Agujero negro

Alejate de mí,
yo no soy farol que ilumine
tus parábolas de Netflix,
y mis botas tienen más arañazos que tachuelas.
No te traigo espejos predispuestos
ni zombies ni vampiros.
ni siquiera, damiselas de cara blanquecina y en apuros.
Mi página de apuntes se quebró en una esquina
cuando perdió la lírica y los versos se hicieron carnavales

Aléjate de mi,
mi luz conoce el rojo de las constelaciones,
ha contaminado los colores,
conjugando los verbos,
en el tejido curvo y matemático,
más allá de la próxima centauri,
que forman los lunares en mi antebrazo,
tatuaje impreso al sol de la palabra.

Alejate de mi,
Yo no te traigo la ilusión, los focos
Los guiones de estrellas
mis manos solo dibujan,
un insolente big bang,
el nucleo desnudo,
esa parte que te cuenta
que todo lo que tu crees ver
Simplemente es
PASADO.

La danza

       Hoy puede estar permitido, si Beltaine es generosa, que gire las cintas del tiempo. Muchas veces lo he dicho, si alguna vez fuera afortunada con dicho giro, me gustaría encontrarme con el enigmático y poderoso rey de lo lírico, Víctor Hugo. Lo celeste no es el dialecto de lo terrestre, decía. La inmensidad es una familia de vagabundos, el espacio no tiene pasaporte, no hay descripción del cielo. La lengua celeste se habla en el deslumbramiento; hablar lengua celeste es lanzar llamas y cada letra es un incendio.

       El sistema de detección de ondas gravitacionales LIGO/Virgo registró, este abril, el inconfundible zumbido de las ondas en un armónico más alto, afinado, como un celeste instrumento musical. Una estrella, danzante, alrededor del agujero negro de nuestra galaxia. El lenguaje de las  naturaleza es luz, como anticipaba Víctor Hugo, pero principalmente música. Una impresionante sinfonía.

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Esa estrella danzante,

sigilosa,

en el lenguaje de la atracción.

Cada letra es un incendio,

un suspiro,

desbaratando,

una sinfonía de trompetas.

 

 

KAWAII

Acariciarse,

deslizar los dedos,

aplaudiendo

la propia mirada.

 

Despegarse,

lanzar al vacío

el arcano del mundo

y confabularse con el loco.

 

Rebeldes,

al frío,

a la usura del tiempo

y los abusivos intereses

que se imponen

sobre la vida.

 

Atrincherarse,

en la nobleza del unicornio,

rebuscarse

y quemar,

una a una,

las cartas de la baraja.

 

No hay naipe que me aturda,

No hay nada que me oprima,

Ni tu marca, ni la publicidad,

ni tu reclamo, ni lo que me dices es correcto,

ni siquiera esas absurdas condiciones

que tornan un sistema en obsoleto.

 

El mundo que pisamos está caduco.

Seamos “Kawaii”

y busquemos el consejo de los bosques,

para retomar el viento salvaje de la naturaleza.

 

No soy ingenua, soy auténtica.

Espejismo

Con demasiada habitualidad

nos nominamos,

magnificando estados,

frase que relega las emociones,

a un envoltorio de juguete.

 

Mejor que nunca

amplifica el tengo miedo,

no sé cómo transcurrirá este día,.

Otras veces asimos, 

el altavoz de la queja, 

sin comprender que eso que te carcome,

y corroe todos tus metales,

tiene poco que ver con las afrentas

y mucho que decir de tu viaje.

 

En la esquizofrenia del éxito,

la programación del resultado

es la celda de tortura.

La siempre interminable

exhibición de los logros,

los grilletes de tu esclavitud.

Si desatamos las manos

veremos,

como la trampa está en la meta,

es como un espejismo,

que te parasita

y te obliga a seguir en la carrera.

 

 

 

 

Irrealidades virtuales

En una tarjeta de visita

la presentación de tu hashtag

el dios de los metadatos,

en el anhelo de “trenderizarse”

modularse en tópico,

por no decir amoldarse, al uso,

estética de consumo publicitario

de los manierismos postmodernos.

 

Al lado del retuit, no tenemos

botón para tomar cerveza

ni una calle para salpicar las rozaduras

que cada zapato nos impone.

Los corsés no saben de vanguardia,

 

 

En una tarjeta de visita,

no puedo arañar tu sentimiento,

me sobran los marcos

y la fragmentación de tu semántica.

 

Soy espectadora insurgente

de la rebelión de los gusanos,

no hay filtros ni difuminados en las fotografías de la muerte.

Las manos desnudas se señalan,

proyectándose en el holograma de los rostros

y en el falso paisaje sobre el croma.

 

Si quieres palpar la cinta que teje todos los sonidos,

no hace falta que quiebres las líneas,

porque no hay gafas 3d para este lado de la vida.

 

 

Origen

Hay noches en las que,

toma de tierra,

neutro de reflexiones e indolencias,

me quedo persistiendo en las estrellas

que invadieron mis ojos,

mucho antes,

de que surgiera el sol cada mañana.

 

Hay algo innato,

en ese ir y venir entre horizontes,

quizá la persistencia o la añoranza

que multiplica el verso,

hacia el mundo donde no se nomina

la nada,

porque simplemente no existe.

 

Por eso esta noche,

Hoy,

ventana abierta,

reconozco mis pasos y me olvido

de dónde se fue el mar cuando te fuiste,

y te veo,

todavía,

sonriendo,

sobre la barandilla de mis ojos

amainando el viento, el oleaje

esa indomable preexistencia

que visita todo mi pensamiento.

 

 

 

Escaparate

Un grueso cristal aumenta,

un rostro entristecido

y empujado,

a no reconocerse en los abismos.

Otro día se dice,

retándose,

como si ignorara,

que va pasando la vida.

No hay un billete de vuelta,

ni un pasaje infinito,

pero ella,

persiste,

en permanecer detenida,

en un escaparate,

como un maniquí sin tiempo.

Un paseante, desde el otro lado,

le regala diariamente su saludo,

en la esperanza de que tome carne

y puedan caminar hacia otro sitio.

Él la ama,

más de lo que se ama ella misma.

Hay veces que el amor nos lleva a esperar

que el otro despierte.

 

 

 

Cuando el sol se pone

Buscar el origen en el poniente puede suponer una paradoja. Algo así como querer entender el principio buscando el final. Pero como en esta esfera, en la que habitamos, identificar el poniente(oeste) con el fin es, simplemente, ilusorio, quizá esa paradoja es la mejor forma de comprender que, todo el universo y nosotros mismos, solo podemos abarcarnos en todas nuestras densidades. Como el plano nos engaña, buscamos en lo abrupto, el pulso de la vida.

Cuando el sol se pone          

Una llanura puede ser la puerta abierta,

que descansa tras el mar de nuestros ojos,

el abrazo de verano y ese guiño

que recoge las mareas del invierno,

y las aristas de cada primavera.

 

Una llanura siempre es un escenario

del poniente rojizo e iluminado,

espejo, sed de calma, luz en rostro.

 

Pero, sin embargo,

hay algo en el oeste,

ansiado, percutido, muy remoto,

que lleva a cabalgarlo,

un sentimiento hondo,

más abrupto, más fiero, más rocoso,

escalada al origen, aire fresco,

ese bosque extendido y generoso,

de la etimología de su nombre

en el acantilado de sus besos.

 

Tiza

Tizas sobre las tejas,

rememoran,

una canción infantil,

acuchillada,

en el constante reto de los nombres.

 

Un chamizo de mimbre,

puede resultar insuficiente,

pero hubo un tiempo,

que ni siquiera precisábamos techado.

 

Cuando el firmamento era

nuestro hacedor de lunas,

y los lunares de mi piel

podían repostar ausentes

en cualquier oasis.

 

Cuando el paraíso era,

simplemente,

tejer una palabra

entre tus labios.

 

No sé quién es quién

Ni siquiera tengo claro

qué cuadrado pisar.

 

Un salto a pata coja,

demasiado ingenuo

para enervar las emociones

 

No pises el uno, no lo pises…

La baldosa quema los pies.

Cuando el sol no encuentra el cielo,

dibuja en el infierno,

un impostado azul de primavera.

 

Los niños siguen jugando

mientras el océano

se desangra

cada noche

entre sus lágrimas.

 

Ausencia propia

Tropiezo,

con la misma piedra,

en el mismo lugar,

casi miméticamente,

reiterando,

los segundos,

la deshora indiferente.

Y pienso,

que fue ya demasiadas veces,

el cántaro a la fuente.

La luna hoy no lleva pasajeros

no aúllan los lobos,

silencio.

La pausa repetida,

suena a ausencia,

pero esta vez de mí misma.