Decadencia

             Si hubiera en realidad un árbol de la vida,

            tendría hoy las raíces bien marchitas,

            y desparramadas cual onda expansiva,

             sobre las aceras donde pisan los demonios

               y sufren miedo los ángeles.

              Quizá,

              sí contásemos con anteojos de misericordia

              podríamos ver un verdecino brote,

            entre los escalones que llevan a la periferia

               del incesante tránsito de las almas,

 negociadas,

               sobre la inocencia del fracaso.

                Y es que entender que no existe

                 ni fracaso, ni prueba, ni pálpito, ni nube,

                    es dejarnos desnudos

                   en las fábricas de manos vacías.

                Despierta,

                  esta tierra,

                   de raíces marchitas,

                    no te promete atributos,

                 no hay dones regalados

                 ni penas merecidas.

                Solo hay ganancia

                 de quien marca las cartas

                 antes de que empiece partida,

                 repóquer de ases,

                 jaque mate

                    a toda vuestra satisfactoria indolencia.

                  La ausencia de dolor se parece mucho

                      a un pacto satánico

                      para nuestra bien llevada ceguera,

                por no querer ver, no vemos

                ni siquiera nuestras propias miserias.

                   Aunque yo te pido,

                    de forma persistente,

                        que mires.

                   Sé feliz, mientras puedas.

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Las manos del diablo

Las manos del diablo

tejen fuertes

las enredaderas del silencio,

los rincones del miedo,

los olvidos,

las amargas cadenas de los cuerpos

Hace tiempo que medito sola,

encabalgando los versos

que visitan huidizos

las terribles cábalas,

la güija visionaria

que desentierra

las ánimas ausentes.

Prometeo ya no trae el fuego,

ni hay démones en los banquetes,

La sombra, acostumbrada,

a la sinrazón del devenir constante

de la superviviencia.

No es firme el suelo que pisamos,

porque la mano del diablo teje

las enredaderas más obtusas,

quebrando la materia de los hombres,

trastocándolas

en patéticas marionetas de un carnaval hambriento

de un carnaval saciado

por la sumisión a la mentira

en la publicidad del autoengaño.

Si el camino es la muerte

y he aquí la muerte en vida,

postrada en la suerte de un telediario

y las golosinas de una tarde de invierno.

La única forma de salir de este miserable giro

es comprender que el diablo

es fuerte

porque nos creemos débiles

e ignorantes.

Subconsciente

Ninguna deriva tiene

redireccionamiento automático,

a veces los pilotos no se encienden,

se guardan, luminosos,

en los atributos subconscientes.

El giro de volante que se impone,

para no atropellarse desde dentro,

muchas veces abrasa la conciencia,

dificultando dar orden al cerebro,

las manos agarradas

desesperan,

previendo

una aparatosa colisión.

Es entonces,

cuando el subconsciente toma el mando,

para derivarte a la vía de salida,

la pista de aterrizaje

del consuelo

de verte de nuevo

ante tus propios ojos.

La mente ejecutora

A veces, la noche es como un saco amargo,

el dolor adherido a la mirada,

por mucho que respires,

no estás vivo,

y la mente hace bucles

ajenos al aire que demanda

una exhalación más prolongada.

Inspira, exhala, exhala…

El manual de técnicas de relajación se agota,

cuando todo es una inmensa llaga

supurando,

sin nada que la cierre,

sin nada a lo que asirse,

salvo ese yo desnudo y temeroso

de seguir destrozándose la espalda.

No hay que culpar a la bala

ejecutora de los desaciertos,

sino buscar el porqué

nos situamos en su trayectoria,

previsiblemente,

una y otra vez,

hasta que el tiempo haga olvido de las sombras.

Eloisa ya es poeta

Sus manos avejentadas se posaban sobre aquel trozo de papel, muy arrugado, que escondía un poema que escribió en su juventud e intentaban estirarlo lo mejor posible. La soledad se derretía en sus párpados, mientras desde la ventana de la residencia de ancianos, observaba el tránsito incesante de la calle. Se veía reflejada en aquellos rostros jóvenes que bulliciosamente corrian, galopando entre risas, en la madre que empujaba un carrito de bebé, en la mujer apresurada para intentar evitar no llegar tarde al trabajo, a recoger al niño, al supermercado, a la cita…y pensaba lo que cambiaría si volviera a ser joven. Escribiría poesía, se decía, solo poesía

-¿Por qué no lo haces? Una voz sonaba lejos. En la habitación no había nadie.

– Soy Melchor- dijo desde la puerta un hombre disfrazado de Rey Mago, con una barba blanca que parecía de esponja.

-¿Qué haga qué? Preguntó Eloisa.

-Escribir, es lo que quieres no, dijo aquel hombre.

-Ya soy vieja-dijo Eloisa-pero gracias por el consejo.

-El mundo precisa voces viejas- afirmó el Rey Mago- aquellas que ya saben que caminar, subir las escaleras, ser capaz de leer o poder ver la sonrisa de un niño, es un regalo. El mundo ya está lleno de gente que expresa ira, rabía, desazón o que demanda que la providencia le resuelva su suerte. Cuéntales que harías tú si fueras ellos.

-Yo lo que haría- A Eloisa se le iluminó la cara- es pasear disfrutando del aire por el Retiro. No puedo hacerlo, ya apenas puedo moverme por aquí, irme a tomar un café a la calle Mayor, sentir el calor del sol sobre mi piel y sobretodo volver a ver el mar, dejando que las olas mojen suavemente mis pies.!Qué feliz sería si pudiera volver a ver el mar!

-Lo vés. Eloisa, ya eres poeta.

Aquel hombre se marchó dejándole sobre sus manos una pequeña libreta, en la que estaba impreso su viejo poema:

Exigir al viento que exhale su oxígeno,

hablarle, para hablarse a sí mismo,

enfadarse con el arrullo bullicioso de una simple rima,

cuando las palabras no hacen piruetas,

ni manan libres entre las hojas del bosque.

Clamar al oráculo,

cortando la baraja desde el mismo lado,

y esperar, esperar, que todo cambie.

La diosa fortuna,

posada,

sobre un cetro de mentiras.

La nada es un concepto dificil

el vacío siempre esta repleto de partículas,

y recuerda siempre a ese grito de náufrago

buscando un pasaporte hacia el oasis.

Cerrar los ojos y abrirlos nuevamente.

Aunque es cruel la medicina del reloj,

es la que te indica,

cuando ya casi no hay tiempo,

que simplemente observar es un regalo,

Horizonte

      

  “En el horizonte se oyen los ecos del tiempo” fue quizá una de mis primeras metáforas. Una monja, cuyo nombre no recuerdo, que daba clase de lengua en la prehistórica EGB, me recriminó al leerlo. En el horizonte no se oye nada. Esto está mal. Y tal afirmación, reconozco, me afectó tanto que todavía la recuerdo. Es una metáfora, me decía a mí misma, como intentando calmarme. El psicólogo del colegio nos pasó un test y determinó que mi imaginación se salía de la tabla, por lo que no iba a tener buen rendimiento escolar- erró, o eso creo, porque tengo dos licenciaturas- por culpa de mi imaginación. Decidió debía hacer unos ejercicios, de los cuales solo realicé el primero, que consistía en imaginarse cosiendo un botón. Salí espantada y se lo conté a mi madre. Una madre siempre tiene soluciones para un niño. Mi madre entró en el colegio como si de superwoman, que lo era, se tratase y se plantó delante de la directora. Mi hija no va a realizar ejercicios para reducir la imaginación, porque la creatividad es muy importante. Y ahí acabó el problema del cosido y los botones.

           Cuando esto ocurrió Einstein ya había desarrollado la teoría de la relatividad, y comenzaba en pañales la mecánica cuántica. No voy a exigir que una monja en una clase de EGB percibiera lo que quizá no le es dado percibir, pero la idea del horizonte cósmico tiene mucha analogía con la “música celestial” que sí debiera oír.

           Esta pequeña anécdota autobiográfica, me obliga a reflexionar lo castrante que puede ser la “educación” mal entendida, porque si bien es cierto que para cuestionar las cosas es necesario una base de estudio, esfuerzo y conocimiento, no lo es menos que el aprendizaje mimético corto- campista, determina que muchas áreas de conocimiento, que debieran ser ilusionantes para los jóvenes, se queden relegadas.

          ¿Qué hubiera pasado si mi monja hubiese retrocedido (ojo, no avanzado, que ya sería lo más) en el tiempo y se situase en medio de los experimentos de los cosmólogos que intentaban captar la radiación de fondo? Quizá me hubiera explicado, con brillo en los ojos, las teorías sobre el horizonte cósmico y las vibraciones, el fondo cósmico de microondas y su uniformidad como paradigma de la expansión del universo. Y quizá desde ese primer momento hubiese amado más la física que la literatura, porque hubiese visto poesía en sus ecuaciones.

           Pero no fue así, porque eso estaba- en sus palabras- realmente mal. ¿Cómo va oírse ruido en el horizonte?

Un horizonte no es más que el susurro del tiempo.

     Como dice mi hija Boadicea, los niños son realmente sabios.

                  “Yo soy una muralla

y mis senos son como torres;

por eso a sus ojos me volví

como aquella que trae la paz.”

                     Definitivamente creo que la monja tampoco había leído el Cantar de los Cantares.

Año nuevo

Felicitarse el año,

desayunarse a sí mismo

en lentejuelas,

para ahogarse

en unas bragas rojas

y una copa de champagne.

La suerte siempre se resiste

a desintegrarse

en nuestras uvas,

ya se sigan los cuartos o se ignoren,

la vida sigue en enero,

recalcitrante,

por eso,

obvia los selfies,

porque tú ya lo sabes,

no hay mejor suerte que tú mismo.