Cuando el amor se bastaba

La luna ya no me avisa

de la luz de tu mirada,

tus ojos ya no responden,

entre mentiras calladas,

agujeros en esquinas

de todas nuestras palabras.

 

Y mientras pasan los días,

y tú crees que me engañas,

yo ya solo tengo lástima,

de lo que fuimos un día,

cuando el amor se bastaba.

 

 

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Confusión

Me temo que he perdido la leyenda

de la cartografía de tus besos.

Un reloj de arena me sacude,

cobrándome los momentos.

confundiéndome,

y no me reinvento,

me temo que he perdido

la tarjeta de embarque hacia tu cuerpo.

 

Hay veces

Hay veces que el cielo se cierra

atragantando la atmósfera,

y callan los tiempos

y la luna,

y hablan de más las gaviotas,

revolviendo ausencias,

replicando,

sobre un mar de palabras extendidas.

 

Hay veces que se muere el amor

cuando no debiera hacerlo.

 

 

Cobarde

Me duelen tanto sus lágrimas

que hoy te llamaría cobarde,

por no amar lo suficiente,

por no salir a buscarla, calle abajo,

aunque fuera preciso descender a los infiernos

y hacerla reina de tus besos.

 

Hoy te llamaría cobarde.

Ella no es feliz

mientras tú musitas

a regañadientes

su nombre,

creyendo que su vida empieza

en tu ombligo.

 

Hoy te llamaría cobarde,

pero el espejo me transporta

a otra dimensión,

años arriba

y te veo viejo, gris, atormentado,

gritando a los cajones y a la mesa

golpeando su ausencia,

martilleando el nombre

de una mujer que desconozco

 

Y agradezco al destino,

más de lo que tú creerás nunca,

por su bien

que hayas sido cobarde.

Interiores

Me ves,

estoy aquí

con un cesto de manzanas y de flechas,

que son encrucijada entre mis ojos.

 

Porque no me quisiste,

yo no pude quererme,

por eso,

arañé mis brazos

hasta que brotó la sangre,

sangre,

espaciosa, blanda

sangre a solas,

en el vendaval de mi impaciencia.

 

Y en ese empeño persistí en la daga,

tatuando un emblema sobre mis manos,

esas manos,

que apenas son visibles en las cortinas de la luz.

Tú me viste,

altiva, quizá, pensaste, débil…¿alocada?

entre la densidad de tu delirio

 

No me reflejes, no,

no me reflejes

Tus espejos me molestan

y ya las nubes no son consejeras en nosotros.

 

Yo soy tu sombra,

soy tu voz,

la mácula

de la ignorancia del mundo.

Y si arde Alejandría,

oda a los libros

que se contuvieron en la memoria,

mi memoria…

la memoria de todas ellas.

 

No me reflejes, no,

no me reflejes

que temo,

hacerme daño.

 

Ya no recuerdo

Ya no recuerdo cuando fuimos algo,

algo como la piel atardecida,

revolucionando los mapas,

y todas las apuestas.

Ya no recuerdo,

y mira que lo intento,

aquella mirada desgobernando

todas mis razones.

Mientras transita el día

sobre mi ventana,

resulta inexorable

el cierre y el telón,

ya no hay persianas

para tamizar los desencuentros.

Y yo,

ya no recuerdo, cuando

tal vez, fuimos algo

 

Maldición

La forja de oro de los dioses,

a veces, no sabe de versos,

y yo, no preciso espadas

para malear las rocas.

Yo solo preciso que las olas

mojen mis manos

en un devenir sinuoso,

la suavidad de la espuma

batiéndome

las alas.

Quiero que tus ojos me miren

y no se confiesen…

Lástima que tenga esta maldita capacidad

de ver más allá de lo que me dices.