Amanece tu mirada
sobre todas las cosas,
y yo
no necesito nada más,
para sentirte,
acariciando mi ventana
Sabes que te amo.
El tacto de tu piel,
demandando,
un pacto con la risa.
Sabes que te amo.
Amanece tu mirada
sobre todas las cosas,
y yo
no necesito nada más,
para sentirte,
acariciando mi ventana
Sabes que te amo.
El tacto de tu piel,
demandando,
un pacto con la risa.
Sabes que te amo.
Ya no recuerdo cuando fuimos algo,
algo como la piel atardecida,
revolucionando los mapas,
y todas las apuestas.
Ya no recuerdo,
y mira que lo intento,
aquella mirada desgobernando
todas mis razones.
Mientras transita el día
sobre mi ventana,
resulta inexorable
el cierre y el telón,
ya no hay persianas
para tamizar los desencuentros.
Y yo,
ya no recuerdo, cuando
tal vez, fuimos algo
Te siento
como viento huracanado,
remolino,
alborotando
las cortinas de mi cuerpo.
Te siento,
cual tornado
fuego abierto,
catarata,
en los acantilados de mis versos.
Te siento, te pienso,
te siento
Cuando decidí ordenar mis poemas de amor bajo un alfabeto, en un alfabeto para amarse, lo hice de manera improvisada y no emulando, lo confieso, la decisión de otros poetas. Aun así, luego cuando ya estaba publicado, Un aflabeto para amarse, recaí en la lectura de la obra de un poeta, jurista y político ecuatoriano del XVIII/XIX, que gustó del mismo criterio para ordenar su consejos en forma de verso en su Alfabeto para un niño. Yo aquí homenajeo a Olmedo en su dimensión como poeta. De la vida, hace tiempo y por muchos motivos, lo que más me interesa es lo que esconden dentro las personas y por ello la poesía. Hoy retomo como base un poema de José Joaquín de Olmedo, llamado un sueño, y escribo este poema, que se lo dedico y espero le llegue, entre los pliegues de las dimensiones de los tiempos.
Saber puedes las veces que te amo,
las veces que recuento nuestro sueño,
y aquellas otras tantas que despierto,
maldiciendo,
la luz del día, la torre, la mañana,
la historia que no fue, que era soñada
y me quedó pegada en la mirada.
Dicen que el infinito es anónimo
que todo es rayo y luz,
y no hay lenguaje que comprenda
la cápsula en idea,
yo disiento
pues tus besos
son firmamento imantado hacia nosotros
Mi verso tiene materia terrestre,
salpicante del polvo de la atmósfera,
nominando los soles
de nuestro universo reconocible.
Será por eso, que tanto me gusta esta vida,
siempre existe eternidad,
cuando el viento arremolina la tarde
anunciando lluvia,
mientras me acaricias
y nos miramos
desde la ventana
de los tiempos.
Los versos se conjugan
en rojo gravitacional,
cuando los planos
se abren,
finitos
sobre el lenguaje de la métrica.
Bajo el dominio
de la ley del bardo,
extrema poesía de tus brazos,
tú y yo nos amamos,
como dos fotones
desplazados,
y es todavía más sonora
nuestra transferencia,
una fuente de manzanas,
en la curvatura de nuestras áreas.
La rugosidad de las caricias,
el tacto pasajero
de una mano altiva,
crujir de dedos en el arriate de las promesas,
de los verbos insatisfechos
y de las flores que nunca poblarán el mediodía.
Porque todo eso no me complace,
prefiero la suavidad de tus arrugas,
la aspereza de tus manos,
y esos ojos, mar batido, mar abierto,
tempestuoso,
sobre el acantilado de mi ropa.
Tus manos,
viajantes,
entre las nieblas,
tu claridad
enarbolando la bandera
de la seda y del tacto
la pauta sosegada de la noche
deslizándose,
sobre los pliegues de la ropa
No es difícil amar
cuando la vista
tropieza con el faro de tus ojos.
Trocar el arco iris
reponiendo, sus reflejos
para que llegue a la puerta de tu casa
con la imprimación de una sonrisa
Virar alas, rumbo, noche abierta
para comprenderte,
regesando ventanas,
llamando,
a las lágrimas del sol
en el diagrama de tus brazos.
La Luz se va colando
sobre la ranura de la persiana
La ropa, tendida sobre la silla,
improvisa girasoles
hacia la ventana.
Tú tienes la llave,
eres la gramática,
la praxis,
de todas mis palabras.