Sexto sentido

Le llamas y no responde,

tal vez, quizá lo hace,

pero no es quien dice,

miente,

ella no existe,

ella es tu idea,

esa maldita idea

rondándote la cabeza

Una voz,

las voces

que te aturden cuando suena,

cada noche

la celda.

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Una rosa

A veces no damos importancia a los regalos de la vida, salvo, cuando se marchitan.

 

Una rosa te di,

como palabra

de pétalos cobalto

y verde oliva,

de risas maceradas en paciencia,

soñante de venidas,

paraguas de aguaceros,

una rosa te di,

empoderada.

Esa rosa pequeña,

de amplio cáliz,

la que se marchitó

por no cuidarla.

 

 

Burbujas

 

Pronto vino el amor y la palabra,

el amor, el no amor, la destemplanza

y la gruta acallada de las sombras,

hiriéndonos la espalda,

derramándose,

en los rincones de aquella nuestra casa.

 

Luego volvió el amor, acariciando,

todos los contornos de mi ropa

y creí en la isla de su nombre,

en la bandera del sol

y en la esperanza.

 

Muchas veces pienso

que somos burbujas,

cada cual,

con una idea

de lo que debe ser amar,

de lo que debe ser el otro.

Burbujas,

que no se rozan,

pero sí se contaminan,

demandando,

que la otra se le parezca,

que la otra sienta,

que la otra diga,

que se inhunden

convergentes.

 

Puede ser que la idea nos persista

martilleándonos las noches,

y los días…

no hay amor felizmente imposible,

pero tampoco felizmente posible,

sino se deja un poco de amar,

cuanto menos te amo

mejor nos queremos,

cuanto menos te quiero,

mejor nos amamos.

Las burbujas,

caen de bruces al suelo,

quemarropa,

tú y yo en diagrama,

tú y yo en stand by,

consumiéndonos.

 

A veces

Me basta con sentirte poesía,

ser, en definitiva, pasajera

de un vuelo viajante a tu sonrisa.

 

A veces pienso que escribo mucha poesía,

me voy acostumbrando a partir frases

salidas desde dentro

y en mis versos

toman formas las nubes más oscuras

y los vientos celestes que se apagan

en ojos silenciosos.

No siempre hay un plano de viaje

ni entendemos los mapas.

Muchas veces

las rutas se nos tuercen

desangrando

toda expectativa.

Muchas veces caminamos descalzos

y perdidos en pedazos de versos.

 

A veces pienso que escribo mucha poesía

y tomo aire,

el discurrir de la vida no se asemeja

a un cuento de princesas.

 

Aun así, cuando cae la tarde

la impronta genética sucumbe

en mi adicción al oeste

y en ese ocaso de sol, sol rojo

en el atardecer de mi silencio,

creo en la metamorfosis

“y fueron felices,

sin ni siquiera comer perdices”

No necesito príncipe, ni rana,

ni siquiera la promesa de inmortalidad.

me basta con sentirte poesía,

ser, en definitiva, pasajera

de un vuelo viajante a tu sonrisa.

 

No tengo poemas

Hay veces que no tengo poemas,

mente en blanco,

la emoción en furia, destrabándose

como ametralladora de conceptos,

tropezando

con virulencia en el asfalto.

Pudiera decirse que la mecha arde

sin gasolina,

alborotadamente,

entre los bordes de mis pensamientos.

No tengo poemas,

porque hay días negros,

porque solo me queda rabia para gritarme hacia dentro,

Por eso

hay días que no tengo poemas.

Háblame de ti

A penas has partido medio metro,

y hablas de cicatrices en cinturas

de torsos desencajados

y de sangre,

a raudales,

sobre los ministerios de la carne.

Yo te asiento, como si impresionada

por esa hiperbólica  autoayuda,

hubiese descubierto el algoritmo

que encomendase mi suerte al árbol de la vida

y al magisterio de Odin.

Sin embargo olvidas,

que toda hazaña interior precisa

de una valentía de titanes,

y que ninguno de los hombres que  enfrenta

la muerte cara a cara, ignora

el latigar del corazón en palmo

y el rezo sigiloso a la esperanza.

 

Desconoces las rugosidades de mi ropa

y el altanero imperio del vacío.

No des consejos, háblame,

háblame,

tan solo de ti,

de como el mar humedece tus zapatos,

y de como cada atardecer

te enredas con el sol,

buscando el oasis

en un bar de Madrid.

Así, solo así,

con alma abierta,

podré quererte.

 

Virar rumbo

Abrir las manos y avistarte,

en toda la densidad de los océanos,

el futuro es una materia maleable

entonces,

desertemos de esta ruta,

viremos el rumbo,

cielo abierto.

Aun tengo guardada aquella sonrisa,

y puedo rescatar de mi memoria,

el horizonte de aquellos nuestros besos