Daños colaterales

Convivir con un presunto asesino

y ser pequeña, 

agarrarse a la fotografía de su rostro,

mamá,

te pido que vuelvas,

que me falta,

tu sonrisa y el cuento

mágico que todo lo sana.

 

Masticar sus palabras.

quieres a papá, verdad,

tu madre era una loca,

no te quería,

te abandonó, te desprecio…

 

La ausencia,

agrietando las puertas y ventanas.

Oí como días antes le dijiste

que no valía para nada,

que si tenía la regla, que si era

una vieja amargada.

Lo oí y también sus lloros,

cuánto la necesito..

 

Si tuviera valor de decirte que no te quiero,

que quiero irme lejos y a sus brazos,

aunque sea la muerte.

 

Pero soy pequeña,

ocho años,

débil

y quizá la muchacha más triste de la tierra.

Ojalá pudiera desaparecer,

ser invisible

porque yo sí sé lo que hiciste,

Por eso, nunca podrás ser mi padre.

Me arranco tu sangre de mis venas

y grito al cielo preguntando

qué hecho

para estar condenada a vivir con el diablo.

 

 

El futuro ya está aquí

   Rectificar la cinta,

y devolverla,

a su realidad imaginaria.

Cortar minuciosamente las escenas

y ensamblar la historia primigenia,

en la caverna de la imagen.

 

Regresar al futuro,

como quien retorna

los paisajes conocidos,

pretendiendo

poner filtro a sus matices.

 

Avanzar al pasado,

como quien desconoce,

que no puede repetirse la secuencia.

En todo caso, siempre es una tentación

volver al rodaje,

para visualizar los sentimientos.

 

En el mundo de las nubes,

suena nostálgica la cinta de película,

la única pieza,

en la que se puede avanzar y regresar

linealmente.

 

El resto de viajes,

solo es posible que sean paralelos.

 

El universo es tan perfecto

que no permite la reiteración.

Memoria selectiva

A veces, es preciso hallar un buscaminas,

              para no dinamitarse desde dentro,

               hay algo de kamikaze en la conciencia,

            que rebusca el dolor en la cosecha

             y cada invierno no es diferente a otro,

              la luz se desliza por la habitación

               intentando despertarte.

            Es una pesadilla,

                No hay nada más.

               El antídoto de la memoría selectiva.

               La identidad se revela filtrada

                en un cuenco de agua.

                Siempre me he preguntado

                quién seríamos sin esta disonancia.

                 Estamos programados para sobrevivir,

                  no para ser emocionalmente objetivos,

                   por eso,

                    déjame reposar la taza de café

                      mientras se colocan las nubes en el cielo

                        y pueda recuperar los besos.

Heroína

La mayor parte de las heroínas de cómic no suelen llevar mucha ropa,

una indumentaria poco apropiada para abarcar hazañas

y hundir las manos sobre el fango del peligro,

diluyéndose en el techo de cristal trazado a lápiz,

para redondear sus atributos.

Las heroínas comparten acepción con una droga mortal,

algo que tampoco sufren los héroes,

en ese avatar del diccionario,

alcanzando su adición en el amor romántico,

el amarre de la idea envenenada,

en ese “fueron felices”con su super-héroe.

Puede ser que mañana descubramos

una Alejandría ahogada,

sobre la miseria del comercio.

Y mientras la mente adolescente fragua las ideas en combate,

la sociedad insiste en continuar, de espaldas, a la caverna.

 

El último poema

Muchas veces poemamos un instante

como si fuera el último

y lo más cotidiano,

como las hojas cayendo,

las hojas arrastradas por la lluvia,

se revelan proféticas,

demandadas,

como dogma de verdades,

y a veces, por verdades,

también inconsistentes.

 

Y miramos el papel en blanco,

el papel acabado,

el papel rellenado,

muchas veces, también, atropellado,

eventos publicados,

entradas entre redes,

la celda brillante

de la colmena posmoderna.

 

Y mientras observo este ir y venir de pensamientos,

mi mente se sumerge,

en su obsolescencia programada,

y si todos naciéramos con un número determinado de poemas

tatuados en la espalda,

y si esa fuente inagotable de estrofas

sucumbiera,

a la caducidad de los designios,

y si tal vez no yo fuera siquiera, poeta,

una mujer que debate con el tiempo

el canto de sirena,

buscando agarraderas a la vida.

 

 

Si algún día tuviera en mi mente ese último poema,

lo dejaría en blanco,

tan solo escribiría

tus besos.

 

 

Pudiera contarte

Pudiera contarte,

que la noche gime en rojo

por mucho alcohol que se restriegue por sus calles,

los míseros alientos en un portal oscuro

sobre el desconchón de la pared,

la humedad carcomiendo los ojos

y… la esperanza.

Pudiera contarte.

que hay ideas que quiebran en dos a los hombres,

que en las aceras del hambre no hay consuelo,

y la ayuda de paquetes de leche en polvo es dinamita

sobre los diamantes del desierto.

Pudiera contarte,

que tu vida de escaparates y youtube,

es una ilusión nada certera,

de la incertidumbre que espera,

a un planeta perdido de la luz

poseído y poseso entre las sombras.

Pudiera contarte,

miles de cosas que sabes y no escuchas,

otras que escuchas como pesadillas,

alejadas, ajenas y de otros.

Pudiera contarte,

pero no lo hago,

prefiero contarte

la claridad del alma,

la luz sobre el portal,

la paz sobre el desierto,

planeta en órbita,

todas las fórmulas

que truecan las cajas de los truenos,

para la reversión de los destinos.

 

Esa llamada infinita a la palabra

para revertirla tu mirada

manos de tiza sobre el panel del mundo

virando rumbo

hacia el oceáno de los días.