Sanación ( manual contra lo tóxico)

 

El agua derrama la pintura negra,

mientras mis dedos

agarrotados

consienten el ritual

en la sanación del espejismo.

 

No eres más que la nada,

la nada que te envuelve

en semillas sobre campo infértil.

 

Hay quien dice que existe un borrador

en la energía oscura,

el aguarrás de las emociones,

que termina diluyéndola,

decapando las viejas oquedades.

 

Cómo no comprender tu juego,

pero comprenderlo,

no significa compartirlo.

 

La glaciación comienza,

y yo me elevo,

como ave fénix,

sobrevolando

su cuerpo petrificado

en la arrogancia de sus pretensiones.

 

Yo te suelto,

yo te alejo.

 

Tú no tienes poder sobre mí.

Rebeldes al olvido

Afirmaría tu presencia,

en este  instante,

en el que rozas mis labios

en rebelión al olvido,

ese rocío revolucionario, atrincherado

en la resistencia de mi boca.

 

Muchas veces,

aunque no lo creas,

Te siento.

 

Fotografía:  Un alfabeto para amarse

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Incoherencia

Incoherente, mi espacio

sigue recordándote,

renombrándote bajo mi curvatura,

clamando tu regreso.

 

Google siempre me recuerda que estás vivo,

los sitios más visitados,

los parajes más desconocidos,

y esa presión que impone retomarte,

cada mañana entre mis búsquedas.

Alerta de pantalla. No hay mensajes

en la bandeja de los sueños.

 

Por más que preciso tu olvido

atrezo angustiado por la pérdida,

por más que lo preciso,

que me exijo, tu olvido,

mi mente insumisa

trae a mí cada uno de tus besos.

 

 

 

Viajera imaginaria

   Hacía más de diecisiete años que no había abierto la puerta de aquel viejo caserón. La necesidad de un trámite legal me obligó a rebuscar en el pasado, lo que me desagradaba sobremanera. Aquello que se encierra dentro del olvido, por algo será. No deseaba, en absoluto, dar una tregua a mis fantasmas. Sin embargo, ellos se obstinaron en lo contrario.

    Allí estaban los viejos muebles, el reloj de pared de mi abuelo, la mecedora y el sofá de flores amarillas, con un amarillo más empolvado y acabado. Todo crujía, hasta mi peso sobre los baldosines de cerámica. Un ruido proveniente del piso superior me sorprendió y  atemorizó. Una pequeña sombra se advertía en la escalera.

   ¿Quién es?, pregunté, no deseando oír ninguna respuesta. Tu sombra de cinco años. ¿No te acuerdas?

   Me froté los ojos. Estaba empapada en sudor y enroscada a las sábanas. Menos mal, era una pesadilla. Horrible, pero pesadilla. Me dirigí a la ducha, con unas ganas enormes de sacarme ese sudor de la piel, cuando sentí un tirón de pelo y sus manos pequeñas agarrando mi cuello.

   ¿Te acuerdas? He venido para viajar contigo. Ya no quiero estar en el viejo caserón.

  Un grito enorme y una copa de coñac no fueron suficientes para liberarme de la imaginaria viajera. Nada de lo que he intentado lo ha sido. Sin embargo, lo reconozco, ya me voy acostumbrando.

¿Te acuerdas?