Angustia

Toda una vida cosida a fotogramas,

deshilados en una procesión momificada

entre el verde ungüento de las nauseas

quebradas en la angustia, maniatadas

en una composición de videocámara.

El tiempo se repite,

un nudo en la garganta

que ha venido a instalarse,

entre el papel pintado y la insuficiencia

de toda incertidumbre.

 

Las manos en enredadera,

cubriendo la cabeza,

posición de defensa.

Me estoy tragando la luz,

Voy engullendo

lo poco bueno que asoma a las ventanas

y no sé cuál será la próxima pantalla

No existe camino para volver atrás,

el tiempo se lo cobra

Siempre estará él para decirte

Cuanto te equivocaste

 

Quiero abandonarme en el minuto cero

estar ausente, libre, sin espacio

cesar el tormento, romper el lazo

que me une a la candelaria de las sombras.

 

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Eternidades

“La eternidad no tiene partida de nacimiento” ( Victor Hugo)

 

Solo en el espacio giratorio,

la güija de los nombres interpuestos,

en la relatividad de mi materia

 

No hay nombre que repetir en alta voz,

no hay nombre,

ni espuma que recoja,

la ebullición del espíritu

cuando conoce,

la atemporalidad de nuestros pasos,

sobre el compás de todas las ideas.

 

Por eso te amaré esta noche,

igual que la primera,

o que la última,

en el espacio abrigado de tus besos.

 

Puede que nuestro amor no llegue a ser eterno,

pero sí lo serán nuestros momentos,

esos abrazos regalados,

sobre un acantilado de minutos,

en el remanso de todas nuestras lunas.

 

 

 

Sin que quieras partir, sin que yo quiera

Cuando alguien se va, queda un interno vacío que pesa como plomo. Recupero esta entrada que reflexiona sobre este sentimiento amargo

 

Tú te vas de mi,

sin que quieras partir,

sin que yo quiera.

 

Es cruel la visitante, siempre fría

impredecible y amarga compañía

que puede reclamarnos a cualquiera

 

 

Y es que al fin, no somos más que olas,

navegando hacia al azul de las mareas,

y por mucha la fuerza o las batidas,

por mucho aplomo que tengan las maneras,

alguna vez nos toca la partida,

hacia el ocaso del agua que bombea,

los latidos del alma que surtía,

Aqueronte en corriente pasajera,

más allá de la muerte conocida,

más allá de la muerte y de la vida.

 

 

Quién pudiera reclamarte al Hades

para encontrate mañana cuando vuelva

Mas no hay con quien hablar

ni nadie que comprenda

Y tú te vas de mi.

aunque yo grite,

sobre el agreste cristal que nos separa,

no hay nada que lo evite,

ni nadie a quien clamar que no te mueras

 

 

 

 

Texto: Universoespejo. Pilar Astray Chacón

Imagen: cesión gratuita Pexels. Cedida por @ronindice

 

Levedad

Leves son tus pasos

la observancia rítmica

en la que se impone tu presencia

Aquella levedad

que resta la ausencia detenida

a la parcialidad de mi recuerdo

Leve es la cadencia de tu ropa

aireada en el tendedero de la vida

rebuscando pipas de girasol y regaliz

para agitar el aire de nuestras conversaciones

rotuladas de azúcar

Leves son tus pasos

sí, leves

pero tu levedad imprime

quizá con más profundidad

la huella que me dejas

 

Miento cuando digo que te olvido

 

No sé qué pasaría si te digo

que  sueño con tu voz cada mañana

que miento cuando digo que te olvido

cuando prende tu amor en mis palabras

 

Maldita es la memoria de tus ojos

maldita la verdad de mi mirada

Maldita nuestra historia, más maldita

Sí pienso… que se acaba

Una vida…

Fotogramas pegados en una libreta,

negativos seriados en luz de poeta

y mientras  se van moviendo las hojas,

lamento, perdida, lo que me despoja:

Un suspiro de amor, ese sentimiento,

aquella tarde gris,  el adiós sincero,

lo que no comprendí porque te quiero

y un abrazo perdido en el deseo.

Lo que vale la vida, según creo

Cada vez

 

Él era un viejo artificiero de sonidos

quien golpe a golpe se cuajó en  inviernos

y en las botas aun llevaba la marca de aquel plomo

que se quedó derretido en sus oídos

cuando perdió por querer demasiado

 

Ella era una princesa de cuento

la que en lugar de rana encontró un príncipe

que la atrapó en un particular infierno

Lágrimas sin rosas del más aciago averno

en el que dejó  las pestañas entre el fuego

y la identidad en una lata de cerveza

 

En aquella terraza de bar

Madrid en plaza, las notas en el suelo

simulando gaviotas  en  vuelo

y un rastro de palomitas

que siguen a un papel agitado por el viento

 

Èl pidió una taza de café

Ella temblaba al recoger los vasos

él cogió su mano, abarrotando

de calor el hielo de  sus sueños

Se miraron

y aunque no se hablaron

ese recuerdo impregnó sus cielos

 

Cada vez que ella sirve una mesa

cada vez que debe huir del sombrío victimario

prisionera de escapadas a la luz

recuerda aquellas manos

y puede sonreír

 

Él también

se inunda de sueños de miradas

y cada vez que se detiene en cualquier bar

cada vez, en cada plaza abierta al mundo

recuerda aquella camarera

aquella mujer de profundos ojos

que iluminó  una tarde de Madrid.