Carta para otra vida

       Hace tiempo que encuentro notas tuyas, escritas en cualquier parte, en los azulejos, en la mesa, en los papeles que habitan siempre diseminados en mi cuarto de estudio. Lamento decirte que no los puedo leer bien. Ya sé que lo sabes, esa letra tuya tan complicada y que tanto, tanto echo de menos, y ahora, que me escribes desde otra dimensión, me resulta todavía más difícil entenderte. Comprendo palabras sueltas, sé que me quieres decir algo, pero no puedo dar con el correcto significado de la frase. Ahora que te escribo, reflejada en la pantalla del ordenador, gracias al maravilloso efecto del sol de mayo, reconozco que no tengo ni la menor idea de cómo podría hacerte llegar este mensaje. El olivo asoma sus ramas sobre mi cabeza, mientras me recuesto sobre el césped. Pienso en esa maravilla de las ramas, extendidas, como parte de un todo que es el árbol. ¿Pudieras quizá acercarte un poco? Quizá rozar la cortina de la pérgola o teclear el techo de mimbre. Es mucho pedir, lo comprendo. No es nada fácil comunicarse entre las vidas.

         Pero yo también sé, que estés donde estés, tú también estarás intentando leerme.

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Cada vez

 

Él era un viejo artificiero de sonidos

quien golpe a golpe se cuajó en  inviernos

y en las botas aun llevaba la marca de aquel plomo

que se quedó derretido en sus oídos

cuando perdió por querer demasiado

 

Ella era una princesa de cuento

la que en lugar de rana encontró un príncipe

que la atrapó en un particular infierno

Lágrimas sin rosas del más aciago averno

en el que dejó  las pestañas entre el fuego

y la identidad en una lata de cerveza

 

En aquella terraza de bar

Madrid en plaza, las notas en el suelo

simulando gaviotas  en  vuelo

y un rastro de palomitas

que siguen a un papel agitado por el viento

 

Èl pidió una taza de café

Ella temblaba al recoger los vasos

él cogió su mano, abarrotando

de calor el hielo de  sus sueños

Se miraron

y aunque no se hablaron

ese recuerdo impregnó sus cielos

 

Cada vez que ella sirve una mesa

cada vez que debe huir del sombrío victimario

prisionera de escapadas a la luz

recuerda aquellas manos

y puede sonreír

 

Él también

se inunda de sueños de miradas

y cada vez que se detiene en cualquier bar

cada vez, en cada plaza abierta al mundo

recuerda aquella camarera

aquella mujer de profundos ojos

que iluminó  una tarde de Madrid.