La era mesiánica y la covid 19: Entre la confrontación y el odio imperfecto

Una reflexión más. Y perdonad, ya paro con las reflexiones…y vuelvo a la poesía…

Cualquier europeo del primer mundo, cuando visualiza el mapa de los casos de coronavirus, se hace una pregunta: ¿Por qué a mí? Esa pregunta no es mala en sí, si nos interrogamos para conocer los factores que están incidiendo en una exposición mayor en algunos lugares y podemos prevenir que no pase en otros; pero si la hacemos desde el victimismo, por qué a mí, si soy de un país más rico, tiene mejores hospitales y mejores medios, no nos lleva a ninguna parte. En el futuro conoceremos las causas de esa mayor propagación, sea a consecuencia de la mayor globalización, edad, menor inmunidad o simplemente parte de un proceso que acabará extendiéndose por todo el mundo. Pero, en mi opinión, es mejor olvidar la soberbia. Nosotros tenemos que aprender y mucho.

 Llegará algún día que haya dosis de vacunas para todos o quizá un medicamento efectivo. Sin embargo, el coste de vidas, moral y económico será alto. Sería bueno preguntarnos cómo podríamos hacer que ese coste sea menor. Mientras esperamos a que la ciencia se tomé sus tiempos y aumente la producción de vacunas o se halle ese medicamento, sí podemos interrogarnos cómo podríamos elegir lo mejor, desde el punto de vista político y social.

 Repasando las respuestas que se ofrecen desde diferentes ámbitos a esta encrucijada, me centraré en las respuestas religiosas o espirituales. Mi opinión personal es que no hay una exclusiva respuesta verdadera, sino caminos espirituales propios de diferentes culturas que, si los entendemos bien, todos confluyen en el mismo puerto. Hoy es habitual acudir, para indagar sobre consejos espirituales, a enseñanzas de religiones que, para nosotros, son más exóticas o desconocidas. Sin embargo, en esta ocasión, me gustaría escribir sobre la que nos es más cercana en el mundo occidental, y cuya sabiduría antigua muchas veces ignoramos.

  Con el mayor respeto y sin ánimo de acritud, me aburren las respuestas que monjes, videntes y otros seres de todo tipo, ofrecen a la humanidad desde la religión en la que me he criado. Castigo, apocalipsis, Sodoma/Gomorra, flagelémonos y veremos si se salva alguien del decreto divino. A veces pienso que cuando Pablo de Tarso nos ofreció sus conocimientos se olvidó de explicarnos lo que, para él, quizá, era obvio: La raíz de esta creencia. Si repasamos la biblia, la divinidad, el eterno o el infinito, no favorece más (si se puede utilizar esa palabra) a quien más se flagela; sino a quien alcanza mayor confianza. Igualmente ofrece su sabiduría en dos conceptos que, quizá, hoy, nos sirvan para efectuar una reflexión más profunda: La confrontación y el odio imperfecto.

  “Yo no crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner en conflicto..” Esta afirmación de Jesús de Nazaret no se explica solo como una anticipación de los conflictos o persecuciones religiosas. Si entendemos que Jesús hablaba de la era mesiánica, debemos ahondar en el concepto, y plantearnos si dicha frase justamente dice lo contrario a lo que literalmente, a veces, entendemos. El rigor implacable del juicio no es la mejor salida. En suma, Jesús hablaba desde su propia tradición y  estaría reflejando una sabiduría antigua sobre la raíz interior de la confrontación. Ese enfrentamiento de familias, tribus, ideologías o Estados, tiene su raíz en un reto personal y propio. El conflicto no ha de ser hacia el otro. Contrariamente, esa cruda espada es el reflejo de nuestras oscuridades. La confrontación nos invita a analizarnos desde dentro, para conocer por qué vemos en el otro solo un enemigo y nos provoca sufrimiento, desprecio o ira. La raíz de la confrontación está dentro.

   Ante un conflicto, la mejor opción nunca sería enfrentarse gratuitamente al otro, desacreditarlo y terminar ahí, en la división permanente. Contrariamente ese conflicto debería ser un estímulo para ahondar en las razones que nos impiden comprendernos y llegar a un acuerdo. Entender que la falta de acuerdo no es solo un fracaso del otro, sino también un fracaso propio. Es decir, para superar la espada, tenemos que clavarla dentro, pero no para sufrir, sino para buscar el entendimiento.

 Bonito mensaje que implica que, cuando odies, mírate primero a ti y pregúntate qué está sucediendo dentro.

 El odio imperfecto y gratuito nos acerca al mensaje de la división. Un rabino, con el que no coincido en muchas cosas, explicaba en un live de YouTube el mensaje secreto que, para él, se encontraba en la enfermedad de la hermana de Moisés, sus causas y la posibilidad de su superación. La hermana de Moisés lo criticó por haberse divorciado, y luego enfermó. El rezo de Moisés la salvó. Identifiquemos ese rezo con la comprensión de las circunstancias del otro. La sabiduría reflejada en esa narración explica que la solución, ante circunstancias difíciles, no es el odio gratuito, sin conocer por qué una persona tomó una decisión u otra, incluso cuando creemos (y a veces no es cierto) que hace algo incorrecto, sino progresar en la unión y el entendimiento.

 Si unimos estos dos conceptos espirituales, nos pueden dar una pauta del caos que vivimos en estos momentos. A menudo me perturban videos o mensajes de WhatsApp, que las personas difunden en cadena, para afianzarse en su odio al otro. Y ese reflejo social está también en nuestra política. Europa no puede superarse al no comprender y no confluir en un objetivo común. España no puede decidir lo mejor para todos desde el enfrentamiento. Este mensaje que encierra una sabiduría antigua, sin juzgar ni penetrar en su ámbito religioso, nos indica que la superación de una enfermedad, una crisis, o una circunstancia negativa, pasa por depurar nuestra confrontación y eliminar el odio gratuito. Los tiempos más difíciles pueden hacer que una comunidad responda de la forma más heroica. Pedir a los dirigentes (a todos y no solo a los que entendemos son contrarios a lo que pensamos) que terminen con la confrontación incorrecta es una obligación moral.

No terminaremos con el virus, pero si modificamos nuestra forma de enfrentarlo, en mi humilde y no siempre acertada opinión, quizá podamos amortiguar mejor su impacto.

Reflexiones de media tarde: Envejecer bien es crecer en misericordia

   Con el paso de los años, asumir las diferentes edades es a veces un reto. Y ese reto no es tener una piel de 18, un abono a las inyecciones de botox o cajas y cajas de suplementos alimenticios. No está nada mal preocuparse por mantenerse sano físicamente, al contrario, es algo bueno. El mantener una buena alimentación, hacer deporte, cuidarse, en suma, es cuestión de rutina. Algo que se aprende con unos hábitos más o menos sencillos. Sin embargo, en mi opinión, el verdadero reto que impone el avance de los años va más allá. Un sabio dijo que la mejor manera de conocer si estamos envejeciendo bien es evaluar si aumenta cada día nuestra capacidad de misericordia, nuestra empatía o entendimiento hacia los otros, y hacia nosotros mismos.

    Siempre recordaré que, hace muchos años cuando todavía oficiaba bodas civiles, me correspondió casar a dos personas muy jóvenes. Era una boda humilde, con poca gente y pocos faustos, en la que la hermana menor se afanaba por sacarles las mejores fotografías desde todos los ángulos posibles. En el momento del beso, la hermana se acercó para sacarles una fotografía más cercana. Un hombre de avanzada edad, apoyado en un bastón y con expresión de enfado, se acercó también y pronunció esta frase: !Tantas fotografías! ¿para qué?, si esto no va a durar ni un año. Deja de hacer fotografías.

Le invité a que volviera a su lugar y guardara silencio. Me contuve, no hay razón para hacer aprecio y fastidiar más las cosas. Confieso que me hubiera gustado reprimirle severamente. No voy a defender aquí el matrimonio como la mejor forma de evidenciar un amor, no deja de ser un contrato, pero aunque sea un trámite eso no implica que no tenga significado para quien lo hace. Tiene que ser un instante feliz para sus protagonistas.

   En ese momento tuve claro que, si la vida me permite llegar a tener la edad de aquel hombre, nunca sería así: alguien que va oscureciendo los días. Con el tiempo aprendes que lo que aporta amar no es tanto su duración, puede incluso durar instantes, sino la intensidad con la que se viven los momentos. Eso es lo bueno que nos llevamos. Esos jóvenes se divorciaron al año, cumpliendo la sentencia de su abuelo. No sabría decir cuánto contribuyó la negatividad con la que su familia se enfrentó a su unión, o si simplemente era lo que tenía que suceder. Pienso que si algo acaba terminando no significa que no fuera bueno al inicio y que debemos aprender a dar claridad a todos los momentos que compartimos.

  Si llego a necesitar bastón, no me van a importar las arrugas de la cara o mi dificultad de movimientos. Lo que de verdad me importará es estar en la vida para dar claridad. El paso de los años, ya lo decía ese sabio, debe hacernos crecer en misericordia. Dar sin juzgar severamente, sin amargura, y poder recibir los rayos del sol en cada segundo.

REFLEXIONES DE MEDIA TARDE

Cuidado con la culpa persecutoria

    Yo no soy nadie para juzgar las creencias de otros y por lo tanto, lo que aquí reflexiono, lo digo desde el mayor respeto que me producen todas las opiniones y creencias. ¿Entonces por qué escribo esto? La razón es sencilla, al estar navegando por internet, me llamó la atención un vídeo en el que se ofertaba un procedimiento o técnica para impedir que las supuestas creencias negativas en nuestra vida nos condicionen, así que lo visualicé. Al hacerlo, me preocupó que dicho mensaje pudiera ser recibido por alguna persona que se encontrase emocionalmente mal a consecuencia de alguna causa o de un acto de otra persona y que lo manifestado allí operara de modo de refuerzo de su culpa persecutoria.

  Las teorías de creación de la realidad que vivimos son muy sugerentes, porque nos dan el mando, el control, la ilusión de la posibilidad de cambiar la realidad que percibimos, pero tienen un inherente peligro: no siempre todo puede ser modificado porque nosotros lo queramos. Yo misma, cuando me he encontrado muy afectada emocionalmente, he sucumbido en la tentación de revisar y revisar mis acciones, en un bucle infinito, preguntándome si yo tendría alguna responsabilidad en que ello sucediese. Lo que estaba buscando era claro, si yo asumía mi daño por una causa externa, tendría que aceptarlo y obrar en consecuencia, pero si pensaba por el contrario que yo tenía alguna responsabilidad, podría cambiarlo. Yo así me sentía que estaba al timón de mi vida. Pero eso es la trampa de la mente (que busca siempre seguridad) y la culpa persecutoria. No digamos cómo opera dicha culpa, torturando la mente, en los casos de personas que sufren vejaciones constantes o maltrato. Se hacen responsables y su victimario/a refuerza aún mucho más que ellas o ellos son las responsables. Pero eso no es así, tenemos que asumir que estamos dañados, reconocer nuestro dolor y situar la causa donde está, que es fuera, y por ello, la mayoría de las veces, no la podemos cambiar.

  El procedimiento que sugería dicho vídeo era que, si nos encontrábamos sufriendo a consecuencia de relaciones con una persona, pusiéramos en un papel, pidiendo a la divinidad o al universo lo siguiente: elimina mis creencias negativas con respecto a dicha persona. Encima de dicho papel, un vaso de agua lleno en sus 2/3, que se debería cambiar diariamente.

 Pues bien, lo del vaso de agua no me parece nada peligroso, pero sí situar todo conflicto que causa un daño emocional en una “creencia (y por lo tanto nuestra) negativa sobre alguien”. ¿Y si ese alguien es un psicópata?, ¿una persona sin empatía? No serían nuestras creencias negativas, sino nuestras evidencias negativas sobre la conducta de alguien. ¿Lo podemos cambiar? Lo dudo, por mucha creencia positiva que nos otorgue el universo. Hay personas que tienen las cáscaras tan duras que por mucho bien que les otorgues, disfrutan, y no sufren nada, causando el mal.

 Si ese procedimiento lo observara una persona emocionalmente dañada y con su autoestima baja, podría caer en pensar que quizá es su creencia (su culpa, su responsabilidad) la que le causa todo el mal que recibe.

 Yo solo puedo dar un consejo: Aléjate. Tan lejos como puedas.

  No hay corresponsabilidad en tropezarse en la vida con un psicópata. Existen y van buscando víctimas por doquier.

  En mi opinión no hay karma que limpiar. En todo caso, nuestra capacidad de protegernos, alejándonos. Y sobre todo eliminando el pensamiento de que es nuestra responsabilidad o culpa. Reconozcamos el dolor, pero queriéndonos a nosotros mismos. La culpa persecutoria provoca, en ocasiones, tanto o más sufrimiento que el acto que causó el daño.

  Otra cosa sería borrar de nuestra mente el sufrimiento que nos causó el daño. Soy consciente de que, si el hecho es muy grave, por ejemplo, si hemos perdido a un ser querido, ese dolor no se va atenuar. Pero imaginemos una situación común en la que alguien nos amarga la vida (en la pareja, en el trabajo, en los estudios, en las relaciones sociales…), borremos ese sufrimiento, no para olvidarlo sin exigir se impongan al malvado las consecuencias que procedan, sino para intentar que tal dolor no nos impida proseguir nuestra vida. El victimario/a no se arrepiente. No va a tener ni un minuto de consideración sobre lo que nos hizo. En cambio, si nosotros revivimos constantemente el sufrimiento, le damos un valor mayor del que tiene. Yo cambiaría el papelito. Pondría: “elimina mi sufrimiento. Yo no soy responsable de nada y ayúdame a proseguir, porque mi futuro, mi vida y mi bienestar serán la mejor manera de hacerle saber a esa persona que no me ganó”. En esos momentos, cuando llegamos a ese punto, sí podemos disfrutar nuestro presente y tenemos el control.

Reflexiones de fin de semana

¿Cómo nos vemos a nosotros mismos?

Ayer leí un artículo sobre una bellísima joven que se veía tan fea que redujo su vida al aislamiento. Lo que impacta es que una persona tan joven y tan bonita sea capaz de verse a sí misma de tal manera que evite las fotos e incluso ir al colegio. Esta distorsión mental llama la atención porque la joven era y es bellísima. ¿Cómo es posible que se vea así? O, mejor dicho, cómo resulta posible que se juzgue con tanta severidad. El ejemplo es muy material, belleza física, pero quizá por ello es de más clara comprensión. Todos podemos entender que existe una distorsión. ¿Pero cuantas veces nuestra propia mente, nuestras propias presiones o convenciones nos distorsiona la realidad?

Un reto para 2021 : dejar los dogmas a un lado, las convenciones en el saco de la basura, y pregúntase cuántas veces uno/a es demasiado severo/a consigo mismo y sufre. La libertad comienza cuando uno se ama a sí mismo. Solo así podrá sentirse vivo/a y amar, dar, a los demás.

No acumules. Suma

SUMA

Nivel simplista: 1+1=2

Nivel natural: 1+1=2 y si se mezclan 1+1=1; a veces también 1+1=0. Y muchos resultados más, la naturaleza nos da lecciones infinitas.

Nivel ontológico: 1+1=3. La tercera parte es la intersección de los círculos.

La realidad, o lo que tú crees es la realidad, no siempre reside en lo que tú has aceptado como dogma.

Veamos…

Nivel ontosófico (me acabo de inventar la palabreja): 1+1=2; resultado no siempre perfecto. 1+1=1. Resultado insatisfactorio, la mayor parte de las veces. No solo se pierde la identidad, sino que puede ganar la oscuridad. 1+1=3. Suma adecuada para el ser. Se une y no pierde la identidad. Pero hay algo más, algo que no vemos y que nos indica que 1 se suma con 1, se suma con 0, se suma con más 1, se integran los valores negativos propios y los espacios sobresalientes de nuestro círculo hacen que tengamos zonas conectadas y comunes a la realidad; a los demás. Ser libre, no atarse a dogmas, es el primer paso para sentirse bien. Busca tu propiedad más allá de la aditiva.

Principio

 Son las diez de la mañana,

el sol, desafiante, inunda el dormitorio,

pero ella se enroca, se hace ovillo y esponja

 entre todos los restos de la noche.

Ella busca perderse, para no retomarse.

Ella no está viva,

aunque esté viva…

El sueño no es profundo,

su mente ya se inquieta,

removiendo recuerdos, espejos, sentimientos.

No quiere despertar,

aunque ya esté despierta.

Es como un hada triste…

un personaje atado.

Aquella que levita

sobre sus identidades prisioneras.

Hay dolor, flashback, retroceso…

Un estanque. Donde el agua es oscura

demasiado densa.

Pero algo se revela,

sobre estos mis dominios,

ya casi visualizo su cuerpo indefinido.

Mi teclado en disgusto. Se hace ausente, rebelde.

Y bloquea sus teclas,

se hacen fuego los números,

se pierden los contornos. Mi débil personaje.

Las letras ya son sombras retorcidas, endebles.

La cera derretida en los infiernos propios.

No se cambia el pasado.

No se cambia.

Así que vive sin él.

Y entonces mi hada triste

otrora marioneta,

se hizo mujer, naciente, como la luna nueva.

Sus lados más oscuros

son ahora brillantes.

Ya defino su cuerpo, su porte, su figura.

Sus labios son suaves, tan tersos y valientes,

Su boca la bandera ardiente de deseo.

Se mueve con soltura, me habla. También baila,

conoce la palabra que crea nuestro origen.

Y es acción, es proyecto, es nube y torbellino.

Ya se ama.

El fuego se atenúa

y el teclado es hermoso.

Su poema no es fin

sino principio.

Sustento

Ella tenía las manos cargadas

de piedras preciosas

para engalanar la fachada.

La pintura era reciente y las paredes

parecían estrenarse, remontarse,

al esplendor inicial de sus orígenes.

Había buscado albañiles,

agrupado las piedras

y elegido los colores más bonitos.

las flores más preciadas,

para el jardín.

Pero ella estaba dentro,

no fuera

y cuando se aproximaba al espejo,

nada encontraba.

El vacío cabalga traicionero,

sobre todos los pensamientos.

No era ese el sentido

de lo que estaba buscando.

Encontrar la llave

siempre implica,

un leve retroceso a los principios,

recuperar la mirada,

versionar la realidad desde muy dentro.

Por eso, ella tomó el espejo

y lo lanzó, rompiéndolo en pedazos.

Un instinto inexplicable

se apoderó, cual fantasma,

de la balanza de sus emociones.

Esa intuición que anuncia el cambio,

que quebranta, rompe, deconstruye

los aciagos condicionantes,

que renace, renueva, construye

en el resurgimiento de la aurora.

Cuando falta el cimiento,

el sustento,

de toda construcción,

falta el sentido

con el que se imprimen los paisajes.

Una rama entre muchas

             

Érase una vez, en un universo muy lejano, un pequeño planeta donde los árboles hablaban entre sí. El bosque era bullicioso y alegre, un refugio para todas las aves y criaturas que lo habitaban. El árbol madre, maravillado por el hermoso paisaje que habían construido los árboles, dio a cada rama su individualidad y el don de la palabra. Y así llegó el día que las ramas pudieron hablar también entre sí, presumir de sus elegantes hojas, competir por su verde más intenso, los frutos más exóticos. Las ramas empezaron a compararse con las otras, a repudiar a aquellas que tenían menos frutos o las hojas menos verdes, más diversas. La vida en la unidad del árbol era insoportable y los bosques se convirtieron en un lugar desagradable para las otras criaturas vivientes. La Madre de los árboles decidió separarlos y de un soplo transformó el bosque en una amplia llanura donde plantó independiente cada rama de los árboles y ocultó sus troncos tras un velo invisible, el cual no se alzaría hasta que abandonasen su ceguera por sentirse únicas. Como no tenían raíces, las ramas comenzaron a secarse. Ya no había alimento para su verdor, no daban espléndidos y coloridos frutos. Sufrieron mucho para sobrevivir, debieron alimentarse de lo que pudieran encontrar bajo la tierra. Un día, una misteriosa estrella se compadeció de las penurias de las ramas e iluminó su penumbra. Las ramas fueron conscientes de que había perdido su verde. Se veían tan oscuras y tan débiles. Las lágrimas comenzaron a brotar de la endeble cáscara que les recubría. La tierra se humedeció y comenzó a reverdecerse. Los troncos se hicieron visibles y a cada rama le fue permitido volver a ocupar su lugar. Comprendieron que su mejor realidad era formar parte, todas juntas, de la maravilla de los árboles.

            Soy una rama, parte de lo que he venido, de los que me han precedido, lo que me es mostrado como presente, lo que será el futuro. Soy una entre muchos y entre muchas uno. Las leyes de la naturaleza muestran que la mejor versión de uno es la que no se comprende sin los otros.

Enfoque

LAS PALABRAS, a veces, se agrian,

asustando a la mente,

destronándola de su infinita ansia

de seguridad.

Adrenalina. Vuelta al ritmo conocido.

Rutina. Pauta. Norma.

Un soplo de aire frío.

LA MENTE que aconseja,

no te salgas de las marcas

marcadas de la ruta

con migas de pan y de papel.

Volvamos a casa,

a un lugar seguro.

Más vale el invierno de chimenea

que una primavera prometida.

ALTO ahí, la intuición se queja,

tú eres la capitana de este navío.

No dejes el timón a quien aburre

con sus consabidas rumiaciones.

ESCRIBO

a mi estimada mente racional,

eres una sutil herramienta

para mi supervivencia.

Pero esta vez no te haré caso,

no quiero aceras del miedo y de la duda,

yo busco la frase escondida

en cada amanecer.

Un mal enfoque

tiene mucho que ver con la lente que elegimos.

Reflexiones de media tarde y un poema

Si bien la crítica activa, siempre desde el respeto, el cariño y las buenas palabras, puede ayudarnos a mejorar, la toxicidad del reproche convierte las relaciones en una solera de cemento en la que no pueden crecer las flores.

Pienso que la frase “he dicho lo que pensaba” a veces no es tan positiva como nos parece; no hay que decir siempre lo primero que se te venga a la cabeza, lejos de ser sincero- no lo es a menudo porque está contaminado por la ira, la rabia o el dolor- es más bien imprudente cuando no se ha medido el daño que pueden provocar las palabras.

REPROCHE

A veces somos fuego en artificio.

Las artes de defensa son crueles

y acaban desgastándonos los ojos,

de tanto mirarnos hacia fuera.

En el camino del reproche

no existe lugar para acomodos.

Es mejor abandonar la tierra,

estirar las manos protegidas

y regar tu semilla bajo un árbol,

resguardado hacia el sol.

Muchas veces rectificar implica,

entender que muchas lecciones de la vida

no son siquiera precisas.

Nada es tan importante

que merezca se te arrugue la sonrisa.

No importa lo que piensen, lo que digan,

ni siquiera lo que hagan.

El resto es un espejo

en el que habitan

nuestros propios miedos.

La paradoja es que, sin superar el miedo,

nunca podremos comprenderlo.

En el cemento no crecen bien las flores.

¿Ya lo has visto? La luz es diferente

según donde se mira.