Un pez pequeño




Atuendos de seda para una nueva primavera,
plantas que renuevan frutos y se entregan
al renacimiento de los nombres.

¿Y tú crees en eso? Pero escucha,
yo sí tengo la clave verdadera,
la que se agita en las letras y comprende
que la intuición es la tormenta
y no hay más realidad en esta tierra
que el suelo que pisamos, la choza que se habita
y un paraguas para resguardarnos.
 
¿Por qué ha de ser lo que dices verdadero?
Hablas de letras agitadas y tormentas
para resguardar el aguacero.
Me pides que no confíe en mí
y que confíe en ti, en tu criterio.
Y cuál contradicción es imponer un dogma
sobre una realidad imperceptible
despreciando lo que interpretan otros
porque no se puede ver.
 
Ya es hora que lo diga. No te creo
y tampoco deseo tus palabras,
ni tus labios, tu cuerpo, ni la forma
con la que dices cuidarme cada noche.
 
 
 
Eres demasiado ingenuo, pececito
ansiando revolcarse entre las olas
de un inmenso mar.
¿No piensas que puedes ahogarte?
Que la inmensidad puede tragarte
y el océano puede ser la trampa
más fatal.

Yo solo veo tus dientes afilados,
tus guerras y luchas por los tronos,
las ansias de poder
la ausencia de misericordia.
 
Ya es hora que emprenda mi viaje
y si el mar ha de llevarme a puerto
que me lleve…
 
 
Llevamos demasiados siglos
justificando la barbarie
en nombre de la razón.
 
 
 
 
 
 

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