De espaldas

 

 

Miro de espaldas

al poniente,

para ignorar tu laberinto,

He perdido mi estrella,

la que renace

cual escudo,

en la nebulosa de orión,

ese blindaje,

rotante

en la trinchera

de mi antebrazo,

No quiero soltarla,

que permanezca en mi bolsillo,

imperceptible.

Mi propia piel,

está distante,

explosionando

la gravedad terrestre

y el sonido,

es el aullido

de las noches de luna y desconcierto.

 

Lo que mi oído no escucha,

lo que mis ojos no ven,

en el no sentido.

 

Lo obvio es ver la salida,

Lo no obvio es comprenderla.

La densidad insostenible

de quien aguarda

la tregua.

 

PD. Estimado Walt,  estimado León Felipe, no siempre somos conscientes de que puede existir un mundo dentro de nuestros mundos y que quizá no nos guste ninguno.

 

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Niebla

 Esa sensación que trae la calma,

los tambores,

desalando la mirada,

impresionando,

arrebatos de furia sobre el suelo,

la impasibilidad del aliento,

la palabra fija,

y adherida

a algún espacio que desconozco.

Me duele tu cielo,

bajo la fiebre intensa

de la noche.

Y no sabes cuánto

lamento

poder ver más allá de tus ojos.

Hay niebla,

bajo la temperatura de tus besos.

 

 

 

 

El grito

Suena una canción de rock,

atardece,

sexo implícito e implícito

de una pareja de motel.

Y nosotros,

ausentes,

adheridos,

a un aliento eventual,

anónimos,

en la alternancia

     aleatoria

del disparo silenciado,

 el orificio de entrada,

percutido,

sin casquillo ni muesca,

hacia dentro

desde dentro

sin salida.

El hombre se despide,

la amante siempre es complaciente,

por mucho que lloriquee tras el acto,

en un bar de carretera.

Y nosotros,

aterrados,

sin nombre,

sobre el folio en éxodo,

de espaldas,

al laberinto de la vida.

Hay mucho maquillaje

y un cierto aroma a perfume,

los actores conversan,

y nosotros

magullados

por tanta profecía,

por tanto profeta

distraídos..

Vuelve a sonar la misma canción de rock

y yo pregunto

¿Por qué no gritas fuerte,

para verte?

y para verme.

 

 

Bastante

Y llegó Compostela a nuestros ojos,

peregrina hacia el vino de tu boca,

los acantilados del norte

                                  y las ventanas

llamando a carnaval entre sus hojas.

 Fue camino Madrid,

                      y fue,

                                     refugio,

donde, detenidas nuestras rosas,

                            tomaron cuerpo,

                                     en imperio,

                                      plenilunio,

                                      dispendio,

de terrenales faustos,

                      huracanado intento,

                      y de manzanas rojas.

   Y ahora que ya vamos a la resta,

                                buscando cauces,

                       amando desencuentros,

                                 que tú eres sauce

   y yo junco

                            en este abril al viento,

ahora que te pregunto y no contestas,

 quizá no sabes, quizá no sé

                                              me retas,

                   hay mantra en los pasillos

                                   qué te apuestas,

                      que hay luz tras el visillo,

                                           y reinventas,

   un yo,

              tal cual ferviente

   infatigable amante

                                        a ti conversa,

                         Una escuadra de lirios

    y claveles,                        

la pretensión del tiempo,

                                          la respuesta,

  no exenta de vaivenes

                                           ni de cirios

                               en procesión abierta.

 Todavía hay bastantes,

 ¿No los oyes?

              Hay bastantes

                        tambores,

                                         percutiendo

Todavía hay bastante,

                           bastante amor,

                                             sintiendo.

Solsticio

Entre las manos,

las cuatro hojas del trébol,

las cuatro puertas,

hacia mayores dimensiones,

el tacto de tu sonrisa

y el aire revelando,

el aliento próximo,

el transito

del fuego.

Hijo de la tierra,

rueda,

sobre el arco iris de los nombres

desatando

la fuerza de los elementos

porque cuando el sol se detiene

tus ojos,

iluminan mi mundo.


Pues claro que te amo

Si una nube extraterrestre

invadiera esta atmósfera

se quedaría perdida, entre tus ojos

para hacerse aurora, en todas tus mañanas.

Tendría que haber mil lunas,

              custodiando,

la rotación terrestre de tu rostro

la traslación de los sentidos

y ese océano inexpugnable de tu mente,

cuando me preguntas

si te amo.

Claro que te amo,

con todas las letras,

                       y en cada una

de todas mis posibles vidas.

Interiores

Hay un poema de Aquelarre que dice,

mi madre odia la poesía intimista

y posiblemente odia este poema.

Sin embargo,

no resulta posible que odie nada

del “Aquelarre” de Boadicea,

en la quemazón del sinsabor

y la fuerza de su verbo.

Lo que sí es cierto que, posiblemente,

este  mi poema sea intimista

y previsiblemente odie este poema.

Cierto que suelo procastinar la poesía intimista,

porque los versos en caliente

corren el riesgo de ser estercolero,

en el que se dispersa la basura

de todos los propios desconciertos

y yo quiero un poema puro,

detenido,

sin esperpéntico edulcorante.

Las versiones propias siempre se maquillan.

Pero hoy escribo un poema intimista,

en la búsqueda constante de ese óxido

que imponga al tiempo la ley de la cordura,

ya que todos perseguimos un terrón de azúcar,

el bálsamo que sacie de impostura

el amargo silencio de la herida.

Por eso no hay respuestas,

porque ni siquiera

existen

todas las preguntas.