Quiero ventanas

 

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Puedes poner cimientos,

y dudar que el suelo sea firme,

una solera de hormigón,

para asfaltar los sentimientos

contenidos,

sobre la barandilla de los ojos.

 

Puedes caminar despacio,

improvisando techos,

y paraguas,

sobre la lluvia caprichosa

impredecible,

de la tercera apuesta

a un terremoto.

 

Pero yo quiero ventanas,

galerías,

juegos de luz,

y lírica en las manos.

 

No quiero ser protagonista ausente.

ni el verso épico,

que resida en las torres relegadas

ni en la memoria de tiempos más remotos.

 

Si fuera tan fácil,

hablar con la verdad,

seguro que este castillo

tendría amplias ventanas,

y tu y yo, todavía,

ausentes o presentes,

en el mismo lugar, o diferente,

podríamos reír toda la noche.

 

 

 

Viatori nocturnalia

 

 

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No me cuentes hoy, que este solsticio

que traerá san Juan en las hogueras,

quemará los males de mi ropa

y traerá caricias como brisas,

sobre las cicatrices de mi piel.

 

No me digas, que hay un vuelo

de chamánica profecía,

para abotargar mi hechicería,

con una imaginaria procesión,

de cuervos entre olivos.

 

Hay veces, que yo me siento entre los muertos

y los hago comensales de mi mesa.

De alguna manera su silencio,

es más prometedor que una mentira.

 

No hay solsticio purificador,

si uno no se arremanga y se dispone

a pescar los peces con sus propias manos.

 

Es hora de barrer, puertas adentro.

Hace ya demasiado tiempo que tus manos

desconocen las fronteras de mi cuerpo,

y yo ya vago errante y prisionera

de la deconstrucción de mis cimientos.

 

Saltemos, pues, las llamas en un trueque,

la fealdad del tiempo por la risa.

Cuando el horror se hace bello,

una sonrisa no es más que el pacto siniestro

de la ausencia de misericordia.

 

No aplaudas. Esto no es un teatro

ni hay ninguna función.

La rueda de la vida gira para nuestro descrédito,

en las revoluciones primitivas.

 

Mi ser humano,

hoy se tuerce

porque no hay raíces en los troncos

que inundan de dolor los cementerios.

 

Eso sí, bebamos hasta el amanecer,

hasta que desconozcamos nuestro nombre

y pueda amarte de nuevo sin quererte.

 

 

La poesía duele

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Escribimos

                en la purga incesante de un intestino carroñero,

el balón del mundo postrado ante los ojos,

               esos ojos,

        que se resisten a navegar silenciados

sobre los cristales que se clavan en la huida,

           de la conformidad

                   de un plato de lentejas.

 

Escribimos,

             para no persistir ajenos

al pulso de las rocas

               y levitar sobrevolando mares de palabras,

esas palabras,

              que han de traer nueva savia a nuestras venas

y la renovación de nuestra boca.

 

Escribimos,

              para resquebrajar las convenciones

                   desatar tempestades,

                sobre el fruto carnoso del deseo

              y traer las verdades a la mesa.

 

   Escribimos

                en el espacio del comensal ausente,

                   con la cómplice fecundidad

                    de acumular manzanas

                          para mayor gravedad del plato

                    y el desacierto de las flechas.

 

  Por eso,

                     la poesía duele,

a veces

                      tanto,

                      como la vida

Cuatro huesos

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Vomitó, y lo hizo con ganas, como provocándose, hasta que notó que la bilis quedaba atragantada en su garganta. Luego lloró, desconsoladamente, como diría su padre, como una niña a la que se le quita la muñequita. Menudo era su padre, con esa voz grave y ese tono alto, autoritario, como pretendiendo comerse el mundo, y ahora, ya no quedaba nada de aquel hombre, si podía llamársele de esa manera. Lo miraba y no le parecía su padre, era un pellejo, cuatro huesos depositados sobre una cama. Lo había odiado tanto, pero ahora sentía que no le quedaba odio, ni siquiera le quedaban lágrimas. Las había agotado en el camino de ida al hospital. Sintió vacío. Mucho vacío. Un hueco en el estómago, como si un ácido le corroyese por dentro.

   Se acercó una enfermera. Una mujer de unos cuarenta años, alta, delgada, de pelo castaño y ojos grandes, de un color opaco, como tristes.

   —No murió de Covid, no fue coronavirus. Le hemos hecho la prueba. Fue un desgraciado accidente. Resbaló en la residencia y cayó, con tal mala suerte que se rompió la base del cráneo.

    No sabía por qué iba a consolarle más que fuera un accidente. Había muerto su padre y, lo que era más desgarrador, sin llegar a quererle nunca.

   La enfermera siguió hablando hasta que entendió que él no estaba, allí, en la conversación.

   —Lo siento mucho, comprendo lo que está pasando. Ahora lo llevarán al depósito hasta que lleguen los de la funeraria. Lo siento.

    —Gracias. Hablaré con la funeraria entonces.

    Entraron dos hombres que, con gran delicadeza, emprendieron el traslado del cadáver a la morgue. La cama quedó vacía. La observó un instante. El mal es como un agujero, la nada, la ausencia.

    Una amarga sensación de regresión hacia su pasado inundó su mente. Se veía, con su pequeño cuerpo, lleno de golpes, por el pasillo, sin encontrar refugio donde acurrucarse y esperar que todo pasase. “A este niño lo enderezo yo —decía su padre, con ojos de poseso y mano abierta. “Déjale ya” —, gritaba su madre. Y él enfurecía todavía más, la apartaba, discutían, siempre gritaba, siempre rompía algo, siempre la rabia atada a su ser y su pensamiento, la rabia que descargaba sobre él y sobre su madre. Esa rabia, la que le dejó tan pegada, durante años, a una sensación intensa de impotencia, ahora eran cuatro huesos. Era la nada. La mirada hueca. La ausencia de alma.

   Salió del hospital con la cara tan desencajada que asombró a su buena amiga Laura, quien le esperaba en la puerta.

   —Te dije que no debías de ir. Que se encargase la funeraria. Te hace daño incluso aunque esté muerto.

  —Tenía que asumir este trance, Laura. Si no lo hubiera hecho yo, hubiera venido mi madre y eso tenía que evitarlo. Ya bastante pasó.

   Laura apretó su mano—. ¿Qué has sentido, Jorge?

   —Nada. Justamente eso, nada. No había nada en aquella habitación. Era eso, él no tenía alma.

Inspiración

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Pudiera ser la pluma pasajera

la que traiga los aires de otros tiempos,

aquel apresto de la vez primera,

marcando rima y aplomo en la manera,

para decirte, de nuevo, que te espera.

 

Pudiera ser la pluma más ligera,

que te acaricie como un soplo de viento,

en este, aquel, lenguaje que volviera

como verso en lucera pionera

mientras el sol alimenta la madera.

 

Podrá, tal vez, quizá, quisiera…

escribirte de nuevo, hacerte rostro,

beso, sonrisa, abrazo, primavera

alimento, sentido y escalera

hacia el sol de esos ojos que venera

toda pluma suave y pasajera.

Es el hada, la musa del poema,

la palabra, la bruma y torrentera.

Vendrá, tal vez, quizá, quisiera…

 

 

 

Florecemos

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Hay veces que el camino se hace agreste,

demasiada maleza sobre los pies,

en ese punto en el que se ahogan los sueños,

por no querer discutir de porvenires

y aburrirse de la propia resistencia.

 

Hay hojarasca,

Y el torso del futuro

se anuncia tosco, oscuro, terremoto

llamando a la noche de los tiempos.

 

Las viejas murmullan en la esquina,

ya no queremos seguir hilvanando,

remiendos en las pérdidas,

ni coser los labios cada mañana

para no perder nuestros propios ojos.

 

Ya no queremos la juventud marchita,

somos bellas,

como la aurora floreciente,

en el camino de las rosas.

 

Y ahí la reina en jaque, la señora,

la hojarasca es jirón, desvanecida

bajo la servidumbre de luna.

 

Yo te traigo el poema,

pon tú la rosa

y florecemos,

 

 

 

Ráfagas

Por mucho que se oscurecían

los rincones de la casa,

ella, de rodillas, los limpiaba

una y otra vez,

llenándolos de luz.

 

Lástima que él,

no tuviera ojos para verla,

ahogado en un mar de cervezas,

irreconocible ante el espejo.

 

Ella seguía limpiando,

desenredando,

callando.

 

De súbito,

se abrieron las ventanas.

Ya terminó el tiempo de la oscuridad.

 

Y no hubo rincones, ni enredos,

ni labios a medias,

ni ausencias,

ni mujer ahogada

ni un sueño.

 

Solo la luz,

reinando,

con sus ráfagas delicadas

y una mujer viajante,

guiada por las estrellas,

dueña de su propia vida

Regresaba

Soñé que era guerrera,

mujer pájaro,

con alas extendidas y ampliadas.

Soñé que visitaba tus infiernos,

para borrar el hilo que nos ata,

y las cadenas del fuego que nos dejan

todas las batallas innombradas.

 

La herida era grieta, lanza hiriente.

el silencio era plomo, innecesario

y no había sutura ni sustento

que pudiera ser aire de poniente,

en corazón extinto y desarmado.

 

Y cuando abrí los ojos

aún soñando,

el cráter del averno supuraba,

de su propio dolor cerró su herida

y para su conversión se hizo paisaje,

una llanura de pastos y zarzales.

 

Y volví a abrir  los ojos,

aún soñando,

todo era cielo abierto y estrellado,

y en un giro suave de astrolabio,

67 pasos hacia el carro,

de una sola lágrima, asomaron

tres estrellas brillantes

y en mi mano

dibujó su cintura el universo

mensajero de viento esperanzado

en esta cálida noche de verano.

 

Bajo el imperio de la luna

soñé que

regresaba.

 

Perfume

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Hoy la casa es lavanda, mar de flores,

sobre la balaustrada de mis ojos.

 

Has perfumado el pasillo,

y todo huele a ti:

el armario, la estancia, la terraza,

la esperanza, la brisa, ese silencio,

la escalera, la silla, las palabras,

los rincones del patio y las ventanas

llamando a mediodía entre los besos

 

Tienes esa especial habilidad,

de perfumar mi espacio con promesas,

ese olor de lavanda que recoge

la esperanza en los techos y las tejas.

Haces de las farolas, girasoles,

de los amaneceres, parasoles,

de la noche un campo de amapolas,

de gardenias, de lirios de colores,

de jazmín, tulipanes y de rosas.

 

Has perfumado el pasillo,

y todo huele a ti.