Otoño

El otoño imprime sonrisas pasajeras sobre la belleza de un nosotros

El otoño imprime sonrisas pasajeras,

viajantes al mundo inanimado,

que guarda nuestros sueños no cumplidos

cuando el yo no se aguarda ni arremete

turbando la serenidad de los paisajes.

El otoño descarta sensaciones,

deshilando los cosidos del miedo,

ropaje en colorido y rompeolas,

un sol intermitente entre las nubes

y un paraguas para resguardarse

del traqueteo de la vida.

Sobre el suelo se esparcen los secretos,

que quedaron perdidos, silenciados,

en el anhelo amarillento de sus hojas.

Ocre sobre el pastel de cumpleaños,

las velas se resisten a apagarse,

queriendo ser parte de la quema

de la nueva cosecha renacida.

Nadie nos encontramos a nosotros,

las múltiples preguntas,

la respuesta cambiante,

que calibra

la luz de octubre

sobre dimensiones escondidas.

No sé dónde estoy,

si arriba o abajo,

si levito,

 no existe acomodo ni esplendor,

ausente de misericordia.

Misericordia propia.

Comprenderse.

Y desligarse

de la solera que resta

labilidad a la existencia.

El otoño imprime sonrisas pasajeras,

cuando desnuda la mirada

en la belleza de un nosotros.

Si nacemos limitados e incompletos,

el deseo de hallar nuestra otra parte,

es tan humano,

como el error de asirse

a cualquier barandilla de promesas.

Nadie está preparado para un viaje al otro,

si juega a esconderse entre las cáscaras.

Es tan cruel el miedo como emborracharse

con las uvas del éxito.

Quizá este viaje sea solo un prólogo

siempre defectuoso

para retozarse entre las ropas

y poder arder por dentro sin ambages.

Escritoras

Mujeres que escriben

entre los huecos abiertos

de su doble jornada.

Mujeres que tejen

versos, cual vestidos,

para adornar la primavera.

Mujeres que cuentan cuentos,

que novelan

el curso de la vida.

Mujeres que no temen

ser juzgadas,

que cada día se recuerdan,

que ser mujer no es ser pasiva,

ni neutro, ni electrón.

Mujeres que no son recipiente,

ni floreros,

ni aduladoras de egos infantiles.

Mujeres que crecen con los hombres,

que escriben con los hombres,

que conversan y retan,

que se aguardan

Mujeres que son agua,

tierra, estrella,

con luz propia,

sin precisar que emane

ninguna fuente ajena

a la profundidad de la palabra.

Ella

                     Ella había alcanzado una edad

                     en la que ya no se desean tormentas

                     sino primaveras.

                     Su pelo delicadamente gris

                     iba formando vetas

                      de colores,

                     rebelde a la monocromía.

                     Él buscaba un bálsamo

                     para su soledad.

                     Cuando la conoció

                     entendió le era accesible,

                     un buen arreglo,

                    para su trasnochada imaginaria.

                    Y desempolvando sus artes

                     de conquista, pretendió besar su mano,

                     mientras le decía guapa.

                     La mujer depositó suavemente

                     sus lentes sobre la mesa

                     y le miró fijamente,

                      como se mira a los impostores.

                     No, gracias.

                     No quiero conocerle.

                     Quien desconoce las profundidades del océano

                     no puede resultar buen navegante.

Estancia

La estancia está vacía,

una fantasmal batuta

marca la pauta de una vieja canción.

Madrid tiene las calles ausentes.

Las aceras del sueño

se transmutan

en aceras del miedo. Hay mucha bruma

y el silencio abarrota la cotidianidad.

Cuando te conocí aun existían baladas,

que hablaban del amor romántico

y labios de pasión.

La voz de una cantante armoniza

los vórtices del Jazz.

Rotación, expansión, contracción,

y la lucha a fuego abierto,

resiliente a vislumbrar los disfraces

que arman de balas la razón.

Un joven busca referencias

en lugares ignotos y lenguaje barroco.

La desnudez siempre impresiona sencilla,

pero no hay nada más complicado

que lo sencillo y humilde sin ser impostado,

si es que en este mundo

queda algo

ajeno a la impostura.

Y si me hablaras de ti,

una vez más,

desprovisto de la auto-idolatría,

desprovisto del yo,

quizá pudiéramos recoger margaritas

y hacer un centro para el salón.

Lo circunvalaría nueve veces,

nueve olas,

para no revelarme a la paciencia.

El dolor emocional nos avisa

que hay algo inconcluso en esta huida.

Quizá falten palabras y los símbolos

hoy disputan su trono pervertidos

de toda su abstracción.

Nadie navega mar adentro,

sin reconocer sus limitaciones.

La voz de la cantante domestica

el juego de partículas,

transfigurándolas

y mi imagen ya no tiene un contorno preciso,

quizá porque no estoy,

no soy,

me diluyo

cual holograma

en la caverna de los nombres.

Todos queremos suelo firme,

un techo que mirar

y una sonrisa.

Demasiado para buscarlo fuera.

Preteridas

las densidades de las ropas.

Hay demasiadas capas,

demasiadas corbatas

Y collares de diamantes.

Hay demasiados te quiero,

La vida correcta,

la línea.

Quién te dijo que la luz era más buena

que la oscuridad de la noche.

Lo presumes porque no la ves.

Pero los ojos son siempre altamente limitados.

La luz se propaga en línea recta,

pero su trayectoria se curva

a través de pequeños orificios.

Los rayos de luz no existen.

No hay nada tan exacto

en esta irrealidad

que no nos permita revertirla.

La luna de diciembre

protestará sus facturas por impago

de los pequeños rostros,

dónde están las virtudes

y la potestas

bajo la espada de Miguel.

No hay autoridad que no nazca del amor,

por eso el hierro fiero de la ira

se derretirá con un solo beso.

La estancia está vacía,

ya imagino

un centro de margaritas

sobre la mesa del salón.

Entropía

Efecto mariposa. ¿Hay lugar para el azar?

Tejemos palabras

para evidenciar el caos,

inconscientes

de la insuficiencia del mensaje.

La palabra no es unívoca,

tampoco lo es la simetría,

ni siquiera los símbolos

impiden

ser utilizados torticeramente

por decenas de impostores.

Un árbol, el roble,

inicio de la vida,

pudo justificar el sacrificio para los druidas

y ser emblema de gloría

para un innombrable genocida.

Y para mí,

es un gran árbol,

solo un árbol,

y por ello grande,

pura naturaleza.

La que me dice

cuán humanas y pequeñas son mis manos,

débiles,

no más que sus hojas.

Si hay tejido en esta realidad

inconclusa,

finitamente irreal,

estará muy alejado

de las interpretaciones de los hombres.

Y bendita entropía,

la que despierta

el caos de las vibraciones,

porque si todo estuviese en nuestras manos,

el resultado aún sería más dramático.

O peito canso

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es gardening-2518377_1920.jpg

As mulleres teñen

 o peito canso

 e labregan as sombras

 para non esquecer

o son das árbores,

as fontes da auga,

a palabra afogada

das bágoas.

As mulleres teñen

o peito canso.

Elas que sosteñen a terra

 xunto aos seus homes,

coas súas mans,

 que os amaron entre o lume

e ensináronlle esconxuros.

Elas, víronse acaladas,

pola palabra falaz,

a tempa manchada,

acaladas.

As mulleres teñen

o peito canso,

e os seus homes

tamén choran,

e secan as súas bágoas,

 nunca deixaron de crer

 nas súas deusas.

Eles coñecen

os segredos

das raíces do carballo,

a herba, o orballo,

o verde misterioso

das follas.

Coñecen

que home e a muller

teñen a mesma madeira.

Oscura

Oscura está la plaza, nadie hay.

Nadie juega a la comba en sus esquinas,

ya no suena el bullicio de sus días,

en sus ensordecidas marquesinas

Oscura está la calle y la salida.

oscura, siempre ha sido y resiliente,

oscuridad  de siempre, detenida,

a quedarse en la sombra de mis idas

y regresos a vueltas con la vida.

Oscuridad sobre mi cuerpo ausente

encallado en la piedra de la herida,

oscuridad que reta y que levita

oscuridad, ya sombra, ya  batalla

oscuridad, manando, donde halla,

una plaza desierta y apagada

una noche cualquiera ensimismada

y un recuerdo de amor.

Oscuridad de luz,

la nada ausente,

son tus labios el fuego primigenio

la verdad no verdad

y el sueño eterno,

y el despertar sintiendo que te siento,

ese tacto suave de tus manos,

y la palabra omitida de los vientos.

Maldita

Más de seis mil años,

de los que no llevo cuenta,

un gusano para un santo,

un error de la naturaleza,

la falta de inteligencia,

mientras que la infamia casta

prodiga la misoginia.

Maldita,

siempre maldita.

Más de seis mil años,

siendo la proyección de sus defectos,

la chiva expiatoria de la violencia,

la prostituta lapidada,

la muchacha repudiada,

la biblioteca atacada,

 el útero desangrado.

De donde yo provengo

no hay discordia,

y las manzanas forman una isla

para el regocijo de sus héroes.

Creo que ya es hora,

de que muchos expliquen

el mantenimiento de sus dogmas.

Ya es hora

de festejar nuestro regreso,

destapar la tierra sumergida

y lapidada

por un desierto de plumas indolentes.

Ya es hora

de decir

que no soy maldita,

que tus ojos ya me son bastante ajenos

y tu perjuicio se me torna irrelevante.

Te he de decir

que el dolor del parto

me es llevadero

y que no tengo más dominio

que mis caderas.

Y no te sonrojes,

no hay blasfemia

porque no puede blasfemarse

contra la violencia.

Yo soy bendita,

por la naturaleza de las aguas,

y por los vientos de mis senos.

Bendita.

Y también bendito el hombre

que nace de mí,

porque llevará mis genes

toda su existencia.

Y bendito ese hombre

que come de mí,

que se amamanta,

de los ojos del mar

y de la hierba,

aquel que copula con mi nombre

y acaricia mis lamentos.

Bendito todo aquel que aparta

la contaminación de la mirada.

Por cierto, la manzana

es un excelente antioxidante.

ORÁCULO

El cántaro a la fuente,

ese sendero,

entre el barranco de rocas , los abismos

con su promesa de frutos venideros,

ofreciendo el futuro entre su mesa.

La piedra en el camino,

el cántaro en pedazos,

que se clavan

como cuchillos encendidos

infartando el desacierto.

No hay oráculo,

entre los laureles.

Mis manos ya no se sienten

agitadas,

sobre la cerámica quebrada.

Las musas y las ninfas se entretienen

entre las aguas bulliciosas.

Si tu padre es un río,

es complicado,

no ser cascada en tormento,

correntía,

colapsando la geometría de sus ritmos.

Una voz me detiene

y me responde:

No busques la razón,

donde el dolor asienta

ni en el escenario del invierno.

Búscate entre los diez fragmentos,

de 122 estrellas

cuando cada aurora

muestre sus pétalos

para el regocijo.

de 153 rosas.

Hay una puerta abierta,

tras el laberinto de cometas.

Yo soy quien trae

el cesto de manzanas,

quien grita

que poder parir no es un castigo,

que mis curvas son las fronteras

en las que descansa la luna

y que mis hijos ya comprenden

el secreto de la rosa.

Yo soy quien trae

el cesto con las flechas,

desafiando

la gravedad de los dominios.

Fragmentados los muros,

ya no atienden

las palabras cautivas.