Mi regalo

Lo único importante

es besarte

hasta que el nuevo día,

nos traiga el sol sobre la piel dormida.

Por eso,

si me besas,

no preciso ningún otro regalo

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Aquel poema

Cuando la noche te envuelve

en alas de tul, los sueños,

van despejando las nubes,

aquel pasado recuerdo,

de aquel poema de Bécquer,

que leíamos al tiempo

entre pausas de silencio,

y entre latidos de versos,

que alborotan corazones

tan sinceros como inquietos.

Hoy,

que la noche devuelve

tus besos entre mis sueños,

aun se apresura el aliento,

y no hay rima que impresione,

ni poeta que destrone,

el amor que por ti siento.

Identidad

El vértigo de una partícula,

rechinando

sobre los bordes de mi conciencia.

 

Ninguna infinitud se normaliza,

en la gravedad ajena,

cuando somos átomos,

como manzanas,

pretendiendo la comprensión de este misterio

que nos une y nos ata,

nos retoma

entre la indentidad del Universo.

 

En este pequeño espacio

donde soy yo,

“Ser o no ser”

soy o no soy,

esa pregunta,

retumba como un eco

y se colapsa en las ondas de tu nombre,

porque tú me renombras

en la incertidumbre de todas las respuestas.

 

Miles de imágenes de yo,

en proyección,

sobre un tú ileso,

sobre un yo ileso.

La naturaleza elige cuando me miras.

Esquinas

Hay esquinas que rompen líneas

y buscan sueños,

hay esquinas que te tuercen,

y retroceden,

tras tus pasos.

 

Hay esquinas equilibristas,

que te proyectan,

lejos,

sorprendiendo,

la llegada de tus lunas

sobre la eterna sombra

de tus besos.

No quiero finales

A mi nunca me han gustado los finales trágicos,

ni siquiera me gustan los finales,

quizá los hasta luego,

por eso recelo del amor legendario,

atado a la tragedia de altos vuelos,

las andanzas de malherido caballero

con damiselas de corte y cara triste.

 

Nunca he visto lo bello en la derrota,

la pasión maniatada de esperanza,

un tablero quebrado,

alfil y prisionero,

que se aboca al abismo derrotero,

por no ser estratega de sus coplas.

 

Y es que por mucho que el malogrado amor,

se proclame eterno,

no deja de ser una sospecha,

pues nadie lo sabe, pues la muerte

rasgó el papel en blanco de su historia.

 

Todas las andanzas comienzan con tono glorioso,

fraguadas en química pirotecnia,

y muchas de las veces,

culminan en cítrica batalla

sin nada de lisonja,

sin nada que perdure,

más allá del cubo de basura de las propios

y contaminados reproches.

Y sí fueras,

o no fueras,

lo que hiciste,

lo que no hiciste,

lo que se dijo,

esculpido,

en el tatuaje de la ira.

 

Me pregunto cómo estaría Isolda,

Ginebra, Julieta o la mismísima Helena de Troya,

si su avatar hubiese perdurado

a lo largo de los años,

cómo después de diez o veinte años,

cómo siquiera después de cinco,

cuando las hormonas se apaciguan

y los espejos devuelven

el rostro ante los ojos.

 

Por eso no quiero finales,

ni vuelos mariposa,

ni hilo rojo,

para calmar la soledad del aire,

el único que arropa,

el único que comprende,

que aquí se camina como se puede

y no como se quiere.

 

No me des finales,

quiero un comienzo,

cada día nuevo,

cada sol de invierno,

¿Nos conocemos?