Víctimas

Como un mensaje de correo malicioso,

la pequeña estrella suena “Little star”,

mientras el móvil da vueltas sobre el cuco,

y giran los osos, las nubes y la luna rosa,

clamando la llamada de la vida

Como un mensaje de correo malicioso,

tu primera papilla, tu primer paso,

inundando de lleno las fotografías

de la caja que quiero quemar y no he podido.

Como un mensaje de correo malicioso,

aquel vestido de noche, aquella flor seca

que te regaló el primer chico que te pidió salir.

y con el que compartiste refresco y gominolas.

Como un mensaje de correo malicioso

tu agenda rota, la cartera empapada de barro

tu reloj, aquel pañuelo que llevabas,

agolpados en la fotografía que me enseño la policía.

No hallaron nada más, no te encontraron

no te pude dar ese beso final

ese último desgarro.

gritar en furia salvaje y derrotada

En mi mente ya no hay cabida a más,

con un solo pensamiento recurrente,

como un mensaje de correo malicioso,

si Dios no lanza un rayo sobre la inmundicia

del ser abyecto que te alejó de mi

no hay Dios sobre este mundo,

pero sí mucho diablo.

Y me desangro, sangrándome,

planeando una y mil veces como disparar a tu asesino

y reconozco hasta disfruto pensando verle,

como gusano inerte,

sobre un trozo de cemento precipitado,

el odio es un hormigón armado entre los ojos,

debo frenarme, el no hacer, omitir, callar

todos lo dicen, tomar sedantes

y acabar las noches llorando sobre el suelo,

la venganza no es buena, todo ahoga.

lo correcto, lo sutil, lo hipócritamente repetido

la limitación de mis impulsos,

condena a la impotencia permanente,

desde el primer día de tu desaparición,

hasta el último,

en la eterna condena de tu ausencia

todos los días de mi vida.

 

 

 

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Indicios

    Día ocho de diciembre. Un día apropiado para poner el belén. Así lo pensó Marta, quien bajó al sótano de su vivienda, donde se ubicaba el trastero, a fin coger las cajas donde guardaba las figuritas navideñas. Abrió la puerta del garaje y un rastro de gotas rojas impresionadas sobre el suelo de cemento. Por Dios, que no sea sangre, se decía. Era realmente desconcertante. Miró alrededor pero no observó nada extraño, así que se dirigió a la puerta de su trastero para coger las cajas que buscaba.

    Había colocado el tablero y un dibujo de estrellas. Todo preparado para comenzar a poner el musgo, hacer los caminos, el rio, poner el puente. Pero al abrir la primera caja, cuál fue su sorpresa, cuando lo primero que vio, fue un cuchillo. ¡Un cuchillo! y de grandes dimensiones, de unos 27 centímetros de hoja- Menudo escalofrío. No era suyo, no, no, no era suyo.

    Lo inspeccionó y no tenía rastro de sangre, pero aun así, no podía sacarse la imagen de las manchas rojas sobre el cemento. ¿Iría a la Policía? ¿Y si era sangre de verdad? ¿Le inculparían? El cuchillo estaba en sus cajas.

    Cariño, no te habrás acordado y será algún cuchillo que tendríamos, lo dejaste olvidado tras recoger las cosas de navidad. El año pasado guardábamos un jamón en el sótano, pudo ser eso.

     Las explicaciones de su marido sonaban bien. Era eso. Seguro. Menuda tontería.

      Esa misma tarde en la televisión vio a Javier, un vecino suyo. Sí,  un hombre tripón, de bigote pelirrojo, siempre sonriente. Y ahí estaba detenido, según decían, por asesinar a una joven de tez clara y pelo moreno que en la fotografía parecía feliz. Javier negaba todos los hechos, aunque el cuerpo, mutilado, había aparecido en su trastero. Volvió a sentir un gran escalofrío. ¿El cuchillo?

      Asustada, llamó a la policía, y efectivamente pasadas las pruebas correspondientes, el cuchillo tenía rastro de sangre. Quedaba pendiente el ADN para ya saber con certeza si era el cuchillo del asesinato. ¡Qué horror! ¿Cómo pudo aparecer el cuchillo en su caja? ¿Pudo forzar la llave del trastero? Era fácil, la policía dijo que era sencillo abrir esos trasteros.

       ¿Y si fuera al revés? Mientras Marta observaba a su marido, volvió a sentir un tremendo escalofrío.

Viajar al lado de una asesina

                     La violencia hiere, arremete, desprotege. La violencia no cesa, sigue partiendo heridas, en el silencio, en el concierto, en el recuerdo. Pero hay violencias silentes, no descubiertas, envenenadas, en la abrasión de la confianza.

                    Hacía calor. Me tocó el asiento del medio del avión. A mi derecha, un jovencito de unos catorce años de edad que iba a ver a sus abuelos. A mi izquierda una mujer corpulenta, de unos cuarenta años de edad, morena, ojos castaños y labios finos, que comentó viajaba a ver a un pariente que se encontraba un poco delicado.

                     Móviles en modo avión. El muchacho, aplicado, abre un libro de matemáticas. La mujer mantiene encendido su terminal y se pone los auriculares. Yo me dispongo a leer.

                      En esa estrechez no resulta difícil involuntariamente conocer lo que están haciendo los pasajeros que ocupan los asientos colindantes. Y así, entre página y página, me sorprende que la mujer morena estaba mirando una y otra vez un video en el que se veía una vivienda, la entrada, el salón, la cocina, sus puertas. El salón tenía una mesa grande redonda con un mantel de flores. Una y otra vez sin parar la misma imagen.

                   Seguí leyendo hasta que llegó el momento del aterrizaje. Alcé mi vista y ahora veo que revisa archivos de medicamentos. Será enfermera, me digo. Por eso va a cuidar a su pariente delicado. En la pantalla una imagen de un medicamento : baclofen.

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                       Ella llegó a su destino. Cómo no recordar aquel mantel de flores y aquel sofá, hoy más polvoriento. Aquel sofá en el que ese ser un día le arrebató su inocencia, convulsionando, sudoroso, sobre su cuerpecillo de niña de ocho años. Quiso coger un cuchillo de cocina y rematarlo allí directamente. Pero tenía un plan. Sería un secuestro, él tendría que escuchar todo lo que le tenía que decir, tenía que sentir todo lo que ella sintió, sufriría. Sí, sufriría.

                Alguien había dicho en un foro, que la medicina que prescribían a los alcohólicos, podría dejarle como en coma. Se quedaría así profundamente quieto. Le contaron que sobre las dos- seis horas recobraría el sentido. Suficiente para situarle en la cama, inmovilizarle y retirar el dinero que celosamente escondía bajo la segunda baldosa de la cocina.

                     El desayuno está servido. Leche y un bonito bizcocho demasiado edulcorado y relleno de chocolate para que no se notaran el sabor del polvo de las pastillas incorporadas a la mezcla. El padrastro comía alabando lo sabroso que estaba el bizcocho, con ese anhelo de dulce que trae la vejez inoculada en amargura.

                     Suerte que estaba sentado en el maldito sofá de los horrores, porque se cayó redondo, sin más.  La viajera le llevó a la cama y comenzó con su plan.

                     Pasaron más de seis horas y no cobraba razón. No le notaba el pulso.  Me lo he cargado, pensó.  No sin desazón y desconcierto, temió poder ser descubierta. Pero no podía dejarlo allí, así que decidió llamar al médico.

               El doctor era un hombre bajito y grueso que, tras el examen, entendió procedente remitirlo al Hospital. Allí le diagnosticaron una muerte encefálica.

              Tras unas horas, el médico se dirigió a nuestra viajera. Tenemos que desconectarle. Firme aquí Señorita, lo sentimos mucho. Lo llevaremos a la morgue y mañana le practicaremos la autopsia.

                 La viajera firmó, al tiempo que pensaba que la mejor idea era huir  lo más lejos posible de la ciudad acto seguido. Mientras ella, con el dinero hallado bajo la baldosa, se dirigía rumbo las Américas, el padrastro despertaba en la morgue, rodeado de cadáveres esperando la autopsia. Su grito desesperado llamó la atención de un jovenzuelo vigilante, quien se acercó a la sala de autopsia con un miedo terrible. Al ver al Padrastro alzando sus manos y gritando, entró en pánico, empujando sin pensar a ese tenebroso fantasma. El Padrastro cayó, desnucándose. El vigilante huyó, llamando al controlador de la empresa, quien colocó el cuerpo en su sitio.

            ¿Andando? ¡Cómo piensas que te voy a creer!, pareces un niño de tres años-dijo el controlador al vigilante, mostrando gran enfado-Sí, sí…desde luego, cada vez tienes más fantasía, si no fueras mi sobrino, estarías ya despedido. Deja ya las tonterías, muchacho, qué tienes una edad.

          Causa de la muerte: Traumatismo Craneoencefálico por caída accidental tras accidente cerebral. Etiología de la muerte: accidental.

               Cuando pudo escuchar el mensaje en el móvil, ya destino al Caribe, no le causó la alegría que esperaba. La venganza nunca tiene un sabor dulce.