La mente ejecutora

A veces, la noche es como un saco amargo,

el dolor adherido a la mirada,

por mucho que respires,

no estás vivo,

y la mente hace bucles

ajenos al aire que demanda

una exhalación más prolongada.

Inspira, exhala, exhala…

El manual de técnicas de relajación se agota,

cuando todo es una inmensa llaga

supurando,

sin nada que la cierre,

sin nada a lo que asirse,

salvo ese yo desnudo y temeroso

de seguir destrozándose la espalda.

No hay que culpar a la bala

ejecutora de los desaciertos,

sino buscar el porqué

nos situamos en su trayectoria,

previsiblemente,

una y otra vez,

hasta que el tiempo haga olvido de las sombras.

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Lunática

Mi cara,

sobre los bordes del agua,

apenas mantiene sus rasgos.

La luna me oscurece,

declamando,

un cántico infantil

El patio de mi casa…

No hay patio en mi casa.

Se cerró,

cuando te fuiste,

cuando me fui,

depositando parte de mí en esta demencia,

como una llave a plazos,

el timbre de una letra sin fondos.

No me encuentro,

mis ojos están oscuros,

quiero la bala de plata,

la purga,

el sarcófago,

la lluvia pausada depurando

la vida,

y qué vengan a mí

todas las flores

que un infinito jardín sea un principio,

porque las criaturas del invierno

no encuentran acomodo en primavera.