Luminarias

Ellas son blancas luminarias,

sin porte de guerrera,

ni más pretensiones,

que no despertar de un sueño

y danzar sobre lagos infinitos

de aguas cálidas y suave orografía.

Ellas han desertado,

de los viejos imperios de la luna,

del narcisismo del sol,

de la constante contienda

del día y la noche entre sus ojos.

Por muchas conjunciones de planetas,

ellas no precisan escudo,

y su futuro lo escriben cada tarde,

alejadas del ruido de las ánimas.

Mi poema es hoy su mariposa,

que me reta a romper los pentagramas

e irrumpir en indisciplinado oleaje,

para bendición de mis pies.

No llevarán más rosas a su tumba,

ni tendrán más nostalgia de sí mismas.

Tampoco lavarán de nuevo ropa blanca,

para vestir el solsticio

con la bienvenida del verano.

Han desertado y son libres

del cielo y el infierno,

de la imposible cópula,

entre las raíces veneradas

del árbol prohibido y no accesible.

 Ellas son quien portan

el espejo roto y la manzana.

Y yo hace tiempo que decidí romperlo,

pisando

un racimo de uvas en septiembre.

Y desde entonces,

las noches de verano

bailamos sobre un arcoíris

sin ropa del olvido,

sin vestido,

y ya no sé si, a veces, yo soy ellas

y ellas, a veces, son yo…

No te extrañes,

si no quiero despertarme a la mañana

y seguir soñando hasta la noche…

Sacerdotisas

Ellas conocen

que no hay templo que sirva de refugio,

ni fuego extraño que contener ardiendo

por jóvenes vírgenes danzantes

en un amanecer de primavera.

Ellas te invitan

a atravesar la puerta del camino,

reposando sus límites,

descalzo,

para recoger entre las piedras

las flores escondidas.

La puerta ha estado siempre abierta

para cualquiera que quiera transitarla,

si es capaz de hacer fuego entre sus manos

y formar una esfera luminosa

cuando la exigencia de los besos,

sea más que un instinto necesario.

Quién observa

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Él la observa,

desde su ventana.

Se imagina,

el contorno suave de su figura

la desnudez de sus formas,

demandando sus besos.

Ella le mira,

también

desde su ventana.

Se imagina,

primaveras de margaritas

y volcanes,

el roce de la piel

entre sus labios.

Si él dejara de observarla,

si ella dejara de observarlo,

si el amor fuera tan carnal,

como un cesto de moras en verano,

quizá pudiera terminar su historia,

en cualquier balneario de invierno

bajo el reproche de las amapolas.

Por eso prefieren observarse

sin arriesgarse al tacto y al abismo.

Ninguno es consciente

de que existen

porque se observan.

Y que tampoco existen

porque no se prueban.

Son solo una idea

permutable,

en la mentalidad de quien observa.

Y yo que les observo,

puedo hacer reversible su materia.

Y convertir esta historia

en un ensayo

de la fermentación de sus sentidos,

hablar de cómo sus cuerpos

son vestidos, para el acomodo de su esencia.

O quizá llevarlos al abismo,

para embriagarlos de besos,

hasta que la pasión les amanezca.

Y tú, que también observas,

vuelves permeables sus fisuras,

y modificas su imagen y la mía,

en las infinitas posibilidades

de elegir barrica

para el asiento de un nosotros.

Cuerpo en vid, macerando el mosto,

y desatando tormentas

sobre el cuerpo desnudo de una cepa,

que aspira a rozar el horizonte.

Tiempos sin profecía

Hace tiempo que no existe profecía.

Tal vez hemos relegado a los profetas,

al universo de los símbolos,

intentando buscar el secreto,

tras su limitada literalidad,

a veces de excesiva violencia.

Tal vez hemos abandonado su magisterio,

tal vez somos capaces de ver su miedo

y las fronteras humanas de su lengua.

Tal vez somos capaces de atisbar su duda

en la magnífica expresión de su palabra.

El hombre es limitado y

siempre es limitado su mensaje.

Huestes apocalípticas que predican

la salvación del converso.

Anuncios de males, tribulaciones varias,

para el descrédito del justo

en el exilio permanente del desierto.

¿Y quién es el justo? Quién el profeta

que se atreva a admitir,

si existiera apocalipsis,

hemos vivido permanentemente en ella,

para el desastre de la profecía.

Todo lo que puede acontecer es superarse,

y comprender,

que exista o no promesa de vida eterna,

aunque fuera esta la única realidad que nos compete,

el hombre nace sin las ligaduras

que luego imponen los dogmas.

El ser desesperado que transita

entre las dimensiones de su esencia,

comprende internamente que esa noche

oscura y primigenia, apocalíptica,

es la confusión de su mirada.

No es bueno permanecer atado

y por no revelarte, poniendo nuevas mejillas,

recibir los golpes,

para asestarte tus propios puñetazos.

El sentido del lenguaje ha sido permutado,

desviado,

a los extremos del abismo.

No es bueno explosionar en emociones,

contaminándose de ira hacia los otros,

transitar en la envidia y el descrédito,

porque también te suicidas desde dentro.

Cuando no te desatas,

te arremetes.

Desatando el ovillo

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Cuando nos replegamos ante algo negativo, la mente, a veces, convierte nuestras hebras ordenadas en nudos. En ocasiones nosotros mismos somos nuestro peor adversario.

Ahogarse en el propio charco,

y amarrarse las venas,

para gritar hacia dentro,

conteniendo,

la sangre en las arterias.

Siempre es complicado

detenerse,

ante el ir y venir de las olas,

apresarse

en la propia cárcel

mientras la mente

hace su trabajo,

sin herramientas

ni hilo de sutura.

Cuando la mente trabaja

y el corazón se desespera,

ningún lugar es bueno

para esconderse

hasta que escampe la tormenta.

El secreto

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Unos buscan un alfabeto

para escribir en la lengua de los ángeles,

otros la palabra mágica,

que les abrirá desconocidas puertas,

en el anclaje de los espejos.

Los más, son escépticos,

aunque, a veces, vagan

buscando el grimorio primigenio

en su videojuego favorito.

Todos quieren el secreto.

El tesoro.

El as bajo la manga,

el comodín del sabio

y la esperanza del iluso.

Pero nadie sabe tanto como un niño,

cuando descubre la luz,

y se maravilla,

de su suave reflejo

en las hojas de los árboles.

Él tiene el secreto:

Mirar la vida

con nuevos ojos.

Sorprenderse

con el vuelo de una mariposa,

jugar con la arena,

saltar las olas

y reír, reír, a carcajadas.

Zombie

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                   Si imaginara un universo

                   habitado por zombies,

                   no tendrían un rostro extravagante,

                   sino tan humano como cualquiera,

                   no vestirían ropas rotas

                    ni embarradas

                   con la sangre de la tierra,

                   ni perseguirían a los niños,

                   para intentar retomar ese soplo

                   que trae la consciencia recobrada.

                   Los muertos en vida son tibios,

                   amantes de las rejas en ventanas,

                   indolentes con lo que acontece.

                    Para un zombie, no hay más muerte

                     que la propia, ni más suerte

                     que sobrevivir en sombra

                     para no implicarse con la vida.

                      Por eso viven entre nosotros.

                      Y nos habitan…

Los extraños ojos de Marina Bao. Anuncio de Mundos Flotantes editorial.

Mientras la distribuidora emprende su camino y se culmina la tienda on line de este maravilloso y original proyecto editorial, quienes quieran un ejemplar “recién sacado del horno” de los “Extraños Ojos de Marina Bao” pueden dirigirse a la editorial, quien dispondrá su envío a su domicilio.

Narrada en primera persona ,y desde el punto de vista de una persona altamente sensible, Marina Bao crece entre leyendas, criaturas mágicas y aprende a manejar su don de la mano de una mentora meiga y sabia. Un extraño amuleto le unirá al destino de otras dos mujeres, Lúa y Aurora. Y las tres deberán enfrentarse a quienes pretenden imponer una terrible distopía mediante la manipulación, el terror y el control digital.

Si quieres que entre en tu vida magia y realidad, un thriller psicológico con grandes notas de realismo mágico, pensar y no pensar, y reír, especialmente con las ocurrencias de Aurora, disfrutarás conociendo Los extraños ojos de Marina Bao.

Dybbuk

En la imaginaria del terror,

su imagen sobrecoge,

y es oscuro,

porque oscuro es el miedo

entre las sombras.

El dybbuk

se pega a las paredes

de pieles indolentes.

Dicen que desconoce que está muerto

y pretende habitarse en otro cuerpo,

con la complicidad de sus entrañas.

Pudiera hablarte en doce idiomas,

mover objetos, destronar amores

de coronados fastos y etiquetas.

Y mirar como ausente.

Es un espejo

en la agonía de la ira.

Tal vez pudieras atraparlo

en una caja de vino,

embriagarlo,

para arrastrarlo al inframundo.

Tal vez como un lémur,

se  contentaría,

con un plato de judías negras.

Los espíritus no tienen hambre

de cestas de panes y de dulces.

Le disgustan las velas y las flores,

las sonrisas, la eterna primavera,

las luces de neón y las palabras

que se susurran suaves al oído.

Por eso piensa en el mar,

en las ventanas,

abiertas a la luz del mediodía,

pues no hay peor espíritu que el propio

cuando se torna en destructora larva

y corroe las venas y los ojos.

Rebeldes

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Ellas

habitan los silencios

las frases encubiertas

y los lirios.

Hace tiempo que guardan

su secreto.

Los pergaminos del tiempo

tienen pliegues

que no responden

a nuestra memoria.

Las vidrieras

de una antigua catedral

fueron mensaje,

no habrá exilio,

porque la luz entra despacio,

a ráfagas,

iluminando la estancia.

No habrá que repetir la historia,

ni caminar desiertos,

no habrá exilio,

porque la luz entra despacio…

Más este mundo sigue habitado por zombies

abducidos por los fastos de la luna,

el ruido de los tiempos,

y la falta de sueños bendecidos.

Por eso,

Ellas se esconden,

danzando con el sol

en nebulosas púrpura,

aguardando,

que la conjunción concluya

y el dominio astral se desvanezca

para que entre la vida

en flores blancas

y los estanques de mariposas.

Ellas ya están aquí.

Y yo pregunto

¿Podrás sostenerle la mirada?