La quita

Hierba, sobre mis pies,

descalzando la vida

y ese sol de otoño barnizando

los rojizos paisajes.

Hay un volcán que me observa

desde el subsuelo de mis ojos,

y no resulta posible echar el cierre

de la insolvencia de las emociones,

 una espera, balance, la cuenta

  en el silencio de palabras.

Es el fuego, el habitante,

de la cordillera de mis pasos

entre las ascuas que enardecen

el verde pasajero.

Soy ceniza,

soy quien vuelve,

sin quemarse,

en la quita de las revelaciones.

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Sobrevivir al poema

Sobrevivir al poema

y ser poeta,

ya sea por descuido o ignorancia,

las palabras se pierden en las manos

y tiembla la llanura de sus ojos,

más cerrados que antaño,

más cansados.

 

Sobrevivir al poema

y ser mujer,

que quiere transcenderse entre las puertas,

que aguardan entre versos

nuevas alas,

y quizá, la pregunta más guardada,

la que tarda la vida en olvidarse

de ser siempre trinchera en retaguardia.

 

 

Cuántas flores esperan en la huerta,

la sonrisa que ayer encabalgada

a sus pétalos rojos su mirada.

 

Lo que estuvo fue ayer,

nunca se puede

rebobinar el hilo,

y recoser,

las puntadas, en tela ya gastada.

 

Nunca es lo que ha sido

pero cuánto se es,

cuando nada has sido.

 

 

 

 

 

No tengo poemas

Hay veces que no tengo poemas,

mente en blanco,

la emoción en furia, destrabándose

como ametralladora de conceptos,

tropezando

con virulencia en el asfalto.

Pudiera decirse que la mecha arde

sin gasolina,

alborotadamente,

entre los bordes de mis pensamientos.

No tengo poemas,

porque hay días negros,

porque solo me queda rabia para gritarme hacia dentro,

Por eso

hay días que no tengo poemas.

No sin poesía

No sin poesía,

pudiéramos amarnos al atardecer,

cuando la hierba encuentra su verde insuperable,

y contar las piedras del camino,

buscando cualquier lugar al que llamar casa.

Pudiéramos conversar transformando,

la palabra curiosa, la palabra confusa,

la palabra enredada entre las rosas,

y tal vez, pudiéramos seguir amando,

cuando la noche alcanzase las cortinas,

desmorando los naipes en apuesta

sobre el gris neón de nuestros pasos.

 

Pudiéramos, sí, pudiéramos amarnos…

pero no sin poesía.

Hagamos un poema

Hagamos un poema,

 

conjugado,

en la métrica del vino y  de las rosas

desengranado,

en el alfabeto de los cuerpos,

las vocales amantes

y la matemática perfecta de tus labios.

 

Hagamos un poema

pero hagámoslo,

en la  masa madre

de la factoría de los versos,

esos versos deslizantes,

en cascada,

sobre las cordilleras

que han de tomar el nombre de tus besos.

 

Hagamos un soneto,

alegoría,

encrucijada en metáfora,

del bosque más nuestro,

repleto de arándanos y moras,

incesante,

entre dos cielos,

siempre navegante

entre las laderas de tus ojos.

 

Hagamos un poema.