Soy

Reflexiones de una tarde de domingo

YO SOY

 No soy una historia, ni siquiera maquillada con el relato propio. La memoria habita entre cajas de basura, algunas tan ajenas que yo diría impropias, un cúmulo de limitaciones que se nominan creencias por puro eufemismo. Para creer, mejor dicho, crear, es preciso un buen aderezo de incredulidad y sobre todo limpieza de ese tremendo vertedero mental que vamos depositando, sin saberlo, en nuestro subconsciente.

 Yo soy, pero ¿quién soy yo? Dicen que no hay respuesta cuando se formula mal una pregunta. Quizá sea eso. Quitemos el yo.

 No soy mis pensamientos. Descartes aludía a la función mental como propia de la conciencia, y sin embargo qué liberador es afirmar que no seré mis pensamientos, no seré mis rumiaciones, mis obsesiones, mis limitaciones, mis miedos.

 Kundera quiso enarbolar la emoción como motor y sentido. Y sin embargo qué liberador es sentir que no soy mis emociones, que no me dejo arrastrar por ellas, que no soy la desesperación, la angustia, la tristeza, la ira, ni el enojo, ni el arrebato, ni mis temores.

 Entonces, ¿quién soy? O qué no soy. Pudiera responderse, nada. Resulta igual de liberador creer que no se es nada. Aunque la nada realmente no es así, no implica vacío. Una vez en un poema dije “la nada es nuestra madre, pero ese no es su nombre”. Cuando se afirma con serenidad, y no desde la angustia, que no se es nada, en realidad se está afirmando que se es todo, se siente parte de todo, pero sin la atadura del yo.

 Si soy capaz de dejar que mis pensamientos fluyan y no me limiten, si soy capaz de dejar que sus emociones se expresen, pero no me arrastren, si soy capaz de sentirme a gusto en la sensación de no ser, en realidad soy libre. Tan libre, que- y sin caer en el orgullo propio del ego pequeñito- entiendo porque el relato bíblico cuenta que el Dios abrahámico responde “yo seré el que seré” (o para otros yo seré el que estaré). Mucho mejor que yo soy (según ha sido traducido). Simplemente, el poder de la libertad propio de un Dios.

  ¿Podemos tener nosotros una caja de resonancia oculta que nos acerque a esa idea del yo seré? Grandes místicos de todas las religiones y creencias así lo mostraron. Llevamos dentro esa tecla que nos acerca a nuestra consciencia en plena libertad.

  Persuadida por ambas ideas, ese no ser que te permite lidiar con los pensamientos- a veces inexplicables- que nos aturden, o no llevar al traste mi serenidad con una tormenta de emociones negativas y ese seré- siempre futuro, libre, proyectado- me doy permiso para relativizarlos y relativizarlas. Y, entonces, es cuando la observación es puro arte. Si me importa relativamente poco- una no es del todo perfecta y algo del yo pequeño siempre pervive- la descripción de quién soy desde mi ego, soy tal, soy cual, hago bien esto o aquello…Justamente por no sentirme desde el ego, camino libre.

  Pero el puzle no estaría completo si no comprendiese que, por no ser, o mejor dicho por ser parte del todo, estoy conectada con el resto de sus partes o individualidades. ¿Influyen los pensamientos negativos de los otros? ¿Las emociones ajenas? De algún modo sí y quizá más de lo que nuestra mente quiere admitir. Pero en esa pregunta podemos hallar una respuesta maravillosa. No busquemos un ser, un ángel o un ente ajeno que nos alivie, nos salve, o cambie el devenir caótico del mundo. Somos la parte de ese todo. Si nos ocupamos de nuestra parte, y otros lo hacen, mejoraremos la imagen de este puzle.

Vivir sin vivir en mi( en mi ego) es hoy todavía una idea revolucionaria.

Un corazón vestido de flores de lavanda

Era 1943, cuando Alberti tildó de maravillosas las páginas de » Mi corazón al desnudo» de Baudelaire. Y era 2005, cuando Boadicea niña tomó el bolígrafo rojo para subrayar las contradicciones de tan generoso prólogo y también las de ambos diarios. Ahora me pregunto por qué le permití leer, a tan escasa edad, material tan sensible. Lo cierto es que ya de niña se defendía bien y contestaba al poeta de forma contundente. No puedo sino sonreír cuando, en el margen de la frase “este libro no está hecho para mis mujeres, mis hijas y hermanas. Casi no las he tenido”, escribe un “ni que lo digas”. O cuando Baudelaire afirma “La venus eterna (capricho, histeria, fantasía) es una de las formas seductoras del diablo”, le conteste que “con los ojos cerrados, yo escribiría soy mujer y no diría tantas estupideces”. “La mujer no sabe separar el alma del cuerpo. Es simplista, como los animales. Un satírico diría que es así porque no tiene más que el cuerpo”, escribió el poeta y Boadicea replica “no me dices nada. Hay pocas buenas frases en este libro”.

 Sin duda Baudelaire expone su corazón desnudo, como decía Alberti, desde la rabia y con un caparazón defensivo.  En realidad, Alberti no se equivocaba, Baudelaire inspira “ternura”, pero muy moderadamente, sin excesos, porque a la par te desagrada. Alabo su verbo, pero no le admiro. Me provoca la imaginaria sensación de que, una vez por todas, la palabra llegó a ser libre, sin corsés. Y al tiempo, no deja de ser la hipérbole de un desequilibrio detestable. 

  De los excesos burgueses, el genio, la ruptura, el insurgente verso, pero también estos lodos. Es cierto, en aquellas frases no afirmaba nada diferente a lo que la sociedad imperante entendía sobre el papel de la mujer. Las críticas morales que recibió no lo fueron justamente por esas frases. Pero llevaba a tal punto su misoginia que incluso era vomitivo para una moralidad patriarcal. Sin Baudelaire no entenderíamos la poesía actual, sin duda. Sin detestar gran parte de sus afirmaciones, no entenderíamos el mundo de hoy.

  El poeta decía “Joder es aspirar a entrar en otro, y el artista jamás sale de sí”. O versaba “sobre la necesidad de pegarle a las mujeres”. Con odio estremecedor contra sí mismo, entre la perversión y la genialidad, es quien contradictoriamente nos ofrece versos cargados de imágenes con extrema fuerza y en ocasiones demenciado contenido.

  Me permito cerrar este capítulo en la confesión de su malogrado intento de convertirse en dandi: “La mujer es natural, es decir, abominable. Además, es siempre vulgar. Es decir, lo contrario de dandi”. “¿Y no es un dandi- pregunta Boadicea- una decrépita femme fatale?”

  “La carta de un campesino sin ortografía es más humana que sus fosas”. No, Charles, no todo es la forma, o la performance o el destete burgués. Las frases más profundas se escriben con las manos y son poemas en su puro sentido. Son palabras no pronunciadas pero vivas, que imprimen nuestro subconsciente. Esas que grabaron los hombres y mujeres que mimaron la tierra para amamantar el camino de sus hijas, esas niñas que hoy también pueden llamarse poetas y no sentirse abominables.

  Esos hombres y mujeres, trabajando la tierra, no precisaron escribir bien, para ser la imagen más bella que regalar este verano.

  Feliz agosto.

De la lírica y del dogma

Pequeñas reflexiones para poetas vivos y no tanto…

            

           Comprendo a los que defienden que un poema redondo es aquel que se ajusta la métrica y rima más clásica, aunque me apasionan aquellos que, sin perder ni un ápice la belleza del conjunto, son capaces de romper esquemas, ideando estructuras novedosas y patrones de rima asimétricos, ya que en ellos reside la fuerza de la innovación creadora. Cada persona y cada época tienen su propia visión, y ella también se refleja en la creación de un poema.  Diré que no me agradan aquellos versos forzados por sometimiento al dogma, que se convierten en un ejercicio- no un arte- de buscar rimas consonantes y aderezar el texto con palabras, algunas en desuso, que le den un aire de intelectualidad caduca. También aquellos que se fuerzan tanto, anclados a la rigidez de una rima simple, sin importar que el conjunto haya perdido la lírica y su belleza. En definitiva: “como mi corazón, se encuentra en erupción, cuando desde el balcón, te miro con pasión…”

          Pero quizá lo que más me “descoloca” es la tendencia, cada vez más “in”, impuesta por el mercantilismo de los talleres de escritura. Ese “nuevo dogma» que, abrazando una conocida postura estética, trata de encorsetar al verso libre. ¿No era libre? Ah, no perdón, olvida las asonancias, palabra maldita, ataño pilar de la lírica. Por no hablar de respetar cierto grado métrico, desdeñar cualquier encabalgamiento y permitirse hacer largas tesis sobre el ritmo, cada uno a la medida propia. Largas y arduas disertaciones sobre lo que es un auténtico verso libre. ¿No era libre?, repito.  

        Diría que los poetas viven felices bajo el corsé. Más no es eso, la pretensión dogmática, tiene dos principales funciones: la primera, que bajo su yugo permite criticar el trabajo ajeno para engorde del ego propio, como no podría ser de otra manera, para eso sirven los dogmas. La segundo, la falsa seguridad que otorga la norma, en el mundo de lo poéticamente correcto.

      Me niego a restar valor a un conjunto lírico, que se denomina libre, por dogmas y también me niego a alabar aquel que, por ajustarse a ellos, perdió desde el inicio su inclinación a la belleza. Volvemos al corsé, pero de otra manera. Cambiamos el bello- al menos- corsé clásico, de tenues encajes y cosido a mano, por una faja abdominal de color insulso expuesta en un gran almacén. El arte justamente, para mí, es todo lo contrario. Es esa huracanada expresiva que no debe ni puede encorsetarse si queremos un resultado auténtico.

       Y como es libre, es mi elección la única guía, con o sin asonancias. Claro está que una cosa es introducir tanta asonancia o encabalgamiento repetitivo que ahogue al texto y otra defender que la prosa, o el verso libre, ha de ser predicado en el que no haya lugar a la maldición asonante. O consonante, que también.

Que no crezca la hierba fresca, no vaya a ser que al cortarla, descubramos que hay cimientos. Mi idea de libertad creativa no quiere hacer del verso un nuevo sometido que, para llamarse libre, debe despejarse forzadamente y renegar de cualquier herramienta que, en la fragua del poema, resurgiera libremente bajo las manos creadoras de su autor. Si el verso libre es un dogma en sí, tendríamos que pensar en otra categoría, el verso medio-libre, que contradictoriamente, como una letra original, sería el más libre de todos los libres. El poeta se expresa, fluyendo, en el ensamblaje de la palabra.

      Como en el universo de las formas se entremezclan también demoniacos espíritus incorpóreos, a la espera de robar su recipiente, me quedo ausente de tal absurda dogmática sobre el verso libre. Para llegar a este extremo, prefiero la defensa de la forma clásica. Para llevar corsé, al menos que sea una obra de arte en sí mismo.

      Yo seguiré, en ocasiones, rompiendo las reglas conscientemente, que es lo mío. Porque no quiero un verso encorsetado. Y a veces, siento que lo están los propios, por mucho que trate de bendecir la maldición asonante y la libertad corpórea.

A vueltas con el miedo

 ¡Extínganse por favor!

  La frase en sí debe dar poco temor, pues quien tenga que sugerir te extingas, está claro no tiene el poder de hacerlo. ¿Alguna vez os habéis preguntado en qué diablos está pensando el algoritmo de Google cuando abres el buscador y te muestra las noticias más relevantes (para Google, claro)? Sé de la costumbre cada vez más extendida de visualizar los titulares en el móvil a través del buscador y realmente, cuando buceo entre sus datos, hay veces que me pregunto qué es lo que está ocurriendo. Pensemos en hoy, el desayuno se puede atragantar con titulares como: Saltan todas las alarmas por el huracán que se aproxima rápidamente a España; Científicos descubre el mundo perdido de nuestros primeros antepasados, depredadores que devoraban bacterias y Experto en IA que aconseja “No tengas hijos si aún no eres padre”.

  Con un poco de incertidumbre, comencemos por la primera. En su texto de forma contradictoria nos dice que la borrasca Oscar ya no es sinónimo de preocupación extrema, pero nos añade, en la siguiente frase, que va en camino de convertirse en un ciclón subtropical. Pienso en los tres puntitos verticales a mi diestra, doy la orden de que no me interesan las noticias sensacionalistas y vamos por la segunda.

Aquellos nominados como antepasados son “un mundo perdido” de organismos ancestrales y nos recuerda que podemos remontar nuestro linaje hasta el ancestro común eucariota y estos restos moleculares devastadores de bacterias son más antiguos que ella. Tras inmiscuirme por un rato en el mundo de las moléculas y bacterias, me digo a mí misma, bueno, es interesante, esta noticia no la eliminamos.

 Y ahora viene el plato fuerte. Una más entre las ya abundantes noticias que difunden miedo a la IA, como si la misma fuera ancestra de aquellas bacterias a las que nuestros antepasados moleculares devoraron, sin mala fe, supongo, por pura supervivencia. Quiere venganza, seguro. 

 Lo que viene a decir el ex director comercial de Google X- ya no se si la X realmente es casualidad- que la humanidad debe abstenerse de tener hijos ante el rápido crecimiento de la IA. Yo pienso en el chat de Bing, y por gracioso que sea, me digo, venga ya… si ni siquiera sabe contar versos y resuelve problemas de forma francamente insuficiente. El artículo no esta hecho para que lo sigas leyendo, a salvo que seas un incauto y cedas los datos personales para que te deje hacerlo. Lo importante es que te quedes con el aterrador titular, que es gratis. Algo habrá más que el GTP4 que sea peligroso, no lo dudo, como peligrosas son las malas personas en sí mismas, pero lo que sé, a ciencia cierta, es que no hay nada más peligroso que el miedo. Si es tan peligrosa la IA, no creo que podamos poner puertas al campo, pero regúlenla, pongan los controles que haya que poner y no la desarrollen si no saben cómo hacerlo bien. Formulen noticias en positivo, informen de lo qué se puede hacer, de cómo sería una necesaria regulación. Pero es bastante deplorable atemorizar a un posible lector que no puede, ni sabría, hacer nada frente a eso. Si la noticia, en lugar de miedo, valorase soluciones, el lector sabría qué posición adoptar. Ah, se me olvidaba, que querían los datos ¿no?

  El miedo paraliza, no lo olviden, y es el mejor mecanismo de control sobre la humanidad que se ha conocido por siglos.

  No tengan hijos, es como decir, “extínganse por su bien”. Pues yo creo que voy a ir desenchufando aparatos por mi bien.

Youtuber

El lenguaje de tus manos

milimétricamente calculado

un mudra de balance,

para que mis ojos avisten confianza

bajo tu voz pausada.

Sé que mientes

y que esta mentira es caudalosa

pues atrae tu abundancia

para el despropósito

de los ingenuos que te siguen.

Dices tener secretos revelados

un ático en el pensamiento mágico

y decenas de libros a la venta.

Que has leído a los sabios

te has dejado empapar del pulso de grimorios

y eres capaz de acometer cualquier empresa

con la confianza de la ley de la atracción.

En el mundo de las redes, hoy diríamos,

que el video como el papel todo lo aguanta…

Llego a pensar que crees tu propia mentira.

Que tú crees gozar del secreto cuando induces

que vengan hacia ti para alimento

de la savia que corre por tus venas

como sello de luz.

Y otros vendrán en mi nombre y a muchos engañarán.

La razón es bastante traicionera

cuando se aferra a la emoción

no te quito mérito,

pero sé que mientes.

No, no hay secreto, al menos de esa forma.

Solo hay vida

que caprichosamente se disuelve

entre el océano de los verbos.

Y cuando llaman los días turbulentos

no hay puñado de sal ni hilo mágico,

ni siquiera los versos tendidos de los salmos,

que pueda frenar el poniente en un instante.

El equilibrio es una complicada, pero sana síntesis

entre dejarse fluir pese a lo incómodo

y tomar las riendas cuando la tormenta

deja de rasgar la tela de tu vela.

La IA aprendiendo a ser poeta

Llevo una hora intentando que el chat de Bing GTP 4 me escriba un soneto correcto. Pero si algo ha aprendido la IA, en todo ese rato, es a justificarse de sus propias mentiras. Primero me hace un poema con cuatro cuartetos y me intenta convencer que lo ha hecho con tres. Luego hace un poema con 14 de versos, pero nada de endecasílabos. La medida no es lo suyo, algunos tienen siete, otros tienen ocho. Le advierto su error y me dice: perdona, no sabía que lo querías con endecasílabos. Finalmente he intentado corregirle sus rimas infantiloides, amor/ color/flor…y le he pedido una rima más compleja. Pero no sigue las instrucciones correctamente. No obedece y me dice que el arte es para disfrutar, no para competir.

Desde luego, el chat de Bing, inteligente…para algunas búsquedas lo será, pero gracioso sí es…

Me cansé de darle clase, porque es un poco obstinado.

Aquí dejo lo mejor que lo ha podido hacer…..

En el vergel del verso floreciente

se alzan las estrellas de la rima

que iluminan el cielo de la estima

y encienden el deseo de la mente.

Allí se halla la musa diligente,

que inspira con su voz y su carisma,

y también el poeta, que se abisma

en la búsqueda del arte trascendente.

Mas yo me inclino por el soneto

que esculpe con su forma y su medida

un monumento al genio y al lenguaje.

Y si además le agrego una décima,

entonces logro una obra inusitada

que asciende y se consagra en el paisaje.

…..sin comentarios…..

Creo que la IA no será poeta.

Pura Pasión

 Annie Ernaux me conquistó hace años con su mujer helada. Esa prosa dinámica, fluida, que deslizaba maravillosamente una trama intimista, que se abría, sin abandonar el pulso lírico, a los extremos cotidianos de la realidad. Su ritmo propio abría mis sentidos, donde cada frase descansaba en un acorde sinfónico, que hablaba desde dentro. Hoy he leído, antes no lo había hecho, Pura Pasión. Tan intenso como breve, una historia que te deja en el deseo, no menos obsesivo que la pasión carnal, de prolongar su lectura, aunque se hayan terminado las páginas. Sí, me gusta de Ernaux su magnífica prosa, pero también me gusta Annie, la Annie que destapan sus páginas y que se atreve a mostrarse sin fisuras en todas sus versiones y oscuridades. Siempre dije que no me gustaba la poesía ni la prosa intimista y llevo años enamorada literariamente de una escritora intimista.

 Y me preguntó ahora, cuando llevo casi dos meses sin tocar el teclado debido a una enfermedad intestinal que parece ya me abandona; digo, me pregunto, si yo sería capaz de hacerlo, de narrar, para mí, situaciones personales y libremente decidir publicarlas. Siempre se dice que en toda narración el autor deja algo propio. Puede que sea así, más bien muy maquillado, muy oculto, muy desde fuera. Lo que es cierto es parte de ti es tu propio tempo, tu ritmo. Ese no engaña. Y el de Annie es uno de los que más me gusta.

 Después de meditar la pregunta, creo que no. No sería capaz de soltar mi propio yo, como se suelta un personaje, con la libertad de poder llegar a cualquier parte, a cualquier recoveco sin que asome ese no lo cuento o no caer en la tentación, como humanos que somos, del propio engaño de la memoria. La memoria se construye y algunas veces entre el recuerdo y lo vivido hay matices añadidos que cobran cada vez más vida, cuanto más los observamos.

 Estos días de enfermedad no escribí poesía. No escribí nada. También deje de estudiar. Dejé de meditar. Dejé de pensar en la mística. El dolor era el protagonista del día. Cada ruido del cuerpo, cada síntoma. Podríamos decir que el dolor era como el señor A. El que venía y se iba, aunque yo no deseara su regreso. Me vestía para él, todo me pesaba, me molestaba, me apretaba, por mucho que fuese perdiendo kilos. Compré pijamas anchos, ropa holgada, cuanto más mejor. La colección de pastillas tenía el lugar privilegiado que antaño ocupaban los libros. Fue un dolor intenso, pasajero espero, confío en su no regreso. ¿Pero era tan importante? Sin duda, como un proceso cualquiera. La importancia estriba que el primer aviso que te da el cuerpo, diciéndote a gritos, debes parar, se toma como un retroceso. ¿No puedo seguir con mi vida? Te obliga a detenerte, a saberte mortal, a someterte a pruebas con la incertidumbre de si saldrá algo peor, y no solo por enfrentarse a ello, también por ser conocedora de que ese dolor sordo, mudo, continuará siendo protagonista, deteniendo la vida. Y lo que es más aterrador, por mucho que he indagado no he hallado todas las respuestas y jamás lo haré como limitada y humana. Asumir ese proceso es ser consciente de la limitación. Lo somos siempre en el concepto, pero no tanto en la práctica. Y en esto, como en la pasión carnal, como Annie con su Sr. A, todo se desbarata. Hay un lugar para asumir que la corriente fluye y que, como toda pasión, la emoción desboca porque pretendemos tener el control.

 La pasión es algo adictivo. Quién no quiere vivirla. Quién no quiere suspirar cada día por esa mirada buscada, ese roce, esa hipérbole propia, donde hay más de uno que del otro, como un espejo. Y a la vez qué mortífera cuando es el centro de la vida. Lo único en que se quiere pensar. Esa isla donde perderse y no hallarse. Y qué cruel cuando se acaba de cuajo, o nosotros mismos la acabamos, porque ya no somos hipérbole, somos ojos detenidos en la realidad. La idolatría también nos despoja, mas hay algo penetrante en el abismo.

 Y, aun así, una de las cosas más grandes que te puede dar la vida, es esa pasión al límite, ese deseo interminable que, convertido en la razón de tu existencia, te invita a proyectar respuestas en la existencia del otro. No hay nada más cálido que un beso, eso sí, apasionado e intenso, casi de vampiro.

  Feliz lunes. Me abandonó el dolor intenso. Puedo abrir una nueva página. Creo que imaginariamente completaré en Pura Pasión las páginas que me faltan.

Ni ojalá ni quizá ni tal vez

Ni ojalá, ni quizá ni tal vez

Trabajando la permanencia del avance

 Esta pequeña entrada no tiene ningún ánimo de ser exhaustiva ni científica, sino una mera reflexión del uso de unas expresiones que nos atan a la duda. A mí particularmente me agrada introducirlas en los poemas, pero no veo igual su conveniencia para proyectar un deseo futuro.

  La palabra Ojalá, según los estudiosos, viene del árabe y significa más propiamente no “si dios quiere” (aunque la RAE lo dice así) sino “si dios quisiera”. Enraíza en el subconsciente como una potencialidad, que no asumimos todavía como real y en algún caso también la interiorizamos como imposible. Ojalá pueda ir a tu fiesta, al final quiere decir que probablemente no podré ir, o ya sé firmemente que no puedo ir “ojalá pudiera ir a tu fiesta”. Si yo digo “ojalá apruebe el examen” mando a mi subconsciente un mensaje sobre que dicha posibilidad todavía no la asumo como real, es decir no le estoy diciendo a mi mente que sucederá de forma firme.  

  Si ojalá asentaba el futuro incierto en la voluntad divina, quizá tiene sus raíces más cerca de nuestra conveniencia propia. Quizá no pueda ir a tu fiesta, nos permite vislumbrar que el deseo de no ir (por mí). Quizá no apruebe. Yo estoy ya dando por hecha mi propia limitación. El uso de este adverbio para expresar cómo deseamos el futuro puede mandar al subconsciente un claro mensaje. Quizá nos vaya bien en el futuro. Por mi bien, nos tiene que ir bien en el futuro. Quizá apruebe el examen, por mi bien he de aprobar el examen. No dejamos de situar el foco fuera, es decir deseamos que suceda algo por nuestra conveniencia (por mí) pero aun su realización la vislumbramos como algo externo.  Si no sucede, el bien ha caído en mal y nuestro pequeño yo en desgracia.

 La conjunción adverbial tal vez es, para mí, la que ofrece más dudas. Tal vez apruebe, es como depender del azar. Puede que apruebe.

 Con la primera dejamos todo en manos de la divina providencia, pero al usarse en la expresión de deseos u objetivos personales, no referido a la aceptación de la voluntad divina en su sentido espiritual, resultará complicado el universo te sea propicio si no hay acción propia. Con la segunda lo ligamos a nuestra propia conveniencia, por lo que igualmente la finalidad egóica, pero carente de determinación, perturba la energía de la proyección; y con la tercera, dejamos el futuro al azar, quedándonos sometidos al caos propio de este mundo; lo que algunos denominan astral. Es como decir que la vida me arrolle.  

  Ni ojalá apruebe, ni quizá apruebe, ni tal vez apruebe, sino aprobaré. En una visión desde el presente, yo estudio, yo estoy centrando en el examen, yo aprobaré.

 Mi subconsciente digiere mi determinación al avance. Y cuando llegué el día, no unirá el acontecimiento a la sensación de duda, mandándome mensajes contradictorios que pueden poner palos en las ruedas para encaminarme a mis objetivos.

   Expreso el futuro desde el presente.

El espejo de la pareja

Juana era la mujer de su vida. Siempre alegre, sonriente, llevaba el optimismo en los genes. Justamente lo que a Luis le faltaba, que era un hombre tímido, callado y con aspecto triste. Cuando se casaron pensó que sería para toda la vida, ¿quién no querría pasar toda la vida con Juana?  Eran muy jóvenes y tuvieron que afrontar muchas dificultades, dos sueldos escasos, dos hijos y muchas facturas. Pero eran felices sin necesidad de viajar al extranjero o pasarse el verano en una playa paradisiaca. Ellos se conformaban con un paseo matutino por el Retiro y tomar un agradable aperitivo en una terraza.

 Luego vino la adolescencia de los muchachos. Lo cierto es que no salieron buenos estudiantes. Muchas discusiones. Ella más blanda con sus debilidades, él decepcionado porque hubiera anhelado aprovechasen la posibilidad de estudiar, algo que Luis no había tenido.

 Con el tiempo, los jóvenes díscolos se hicieron hombres y se buscaron la vida en Londres, haciendo cosas que ni Juana ni él entendían mucho. El mayor, se dedicaba al tatuaje. Quién iba a pensar que hacerse tatuajes se iba a poner de moda. Llevaba la cabeza teñida de color amarillo, como si quisiese ser un pollo. Eso le ponía enfermo, pensaba que hacía el ridículo y todos los ingleses se iban a reír de él, pero Juana siempre decía que ellos eran viejos ya y no entendían la vida de hoy. El pequeño trabajaba en una empresa haciendo uñas artificiales de diseño. A la gente joven le gusta llevar dibujos de bosques y de lunas en las uñas. Luis pensaba que era un trabajo poco masculino, pero su Juana siempre le recordaba que era un anticuado. Ella decía que era un sexista. Qué palabreja, pensaba, para recriminarle que era un poco machista y trasnochado.

 Aun así, eran felices, bastante felices, lo eran…

 Luis se seca las lágrimas cuando recuerda esos momentos. Ahora no lo eran. No sabe cómo ni por qué un día su Juana se levantó con mal pie y comenzó a quejarse por todo, que si nunca le había hecho un regalo, que si no era detallista, que si iba siempre a lo suyo, que si…Una larga retahíla de reproches, tan grande como el universo. Él al principio contestaba y surgía una discusión cada vez más dramática. Luego pensó en callar y otorgar. Así que un día llegaba con una rosa, otro día con una caja de bombones… Pero a su Juana nada agradaba. Y comenzaba la lista de los que si…y que si…

 Desistió, quizá por su orgullo, y optó por no hacer nada. Y eso, hoy piensa, fue la peor decisión que pudo haber tomado, porque Juana se ponía como una energúmena. Se había ido aquella sonrisa de todos los días, las bromas, los besos a escondidas de los niños. Todo se había esfumado de repente, hasta los niños. La casa ahora era un lugar inhóspito, donde solo Nicolás, el perro caniche que había adoptado, parecía recibirle con agrado.

 El lunes pasado perdió la cabeza. En una de esas ya rutinarias trifulcas la insultó, le dijo de todo, lo que pensaba y lo que no pensaba. Se asustó de su propio comportamiento. Él siempre había sido un hombre prudente. Por lo que ahora estaba en una consulta de psicología.

—¿Qué pensó Juana cuándo usted la insulto? —preguntó el psicólogo.

—No lo sé, supongo que pensó que era un ser despreciable. Bueno, creo que eso ya lo pensaba. En realidad, ella se rio.

—¿Se rio?

—Sí, a carcajadas.

—¿Usted siempre ha sido feliz con Juana?

—Sí, mucho. Yo querría que volviera todo a ser como antes.

—¿Y sabe usted lo que piensa Juana?

—Pues que soy un mal marido…Eso es lo que dice, ¿no?

—Yo se lo pregunto a usted. ¿Es usted un mal marido?

—No sé, habría que preguntárselo a Juana.

—Y si yo le contase que su Juana es la misma de siempre, la mujer sonriente y optimista, y que lo que usted está viendo no es ella. ¿Se lo creería?

—Me dice que estoy loco. Eso, no. Lo que estoy contando es una verdad como puños. No sé cómo agradarla.

—Ha oído hablar de la ley del espejo…

—¿Qué espejo? En casa tenemos muchos.

—No, me refiero a otra cosa. Lo que a usted le está llevando a un infierno, también es parte de usted mismo.

—¿De mí mismo? Claro, no sé cómo agradarla.

—No, no hacia ella, sino hacia dentro. ¿Sabe usted como agradarse?

—¿Agradarme a mí? ¿para qué? Yo me conformo con poco. Bueno, con ver a mi Juana feliz.

—Pues eso es el problema. Su Juana también se conforma con poco…

—¿Con poco? Si le compro regalos, no le gusta. No quiere flores, no quiso ni un anillo de oro blanco, que mis cuartos me costó en la joyería…Yo no sé lo que quiere. ¿Usted lo sabe?

—Creo que sí. Juana quiere verle feliz.

 En ese momento a Luis se le abrió la mente. Como si el castillo de naipes que había construido se derrumbase y hubiese que volver a edificarlo. Juana quería que él fuera feliz.

 Llegó a su casa. Juana estaba apagada y triste como siempre, pero esta vez el le saludó con la sonrisa más grande que pudo fingir. El psicólogo le dijo que a veces las cosas no salían al principio, pero estaban dentro. Él quería hacer feliz a su Juana. Por ello tenía que esforzarse a hacerlas, sin pensar mucho si podía o no sonreír. Era como si llevase un montón de sonrisas metidas en un tarro con la tapa bien cerrada y fuera su propia mente la que no dejaba abrirla. Así que tenía que sonreír y, con el tiempo, la tapa se abrirá como por arte de magia y le saldrían todas las sonrisas del corazón.

—Muy contento vienes hoy.

—Sí, muy contento — La abrazó.

—Quita, quita, que estamos viejos ya para ese jueguecito.

—¿Vieja tú? Si nunca envejeces…

—No seas mentiroso.

—Pues yo no estoy viejo. Y como no lo estoy, me he pasado por la agencia de viajes. Nos vamos a Londres quince días a ver a los chicos.

—¿En serio?  —A Juana se le iluminó la cara.

—Sí, mujer, sí. Ya es hora de espabilar los ahorros de la cuenta. ¿Para qué sino los queremos? Esto va a cambiar, Juana. No me voy a privar de lo que quiero hacer y no voy a privarte de compartirlo conmigo, si es lo que quieres…

—¿Cómo no voy a querer estar contigo, zalamero?

  Y así, entre risas, se abrazaron, comiéndose a besos, mientras hacían las maletas.

Reflexiones del sábado

   

Cuando nos enfocamos en la palabra humildad, pensamos en la aceptación de nuestras circunstancias, y en ocasiones, incluso en sus más terribles cáscaras de la falsa humildad e hipocresía de las personas narcisistas y egocéntricas.

 Hoy reflexiono y mastico la palabra humilde. Reflexiono y mastico la palabra aceptación. Y pienso que todos, yo la primera, no comprendemos su significado. Hemos interiorizado su contracción, pero no hemos interiorizado su expansión. Todos pensamos que ser humilde es aceptar que uno no lo sabe todo, aceptar su lugar, las condiciones que le tocan, saber aprender y escuchar para mejorar, no alimentando el monstruo de nuestro ego. Y eso es así, pero también lo es que hay que ser humilde para recibir. Aceptarnos, para entender que merecemos y no petardearnos sistemáticamente a nosotros mismos. Cuántas veces nos limitamos a nosotros mismos, nos negamos cosas, y somos nuestro peor crítico. Aceptar es también permitirnos decir a viva voz que nos merecemos el amor, la prosperidad, la tranquilidad…Aceptar no es represaliarse, ni reprimirse. Hay un mensaje que cala en nuestro subconsciente como una herida y que elabora una creencia limitante de que no nos merecemos algo. Es cierto, es peor la falsa humildad y la hipocresía de algunos que elevan su ego a lo máximo. Sin embargo, también es negativa una humildad caída, una humildad vista desde el rigor que nos lleva a arremeternos hasta el punto de no creernos merecedores. A no saber recibir. ¿Y si el subconsciente está limitando nuestro consciente?

Si a veces piensas que te niegas cosas, te limitas, no intentas progresar porque no te crees capaz de hacerlo, quizá haya en tu subconsciente un concepto restrictivo de la aceptación y la humildad.

Hoy vienen a mi mente las palabras de merecimiento:

Merezco todo lo bueno.

Yo no soy mis pensamientos negativos ni restrictivos.

Abandono y olvido las limitaciones y todo aquello que no me deja crecer.

Yo soy las opiniones positivas.

 Suelto los temores, los prejuicios.

 Mis posibilidades de ser se abren como una flor en primavera.

Yo, tú, merezco, mereces, el amor, la prosperidad, la libertad de no limitarme, de ser lo que puedo ser.

Soy merecedor y lo acepto.

Sé que eso también es la humildad.

Rompo las falsas creencias de mi yo y me encamino a permitirme ser libre para dejarme ser.