Interrogante

             ¿Y si hubiera una magia de las cosas?

              La lámpara de un genio imaginado

              que te concediese los deseos,

               sin límite de número ni tiempo.

                Pedirías, quizá, la eternidad, la luna,

                la abundancia, un cofre de tesoros,

                ser un sabio, saber la profecía,

                leer los posos de café de la mañana,

               presentir, adivinar o ganar siempre,

               en todos los instantes de la vida.

               Y si eso fuera así, tu yo omnipotente,

               ¿Sería acaso un yo perfeccionado,

               o una incorrecta desviación que absurda,

                divaga entre los restos del deseo?

             ¿Serías quizá lo que siempre soñaste?

                O, tal vez,

               ¿tu peor versión?

                 Los interrogantes descansan

               en la acera del pensamiento,

                 sacudiendo las baldosas,

                  para abrazar, renovados,

                  el nacimiento de una margarita.

                   El diseño es tan perfecto

                    que habría que felicitar al creativo.

Lunes, 29 de abril. ¿Puedes sentir la densidad?

                 Si tuviera un telescopio…

   Enrique soñaba que, por fin, el día de Reyes, sus padres le regalaran el telescopio que tanto ansiaba. Fantaseaba con tener un telescopio más profesional que aquel de juguete que le había regalado su abuelo en su cumpleaños. Sabía que era caro, muy caro, pero había oído que a sus padres le había ido bien la cosecha este año. Cruzaba los dedos, encomendándose a la suerte. ¿Tendría por fin ese regalo tan ansiado?

  Enrique era un joven de 17 años cuya mayor pasión era llegar a ser físico. Su madre siempre le bromeaba y le decía que pensase ser pianista, ya que tenía unas manos ágiles y delicadas. Enrique pensaba que las madres siempre ideaban un destino diferente para probarte. Pero él lo tenía claro, sería físico, sí o sí.

 Esa mañana se levantó bien temprano. Tenía el pelo alborotado y hacia arriba. Su cabeza parecía una bombilla amarilla a punto de lucir. Bueno, siempre tenía el pelo alborotado al levantarse. Ese pelo rubio, pero tan rizado, era indomable cuando crecía y desafiaba la ley de la gravedad, erizándose hacia arriba. Lo aplastó con las manos. No tenía tiempo para peinarse. Iba a conocer a su amado telescopio.

 Cuando llegó al salón, se encontró con una caja enorme. Por fin el telescopio, pensó. Abrió el paquete apresuradamente, no reparando en una nota que estaba colgada junto al lazo que decoraba el envoltorio de regalo. Cuando abrió la caja de cartón que escondía tal vestimenta su sorpresa fue mayúscula. En lugar del telescopio había un microscopio, muy bueno, pero un microscopio. ¿Podían ser sus padres tan torpes? Habían confundido un telescopio con un microscopio.

 Preso de la desilusión se dispuso a recoger el papel de regalo esparcido por el suelo. Y ahí estaba un pequeño sobre blanco, que parecía contener una tarjeta, en la que textualmente leyó:

 Querido Enrique. Sé que deseabas un telescopio, pero me ha parecido mejor idea regalarte un microscopio. Si uno no comprende las reglas de las cosas pequeñas, ¿Cómo va a comprender el universo? Atentamente, Baltasar.

 Las cimas más altas se escalan desde abajo. Si no tienes las herramientas adecuadas no puedes escalar. Asume que todo es un trayecto, y que cuando la vida regala algo de manera apresurada y sin merecerlo, más que el éxito como regalo lo que te somete es a una prueba. Y créeme, de ella no es tan fácil salir ileso. Atentamente, Melchor.

 Bueno, qué decir tiene que yo quería regalarte el telescopio. Pero me convencieron de que no era oportuno. Sí entiendes este deseo no colmado, todo fracaso, como un paso más adelante en tu destino, sin duda llegarás a ser un buen físico. Atentamente Gaspar.

  Volvió a mirar el microscopio. Quizá no era tan mal regalo. Podría examinar minerales, cosas pequeñas, la materia es densa y ese instrumento facilitaba observar lo que nuestros ojos no nos dejan ver. Observar, ver más allá de la densidad, para crecer. Hay demasiadas cosas que no vemos y tenemos cerca.

Principio

 Son las diez de la mañana,

el sol, desafiante, inunda el dormitorio,

pero ella se enroca, se hace ovillo y esponja

 entre todos los restos de la noche.

Ella busca perderse, para no retomarse.

Ella no está viva,

aunque esté viva…

El sueño no es profundo,

su mente ya se inquieta,

removiendo recuerdos, espejos, sentimientos.

No quiere despertar,

aunque ya esté despierta.

Es como un hada triste…

un personaje atado.

Aquella que levita

sobre sus identidades prisioneras.

Hay dolor, flashback, retroceso…

Un estanque. Donde el agua es oscura

demasiado densa.

Pero algo se revela,

sobre estos mis dominios,

ya casi visualizo su cuerpo indefinido.

Mi teclado en disgusto. Se hace ausente, rebelde.

Y bloquea sus teclas,

se hacen fuego los números,

se pierden los contornos. Mi débil personaje.

Las letras ya son sombras retorcidas, endebles.

La cera derretida en los infiernos propios.

No se cambia el pasado.

No se cambia.

Así que vive sin él.

Y entonces mi hada triste

otrora marioneta,

se hizo mujer, naciente, como la luna nueva.

Sus lados más oscuros

son ahora brillantes.

Ya defino su cuerpo, su porte, su figura.

Sus labios son suaves, tan tersos y valientes,

Su boca la bandera ardiente de deseo.

Se mueve con soltura, me habla. También baila,

conoce la palabra que crea nuestro origen.

Y es acción, es proyecto, es nube y torbellino.

Ya se ama.

El fuego se atenúa

y el teclado es hermoso.

Su poema no es fin

sino principio.

Sustento

Ella tenía las manos cargadas

de piedras preciosas

para engalanar la fachada.

La pintura era reciente y las paredes

parecían estrenarse, remontarse,

al esplendor inicial de sus orígenes.

Había buscado albañiles,

agrupado las piedras

y elegido los colores más bonitos.

las flores más preciadas,

para el jardín.

Pero ella estaba dentro,

no fuera

y cuando se aproximaba al espejo,

nada encontraba.

El vacío cabalga traicionero,

sobre todos los pensamientos.

No era ese el sentido

de lo que estaba buscando.

Encontrar la llave

siempre implica,

un leve retroceso a los principios,

recuperar la mirada,

versionar la realidad desde muy dentro.

Por eso, ella tomó el espejo

y lo lanzó, rompiéndolo en pedazos.

Un instinto inexplicable

se apoderó, cual fantasma,

de la balanza de sus emociones.

Esa intuición que anuncia el cambio,

que quebranta, rompe, deconstruye

los aciagos condicionantes,

que renace, renueva, construye

en el resurgimiento de la aurora.

Cuando falta el cimiento,

el sustento,

de toda construcción,

falta el sentido

con el que se imprimen los paisajes.