos a nosotros mismos, nos negamos cosas, y somos nuestro peor crítico. Aceptar es también permitirnos decir a viva voz que nos merecemos el amor, la prosperidad, la tranquilidad…Aceptar no es represaliarse, ni reprimirse. Hay un mensaje que cala en nuestro subconsciente como una herida y que elabora una creencia limitante de que no nos merecemos algo. Es cierto, es peor la falsa humildad y la hipocresía de algunos que elevan su ego a lo máximo. Sin embargo, también es negativa una humildad caída, una humildad vista desde el rigor que nos lleva a arremeternos hasta el punto de no creernos merecedores. A no saber recibir. ¿Y si el subconsciente está limitando nuestro consciente?

Si a veces piensas que te niegas cosas, te limitas, no intentas progresar porque no te crees capaz de hacerlo, quizá haya en tu subconsciente un concepto restrictivo de la aceptación y la humildad.

Hoy vienen a mi mente las palabras de merecimiento:

Merezco todo lo bueno.

Yo no soy mis pensamientos negativos ni restrictivos.

Abandono y olvido las limitaciones y todo aquello que no me deja crecer.

Yo soy las opiniones positivas.

 Suelto los temores, los prejuicios.

 Mis posibilidades de ser se abren como una flor en primavera.

Yo, tú, merezco, mereces, el amor, la prosperidad, la libertad de no limitarme, de ser lo que puedo ser.

Soy merecedor y lo acepto.

Sé que eso también es la humildad.

Rompo las falsas creencias de mi yo y me encamino a permitirme ser libre para dejarme ser.

Paseo

Pasos,

dijo el poeta que al andar se hace el camino,

el camino como huella,

la permanencia del avance

y la aceptación del recorrido.

Yo, que soy poeta a medias

me gusta olvidar el camino,

no dejar migas de pan para un fácil retroceso.

No siento necesario guardar la ruta.

El regreso es avance hacia el origen.

En este transito que empieza

la luz se detiene, anochecida

revelando la importancia del paseo.

Pasear contigo sin saber a dónde,

las estrechas calles,

las amplias avenidas,

y las gotas de lluvia que caen delicadas

bajo el abrigo de los soportales.

La tierra que revela su verde en primavera

y el amarillo paisaje de agosto.

Pasear contigo sin importar a dónde,

deshaciendo pasos,

renombrando el camino,

porque tú eres la meta,

tú eres el recorrido,

el avance, el sentido,

el sonido de la luna

musicando al sol.

Un universo sobre tu mano

sobre mi mano

danzando

en un giro sincrónico

para revelar

la inexistencia del tiempo

cuando todo lo es

contigo.

Conexión

El viento es la palabra de tus ojos,

tus manos, sinrazón de mi cintura,

aliento, la pasión, la descordura

y los frutos los besos que recojo.

Y es que este amor anida en mi mirada,

la ocupa, la transgrede, la arrebata,

la torna verso, metáfora, poema,

una semilla que al polvo de la tierra

eleva al cielo abriendo una ventana

detenida en tus labios del mañana.

Viajo por tu cuerpo como errante

y me hago fundamento en tu sonrisa,

ese destello de luz que trae la brisa

y es letra entre tu nombre al completarme.

Y ya no temo decírtelo al oído,

tu cuerpo se hace templo,

yo tu espejo

y la semilla flor de primavera.

La luna se despeina entre las aguas

vistiéndose de mar. Y es tierra fértil

mientras el sol la habita

en el fuego prendido de tu rostro

Érase una vez

En un país muy lejano, vivía un rey orgulloso de su buen gobierno. Se jactaba de tener contentos a sus súbditos, los cuales cada día eran más sumisos y le glorificaban más. Siempre presumía de la tranquilidad y prosperidad de su reino.

Un día un pequeño y diminuto elfo se posó, cual mariposa, sobre la cama real. El rey notó cómo paseaba por su oreja y se despertó sobresaltado.

¿Qué haces sobre mi oreja, ser diminuto?, ¿acaso no sabes que te puedo eliminar con un ligero manotazo?

Para eso, su majestad, tendría que ser más rápido que mis alas.

El rey intentó lanzar un manotazo al pequeño elfo, pero solo consiguió abofetearse a sí mismo. Mientras el elfo se reía, el monarca estaba cada vez más furioso e intentaba alcanzar al pequeño ser sin ningún éxito.

Deje de abofetearse a sí mismo, majestad. Eso no está bien.

No bromees, bicho sarnoso. Acabaré alcanzándote.

Ni lo intente. Acabará magullado, majestad. Me iré si me demuestra ser un hombre sabio. Dicen por ahí que posee el don del buen gobierno, que su reino es próspero y tranquilo. ¿Cómo lo consigue?

Es algo sencillo, asómbrate, ser minúsculo. Yo simplemente les doy lo que quieren a cambio de que no piensen.

¿No piensen? ¿Cómo lo hace?

Antes de llegar al trono mis súbditos eran muy pobres y pendencieros. Vivían en pequeñas chozas y aunque trabajaban en el campo, cada vez lo hacían menos, dedicando horas y horas de su vida a beber vino en la taberna. Yo les ofrecí una larga jornada de trabajo a cambio de no tener que ocuparse de las inclemencias de la tierra y percibir un salario que, desde su pobreza, les sonaba a mieles de abundancia. Y así comenzaron a estar muy ocupados. Pudieron comprar cada vez más cosas y llenar su casas de comida, artilugios, buena ropa. Ahora sus mentes están solo en trabajar y comprar cosas. No piensan más allá, no tienen tiempo para hacerlo, ni para plantearse si están de verdad contentos o si mi gobierno es el mejor.

Sin duda fue una buena idea dijo el elfo.

¿Buena idea? Mi sabiduría es grande, debes reconocerlo.

¿Está seguro? Yo le demostraré que no es tan sabio.

!Vete de aquí! No te soporto, maldito ser.

  El elfo salió volando por la ventana, no sin antes advertir al monarca que volvería. Se dirigió al pueblo y comenzó a alborotar a los súbditos. Cuando dormían se acercaba a sus oídos y como si fuera una voz interna les contaba que tenían derechos, que podían exigir más, que su rey era un tirano que solo ambicionaba beneficiarse a costa de sus esfuerzos.

El gobierno del pueblo se tornó difícil. Y para mayor desorden, llegó nueva maquinaría, nueva tecnología y el rey tenía menos ocupaciones que ofrecer a sus súbditos. Como no había tantos beneficios, tuvo que disminuir los salarios y el descontento siguió creciendo.

El rey estaba desesperado. Preguntaba a sus consejeros cómo podía solucionarlo. Pero ninguno parecía ser tan sabio.

Y así llegó el día que, de nuevo, el pequeño elfo se posó sobre la cama del rey.

No eras tan sabio. ¿Lo ves?

Fuiste tú, desgraciado. Fuiste tú…

El rey se dirigió iracundo contra el elfo. Estuvo a punto de alcanzarlo.

Volveré el día en que le destituyan, majestad, para reírme en su oído. A no ser que…

¿A no ser qué? preguntó el rey.

Que me pague con un baúl de oro mi consejo. Tengo una gran idea que le servirá para contener a su población y seguir como antes.

El rey no tenía ninguna gana de darle la razón al elfo, pero al final accedió, ya que se encontraba desesperado.

¿Qué consejo le dio el elfo? Simplemente le dijo: «permíteles imaginar una vida diferente. Que vivan de la ilusión, pero no de una ilusión real. Que no les importe tanto alcanzar el progreso real porque ya, en su imaginación, se vean como exitosos. Si se vive en la ilusión tampoco se piensa. La mente siempre busca el camino más directo, el más fácil. Que jueguen hasta creerse el propio monarca».

Y así el rey creo un mundo virtual para el ocio de sus súbditos. Cada vez tenían menos qué hacer y menos ventajas materiales, pero podían pasarse horas y horas imaginándose ser el propio rey.

¿Hasta cuándo durará dicho gobierno? preguntó el rey al elfo, quien se había convertido en su consejero más próximo.

Hasta que sean capaces de pensar por sí mismos.

  

Coróname

Coróname, me dices

como si fuese un hada de cuento

portase una varita mágica

que te tornase en princesa.

Coróname, tú ansías,

para tener un reino de juguetes

y trocito de mar.

Primero, niña mía, has de ser mujer

hija entre tus soles

aprender a naufragar entre oscuridades

y saber que la corona terrenal

no tiene ningún valor

si no la fabrican las estrellas.

Pocas cosas hay aquí que no sean prescindibles

salvo tu esencia propia.

Y esa es la gran corona

la invisible

que se posa sobre tu pelo

cuando abandonas el peso de la tierra

para volver a ella renaciente.

Cuando ello ocurra

niña de tus soles

tu pequeño rostro será el más bello

y tus ojos las rosas más bonitas.

El árbol de tu corazón

será frondoso, y las mariposas

reposarán sobre la fuente

mientras el agua discurre suavemente.

Y entonces no me pedirás que te corone

porque tú sola lo habrás hecho.

La varita mágica la tienes tú.

.

Sé que estás

Camino, con los pies descalzos.                          

Camino con el cuerpo alzado.

Se desliza la arena entre mis dedos.         

Diría que no hay tierra firme                                   

Diría que no estoy segura

para sostener mis nidos.

La playa es desierto interminable                        

que no avista el mar.                                            

Lo que está oculto no es inexistente.

                  Yo soy, o tal vez eso parece

en el exilio del subconsciente,

Mis pies no se hunden, se sostienen                     

y el agua fluye

buscando su origen.                                           .

Me acostumbro a mirar sin rostro.                      

para no reconocer el recorrido.                              .

Y me desacostumbro en esa ausencia                   

porque la palabra habla                                                

aunque no se piense.                                

La luz de la tarde se hace tenue                                 

y un viento de aliento

tiñe de blanco la noche.

Los  pasos nocturnos de las olas                              

juegan al escondite con mis ojos.

Aunque no lo parezca                                                   

Sé que estás mirando

sé que me observas

por leve que parezca tu presencia

sé que estás

mientras camino, con los pies descalzos                                              

y la arena se desliza entre tus dedos.                                   

Amor ilusorio

Es el amor ilusorio, amor platónico

ese que no se prueba ni se entiende,

un domino del ego, que pletórico

cree encontrar un trono siempre indemne

y el otro, otra, su imagen duplicada

que le corone en espacios infinitos

sin duda, ni arrebato, ella entregada

pues sin mí todo parece no ser nada

Mas no hay nada tan contrario al amor

que el espejo de un yo que desmedido

busca en la hipérbole su premio y su testigo.

Qué es el amor sin comprender sino

que nadie es rey ni reina ni destino

solo un humilde servidor de sus designios.

Sábado 15 de abril

            No hay nada más poderoso

             que transformarse desde dentro.

               Sábado, 15 de abril

        La luz del mediodía

       debilita la sombra de los árboles

       mientras la naturaleza se cobija

       en los muros del sol.

       Las hojas de mi olivo aletean

       al paso de los pájaros.

La madera invita:

construye en mí tu nido

       tu reposo

       sin dejar de volar.

       Imagino el lenguaje silencioso

       de sus raíces bajo tierra

       y la generosidad de su materia

        para el sustento de la vida.

         

La tierra alimenta la buena hierba

         la tierra alimenta la mala hierba

                 el cauce de los ríos

                          y el musgo de las piedras.

         Ella no juzga sus frutos.

         Los abraza

        para que crezcan hermosos

        en los poros de su piel.

        

Su palabra se funde

         se transforma

         en grano sobre mi mano.

 Como una madre inmensa

         la tierra no habla da.

         Mientras las ráfagas de luz

      que se cuelan entre las ramas

      observan

        cómo mis pies se elevan

                                                danzantes

para festejar el fruto y su candela

Concurso de Relatos Cortos y Poesía La Savia de El Bosque

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