Cuando el sol se pone

Buscar el origen en el poniente puede suponer una paradoja. Algo así como querer entender el principio buscando el final. Pero como en esta esfera, en la que habitamos, identificar el poniente(oeste) con el fin es, simplemente, ilusorio, quizá esa paradoja es la mejor forma de comprender que, todo el universo y nosotros mismos, solo podemos abarcarnos en todas nuestras densidades. Como el plano nos engaña, buscamos en lo abrupto, el pulso de la vida.

Cuando el sol se pone          

Una llanura puede ser la puerta abierta,

que descansa tras el mar de nuestros ojos,

el abrazo de verano y ese guiño

que recoge las mareas del invierno,

y las aristas de cada primavera.

 

Una llanura siempre es un escenario

del poniente rojizo e iluminado,

espejo, sed de calma, luz en rostro.

 

Pero, sin embargo,

hay algo en el oeste,

ansiado, percutido, muy remoto,

que lleva a cabalgarlo,

un sentimiento hondo,

más abrupto, más fiero, más rocoso,

escalada al origen, aire fresco,

ese bosque extendido y generoso,

de la etimología de su nombre

en el acantilado de sus besos.

 

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Tiza

Tizas sobre las tejas,

rememoran,

una canción infantil,

acuchillada,

en el constante reto de los nombres.

 

Un chamizo de mimbre,

puede resultar insuficiente,

pero hubo un tiempo,

que ni siquiera precisábamos techado.

 

Cuando el firmamento era

nuestro hacedor de lunas,

y los lunares de mi piel

podían repostar ausentes

en cualquier oasis.

 

Cuando el paraíso era,

simplemente,

tejer una palabra

entre tus labios.

 

No sé quién es quién

Ni siquiera tengo claro

qué cuadrado pisar.

 

Un salto a pata coja,

demasiado ingenuo

para enervar las emociones

 

No pises el uno, no lo pises…

La baldosa quema los pies.

Cuando el sol no encuentra el cielo,

dibuja en el infierno,

un impostado azul de primavera.

 

Los niños siguen jugando

mientras el océano

se desangra

cada noche

entre sus lágrimas.

 

Ausencia propia

Tropiezo,

con la misma piedra,

en el mismo lugar,

casi miméticamente,

reiterando,

los segundos,

la deshora indiferente.

Y pienso,

que fue ya demasiadas veces,

el cántaro a la fuente.

La luna hoy no lleva pasajeros

no aúllan los lobos,

silencio.

La pausa repetida,

suena a ausencia,

pero esta vez de mí misma.

 

Fortaleza

Después de una gran batalla interior, siempre habrá un amanecer en la mirada.

Cuando la noche comienza  

                                                 desasida

de toda barandilla que recubra

                                                    su silencio,

 el insomnio es ajeno al claro de la luna,

y tú,

ese ser desnudo,

sin estampa que lo proteja

                                          inexorablemente

del insistente periplo entre las sombras,

Los argumentos se nos entrecruzan

para disimular sus desaciertos,

                                              es el delirio,

de la mente traicionera que te ofrece

las rebajas del sol para calmarte.

Cuando las bocas están llenas de palabras

se pegan a la ropa,

 se llevan a rastras,

carcomidas,

en la gangrena de la esperanza,

No te digas, no te llores,

no te pienses , no reclames

toparte en las esquinas

con un salvador de baratijas.

Respira hondo, pues,

entierra los desechos de tu porte,

sobrevolándote,

levitándote,

abrazándote,

en la comprensión de que desde ese momento,

el cielo ya no callará para tenerte,

pero tampoco el infierno querrá arrebatarte tu vestido.

Bukowski

Este mi poema va dedicado a un último maldito. Maestro en ese ver profundo en el reflejo de nuestras miserias. Ahi, va…

Sangrar los dedos,

mientras las teclas absorben la vida

y te devuelven

duplicada

la abrupta sinceridad de quien no posee

ningún emblema debajo de su ropa.

Tus versos sobre mis dedos,

deslizándose,

sobre las caras lánguidas,

esas caras derrotadas

que no comprenderán el juego
de ser artificio en  noches invernales

y nieve sobre el verano.

 Dices que creerán

 que nuestro amor es imperfecto,

porque no han sido capaces

de amar plenamente.

Es cierto,

no hay nada perfecto,

si se siente

y todo es acorde,

si simplemente se asiente

ajeno,

al devenir de las notas redoblando,

la marcha triunfal,

esa indecente caída,

que arrebata la inocencia

bajo un papel de celofán.

La indecencia no está en sorberse el sexo,

ni en abarrotarse del vino más barato,

ni siquiera en la caída libre sobre los adoquines

de la impaciencia,

la indecencia está en no sentir,

más que el odio perfecto.

Los dedos siguen desangrándose

y ya me es ordinaria

su cadencia.


Escribimos

              Escribimos

                en la purga incesante de un intestino carroñero,

el balón del mundo postrado ante los ojos,

               esos ojos,

        que se resisten a navegar silenciados

sobre los cristales que se clavan en la huida,

           de la conformidad

                   de un plato de lentejas.

             Escribimos,

             para no persistir ajenos

al pulso de las rocas

               y levitar sobrevolando mares de palabras,

esas palabras,

              que han de traer nueva savia a nuestras venas

y la renovación de nuestra boca.

           Escribimos,

              para resquebrajar las convenciones

                   desatar tempestades,

                sobre el fruto carnoso del deseo

              y traer las verdades a la mesa.

            Escribimos

                en el espacio del comensal ausente,

                   con la cómplice fecundidad

                    de acumular manzanas

                          para mayor gravedad del plato

                    y el desacierto de las flechas.

            Por eso,

                     la poesía duele,

a veces

                      tanto,

                      como la vida

Reflexiones al borde del pijama

Reflexiones al borde del pijama

               El progreso no reside en el mimetismo, sino en la improvisación. Esa bendita capacidad de cometer errores y reiterar, hasta comprender el logro. Equivocarse no es una falta de capacidad, sino un proceso en el aprendizaje, y quien lo hace, cuando descubre su incoherencia, avanza un paso de gigante, mientras que quien reproduce miméticamente lo enseñado, no avanza, salvo que alguien le vaya marcando los compases que debe repetir. Por eso cuando un niño se enfrenta ante un problema y se equivoca, decir que lo la hecho mal es sencillo, explicar dónde está el error es el paso para, quizá, no perder una mente maravillosa.

              Nuestros pies nunca tocan el suelo literalmente. Levitamos milimétricamente, en una distancia imperceptible. Entonces ¿Por qué hay miedo a equivocarnos?

                Avancemos hacia un mundo mejor.