Delfos

El cántaro a la fuente,

allí Castalia,

entre el barranco de rocas de Parnaso,

con su promesa de frutos venideros.

 

La piedra en el camino,

el cántaro en pedazos,

que se clavan

como cuchillos encendidos

infartando el desacierto.

 

Una angina insistente

y reiterada,

mi cuerpo en neumotórax,

ya no importan,

mis ojos caídos,

la falta de aliento

ni aquella fotografía que dibujaba

mi cintura en primavera.

 

Yo, viajera de nubes

no sé cómo expresarme,

y voy corriendo

en la búsqueda

de un espacio vacuo,

entre los laureles.

 

El bosque se revela alegoría

de mis manos, temblorosas

agitadas,

sobre la cerámica quebrada,

rebuscando tus pasos.

 

Las musas y las ninfas se entretienen

ajenas a mi huida bulliciosa.

Si tu padre es un rio,

es complicado,

no ser cascada en tormento,

correntía,

colapsando el ritmo de la lira.

 

Delfos me detiene

y me responde:

No busques la razón,

donde el dolor asienta

el escenario del invierno.

 

El daño se presenta traicionero

pero hay puertas abiertas,

tras el laberinto de cometas.

 

 

 

 

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Identidades

Como un huracán, exhalando fuego,

su boca marchitaba recuerdos,

fumigando los espejos de sus heridas,

pedazos aturdidos de la piel ausente

del fruto de su vientre arrebatado

aquel que nunca amamantó.

 

Nunca vi un delirio más cuerdo,

la frenética enajenación de quien

le han robado la luz..

Mientras tanto,

la férrea disciplina de la noche,

celda de contención,

las manos maniatadas,

suplicantes.

las manos retraídas,

las sombras dibujantes

en las paredes de cal,

un sol naciente,

siempre  hay resurrección en la verdad.

Ellas, me han quitado a mi niña, ellas, masculla

ellas….

La ambulancia camino de la Residencia,

guiada por la estrella.

Un crujir de dados en la justicia del regreso.

El nuevo ingreso de una vieja demente

alcanza la cordura del silencio.

Una joven se acerca

y sus ojos rebeldes al olvido

encuentran una paz indescriptible.

La chica que le guía tiene sus mismos ojos.

 

 

 

Interiores

Me ves,

estoy aquí

con un cesto de manzanas y de flechas,

que son encrucijada entre mis ojos.

 

Porque no me quisiste,

yo no pude quererme,

por eso,

arañé mis brazos

hasta que brotó la sangre,

sangre,

espaciosa, blanda

sangre a solas,

en el vendaval de mi impaciencia.

 

Y en ese empeño persistí en la daga,

tatuando un emblema sobre mis manos,

esas manos,

que apenas son visibles en las cortinas de la luz.

Tú me viste,

altiva, quizá, pensaste, débil…¿alocada?

entre la densidad de tu delirio

 

No me reflejes, no,

no me reflejes

Tus espejos me molestan

y ya las nubes no son consejeras en nosotros.

 

Yo soy tu sombra,

soy tu voz,

la mácula

de la ignorancia del mundo.

Y si arde Alejandría,

oda a los libros

que se contuvieron en la memoria,

mi memoria…

la memoria de todas ellas.

 

No me reflejes, no,

no me reflejes

que temo,

hacerme daño.

 

Sin vuelta.

He soñado

una historia:

Las hojas, en correntía, sobre el rio

y un reloj apagado en una estación de tren sin pasajeros,

pero cuando he vuelto la mirada,

la claridad del día retozaba sobre mis manos

y dudé

como sigo dudando,

pueda recomponer sus páginas marchitas.

 

Parece misión imposible

mirar hacia atrás sin darse la vuelta.

 

Plantaré una palabra

sobre mi espalda,

el cuello de la botella no digiere

más acentos.

 

Versaré mi luna

para pedirme, a mí misma, indulgencia

sobre la gasolina incendiaria del recuerdo.

 

Los guijarros clavados en la arena de la vida

y qué salvaje el dolor cuando no duele

Viento

Me resulta determinante el viento,

cuando aletea hojas intuyendo,

que no hay nada que sirva de motivo,

para anclarme a la luz de tus sentidos,

un bucle de peldaños sin destino,

orientados al sur de mis tormentos.

 

Me resulta determinante el viento

Tú, estarás evadido en pensamientos,

mientras en mí solo cruje este lamento,

querer calmar todo el dolor que siento

y no poder hacerlo en el intento,

porque decirte no, es decirte miento

 

Santa Compaña

La primavera

desafía,

los cuadrantes de las lunas

sobre el calendario del cuartel.

Un agente dice que hoy será un mal día

porque la luna tiene un halo aciago…

 

Hacía tiempo que estaba muy pálido,

nunca se le veía dormir

y ya no se enroscaba entre tus círculos.

 

El “busca” de la guardia

despertando,

hace frio en el  camino hacia tu casa,

le acompaño en el sentimiento,

somos el Juzgado de Guardia

y tú me abrazaste,

dolorida viuda,

con un abrazo que todavía recuerdo,

ese abrazo a una mujer desconocida,

dando luz sobre el hielo de las ropas.

 

Por una razón eramos bienvenidos,

a ese cuarto tras el patio,

tormento, nube, desazón, miedo,

él todavía estaba colgado,

sabías que le quitaríamos la soga,

que ya podrías mirarle

Y para ti,

aquello,

era ya la única premura.

 

Cuando terminamos,

en aquella habitación,

el forense siempre dice las mismas palabras:

No sufrió, la muerte fue inmediata.

Un alivio,

para los que creen

en la seña de la santa compaña.

 

 

 

 

 

 

 

 

Versos hirientes

Pudiera escribir los versos más hirientes,

descarnados entre las rendijas de la madera

y el terciopelo rojo de los asientos.

El Mal hace notar en la Sala su presencia,

contagiando los estrados de un peso plomizo,

la luz no encuentra la claridad de la mirada,

tropezándose con el filo de unos ojos ausentes.

Pudiera escribir esos versos amargos

Pudiera hacerlo,

cuando hasta las campanillas de las ánimas se tuercen

en el lugar de los empeños,

esos versos aciagos, acuchillados

en el gemido sangrante de la impotencia

que hoy se pega a mi piel,

Ella, ya no te volverá a ver

no te verá llegar a casa cada tarde.

He visto lo suficiente

hemos visto lo suficiente

aunque la realidad siempre nos sorprenda,

todas podemos ser objeto de diana de cualquier psicópata,

todos también podemos serlo,

todos

dolor, delirio, fuego,

pudiera escribir versos hirientes

tal vez,

pudiera hacerlo.