En mí, a veces, habita el verde
enraizado en mis ojos
un color esperanza
abriendo esmeraldas alas
y un sendero propio
A veces, soy yo
sobre mi propio rostro.


En mí, a veces, habita el verde
enraizado en mis ojos
un color esperanza
abriendo esmeraldas alas
y un sendero propio
A veces, soy yo
sobre mi propio rostro.



Pasos,
dijo el poeta que al andar se hace el camino,
el camino como huella,
la permanencia del avance
y la aceptación del recorrido.
Yo, que soy poeta a medias
me gusta olvidar el camino,
no dejar migas de pan para un fácil retroceso.
No siento necesario guardar la ruta.
El regreso es avance hacia el origen.
En este transito que empieza
la luz se detiene, anochecida
revelando la importancia del paseo.
Pasear contigo sin saber a dónde,
las estrechas calles,
las amplias avenidas,
y las gotas de lluvia que caen delicadas
bajo el abrigo de los soportales.
La tierra que revela su verde en primavera
y el amarillo paisaje de agosto.
Pasear contigo sin importar a dónde,
deshaciendo pasos,
renombrando el camino,
porque tú eres la meta,
tú eres el recorrido,
el avance, el sentido,
el sonido de la luna
musicando al sol.
Un universo sobre tu mano
sobre mi mano
danzando
en un giro sincrónico
para revelar
la inexistencia del tiempo
cuando todo lo es
contigo.

El viento es la palabra de tus ojos,
tus manos, sinrazón de mi cintura,
aliento, la pasión, la descordura
y los frutos los besos que recojo.
Y es que este amor anida en mi mirada,
la ocupa, la transgrede, la arrebata,
la torna verso, metáfora, poema,
una semilla que al polvo de la tierra
eleva al cielo abriendo una ventana
detenida en tus labios del mañana.
Viajo por tu cuerpo como errante
y me hago fundamento en tu sonrisa,
ese destello de luz que trae la brisa
y es letra entre tu nombre al completarme.
Y ya no temo decírtelo al oído,
tu cuerpo se hace templo,
yo tu espejo
y la semilla flor de primavera.
La luna se despeina entre las aguas
vistiéndose de mar. Y es tierra fértil
mientras el sol la habita
en el fuego prendido de tu rostro

En un país muy lejano, vivía un rey orgulloso de su buen gobierno. Se jactaba de tener contentos a sus súbditos, los cuales cada día eran más sumisos y le glorificaban más. Siempre presumía de la tranquilidad y prosperidad de su reino.
Un día un pequeño y diminuto elfo se posó, cual mariposa, sobre la cama real. El rey notó cómo paseaba por su oreja y se despertó sobresaltado.
—¿Qué haces sobre mi oreja, ser diminuto?, ¿acaso no sabes que te puedo eliminar con un ligero manotazo?
—Para eso, su majestad, tendría que ser más rápido que mis alas.
El rey intentó lanzar un manotazo al pequeño elfo, pero solo consiguió abofetearse a sí mismo. Mientras el elfo se reía, el monarca estaba cada vez más furioso e intentaba alcanzar al pequeño ser sin ningún éxito.
—Deje de abofetearse a sí mismo, majestad. Eso no está bien.
—No bromees, bicho sarnoso. Acabaré alcanzándote.
—Ni lo intente. Acabará magullado, majestad. Me iré si me demuestra ser un hombre sabio. Dicen por ahí que posee el don del buen gobierno, que su reino es próspero y tranquilo. ¿Cómo lo consigue?
—Es algo sencillo, asómbrate, ser minúsculo. Yo simplemente les doy lo que quieren a cambio de que no piensen.
—¿No piensen? ¿Cómo lo hace?
—Antes de llegar al trono mis súbditos eran muy pobres y pendencieros. Vivían en pequeñas chozas y aunque trabajaban en el campo, cada vez lo hacían menos, dedicando horas y horas de su vida a beber vino en la taberna. Yo les ofrecí una larga jornada de trabajo a cambio de no tener que ocuparse de las inclemencias de la tierra y percibir un salario que, desde su pobreza, les sonaba a mieles de abundancia. Y así comenzaron a estar muy ocupados. Pudieron comprar cada vez más cosas y llenar su casas de comida, artilugios, buena ropa. Ahora sus mentes están solo en trabajar y comprar cosas. No piensan más allá, no tienen tiempo para hacerlo, ni para plantearse si están de verdad contentos o si mi gobierno es el mejor.
—Sin duda fue una buena idea —dijo el elfo.
—¿Buena idea? Mi sabiduría es grande, debes reconocerlo.
—¿Está seguro? Yo le demostraré que no es tan sabio.
—!Vete de aquí! No te soporto, maldito ser.
El elfo salió volando por la ventana, no sin antes advertir al monarca que volvería. Se dirigió al pueblo y comenzó a alborotar a los súbditos. Cuando dormían se acercaba a sus oídos y como si fuera una voz interna les contaba que tenían derechos, que podían exigir más, que su rey era un tirano que solo ambicionaba beneficiarse a costa de sus esfuerzos.
El gobierno del pueblo se tornó difícil. Y para mayor desorden, llegó nueva maquinaría, nueva tecnología y el rey tenía menos ocupaciones que ofrecer a sus súbditos. Como no había tantos beneficios, tuvo que disminuir los salarios y el descontento siguió creciendo.
El rey estaba desesperado. Preguntaba a sus consejeros cómo podía solucionarlo. Pero ninguno parecía ser tan sabio.
Y así llegó el día que, de nuevo, el pequeño elfo se posó sobre la cama del rey.
—No eras tan sabio. ¿Lo ves?
—Fuiste tú, desgraciado. Fuiste tú…
El rey se dirigió iracundo contra el elfo. Estuvo a punto de alcanzarlo.
—Volveré el día en que le destituyan, majestad, para reírme en su oído. A no ser que…
—¿A no ser qué? —preguntó el rey.
—Que me pague con un baúl de oro mi consejo. Tengo una gran idea que le servirá para contener a su población y seguir como antes.
El rey no tenía ninguna gana de darle la razón al elfo, pero al final accedió, ya que se encontraba desesperado.
¿Qué consejo le dio el elfo? Simplemente le dijo: «permíteles imaginar una vida diferente. Que vivan de la ilusión, pero no de una ilusión real. Que no les importe tanto alcanzar el progreso real porque ya, en su imaginación, se vean como exitosos. Si se vive en la ilusión tampoco se piensa. La mente siempre busca el camino más directo, el más fácil. Que jueguen hasta creerse el propio monarca».
Y así el rey creo un mundo virtual para el ocio de sus súbditos. Cada vez tenían menos qué hacer y menos ventajas materiales, pero podían pasarse horas y horas imaginándose ser el propio rey.
— ¿Hasta cuándo durará dicho gobierno? —preguntó el rey al elfo, quien se había convertido en su consejero más próximo.
—Hasta que sean capaces de pensar por sí mismos.

Coróname, me dices
como si fuese un hada de cuento
portase una varita mágica
que te tornase en princesa.
Coróname, tú ansías,
para tener un reino de juguetes
y trocito de mar.
Primero, niña mía, has de ser mujer
hija entre tus soles
aprender a naufragar entre oscuridades
y saber que la corona terrenal
no tiene ningún valor
si no la fabrican las estrellas.
Pocas cosas hay aquí que no sean prescindibles
salvo tu esencia propia.
Y esa es la gran corona
la invisible
que se posa sobre tu pelo
cuando abandonas el peso de la tierra
para volver a ella renaciente.
Cuando ello ocurra
niña de tus soles
tu pequeño rostro será el más bello
y tus ojos las rosas más bonitas.
El árbol de tu corazón
será frondoso, y las mariposas
reposarán sobre la fuente
mientras el agua discurre suavemente.
Y entonces no me pedirás que te corone
porque tú sola lo habrás hecho.
La varita mágica la tienes tú.
.

Camino, con los pies descalzos.
Camino con el cuerpo alzado.
Se desliza la arena entre mis dedos.
Diría que no hay tierra firme
Diría que no estoy segura
para sostener mis nidos.
La playa es desierto interminable
que no avista el mar.
Lo que está oculto no es inexistente.
Yo soy, o tal vez eso parece
en el exilio del subconsciente,
Mis pies no se hunden, se sostienen
y el agua fluye
buscando su origen. .
Me acostumbro a mirar sin rostro.
para no reconocer el recorrido. .
Y me desacostumbro en esa ausencia
porque la palabra habla
aunque no se piense.
La luz de la tarde se hace tenue
y un viento de aliento
tiñe de blanco la noche.
Los pasos nocturnos de las olas
juegan al escondite con mis ojos.
Aunque no lo parezca
Sé que estás mirando
sé que me observas
por leve que parezca tu presencia
sé que estás
mientras camino, con los pies descalzos
y la arena se desliza entre tus dedos.
Es el amor ilusorio, amor platónico
ese que no se prueba ni se entiende,
un domino del ego, que pletórico
cree encontrar un trono siempre indemne
y el otro, otra, su imagen duplicada
que le corone en espacios infinitos
sin duda, ni arrebato, ella entregada
pues sin mí todo parece no ser nada
Mas no hay nada tan contrario al amor
que el espejo de un yo que desmedido
busca en la hipérbole su premio y su testigo.
Qué es el amor sin comprender sino
que nadie es rey ni reina ni destino
solo un humilde servidor de sus designios.
No hay nada más poderoso
que transformarse desde dentro.

Sábado, 15 de abril
La luz del mediodía
debilita la sombra de los árboles
mientras la naturaleza se cobija
en los muros del sol.
Las hojas de mi olivo aletean
al paso de los pájaros.
La madera invita:
construye en mí tu nido
tu reposo
sin dejar de volar.
Imagino el lenguaje silencioso
de sus raíces bajo tierra
y la generosidad de su materia
para el sustento de la vida.
La tierra alimenta la buena hierba
la tierra alimenta la mala hierba
el cauce de los ríos
y el musgo de las piedras.
Ella no juzga sus frutos.
Los abraza
para que crezcan hermosos
en los poros de su piel.
Su palabra se funde
se transforma
en grano sobre mi mano.
Como una madre inmensa
la tierra no habla da.
Mientras las ráfagas de luz
que se cuelan entre las ramas
observan
cómo mis pies se elevan
danzantes
para festejar el fruto y su candela

Nada es igual
sin transitar el mar como una isla,
en la asimetría de los nombres
de las gotas minúsculas que forman
un paisaje imaginario.
Nada es igual,
sin verse desde dentro, encaramada
en el caos primordial y el viento ajeno.
El aire siempre sopla y alza velas
en la ilusión cromática de un cielo
que emula un fuego interno,
atemporal, privado de su espacio
dejando que el vacío
imprima la inexistencia de las formas.
La materia no existe,
y siempre asombra
la plasticidad de su relato
tal cual lo ves,
tal cual tú eres,
tal cual yo soy.
La irrealidad del bosque
que se cierne
sobre despistados ojos.
Solo puedo decir
que las leyes de la termodinámica
no conocen el efecto de tus besos.