La ortografía de tus besos

Iniciándonos,

en infinitivo

haciéndonos sustantivos,

quebrando las normas,

deconstruyendo,

la ortografía de tus abrazos.

 

Amar en primera estrofa,

permutando el verso,

en el tú implícito,

de mi sonrisa.

 

Encabalgar metáforas

y gerundios,

en las versiones de tus besos.

 

Amándonos hasta que no recordemos

otra forma

de comenzar las frases.

 

Respirando.

Sin adverbios

sobre el papel tendido,

el papel perdido

entre las dunas

de tu cuerpo.

 

Comentarios

Los comentarios ajenos son siempre ajenos.

Se tiene esa maldita manía de verse en los otros

pretendiendo superar las propias faltas

mediante la rebaja de otros logros.

 

Me disgustan los consejos intencionados,

las quiebras de postales,

y ese universo

en que se proyectan

retratándose

como traidores del espacio.

 

Sin embargo,

hay días sin crédito.

en los que, a veces,

se desata lo inexplicable,

como una ley física,

un golpe sobre la cabeza de los naipes,

el equilibrio maniatado,

la esperanza desbocada

y el aliento, parpadeando, intermitente.

 

Si alguna vez ocurre,

recuérdate,

que siempre te superas.

 

Identidad

El vértigo de una partícula,

rechinando

sobre los bordes de mi conciencia.

 

Ninguna infinitud se normaliza,

en la gravedad ajena,

cuando somos átomos,

como manzanas,

pretendiendo la comprensión de este misterio

que nos une y nos ata,

nos retoma

entre la indentidad del Universo.

 

En este pequeño espacio

donde soy yo,

«Ser o no ser»

soy o no soy,

esa pregunta,

retumba como un eco

y se colapsa en las ondas de tu nombre,

porque tú me renombras

en la incertidumbre de todas las respuestas.

 

Miles de imágenes de yo,

en proyección,

sobre un tú ileso,

sobre un yo ileso.

La naturaleza elige cuando me miras.

Tus manos

Tus manos,

son océano infinito,

de cosquillas,

sobre el oleaje de mi recuerdo.

Contraseña

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Mi única contraseña

son tus besos,

porque tú eres

la temperatura de mi pensamiento.

Sonido

Quisiera ser sonido de tus faros

la guía de tus ojos,

la bengala,

aquella que te alumbre

todas las madrugadas

para que puedas arribar sobre mi nombre,

resurgiendo,

entre las olas de invierno

que ya anuncia

el samain venidero,

cabo de año,

sobre una escalera,

repleta de castañas.

 

 

Quién pudiera,

conjugar los sueños en un verbo

que solo signifique

amor

 

 

 

 

El rayo que me alcanza

Después de unos días de obligada actividad en otros ámbitos e inactividad del blog, ahí va mi primera recuperación:

 

EL RAYO QUE ME ALCANZA.

 

Yo me erijo entre las noches,

anestesiando el dolor entre la ropa,

pues el rayo que me alcanza

sobre la descordura de mis manos,

se erige en la sombra de los parias.

 

Cuando la condena es no poder confesarse,

es un insulto recibir castigo,

y no hay alimento que deslumbre

la lealtad del pasado,

el nuevo desconcierto

y el retablo de sueños de futuro.

 

El rayo que me alcanza

no tiene muesca ni número de serie

sino una decimal aproximación,

un maremoto,

de pulsiones que vienen y que van,

que a veces ni me escuchan

y que claman libertad cuando son yugo,

ese tan propio,

que eleva al victimario a tan alto poder

que incluso mendiga la indulgencia.

 

El rayo que me alcanza

tiene un poco de cielo entre su risa,

un segundo de luz,

ese que empuja,

con la fuerza titánica de un Dios

a los desamparados de la vida

 

Y aquí estoy, o estamos

para decir sin trampas

que la verdad perdura

y siempre en la baraja

hay un angélico comodín para el que sufre.

 

La cuestión es no perderse deslumbrado

ante el repóquer de quien aprisiona

en celdas de versiones la palabra.

 

 

 

Esquinas

Hay esquinas que rompen líneas

y buscan sueños,

hay esquinas que te tuercen,

y retroceden,

tras tus pasos.

 

Hay esquinas equilibristas,

que te proyectan,

lejos,

sorprendiendo,

la llegada de tus lunas

sobre la eterna sombra

de tus besos.

No quiero finales

A mi nunca me han gustado los finales trágicos,

ni siquiera me gustan los finales,

quizá los hasta luego,

por eso recelo del amor legendario,

atado a la tragedia de altos vuelos,

las andanzas de malherido caballero

con damiselas de corte y cara triste.

 

Nunca he visto lo bello en la derrota,

la pasión maniatada de esperanza,

un tablero quebrado,

alfil y prisionero,

que se aboca al abismo derrotero,

por no ser estratega de sus coplas.

 

Y es que por mucho que el malogrado amor,

se proclame eterno,

no deja de ser una sospecha,

pues nadie lo sabe, pues la muerte

rasgó el papel en blanco de su historia.

 

Todas las andanzas comienzan con tono glorioso,

fraguadas en química pirotecnia,

y muchas de las veces,

culminan en cítrica batalla

sin nada de lisonja,

sin nada que perdure,

más allá del cubo de basura de las propios

y contaminados reproches.

Y sí fueras,

o no fueras,

lo que hiciste,

lo que no hiciste,

lo que se dijo,

esculpido,

en el tatuaje de la ira.

 

Me pregunto cómo estaría Isolda,

Ginebra, Julieta o la mismísima Helena de Troya,

si su avatar hubiese perdurado

a lo largo de los años,

cómo después de diez o veinte años,

cómo siquiera después de cinco,

cuando las hormonas se apaciguan

y los espejos devuelven

el rostro ante los ojos.

 

Por eso no quiero finales,

ni vuelos mariposa,

ni hilo rojo,

para calmar la soledad del aire,

el único que arropa,

el único que comprende,

que aquí se camina como se puede

y no como se quiere.

 

No me des finales,

quiero un comienzo,

cada día nuevo,

cada sol de invierno,

¿Nos conocemos?

 

El último poema

Muchas veces poemamos un instante

como si fuera el último

y lo más cotidiano,

como las hojas cayendo,

las hojas arrastradas por la lluvia,

se revelan proféticas,

demandadas,

como dogma de verdades,

y a veces, por verdades,

también inconsistentes.

 

Y miramos el papel en blanco,

el papel acabado,

el papel rellenado,

muchas veces, también, atropellado,

eventos publicados,

entradas entre redes,

la celda brillante

de la colmena posmoderna.

 

Y mientras observo este ir y venir de pensamientos,

mi mente se sumerge,

en su obsolescencia programada,

y si todos naciéramos con un número determinado de poemas

tatuados en la espalda,

y si esa fuente inagotable de estrofas

sucumbiera,

a la caducidad de los designios,

y si tal vez no yo fuera siquiera, poeta,

una mujer que debate con el tiempo

el canto de sirena,

buscando agarraderas a la vida.

 

 

Si algún día tuviera en mi mente ese último poema,

lo dejaría en blanco,

tan solo escribiría

tus besos.