Amor de Hollywood

Hay veces que el amor poético

es como un amor de Hollywood,

las palabras dentellean el papel

para pronunciarse en tu oído

con el afán intenso de habitarlo

todas las noches y todos los días.

Y los versos se hacen parte de tu risa

con la claridad de quien confía

que siempre hay algo de eternidad

en todas las miradas que regalas.

Esos versos que piensan que tus ojos

son ventanas abiertas a mis sueños.

y mi deseo se colma con tus pasos

en todos los paisajes que conozco.

Que tus manos son ocultas escribas

del alfabeto secreto de mi piel

y cada vez que me rozan, tan ligeras,

desatan una fiesta de rosas rojas

en un jardín color de la esmeralda.

Tus labios amantes ya no encuentran

ninguna frontera entre los míos.

Tu aroma sabe a noche y espejismo

de una piel de luna aguamarina.

El amor poético es, sin duda,

tan de cine como el amor de Hollywood.

Y, sin embargo, quién se resistiría a no vivirlo.

Una mujer deshila los versos de un poema

                    Una mujer deshila palabras en las redes,

mirando, ausente, triste, al mar que, malherido,

                    golpea sus sentidos con viento desatado.

                   Y ese aire de olvido, esa ausencia que hiede

                    parece no sostiene su mundo en un suspiro.

                    Sus ventanas de invierno no saben de deshielo

                    ni esas noches de antaño de brazos extendidos,

                    ni de aquellos poemas que adornaban su oído,

                    como tallos de rosas, como valles de lirio,

                    y que ahora, lejanos, se le antojan perdidos.

                    Más se alza una nube sobre el cielo estrellado.

                   Su forma le recuerda el porte de su amado

                    y añora aquellos pétalos que un día deshojaron,

                    todos aquellos besos de madera de ámbar.

                    Quién pudiera ser agua sobre un cabo arriado

                    y cruzar el abismo en un fondo de algar,

                     Quién pudiera ser ave y volar a su lado

                     hacia sus pies de luna y sus ojos de sal.

                     Una mujer deshila los versos en poema

                     y los guarda, escondidos, en un trozo de mar.

Imaginarte

Imaginarte atento y silencioso

ante la inmensidad de los océanos,

reescribiendo un poema como historia

bajo el viento del norte, encaramado

al faro narrador y refulgente.

Imaginarte. Sí imaginarte,

enraizado a la tierra, sosegado,

permutando el viento

hacia el sur infinito de la calma.

Y mirar a poniente, entre tus ojos,

comprensivos del tiempo del otoño,

en tus manos el grano de mostaza,

en las mías el viento del oeste,

Ese soplo, a veces, torbellino

que agazapa la oliva y la conmina

a rebrotar invisible en un invierno

que ya no teme a los vientos de levante

 y sacude los arbustos y los peces.

Imaginarte, sí, entre los frutos,

los aromas del huerto y las estelas

de las hojas caídas de los árboles.

Imaginarte en la carne de los labios,

la materia del beso que revela

una caricia en la piel que persistente

se hace huella y sentido, la simiente

que torna al viento brisa, renovando

la fragancia y las rosas de los valles.

Imaginarte.

Sacerdotisas

Ellas conocen

que no hay templo que sirva de refugio,

ni fuego extraño que contener ardiendo

por jóvenes vírgenes danzantes

en un amanecer de primavera.

Ellas te invitan

a atravesar la puerta del camino,

reposando sus límites,

descalzo,

para recoger entre las piedras

las flores escondidas.

La puerta ha estado siempre abierta

para cualquiera que quiera transitarla,

si es capaz de hacer fuego entre sus manos

y formar una esfera luminosa

cuando la exigencia de los besos,

sea más que un instinto necesario.

Quién observa

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Él la observa,

desde su ventana.

Se imagina,

el contorno suave de su figura

la desnudez de sus formas,

demandando sus besos.

Ella le mira,

también

desde su ventana.

Se imagina,

primaveras de margaritas

y volcanes,

el roce de la piel

entre sus labios.

Si él dejara de observarla,

si ella dejara de observarlo,

si el amor fuera tan carnal,

como un cesto de moras en verano,

quizá pudiera terminar su historia,

en cualquier balneario de invierno

bajo el reproche de las amapolas.

Por eso prefieren observarse

sin arriesgarse al tacto y al abismo.

Ninguno es consciente

de que existen

porque se observan.

Y que tampoco existen

porque no se prueban.

Son solo una idea

permutable,

en la mentalidad de quien observa.

Y yo que les observo,

puedo hacer reversible su materia.

Y convertir esta historia

en un ensayo

de la fermentación de sus sentidos,

hablar de cómo sus cuerpos

son vestidos, para el acomodo de su esencia.

O quizá llevarlos al abismo,

para embriagarlos de besos,

hasta que la pasión les amanezca.

Y tú, que también observas,

vuelves permeables sus fisuras,

y modificas su imagen y la mía,

en las infinitas posibilidades

de elegir barrica

para el asiento de un nosotros.

Cuerpo en vid, macerando el mosto,

y desatando tormentas

sobre el cuerpo desnudo de una cepa,

que aspira a rozar el horizonte.

Zapatos

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Siempre le habían dicho que, en el día, había horas propicias para encontrar el alma gemela. Por eso, cuando Simón, estaba esperando que el semáforo se pusiera en verde, observaba detenidamente el tránsito de los peatones. ¿Sería capaz de reconocerla a primera vista?

    Era 8 de septiembre. Atardecía. Los rayos de sol caían despacio jugando a iluminar el paso de peatones. Simón interpretó aquello como un buen augurio. Una joven cruzaba la calle de prisa. Las miradas se rozaron. Sintió fuego. Era ella, ella…

    ¿Cómo sería capaz de lograr encontrarla? No sabía dónde vivía ni dónde trabajaba. Si estaban de verdad predestinados, se volvería a encontrar con ella. Pero pasaban días, meses, y no ocurría nada, hasta que un día, paseando por una calle comercial, vio a aquella muchacha ordenar los zapatos en el escaparate de una conocida zapatería. Era ella, sin duda. Ella colocaba los zapatos con tanta delicadeza, dejándolos perfectamente alineados que ni el mismo lo haría mejor. A Simón le incomodaba la gente que no cuidaba sus zapatos. Su abuela le había prevenido: Alguien que no coloca bien los zapatos no está equilibrado. No contendrá sus emociones, será reactiva y su vida será un tormento.

     Nunca viene mal tener unos zapatos nuevos. Así que entró en aquella zapatería, dispuesto a conocer su alma gemela. Se llamaba Sara y era perfecta. Pronto comenzaron una relación que culminó en matrimonio en pocos meses. Amor a primera vista. ¿No hay mejor señal de que las almas están predestinadas?

    La convivencia no fue como esperaba. Cuando Sara llegaba a casa, dejaba los zapatos tirados por todas partes. Decía que ya tenía bastante con ordenarlos todos los días en la zapatería. Al principio Simón los colocaba cuidadosamente, pero poco a poco se fue cansando. Esos molestos zapatos de tacón invadiendo el dormitorio por doquier, en cualquier parte. Definitivamente no era su alma gemela. Pero, ¿Qué podía hacer? Lo mejor era divorciarse y emprender de nuevo la búsqueda, antes de consumirse en una vida sin sentido.

    Simón tenía confianza con un sabio rabino. Le consultó su problema, pero el rabino no le dijo lo que Simón pretendía escuchar. “No estás preparado, para divorciarte. Debes seguir tu camino, si no toda mujer que encuentres será la misma. Debes esperar y si no ocurre en esta vida, quizá en otra merezcas encontrar tu alma gemela”.

  ¿Pero cómo confiar en esa afirmación? ¿Y si no hubiera otra vida? Aquello era como pedir que renunciara a su felicidad. Además, si hubiera otra vida ya no recordaría nada de esta, por lo que su “sacrificio” sería inútil. Simón no dejaba de dar vueltas, una y otra vez, a las palabras del rabino.

   Pensó cambiar de religión, pero casi todos, sacerdotes y pastores, le seguían diciendo lo mismo, que no debía divorciarse. Simón se encontraba cada vez más perdido y molesto ¿Era justo exigirle semejante sacrificio?

    Simón tomaba café todas las mañanas en un bar cercano a su trabajo. Un día encontró cerrado el establecimiento. De vuelta al trabajo y molesto por el cambio que la causalidad estaba imponiendo en su rutina, se cruzó con una mujer rubia, de largos cabellos, a la cual miró profundamente. La siguió. Trabajaba en una panadería y colocaba los panes meticulosamente ordenados, tan simétricos, que cualquiera diría que era su propio espíritu. Es ella, pensó. El rabino se equivocaba. Ella estaba ahí delante de sus ojos.

   Simón se divorció de Sara y se arrojó a los brazos de María. Tras un año se casó con ella y los zapatos de tacón desordenados, caídos por doquier, volvieron a ser la estampa cotidiana de su dormitorio. Simón tuvo dos hijos con María, de la cual terminó divorciándose.

   Unos dicen que Simón sigue buscando a su alma gemela en cualquier escaparate de zapatería y, mientras tanto, enseña a sus hijos a ordenar meticulosamente los zapatos.

  Otros, que logró comprender que el amor no consiste en buscar y exigir que el otro sea un reflejo que responda siempre a nuestra medida, sino permitirse sentir amor y no temer amar. Por eso ahora bebe los vientos por Esther, una mujer que diseña zapatos asimétricos y de diferentes colores.

  No somos sino gotas, en un océano, que no comprendemos la inmensidad del conjunto.

Léase, por zapatos, las pasiones y emociones más reactivas. Simón lo que buscaba era aquella persona con la que pudiera vivir una vida serena. Como quiera que escudriñaba el “orden” de sus posibles parejas futuras, para intentar que su mente ordenase el proceso, se forzaba a enamorarse de aquello que le impresionaba iba a ser correcto y acababa siempre, contradictoriamente, con personas muy reactivas, enredándose en discusiones y reproches sin final. Cuando dejó de tener miedo, conoció a Esther.

 Quizá es tan malo dejarse llevar por lo que suceda, sin criterio, como intentar controlarlo todo. Al final, la vida arrolla.

Proyección

Cuanto más me imaginas,

más me alejas,

proyectándote entre mis densidades,

y todo es más opaco,

ilusorio,

el alea sin rumbo,

la bienvenida al caos,

entre la confusión de tus abrazos.

Cuanto más te imagino,

más te alejo,

proyectándote en mis oscuridades,

y todo es más difuso,

mi tierra se hace yerma,

y todas las rosas se marchitan

a la entrada de mi puerta.

Solo hace falta mirarse.

Las manos amantes

se moldean

para unificar sus nombres

en la primavera de los besos.

Muchas veces hablamos de las reglas del juego de la vida, si se pueden llamar así. Quizá una importante regla es no superponer imágenes. Imaginaros una fotografía que la superponemos y mezclamos con otra, no vemos nada claro. Pues todo funciona igual. La proyección psicológica puede ser negativa (proyectamos nuestros defectos o miedos) o positiva (proyectamos nuestros deseos o las cualidades que buscamos). Que esa proyección sea positiva tampoco quiere decir sea buena, pues si proyectamos en otro cualidades que esperamos y no las que tiene no le miramos tal cual es. Quizá no le estemos amando a él o a ella, sino a una ilusión. Si deseamos algo, tenemos una meta, y añadimos a esa meta imágenes de miedo o nuestras inseguridades, lo que veremos será confuso. Y así resultará complicado encontrar el camino para lograr nuestro propósito. Enfoca. Mira, observa. Vive, simplemente.

Versos

Y quién te dice a ti que el alma vuela

buscando claridad, la luz del día,

para no hallar su paz y la alegría,

y se afana en perder mi primavera.

La memoria no es ya cosa certera,

lamento compartirte, vida mía,

y otrora que tu elijas otra vida

olvidarás a aquella que tuvieras.

Será leyenda, pues, lo que tu viste,

en regresión no servirá el consuelo,

por aquello que fue y tú no fuiste.

Por eso amado mío, tu resiste

atrapa realidad en este suelo,

y no dejes aquello que rompiste.

Dame, amor, un beso en este duelo

 apaga mi pasión por un instante,

y sean hoy tus brazos mis amantes,

recuerdo de sonrisas, lo primero.

Hagamos de lo nuestro, nuestro cielo,

no me seas tan terco y tan pedante,

yo no quiero promesas tan distantes,

ni esas transcendencias de alto vuelo.

Quiero abrazos pegados a los míos,

tus labios en mis labios y la risa

por compartir la tarta y el abrigo

no poderte decir que tengo prisa

porque tú serás ya mi desvarío

por encima del aire y de la brisa.