La noche y las redes

                 Cae la tarde y cierro el ordenador. No se crean que para hacer un gran cambio.  Media hora mirando el móvil, las novedades de las redes. Me asaltan anuncios por doquier de nuevos libros. Muchos prometen lo mismo, su lectura me llevará a un universo desconocido, un paquete místico para aprender a vivir y otro fantástico para sumergirme en historias de puertas dimensionales. Entre tanta oferta no sé cuál elegir, cuál sería ese libro esencial para que mi vida se transformase en armonía perpetua. Pero ¿existe? Dejémoslo ahí, en ese objetivo inalcanzable. Su publicidad me cuenta que todos ayudarme a conseguirlo. Confusa por tanta duda, hago “zapping” en YouTube. Me dejo guiar por su publicidad. Ay, amiga, eras tú aquella a la que la vida no le arrollaba. En fin, todos tenemos contradicciones. Abro el primer video que ofrece la plataforma. Es un hombre que asevera contactar con el propio Dios. Su mensaje es claro: Dios dice que seamos buenas personas. No profundiza más, sigue dando vueltas a la misma frase. Buenas personas ya somos casi todos, ¿no?, con algunas equivocaciones, pero, claro, hay que verse en las circunstancias de cada uno. Cierto que algunos de aquellos que no llegan al “casi” son bien detestables. Paso al siguiente video. Ya entramos en algo más complejo, es una clase de Kabbalah, con meditaciones de letras. Intento meditar. Tengo que luchar conmigo misma para no recordar a aquel hombre repitiendo que hay que ser buenas personas. Al fin me centro y cierro los ojos. Irrumpen en mi mente unos rostros con la cruz de San Andrés. Esto es raro, pienso, abro los ojos y cambio de tercio, no se me vaya a ir demasiado la olla. El tercer intento me lleva a algo realmente inquietante. Un individuo está relatando todos los tipos de reptilianos que existen. Les confieso que no tengo ni idea de ese tema. ¿Pero no tenemos todos un ADN similar? Este hombre lo tiene todo muy claro. Comienza a hablar de Egipto. Según dice allí se conocían algunos individuos de dicha maldita genética. Mi cabeza vuelve a irse. Pienso en las pirámides. Una estructura magnífica pero demasiado pesada para volar. Me las imagino de otro modo, capaces de crear una energía que torne su material en flexible y se queden planas, unidimensionales, en un papiro. El hombre explica cómo reconocer a un reptiliano…quizá todos podamos ser reptilianos, solo hace falta una mera composición en nuestra fotografía. Me inquieta ese tema, de verdad, no molaría tener piel de serpiente. La serpiente ¿es prudente o astuta? Madre mía, qué lío tengo en la cabeza. Cierro el móvil, recuerdo que es hora de cenar. Me voy al frigorífico cojo una Estrella Galicia y unas buenas aceitunas. Esto sí es una autoayuda del mejor nivel.

Las cinco esquinas

LAS CINCO ESQUINAS

  Cinco personas y sus familias vivían atrapadas en un espacio en forma de pentágono. Estaban confinados por una razón desconocida y su único contacto con el exterior era el empleado de correos, que le traía lo necesario para subsistir.

  Su mundo se vio reducido a unas estancias particulares en las esquinas del pentágono y un espacio común, en su centro, donde al menos podrían socializar mínimamente. Su vida se convirtió en rutinaria. El tedio era tal que, día a día, todo iba perdiendo sentido.  

 María era una mujer solitaria que vivía con un precioso gato de color café. Desarrolló una compulsión por las compras, de forma que pedía objetos de todo tipo, para poder así mantener algún contacto con el empleado de correos. Lo había idolatrado. Él conocía el exterior. Fantaseaba con la idea de que, algún día, le confesase su amor. Y eso nunca ocurría. Un día el cartero le comentó que estaba casado y tenía dos hijos. ¿Hijos? En su reducido espacio nadie había tenido hijos. Su fantasía romántica se quebró. Ese amor imposible que le dolía por dentro le llevó a otra compulsión: comprar y comprar cosas para agradar a los otros vecinos del pentágono. A veces se las aceptaban con una sonrisa y otras se notaba que les desagradaba mucho les comprase objetos que ellos no habían pedido.

Ernesto era un hombre rudo, con un carácter quizá demasiado irascible. Era muy exigente consigo mismo y con su familia. Vivía con su mujer, Alejandra y su hijo Esteban de 20 años. Esteban sufría el rigor de su padre, quien fantaseaba con poder salir del maldito pentágono si su hijo se convertía en un deportista de élite. Le exigía una rutina dura de entrenamiento y alimentación. A penas le dejaba respirar. Alejandra sufría por su hijo. Sabía que su deseo era ser escritor. Pero Alejandra no se atrevía a decirle nada a su marido.

Alberto era muy atractivo. Un hombre moreno y alto de rasgos marcados. Tenía carisma. Todos le escuchaban. Vivía con Ana, su novia, la cual solo veía a través de sus ojos. Era el habitante más popular. Nadie le rehuía y si salía a las zonas comunes, todos acudían para conversar con él. Decía tener un plan para salir de dicho habitáculo, pero sus ideas quedaban en humo. Nunca había una propuesta concreta.

Horacio era el intelectual. Siempre estaba leyendo libros y no deseaba el contacto con ningún otro ser, salvo el cartero, y solo cuando le traía un paquete con su nuevo pedido de libros. Vivía solo. Nunca salía a los espacios comunes. Los demás le parecían poco para él. Su conversación le aburría. El deseaba seguir estando encerrado y no le preocupaba salir. Solo quería seguir estudiando y que nadie le importunase. No había nadie como él, al menos, eso pensaba.

Cristina era la mejor. Siempre estaba sonriendo y dispuesta a ayudar al resto. Era equilibrada, de buen carácter. Vivía con su sobrina Valeria. Una preciosa niña de 10 años y la única niña del lugar. Le gustaba contar cuentos, imaginar historias y viajar con la mente. Al menos así hacía que Valeria no se sintiese tan limitada. Por las noches lloraba en silencio por su sobrina. Temía que nunca pudiera ser libre.

Tuvieron que pasar, desgraciadamente, muchos años, hasta que los vecinos de tal particular pentágono descubriesen la salida. Era muy fácil, estaba justo en el espacio común. No pudieron verla hasta que cambiaron su forma de pensar. María comenzó a pensar en sí misma y entendió que su valor no residía en cómo la vieran los demás. Daba, pero no pensando en ella, en la ganancia de agradar, sino en ayudar cuando alguien de verdad lo necesitase. Dejó de idolatrar al cartero y pensó en todo lo que podía hacer en el exterior, sin importarle tanto lo que pensasen de ella sus vecinos. Alejandra y Esteban fueron capaces de poner límites a Ernesto. Ernesto comprendió que uno debe vivir su propia vida y que su hijo también. Ana dejó de mirar a través de los ojos de Alberto. Le hizo saber sus debilidades y Alberto comprendió que si no se actúa, por mucho que se hable, uno no alcanza la victoria. Horacio entendió que los libros no podían darle aquello que debía vivir por sí mismo. Debía ser humano, no un autómata asimilando información, sentir, vivir, amar, respirar. Cristina, por fín, se dio cuenta que no podría salvar a Valeria si no se salvaba a sí misma.

 Salieron, un día de primavera, dispuestos a enfrentar la aventura de sus propias vidas.  ¿Cuántas esquinas tenemos que limpiar? Quizá no exactamente estas, pero tal vez otras.

Cartas desde la caverna

Miguel Altiere, quiere dirigirles una nueva carta. Dice que ha estado meditando mucho esta semana. Está muy agitado, mueve las manos sin parar y quiere que todos salgan de sus casas con un farol para alumbrar su caverna. Dice que nunca podrá ser totalmente iluminada si todos ustedes no encienden su luz.

Tú eres único/a. Puede haber alguien parecido, quizá te parezcas mucho a tu padre, tu madre, tu hermano…Pero aun así eres único/a. Siempre hay algún rasgo, complexión, gesto, que te diferencia.

Esa diferencia no es solo física. Es también mental, en tus capacidades y habilidades.

Puede que muchas de tus ideas sean parecidas a otros, incluso las mismas, pero la forma en la que las entiendes, cómo las expresas y lo que concluyes de ellas es único. Cada persona aporta siempre una visión diferente.

Como eres único/a puedes hacer cosas únicas. Deja de cortar y pegar. Deja de reescribir o copiar lo que han dicho otros. ¿No conoces el tema? Infórmate y medítalo. Atrévete a expresar lo que piensas. Sea más elaborado o no, aportará una particular visión, la tuya.

Alabas a las personas que hacen cosas únicas porque tienen éxito, en el trabajo, en sus relaciones, en sus inversiones, en sus intuiciones…

Pero no es un secreto. Tú también eres único/a y puedes hacer cosas únicas.

¿Y por qué otros únicos/as tienen éxito?

Porque actúan. Porque las hacen realidad. Fracasarán alguna vez, o muchas, pero seguirán haciendo cosas únicas y obtendrán éxito en alguna.

¿Y qué nos diferencia a los demás de aquellos/as que hacen cosas únicas?

Que tememos no ser capaces de hacerlo.

Así que actúa. Lánzate a la vida. Experimenta. Sé único/a.

Si piensas que no puedes hacerlo, deja a tu vocecita interior de lado y pruébalo. Te ruego que saques tu farol a la calle y ayudes a iluminar esta cueva oscura.

No escribo esto como un consejo de autoayuda, sino como una necesidad. Estoy harto de alumbrar solo esta caverna oscura. Todos dependemos de todos. Precisamos que los demás aporten su lado único.

Un mundo en el que se pierden tantas cosas únicas porque muchos/as no confían y no se atreven a hacerlas, no es el mundo ideal. Nos estamos perdiendo algo mejor. El mundo puede ser mejor si todos aportamos nuestra forma única de mirarlo.

Cartas desde la caverna

Miguel Altiere es un espíritu filosófico que se adhiere, sin compasión alguna, a los textos de algunos blogeros. Se define, sin mucha coherencia, como neoplatónico y es muy insistente. Yo diría, sin exagerar, que es muy cansino. Hasta que logra su propósito no te deja en paz. Hoy a tocado al mío. Y aquí está, dispuesto a plasmar sus lunáticas ideas en una carta que les dirige a todos ustedes. Me ha advertido que debo afirmar que tiene todos los derechos reservados en una plataforma de registro de la propiedad intelectual, por lo que absténgase de copiar sus fantásticas ideas. Bueno, qué decir que él las cree fantásticas, pero, les confieso, tiene un ego demasiado subido. Creo que es poco consciente de la realidad. En fin, les dejo con su carta y juzgen ustedes. Sin duda, coincidirán conmigo que está un poquito alterado. Ay, lo siento, me acaba de sacudir una descarga eléctrica. Rectifico, es una reflexión muy profunda y muy a su altura…

El poder de la mentira. Cartas desde la caverna

       Dale un carpetazo a las leyendas, cuentos, parábolas y moralejas. Y disfruta, ya sobrepasamos el siglo de la razón. No hay nada más que lo que ves, no existe nada más que lo que se comprueba. Dios ha muerto, ellos, dice Nietzsche, lo mataron por nosotros. El trabajo ya está hecho, a partir de ese momento el hombre puede ser su propio dios. El ser maravilloso deconstruido en un mundo creado, y cada vez más, para mentes de infantes. Empapémonos con sus dosis de realidad. No hay nada más exuberante, sobre todo si tenemos el frigorífico lleno de cerveza y estamos dispuestos a disfrutar del espectáculo.

       Diremos que no es racional pensar en nada sobrenatural. Es una alucinación de tu pequeña mente. Eres el aquí y ahora. Libre de discernir. El ser más informado, más despierto. Pero te hablarán de su “relato”, no de su verdad, y manejarán las cifras, los medios de masa, las comunicaciones y te presentarán medias realidades, asumidas como verdad, en la cultura de la desinformación.

       Negaremos la paradójica fuerza de los mitos. Son leyendas para hombres primitivos. Ahora somos personas en el siglo XXI. Pero a la vez introducirán mensajes de la nueva era, la creación de tu propia realidad, las relaciones familiares que traspasan los tiempos y una nueva mística que se relaciona, de forma no muy explicable, con un campo de la física. Ahora todo es cuántico. ¿No entiendes qué implica? No importa, ellos tampoco.

      Abrazaremos esta realidad en un camino ansioso por agotar nuestro deseo, más cosas, más éxito, más sexo implícito y explícito, más comida, más abundancia, más…más…más…Buscar el placer no es malo, pero este propósito freudiano, nos enlaza en la carrera del más, sin realmente plantearnos qué cantidad queremos. El más, más, más …no nos dejará ver…Es como llegar a unos grandes almacenes abarrotados de cosas con objeto de buscar algo bien concreto. Abramos las puertas de la confusión. Es realmente divertido ser nuestro propio dios, creerse capaz de crear una imagen a medida, un mundo a nuestra medida. Pero cuando tengas instalado en tu vida esa ansia compulsiva del más, te dirán que deseas por encima de tus posibilidades, que has caído en un exceso, y que las consecuencias que procedan son tu culpabilidad. ¿Y estarás perdido? Claro, perdido, dispuesto a recibir tu dosis de castigo. No hay causa sin efecto, regla básica, nos cuentas. O estarás dispuesto a abrazar las tesis de cualquier gurú que te salve de la ruina, el exceso, el consumismo. Ya nada te satisface, siempre, es más, más, más… Y así volverás a sentirte pequeño. ¿Un dios? Un ser pequeño, diminuto y débil…

     Valoremos la prostitución del pensamiento. Regodeémonos en lo macabro. Hagamos de las víctimas bufones del siglo XXI. Aireemos nuestras mediocridades. Eso sí, con gritos, aspavientos, enojos, a impulsos, echando fuera todo aquello que parece tenemos dentro. ¿Pero lo tenemos de verdad? Da igual, lo importante es vomitar. Y que el receptor del vómito se contamine. ¿Para qué enseñar serenidad? ¿Para qué buscar soluciones? El problema no es un problema es un espectáculo. Se resuelve en las tertulias, dando charlas, cambiando eslóganes. Y como en un rito iniciático de regresión infinita, creemos otro relato, en el que las palabras mágicas que hayamos diseñado en una tarde cualquiera, supongan la redención de nuestros problemas.

     Exageremos las teorías de la conspiración, hasta el punto que abracen el absurdo, y con ello se diluya, si lo tuvieran, su fragmento de verdad. Clamemos al universo nos otorgue una cáscara nueva, que rocíe el sol y nos traiga la primavera más maravillosa. Aquella en la que el hombre, rey del universo, abraza el único grial reconocido: El poder del dinero. Nuestra salvación infinita en un mundo de ocio permanente, series, bestsellers, luces, destellos, nuestra mejor imagen en las redes, para desolación de nuestro yo desnudo.

   Sigamos, pues, ascendiendo, entre la desinformación, para nuestra mayor gloria.

   Pero si algo puede ser cierto de esta distopía, es que por mucho que te prometan, no serás feliz.

  Recordemos la torre de babel, si el Dios de Israel, evitó la fuerza de la conexión de aquellos que pretendían desafiarle, haciendo que no se entendieran, al hablar lenguajes diferentes, esta maraña disruptiva, distópica y desinformativa, es la mejor manera de hacer que no pienses.

 ¿Dios ha muerto como decía Nietzsche? O ¿hemos creado un nuevo ídolo?

  Disfruta. Ah, y no olvides invitarme a una cerveza.

  Atentamente,

  Un habitante de la caverna

Reflexiones de fin de semana. Diez propósitos

Es primavera y todo renace. Es un tiempo de tránsito para un nuevo comienzo.

Pese a ser unos propósitos conocidos, un lugar común, muchas veces los olvidamos y no somos conscientes de sus consecuencias. Existen muchas formas de explicar conductas básicas que han formado parte de la educación de las generaciones que nos anteceden, y que por olvidadas, ahora hay personas que las descubren en páginas de autoayuda y otras que ni siquiera tienen conciencia de su importancia. Este pequeño decálogo intenta resumir lo más básico.

  1. La ira, los enfados y los arrebatos no son buenos. Por mucho que te hayan hecho, salvo que precises defenderte, no saltes como una fiera sin saber ni pensar lo que dices o cómo actúas. La serenidad es mejor consejera. Sabrás qué hacer, qué decir, cómo actuar y habrás evitado posibles consecuencias, hasta desastrosas, para tu equilibrio emocional. Ponerse airoso da sufrimiento, sentirse calmado pese a la adversidad te da la seguridad de que puedes dominarlo.
  2. No vale eso de que he dicho lo que he pensado, pues muchas veces ni lo pensamos. Modera tu lengua. No critiques a otro/a por su vida privada o sus condiciones. Eso no da ninguna satisfacción y también perjudica tu equilibrio porque te envenenas. Evita que la vida ajena sea tu ocio y tu saco de boxeo. Concéntrate en ti.
  3. La ansiedad tampoco es buena consejera. Tómate tu tiempo. Valora lo positivo que hay en ti y piensa que, si deseas algo, tienes dentro las habilidades para obtenerlo. Paciencia.
  4. Los obstáculos y los límites no son siempre malos. Nos enseñan nuestras oscuridades. Sé humilde, comprende tus fallos, no para carcomerte por dentro, sino para superarlos.
  5. No seas rígido ni demasiado severo con la conducta ajena. Los excesos de rigor que prodigamos caigan sobre otro, se nos devuelven duplicados tarde o temprano. La venganza es un plato amargo. No seas tampoco demasiado laxo. Sé consciente de tu dignidad. No permitas que te pisen y tampoco toleres en exceso cuando te corresponde a ti poner los límites. Cuando educas debes poner límites, desde el cariño y con respeto, pero límites. En definitiva, se un junco, por muchos vientos que soplen.
  6. Aprende a saber lo que quieres. No esperes que la vida te lo traiga por casualidad. Los amigos, las parejas, quien nos rodea, se elige, pero no puedes elegir si no sabes qué tipo de persona quieres esté en tu vida. No mendigues la amistad, el amor o el reconocimiento. Pasa página. Sigue adelante.
  7. Hasta el más iletrado puede tener algo que enseñarte. Escucha.
  8. No te quejes constantemente, no envidies, no te compares con otros. Asume, acepta y actúa.
  9. La tristeza no es una buena aliada. Todos sabemos que pasan cosas malas, enfermedades, dolores, pérdidas. Pero aférrate a la vida. No hemos venido a sufrir, sino a completar un propósito. ¿Cuál? Lo tienes dentro, es aquello donde te sientes bien.
  10. Como es arriba es abajo, pero no se puede rectificar abajo si no has rectificado antes arriba. No esperes el éxito fuera, búscalo dentro, mejora tus debilidades, amplia tus habilidades, sé responsable de tu destino.

La era mesiánica y la covid 19: Entre la confrontación y el odio imperfecto

Una reflexión más. Y perdonad, ya paro con las reflexiones…y vuelvo a la poesía…

Cualquier europeo del primer mundo, cuando visualiza el mapa de los casos de coronavirus, se hace una pregunta: ¿Por qué a mí? Esa pregunta no es mala en sí, si nos interrogamos para conocer los factores que están incidiendo en una exposición mayor en algunos lugares y podemos prevenir que no pase en otros; pero si la hacemos desde el victimismo, por qué a mí, si soy de un país más rico, tiene mejores hospitales y mejores medios, no nos lleva a ninguna parte. En el futuro conoceremos las causas de esa mayor propagación, sea a consecuencia de la mayor globalización, edad, menor inmunidad o simplemente parte de un proceso que acabará extendiéndose por todo el mundo. Pero, en mi opinión, es mejor olvidar la soberbia. Nosotros tenemos que aprender y mucho.

 Llegará algún día que haya dosis de vacunas para todos o quizá un medicamento efectivo. Sin embargo, el coste de vidas, moral y económico será alto. Sería bueno preguntarnos cómo podríamos hacer que ese coste sea menor. Mientras esperamos a que la ciencia se tomé sus tiempos y aumente la producción de vacunas o se halle ese medicamento, sí podemos interrogarnos cómo podríamos elegir lo mejor, desde el punto de vista político y social.

 Repasando las respuestas que se ofrecen desde diferentes ámbitos a esta encrucijada, me centraré en las respuestas religiosas o espirituales. Mi opinión personal es que no hay una exclusiva respuesta verdadera, sino caminos espirituales propios de diferentes culturas que, si los entendemos bien, todos confluyen en el mismo puerto. Hoy es habitual acudir, para indagar sobre consejos espirituales, a enseñanzas de religiones que, para nosotros, son más exóticas o desconocidas. Sin embargo, en esta ocasión, me gustaría escribir sobre la que nos es más cercana en el mundo occidental, y cuya sabiduría antigua muchas veces ignoramos.

  Con el mayor respeto y sin ánimo de acritud, me aburren las respuestas que monjes, videntes y otros seres de todo tipo, ofrecen a la humanidad desde la religión en la que me he criado. Castigo, apocalipsis, Sodoma/Gomorra, flagelémonos y veremos si se salva alguien del decreto divino. A veces pienso que cuando Pablo de Tarso nos ofreció sus conocimientos se olvidó de explicarnos lo que, para él, quizá, era obvio: La raíz de esta creencia. Si repasamos la biblia, la divinidad, el eterno o el infinito, no favorece más (si se puede utilizar esa palabra) a quien más se flagela; sino a quien alcanza mayor confianza. Igualmente ofrece su sabiduría en dos conceptos que, quizá, hoy, nos sirvan para efectuar una reflexión más profunda: La confrontación y el odio imperfecto.

  “Yo no crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner en conflicto..” Esta afirmación de Jesús de Nazaret no se explica solo como una anticipación de los conflictos o persecuciones religiosas. Si entendemos que Jesús hablaba de la era mesiánica, debemos ahondar en el concepto, y plantearnos si dicha frase justamente dice lo contrario a lo que literalmente, a veces, entendemos. El rigor implacable del juicio no es la mejor salida. En suma, Jesús hablaba desde su propia tradición y  estaría reflejando una sabiduría antigua sobre la raíz interior de la confrontación. Ese enfrentamiento de familias, tribus, ideologías o Estados, tiene su raíz en un reto personal y propio. El conflicto no ha de ser hacia el otro. Contrariamente, esa cruda espada es el reflejo de nuestras oscuridades. La confrontación nos invita a analizarnos desde dentro, para conocer por qué vemos en el otro solo un enemigo y nos provoca sufrimiento, desprecio o ira. La raíz de la confrontación está dentro.

   Ante un conflicto, la mejor opción nunca sería enfrentarse gratuitamente al otro, desacreditarlo y terminar ahí, en la división permanente. Contrariamente ese conflicto debería ser un estímulo para ahondar en las razones que nos impiden comprendernos y llegar a un acuerdo. Entender que la falta de acuerdo no es solo un fracaso del otro, sino también un fracaso propio. Es decir, para superar la espada, tenemos que clavarla dentro, pero no para sufrir, sino para buscar el entendimiento.

 Bonito mensaje que implica que, cuando odies, mírate primero a ti y pregúntate qué está sucediendo dentro.

 El odio imperfecto y gratuito nos acerca al mensaje de la división. Un rabino, con el que no coincido en muchas cosas, explicaba en un live de YouTube el mensaje secreto que, para él, se encontraba en la enfermedad de la hermana de Moisés, sus causas y la posibilidad de su superación. La hermana de Moisés lo criticó por haberse divorciado, y luego enfermó. El rezo de Moisés la salvó. Identifiquemos ese rezo con la comprensión de las circunstancias del otro. La sabiduría reflejada en esa narración explica que la solución, ante circunstancias difíciles, no es el odio gratuito, sin conocer por qué una persona tomó una decisión u otra, incluso cuando creemos (y a veces no es cierto) que hace algo incorrecto, sino progresar en la unión y el entendimiento.

 Si unimos estos dos conceptos espirituales, nos pueden dar una pauta del caos que vivimos en estos momentos. A menudo me perturban videos o mensajes de WhatsApp, que las personas difunden en cadena, para afianzarse en su odio al otro. Y ese reflejo social está también en nuestra política. Europa no puede superarse al no comprender y no confluir en un objetivo común. España no puede decidir lo mejor para todos desde el enfrentamiento. Este mensaje que encierra una sabiduría antigua, sin juzgar ni penetrar en su ámbito religioso, nos indica que la superación de una enfermedad, una crisis, o una circunstancia negativa, pasa por depurar nuestra confrontación y eliminar el odio gratuito. Los tiempos más difíciles pueden hacer que una comunidad responda de la forma más heroica. Pedir a los dirigentes (a todos y no solo a los que entendemos son contrarios a lo que pensamos) que terminen con la confrontación incorrecta es una obligación moral.

No terminaremos con el virus, pero si modificamos nuestra forma de enfrentarlo, en mi humilde y no siempre acertada opinión, quizá podamos amortiguar mejor su impacto.

Reflexiones de media tarde: Envejecer bien es crecer en misericordia

   Con el paso de los años, asumir las diferentes edades es a veces un reto. Y ese reto no es tener una piel de 18, un abono a las inyecciones de botox o cajas y cajas de suplementos alimenticios. No está nada mal preocuparse por mantenerse sano físicamente, al contrario, es algo bueno. El mantener una buena alimentación, hacer deporte, cuidarse, en suma, es cuestión de rutina. Algo que se aprende con unos hábitos más o menos sencillos. Sin embargo, en mi opinión, el verdadero reto que impone el avance de los años va más allá. Un sabio dijo que la mejor manera de conocer si estamos envejeciendo bien es evaluar si aumenta cada día nuestra capacidad de misericordia, nuestra empatía o entendimiento hacia los otros, y hacia nosotros mismos.

    Siempre recordaré que, hace muchos años cuando todavía oficiaba bodas civiles, me correspondió casar a dos personas muy jóvenes. Era una boda humilde, con poca gente y pocos faustos, en la que la hermana menor se afanaba por sacarles las mejores fotografías desde todos los ángulos posibles. En el momento del beso, la hermana se acercó para sacarles una fotografía más cercana. Un hombre de avanzada edad, apoyado en un bastón y con expresión de enfado, se acercó también y pronunció esta frase: !Tantas fotografías! ¿para qué?, si esto no va a durar ni un año. Deja de hacer fotografías.

Le invité a que volviera a su lugar y guardara silencio. Me contuve, no hay razón para hacer aprecio y fastidiar más las cosas. Confieso que me hubiera gustado reprimirle severamente. No voy a defender aquí el matrimonio como la mejor forma de evidenciar un amor, no deja de ser un contrato, pero aunque sea un trámite eso no implica que no tenga significado para quien lo hace. Tiene que ser un instante feliz para sus protagonistas.

   En ese momento tuve claro que, si la vida me permite llegar a tener la edad de aquel hombre, nunca sería así: alguien que va oscureciendo los días. Con el tiempo aprendes que lo que aporta amar no es tanto su duración, puede incluso durar instantes, sino la intensidad con la que se viven los momentos. Eso es lo bueno que nos llevamos. Esos jóvenes se divorciaron al año, cumpliendo la sentencia de su abuelo. No sabría decir cuánto contribuyó la negatividad con la que su familia se enfrentó a su unión, o si simplemente era lo que tenía que suceder. Pienso que si algo acaba terminando no significa que no fuera bueno al inicio y que debemos aprender a dar claridad a todos los momentos que compartimos.

  Si llego a necesitar bastón, no me van a importar las arrugas de la cara o mi dificultad de movimientos. Lo que de verdad me importará es estar en la vida para dar claridad. El paso de los años, ya lo decía ese sabio, debe hacernos crecer en misericordia. Dar sin juzgar severamente, sin amargura, y poder recibir los rayos del sol en cada segundo.

REFLEXIONES DE MEDIA TARDE

Cuidado con la culpa persecutoria

    Yo no soy nadie para juzgar las creencias de otros y por lo tanto, lo que aquí reflexiono, lo digo desde el mayor respeto que me producen todas las opiniones y creencias. ¿Entonces por qué escribo esto? La razón es sencilla, al estar navegando por internet, me llamó la atención un vídeo en el que se ofertaba un procedimiento o técnica para impedir que las supuestas creencias negativas en nuestra vida nos condicionen, así que lo visualicé. Al hacerlo, me preocupó que dicho mensaje pudiera ser recibido por alguna persona que se encontrase emocionalmente mal a consecuencia de alguna causa o de un acto de otra persona y que lo manifestado allí operara de modo de refuerzo de su culpa persecutoria.

  Las teorías de creación de la realidad que vivimos son muy sugerentes, porque nos dan el mando, el control, la ilusión de la posibilidad de cambiar la realidad que percibimos, pero tienen un inherente peligro: no siempre todo puede ser modificado porque nosotros lo queramos. Yo misma, cuando me he encontrado muy afectada emocionalmente, he sucumbido en la tentación de revisar y revisar mis acciones, en un bucle infinito, preguntándome si yo tendría alguna responsabilidad en que ello sucediese. Lo que estaba buscando era claro, si yo asumía mi daño por una causa externa, tendría que aceptarlo y obrar en consecuencia, pero si pensaba por el contrario que yo tenía alguna responsabilidad, podría cambiarlo. Yo así me sentía que estaba al timón de mi vida. Pero eso es la trampa de la mente (que busca siempre seguridad) y la culpa persecutoria. No digamos cómo opera dicha culpa, torturando la mente, en los casos de personas que sufren vejaciones constantes o maltrato. Se hacen responsables y su victimario/a refuerza aún mucho más que ellas o ellos son las responsables. Pero eso no es así, tenemos que asumir que estamos dañados, reconocer nuestro dolor y situar la causa donde está, que es fuera, y por ello, la mayoría de las veces, no la podemos cambiar.

  El procedimiento que sugería dicho vídeo era que, si nos encontrábamos sufriendo a consecuencia de relaciones con una persona, pusiéramos en un papel, pidiendo a la divinidad o al universo lo siguiente: elimina mis creencias negativas con respecto a dicha persona. Encima de dicho papel, un vaso de agua lleno en sus 2/3, que se debería cambiar diariamente.

 Pues bien, lo del vaso de agua no me parece nada peligroso, pero sí situar todo conflicto que causa un daño emocional en una “creencia (y por lo tanto nuestra) negativa sobre alguien”. ¿Y si ese alguien es un psicópata?, ¿una persona sin empatía? No serían nuestras creencias negativas, sino nuestras evidencias negativas sobre la conducta de alguien. ¿Lo podemos cambiar? Lo dudo, por mucha creencia positiva que nos otorgue el universo. Hay personas que tienen las cáscaras tan duras que por mucho bien que les otorgues, disfrutan, y no sufren nada, causando el mal.

 Si ese procedimiento lo observara una persona emocionalmente dañada y con su autoestima baja, podría caer en pensar que quizá es su creencia (su culpa, su responsabilidad) la que le causa todo el mal que recibe.

 Yo solo puedo dar un consejo: Aléjate. Tan lejos como puedas.

  No hay corresponsabilidad en tropezarse en la vida con un psicópata. Existen y van buscando víctimas por doquier.

  En mi opinión no hay karma que limpiar. En todo caso, nuestra capacidad de protegernos, alejándonos. Y sobre todo eliminando el pensamiento de que es nuestra responsabilidad o culpa. Reconozcamos el dolor, pero queriéndonos a nosotros mismos. La culpa persecutoria provoca, en ocasiones, tanto o más sufrimiento que el acto que causó el daño.

  Otra cosa sería borrar de nuestra mente el sufrimiento que nos causó el daño. Soy consciente de que, si el hecho es muy grave, por ejemplo, si hemos perdido a un ser querido, ese dolor no se va atenuar. Pero imaginemos una situación común en la que alguien nos amarga la vida (en la pareja, en el trabajo, en los estudios, en las relaciones sociales…), borremos ese sufrimiento, no para olvidarlo sin exigir se impongan al malvado las consecuencias que procedan, sino para intentar que tal dolor no nos impida proseguir nuestra vida. El victimario/a no se arrepiente. No va a tener ni un minuto de consideración sobre lo que nos hizo. En cambio, si nosotros revivimos constantemente el sufrimiento, le damos un valor mayor del que tiene. Yo cambiaría el papelito. Pondría: “elimina mi sufrimiento. Yo no soy responsable de nada y ayúdame a proseguir, porque mi futuro, mi vida y mi bienestar serán la mejor manera de hacerle saber a esa persona que no me ganó”. En esos momentos, cuando llegamos a ese punto, sí podemos disfrutar nuestro presente y tenemos el control.

Reflexiones de fin de semana

¿Cómo nos vemos a nosotros mismos?

Ayer leí un artículo sobre una bellísima joven que se veía tan fea que redujo su vida al aislamiento. Lo que impacta es que una persona tan joven y tan bonita sea capaz de verse a sí misma de tal manera que evite las fotos e incluso ir al colegio. Esta distorsión mental llama la atención porque la joven era y es bellísima. ¿Cómo es posible que se vea así? O, mejor dicho, cómo resulta posible que se juzgue con tanta severidad. El ejemplo es muy material, belleza física, pero quizá por ello es de más clara comprensión. Todos podemos entender que existe una distorsión. ¿Pero cuantas veces nuestra propia mente, nuestras propias presiones o convenciones nos distorsiona la realidad?

Un reto para 2021 : dejar los dogmas a un lado, las convenciones en el saco de la basura, y pregúntase cuántas veces uno/a es demasiado severo/a consigo mismo y sufre. La libertad comienza cuando uno se ama a sí mismo. Solo así podrá sentirse vivo/a y amar, dar, a los demás.

No acumules. Suma

SUMA

Nivel simplista: 1+1=2

Nivel natural: 1+1=2 y si se mezclan 1+1=1; a veces también 1+1=0. Y muchos resultados más, la naturaleza nos da lecciones infinitas.

Nivel ontológico: 1+1=3. La tercera parte es la intersección de los círculos.

La realidad, o lo que tú crees es la realidad, no siempre reside en lo que tú has aceptado como dogma.

Veamos…

Nivel ontosófico (me acabo de inventar la palabreja): 1+1=2; resultado no siempre perfecto. 1+1=1. Resultado insatisfactorio, la mayor parte de las veces. No solo se pierde la identidad, sino que puede ganar la oscuridad. 1+1=3. Suma adecuada para el ser. Se une y no pierde la identidad. Pero hay algo más, algo que no vemos y que nos indica que 1 se suma con 1, se suma con 0, se suma con más 1, se integran los valores negativos propios y los espacios sobresalientes de nuestro círculo hacen que tengamos zonas conectadas y comunes a la realidad; a los demás. Ser libre, no atarse a dogmas, es el primer paso para sentirse bien. Busca tu propiedad más allá de la aditiva.