LOS OJOS DE MARINA BAO: Un lenguaje mágico,cósmico de Pilar Astray Chacón.

Littera

Una novela tiene el maravilloso don de contar una historia. Se va desarrollando la trama a través de unos personajes que te abren paso en la lectura página tras página. Hay novelas que además de contar una historia, desencadenan todo un estudio poético, filosófico, mágico, cósmico de las verdades que encierran.

Está bien que una novela sea entretenida, que la narración se atractiva. Pero para una infatigable lectora de todo tipo de género, necesito que me dé algo más. Y eso es lo que he encontrado en las páginas de la novela de la editorial Mundos Flotantes “Los extraños Ojos de Marina Bao”, de la escritora Pilar Astray Chacón.

La acción se centra en Galicia. Dividida en varias partes a través de los ojos de Marina se abre todo un mundo a su alrededor, que le llevará a conocer no solo su  historia familiar; también se une el despertar de…

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Viaje astral

Hay veces que no vivo, que me ausento

hacia un viaje extraño e infinito.

Me abandono y me dejo, me despego,

como no queriendo verme, por no ver

aquello que es exilio de mí misma.

Y así juego, entre luces violetas,

 quizá también azules,

y aquellas del blanco más intenso,

a traspasar galaxias pixeladas,

en una panorámica de estrellas.

Y cuando ya regreso a este camino,

los pies en la tierra son amargos,

nada vibra a mi paso, no me encuentro

en ninguna de todas mis versiones.

Cuando se es extranjero en tierra propia,

ninguna conversación es conectable,

y digo que no importan sus vestidos,

ni los metales que engalanen sus arrugas,

ni cuanto es su juventud, tan pasajera,

ni cuánto su olvido…

En esta madurez me resiento

como un adolescente desubicado,

buscando la tarde, regazándome,

para ver el sol anochecido…

En la página en blanco de wordpress,

le doy a publicar,  desnudo el verso,

y me conecto, de nuevo a mi viaje.

Y una voz se alza en el silencio,

quizá nazca en la nada,

quizá sea yo misma

para conminarme

que traspase la espiral de mi lamento:

La soberbia siempre se recoge

en los peores trozos de uno mismo.

No debo ignorar

que percibirse alejado, ausente, otro,

es solo un espejo que revuelve los sentidos,

pues cuando se halla la luz,

nada es necesario

y todo resulta suficiente.

Bestiario

En el bestiario de la Apocalipsis

deshabito mil identidades,

como si se pegaran a mi ropa,

las encarnaciones más desesperadas,

para que sienta su aliento.

Me resultan más apacibles las Ánimas,

que desprovistas de ego,

danzan al anochecer.

Si todo es para bien,

no entiendo,

por qué rebota la luz

y la energía

se oculta oscura entre la noche.

No proyecto mi imagen.

No hay espejo,

que todavía me reconozca.

Respiro

He quebrado las patas de la mesa

ya no hay espacio para comensales,

ni peces, ni vino,

ni siquiera uvas,

para una agradable sobremesa.

Los cubiertos no encuentran mensajeros,

mientras una gaviota,

busca carroña en mi basura.

La observo detenidamente,

desde la ventana,

preguntándole,

por qué tantas veces,

avistamos mar abierto

y nos conformamos con un patio soleado.

La necesidad de supervivencia

es un programa reactivo,

que se enreda en el camino fácil,

sin hacernos conscientes,

que ya es hora, ya es hora,

de sobrevolar el laberinto.

La lluvia espanta

a la solitaria gaviota

y yo me quedo danzando

festejando

que nada me alimenta.

No deseo tener una larga melena,

ni unas uñas pintadas de dorado.

No preciso nada,

No deseo nada,

respiro,

exhalo,

respiro,

permitiendo me alcance

el aire renovado,

de mi misericordia.

Vampiros

  Estos vampiros no llevan traje negro,

           ni tienen largos colmillos.

        Ellos viven en la cotidianeidad de los días

         y parasitan todo

            para el beneplácito de su ego.

          El vampiro no llena sus ropajes

          por mucha sangre ajena que consuma,

          sus venas no son cauce ni torrente,

          son sustento de su ira, su venganza,

           la soberbia y la culpa sobre otros.

           Te dirán que ellos son las víctimas

          de su extrema tristeza.

         No pueden ver su rostro en el espejo

          ni encender la vela en sus oscuridades.

           Sus ojos son raíces del abismo,

        entretejidas,

          encogiéndoles las manos.

       Ellos llevan siempre clavada una estaca.

        Se les clavó en los labios,

        al no poder pronunciar el alfabeto        

           sin provocar incendios.

           Recogerán en canastas tu alimento,

           y llenarán de bruma tu sonrisa.

            Harán suyos tus sueños.

            Huirán las palabras bendecidas.

             El pan de la vergüenza

             construye castillos de naipes,

             indolentes, tan frágiles

              que caerán por su propio peso,

               cuando sople la brisa

              y el aire renueve las cortinas,

                exhibiéndonos su verdadero rostro.

            No es recomendable buscar refugio

              en las proximidades de su casa,

               a menos que guardes una ristra de ajos,

               y sepas iluminar la estancia

               para el resurgir del sol,

                sobre la fuente primigenia.

                 Un vampiro no es un ser malvado,

                  aunque siempre cause daños.

                 Es un ser ignorante,

                 desconectado de su propia vida.

La noche era oscura

Era una noche oscura,

sin huella de una Luna,

ninguna luminaria

asomaba en el cielo.

Mis ojos eran negros,

confusos, silenciosos,

amargos y distantes,

de las velas ausentes.

Y el bosque ya marchito,

inundado, impreciso,

con todas esas lágrimas

que me quedaron dentro.

El dolor es mi espejo,

lo único presente,

la espada que me atrapa,

la restricción, otoño,

plagado de desiertos.

Y en esas horas negras,

oscuras y pérdidas,

no hay nada que me una

esos pedazos solos.

No hay nada

nada

Ya no encuentro herramienta

para amainar tormentos

renaciendo la vida,

a pasos, pasos lentos.

Me quedo en el dolor,

más tiempo del preciso,

quiero la herida abierta,

la ausencia de sutura,

no voy a persistir

en transmutar mi sangre

en una flor de primavera.

El dolor no te engaña,

ni tampoco abandona.

Los sueños sí te rompen,

te abandonan, te increpan,

te culpan, te arremeten.

No plantaré una flor.

La noche es muy oscura.

Y sin embargo,

aunque no lo comprenda,

hay algo en mi,

que me empuja a salir,

en pleno mediodía

Y plantar esa flor

que dije no plantaba

Y seguir en el sueño

de las velas ausentes,

Y a amarlas en la ausencia

y en pura rebeldía,

robar el fuego externo

e iluminar mi estancia,

frente a todo decreto,

venga del propio abismo.

En esta noche oscura

no hay más que versos rotos..

No hay peces de colores

Hoy he estado en el mercado del sentido

y no hay peces de colores.

Había un puesto de algodón de azúcar

y color rosado.

Una mujer extendía su mano,

invitándome a probarlos,

prometiéndome

un finito sabor dulce,

para mí quizá demasiado empalagoso.

En otro puesto se vendían flores,

cortadas, simétricamente colocadas,

para morir en un jardín oscuro,

sin servir de alimento

a las mariposas blancas,

 vendidas

a cuarenta céntimos

en cajas de madera.

Un hombre, desde lejos,

me ofrecía un linimento,

la pócima milagrosa,

para calmar todas las dolencias.

Un manjar alquímico,

que prometía ser pasaporte a las estrellas.

Hace tiempo que no busco linimentos,

ni tiritas sobre cualquier herida.

Huyo de todos los placebos.

Prefiero mi dolencia, el corte limpio,

limpiar mi propia sangre,

quemar las lágrimas,

en cualquier hoguera del silencio,

a una cortina de humo,

donde abrasarme por dentro

y no encontrarme.

Un librero me dijo que sus libros,

serían como un pez sobre mis ojos.

¿Y si todo lo que estuviera escrito

no fuera sino una lente deformada,

un sucedáneo,

siempre mediatizado por las sombras

de quien osó a interpretarlo entre sus noches?

Yo busco el pez, la letra originaria…

y a veces, confieso, que desisto

pensando que, quizá, no existe

ese estanque donde posar los pies

y detener la mente

para liberarse de cadenas.

En el mercado del sentido

no hay peces de colores.

Una vieja mujer

caminaba despacio

casi arrastrando

un pesado cesto de manzanas.

Ella pasó a mi lado

y me miró,

tan detenidamente,

que pude leer en sus labios

su advertencia:

“Los peces de colores

 que tú buscas

no habitan en estanques,

sino en las aguas más profundas,

quizá, la más turbulentas.

Es mejor no buscarlos,

o puedes naufragarte

o desangrarte”.

Y en ese momento

pude observar un mar, adentro,

y las profundidades abismales.

No me importó arrojarme

entre sus aguas.

¿Quién quiere seguridad

cuando,

en el mercado del sentido,

no hay peces de colores?

Luminarias

Ellas son blancas luminarias,

sin porte de guerrera,

ni más pretensiones,

que no despertar de un sueño

y danzar sobre lagos infinitos

de aguas cálidas y suave orografía.

Ellas han desertado,

de los viejos imperios de la luna,

del narcisismo del sol,

de la constante contienda

del día y la noche entre sus ojos.

Por muchas conjunciones de planetas,

ellas no precisan escudo,

y su futuro lo escriben cada tarde,

alejadas del ruido de las ánimas.

Mi poema es hoy su mariposa,

que me reta a romper los pentagramas

e irrumpir en indisciplinado oleaje,

para bendición de mis pies.

No llevarán más rosas a su tumba,

ni tendrán más nostalgia de sí mismas.

Tampoco lavarán de nuevo ropa blanca,

para vestir el solsticio

con la bienvenida del verano.

Han desertado y son libres

del cielo y el infierno,

de la imposible cópula,

entre las raíces veneradas

del árbol prohibido y no accesible.

 Ellas son quien portan

el espejo roto y la manzana.

Y yo hace tiempo que decidí romperlo,

pisando

un racimo de uvas en septiembre.

Y desde entonces,

las noches de verano

bailamos sobre un arcoíris

sin ropa del olvido,

sin vestido,

y ya no sé si, a veces, yo soy ellas

y ellas, a veces, son yo…

No te extrañes,

si no quiero despertarme a la mañana

y seguir soñando hasta la noche…