Ángel

Dicen que hay más de diez formas

para convertirse en lobo,

y otras tantas para ser vampiro,

desplegando las alas de la salvia mágica

en maléfica poción,

la colación imposible

de la impostura del mal que se alimenta,

de los troncos viejos milenarios

del abandono y la ausencia.

 

 

Me pregunto cuántas formas existen,

para convertirse en ángel,

fraguado en el maná celestial,

de invisible presencia,

e impenetrable misterio entre las selvas

indómitas del mar.

 

Lo que estoy segura,

si hay un ángel,

sobre esta nuestra tierra,

será aquel que desliza los dedos,

sin tilde,

desde el pronombre que abraza todos los versos,

transformando la vida en Poesía.

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Madrid

Una frase,

que se dice poesía,

para ser pisada,

entre los pasos,

detenidos,

de pasajeros de palabras,

estrechando la vida,

desde el vacío de  las ausencias propias.

 

Madrid no necesita frase,

porque Poesía es,

simplemente,

Madrid.

 

Meditación

Observo,

la levitación del tiempo,

yo,

desde una esfera,

mi yo posible, tu yo posible,

degustando los nuevos capítulos,

la incertidumbre que abraza

que el mundo lo es de posibilidades.

 

Cientos de años pueden no ser importantes,

piensa

retrocede,

cuando la tierra que pisas no existía,

los árboles no tenían raíces,

y la vida discurría

sobre las moléculas de los nombres.

 

Quizá sea cierto que los pasados perdidos,

el muro de cristal,

el tránsito,

pudieran estar aquí

en la palma de la mano,

en el movimiento de las páginas,

en la más perdida

interferencia

de la vida.

Sonido

Quisiera ser sonido de tus faros

la guía de tus ojos,

la bengala,

aquella que te alumbre

todas las madrugadas

para que puedas arribar sobre mi nombre,

resurgiendo,

entre las olas de invierno

que ya anuncia

el samain venidero,

cabo de año,

sobre una escalera,

repleta de castañas.

 

 

Quién pudiera,

conjugar los sueños en un verbo

que solo signifique

amor

 

 

 

 

El rayo que me alcanza

Después de unos días de obligada actividad en otros ámbitos e inactividad del blog, ahí va mi primera recuperación:

 

EL RAYO QUE ME ALCANZA.

 

Yo me erijo entre las noches,

anestesiando el dolor entre la ropa,

pues el rayo que me alcanza

sobre la descordura de mis manos,

se erige en la sombra de los parias.

 

Cuando la condena es no poder confesarse,

es un insulto recibir castigo,

y no hay alimento que deslumbre

la lealtad del pasado,

el nuevo desconcierto

y el retablo de sueños de futuro.

 

El rayo que me alcanza

no tiene muesca ni número de serie

sino una decimal aproximación,

un maremoto,

de pulsiones que vienen y que van,

que a veces ni me escuchan

y que claman libertad cuando son yugo,

ese tan propio,

que eleva al victimario a tan alto poder

que incluso mendiga la indulgencia.

 

El rayo que me alcanza

tiene un poco de cielo entre su risa,

un segundo de luz,

ese que empuja,

con la fuerza titánica de un Dios

a los desamparados de la vida

 

Y aquí estoy, o estamos

para decir sin trampas

que la verdad perdura

y siempre en la baraja

hay un angélico comodín para el que sufre.

 

La cuestión es no perderse deslumbrado

ante el repóquer de quien aprisiona

en celdas de versiones la palabra.

 

 

 

El último poema

Muchas veces poemamos un instante

como si fuera el último

y lo más cotidiano,

como las hojas cayendo,

las hojas arrastradas por la lluvia,

se revelan proféticas,

demandadas,

como dogma de verdades,

y a veces, por verdades,

también inconsistentes.

 

Y miramos el papel en blanco,

el papel acabado,

el papel rellenado,

muchas veces, también, atropellado,

eventos publicados,

entradas entre redes,

la celda brillante

de la colmena posmoderna.

 

Y mientras observo este ir y venir de pensamientos,

mi mente se sumerge,

en su obsolescencia programada,

y si todos naciéramos con un número determinado de poemas

tatuados en la espalda,

y si esa fuente inagotable de estrofas

sucumbiera,

a la caducidad de los designios,

y si tal vez no yo fuera siquiera, poeta,

una mujer que debate con el tiempo

el canto de sirena,

buscando agarraderas a la vida.

 

 

Si algún día tuviera en mi mente ese último poema,

lo dejaría en blanco,

tan solo escribiría

tus besos.

 

 

LLama que no cesa

En un día de esos que el trabajo te sale por las orejas, me tomo un respiro y recupero una antigua entrada, sobre el amor reincidente.

Dice la leyenda que hay amantes que se reencuentran una y otra vez en sucesivas vidas hasta que aprenden a convivir sin su soberbia, y es entonces, cuando quedan unidos para siempre.
Dicen que puedes distinguirlos por una llama azul sobre el hombro izquierdo.Si lo ves, aunque sea un roce, un instante o toda una vida, sabrás que es él/ella…

Porque hay llamas que no cesan…

 

Aun recuerdo ese adiós,

el que nos dimos,

cuando nos huimos,

y nos fuimos

mirando hacia delante,

temiendo regresar,

por un instante,

siempre es hábil cegarse,

apostando al boleto de la pérdida

en las lagunas de los desaciertos.

Hay quien dice

que, en otra vida

nos volveremos a encontrar,

y cuando ello suceda,

nos amaremos

de nuevo en mil intentos.

Cuando te ibas

yo me dí la vuelta

y pude ver

la llama azulada

sobre nuestros hombros.

Hay una historia inconclusa

en nuestro retroceso,

ahora vuelvo cada día,

a aquel lugar,

por si tú,

quisieras,

volver a mirarme.