No siempre se comienzan las mañanas,
cuando se acaban las noches.
Hay días en Aurora permanente,
extendidos
sobre la poesía de tu rostro.
No siempre se comienzan las mañanas,
cuando se acaban las noches.
Hay días en Aurora permanente,
extendidos
sobre la poesía de tu rostro.
Nadie te cuenta,
que vivir en Asgard es una trampa,
una emboscada,
Olimpo de cristal,
que te condena a ser espectador de la miseria
y mantenerte impasible a toda acción.
Nadie te dice,
que la majestad de Odín
no satisface,
la agonía de no vestir tus propias botas,
y engrandecerse en la debilidad de los fracasos.
Las celdas del futuro te traicionan,
en cuanto temes abrir la puerta
y tomar aire,
que resienta tu mortalidad disimulada.
Nadie te cuenta,
que el único momento pleno de sus miles de años,
es cuando la poesía toma forma,
nutriendo las laderas milenarias,
que claman a la lluvia entre sus ropas.
Nadie te dice,
que no hay imagen de Dios que no flaquee
cuando comprende,
cuán inmenso es un hombre, sencillamente, libre.
No busques en la gloria tu sentido,
ni en la posesión la fortaleza,
busca la verdad entre tu carne,
más allá de la sangre que te brota,
la serenidad en la palabra,
no pronunciada,
detenida,
entre tus labios,
cuando los ojos se posan,
sobre la hierba
llamando a tus manos,
a acariciar el otoño en primavera.
Sea, pues, poesia,
tu propia vida.
Desde mi teléfono,
como nómada,
paseo por las habitaciones de la casa,
silencio, estruendo y bruma,
esa terrible sensación,
de no transportarse a ninguna parte.
No hay Luna sobre el mar,
y su reflejo,
me resta entre las manos apretadas,
hay cosas que no fueron,
que no han sido,.
Me pregunto.,
cuántas veces la imaginé pasándose sobre la ventana de mis ojos.
Solo desierto. Solo…
Sentirse poderoso
al dominarse
y poder soportar las privaciones.
La voluntad
regia,
castigando la carne,
empoderándose,
en el mundo de las humillaciones.
¿Hacia dónde diriges tus dominios
bajo la erótica castrada
de todas las negaciones?
Me pregunto,
si serías capaz de sobrevivir humanamente,
rebozarte en los fangos,
y sufrir mundo…
Dame manos con pan,
dame azúcar,
La piel de los amantes
El deseo,
La pasión, la constancia
La improvisada pauta
Y te explicaré como una explosión de cometas
sabe mas de la vida
que tus cilicios
Auto-reprogramarse,
hallar el botón del reseteo,
en el lóbulo de la oreja
y en el laberinto de las compensaciones.
Y volver a tragarse aquella galleta ácida,
a encerrarse entre las sábanas,
escribiendo poemas en una servilleta de papel.
Y admitir que no siempre se tienen respuestas,
que a veces deseas el algodón de azúcar,
ni el palo, ni la zanahoria,
sino caminar con los pies descalzos
porque no naciste con más obligaciones que el resto.
Deja pasar las páginas,
observándote
desde una diferente mirada,
mientras el agua de la lluvia,
humedece los suelos,
restando calor a la tierra.
De súbito,
un viento inopinado
libera todos los esquemas
para hacerte dueño de tu propia vida.
A veces todo es un bucle.
un periplo
sin cauce,
la pantalla en negro,
de bloqueo,
la falta de las guías, la membrana,
en la que asirte a mis sonrisas.
Hubo un tiempo que el suelo,
tenía estrellas brillantes
y saltábamos,
dándoles bienvenida.
No sé en qué momento perdí la cuenta
de las lecciones desaprendidas,
ni cuándo perdimos el ángel
que velaba tus sueños,
pero por lo que más quieras,
mírame,
mírame ahora, desde lo más dentro,
y tal vez, así, pudiéramos
construir una fuente
para recibir el arco iris.
Rectificar la cinta,
y devolverla,
a su realidad imaginaria.
Cortar minuciosamente las escenas
y ensamblar la historia primigenia,
en la caverna de la imagen.
Regresar al futuro,
como quien retorna
los paisajes conocidos,
pretendiendo
poner filtro a sus matices.
Avanzar al pasado,
como quien desconoce,
que no puede repetirse la secuencia.
En todo caso, siempre es una tentación
volver al rodaje,
para visualizar los sentimientos.
En el mundo de las nubes,
suena nostálgica la cinta de película,
la única pieza,
en la que se puede avanzar y regresar
linealmente.
El resto de viajes,
solo es posible que sean paralelos.
El universo es tan perfecto
que no permite la reiteración.
Buscar el origen en el poniente puede suponer una paradoja. Algo así como querer entender el principio buscando el final. Pero como en esta esfera, en la que habitamos, identificar el poniente(oeste) con el fin es, simplemente, ilusorio, quizá esa paradoja es la mejor forma de comprender que, todo el universo y nosotros mismos, solo podemos abarcarnos en todas nuestras densidades. Como el plano nos engaña, buscamos en lo abrupto, el pulso de la vida.
Cuando el sol se pone
Una llanura puede ser la puerta abierta,
que descansa tras el mar de nuestros ojos,
el abrazo de verano y ese guiño
que recoge las mareas del invierno,
y las aristas de cada primavera.
Una llanura siempre es un escenario
del poniente rojizo e iluminado,
espejo, sed de calma, luz en rostro.
Pero, sin embargo,
hay algo en el oeste,
ansiado, percutido, muy remoto,
que lleva a cabalgarlo,
un sentimiento hondo,
más abrupto, más fiero, más rocoso,
escalada al origen, aire fresco,
ese bosque extendido y generoso,
de la etimología de su nombre
en el acantilado de sus besos.
Los gajos más delgados de una mandarina existen y son tan importantes para el todo, como aquellos de mayores dimensiones.
Si el mundo de las cosas,
respondiera,
la totalidad de las preguntas,
no habría poesía en las postales
que quiebran la razón de la palabra.
Si el mundo de las cosas,
fuera el todo,
omnicomprensivo de misterios,
la disonancia no tendría notas
y el sonido,
no sería,
esa cifrada verdad de nuestras manos.
La lírica
es el junco roto,
la apertura
la ventana,
que retoma la brisa entre las sombras.
Por eso,
no midas,
expresa,
sé el acantilado
el rompeolas
los tambores,
el precipicio
de la conciencia de la vida.
La esencia,
la universal pauta,
solo conoce la música
que obliga a levitarse en los zapatos.
Los segundos son como una noria
que revierten
los cántaros de agua,
sobre la densidad de las mejillas.
Cuando la tormenta cesa,
cada pájaro,
reconstruye su nido,
rebuscando
los trozos más robustos,
el sol indemne
del aguacero inopinado
y súbito
en la naturaleza de las cosas.
No somos más que un parche
a quema-ropa,
el zurcido
de todos los pronombres que tuvimos
y de aquellos que nos inventaremos.
Un parche recosido,
la puntada,
que sirve de unión entre dos cuerdas,
siempre reintentando
descoserse y mantener el equilibrio.
Por eso,
deshabito mis ojos,
para comprenderme
en todas mis miradas.