Viajera imaginaria

   Hacía más de diecisiete años que no había abierto la puerta de aquel viejo caserón. La necesidad de un trámite legal me obligó a rebuscar en el pasado, lo que me desagradaba sobremanera. Aquello que se encierra dentro del olvido, por algo será. No deseaba, en absoluto, dar una tregua a mis fantasmas. Sin embargo, ellos se obstinaron en lo contrario.

    Allí estaban los viejos muebles, el reloj de pared de mi abuelo, la mecedora y el sofá de flores amarillas, con un amarillo más empolvado y acabado. Todo crujía, hasta mi peso sobre los baldosines de cerámica. Un ruido proveniente del piso superior me sorprendió y  atemorizó. Una pequeña sombra se advertía en la escalera.

   ¿Quién es?, pregunté, no deseando oír ninguna respuesta. Tu sombra de cinco años. ¿No te acuerdas?

   Me froté los ojos. Estaba empapada en sudor y enroscada a las sábanas. Menos mal, era una pesadilla. Horrible, pero pesadilla. Me dirigí a la ducha, con unas ganas enormes de sacarme ese sudor de la piel, cuando sentí un tirón de pelo y sus manos pequeñas agarrando mi cuello.

   ¿Te acuerdas? He venido para viajar contigo. Ya no quiero estar en el viejo caserón.

  Un grito enorme y una copa de coñac no fueron suficientes para liberarme de la imaginaria viajera. Nada de lo que he intentado lo ha sido. Sin embargo, lo reconozco, ya me voy acostumbrando.

¿Te acuerdas?

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