Amor ilusorio

Es el amor ilusorio, amor platónico

ese que no se prueba ni se entiende,

un domino del ego, que pletórico

cree encontrar un trono siempre indemne

y el otro, otra, su imagen duplicada

que le corone en espacios infinitos

sin duda, ni arrebato, ella entregada

pues sin mí todo parece no ser nada

Mas no hay nada tan contrario al amor

que el espejo de un yo que desmedido

busca en la hipérbole su premio y su testigo.

Qué es el amor sin comprender sino

que nadie es rey ni reina ni destino

solo un humilde servidor de sus designios.

El árbol de la ciencia

              

             Para recorrer tu cintura y alcanzar los frutos,

             no preciso comprender los precipicios

             de las bifurcaciones de tus ramas.

             Solo necesito saber que tus raíces

             no dejan de ser las mismas que las mías

              Por eso, tu abrazo es más infinito

             que cualquier cosa que percibo

             y lo que pueda acontecer no importa

             cuando tus besos son uno con mis labios.

Teatro

Será el amor un sueño en un teatro,

donde el guion se escribe a trompicones,

y sin hallar traspunte de emociones

nos requiere aplomo en cada acto.

Y alguna desmesura entre las letras

que ya nacen rebeldes a la prosa,

con las cartas de amor sobre la mesa

para la complacencia de las rosas.

Tus manos son festejo sigiloso,

para sentirte cerca desde lejos,

entre los bastidores no hay reflejo

de ese beso que se impone ansioso

en todas las fronteras de mi cuerpo.

En un roce de amor vertiginoso

suena la música ardiente como el fuego,

y son mis lunas tus ojos encendidos

cuando el telón se abre sorprendido,

a la pasión oculta en bambalinas.

Y reclama el proscenio indisciplina

los tambores, el beso, torbellino

las miradas, el viento, remolino

revolviendo las ropas y las hojas

hasta poner el mundo boca arriba

y tu nombre en las letras poderosas.

La pasión atraganta, sobrecoge,

enardece y desboca en correntía

hace herida, escuece y también calma,

y es suave, y abrupta, y mediodía.

Imprevisible y franca, como la propia vida.

Por eso dame teatro, dame escena

caballeros, espadas, damiselas,

huracanes, conciertos, mariposas,

cataratas, misterios y escaleras,

ese ritmo trepidante de la acción

hasta que caiga el telón …

La lente

El amor transita aguas profundas y abismales, y, a veces, se desangra para renacerse. Y cuando es capaz de habitar en sus contradicciones es posible, quizá, que hablemos de amor.

Una mujer deshila los versos de un poema

                    Una mujer deshila palabras en las redes,

mirando, ausente, triste, al mar que, malherido,

                    golpea sus sentidos con viento desatado.

                   Y ese aire de olvido, esa ausencia que hiede

                    parece no sostiene su mundo en un suspiro.

                    Sus ventanas de invierno no saben de deshielo

                    ni esas noches de antaño de brazos extendidos,

                    ni de aquellos poemas que adornaban su oído,

                    como tallos de rosas, como valles de lirio,

                    y que ahora, lejanos, se le antojan perdidos.

                    Más se alza una nube sobre el cielo estrellado.

                   Su forma le recuerda el porte de su amado

                    y añora aquellos pétalos que un día deshojaron,

                    todos aquellos besos de madera de ámbar.

                    Quién pudiera ser agua sobre un cabo arriado

                    y cruzar el abismo en un fondo de algar,

                     Quién pudiera ser ave y volar a su lado

                     hacia sus pies de luna y sus ojos de sal.

                     Una mujer deshila los versos en poema

                     y los guarda, escondidos, en un trozo de mar.

Y si fueras…

Y si fueras navegante entre sus ojos,

marino entre su piel,

el oleaje,

aquel cuyas palabras escondidas,

revelan el viento que acaricia

sus cabellos al anochecer.

No estamos tan lejos.

Solo hace falta

que la brisa disipe las nubes

para encontrar nuestra isla.

Sacerdotisas

Ellas conocen

que no hay templo que sirva de refugio,

ni fuego extraño que contener ardiendo

por jóvenes vírgenes danzantes

en un amanecer de primavera.

Ellas te invitan

a atravesar la puerta del camino,

reposando sus límites,

descalzo,

para recoger entre las piedras

las flores escondidas.

La puerta ha estado siempre abierta

para cualquiera que quiera transitarla,

si es capaz de hacer fuego entre sus manos

y formar una esfera luminosa

cuando la exigencia de los besos,

sea más que un instinto necesario.

Zapatos

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Siempre le habían dicho que, en el día, había horas propicias para encontrar el alma gemela. Por eso, cuando Simón, estaba esperando que el semáforo se pusiera en verde, observaba detenidamente el tránsito de los peatones. ¿Sería capaz de reconocerla a primera vista?

    Era 8 de septiembre. Atardecía. Los rayos de sol caían despacio jugando a iluminar el paso de peatones. Simón interpretó aquello como un buen augurio. Una joven cruzaba la calle de prisa. Las miradas se rozaron. Sintió fuego. Era ella, ella…

    ¿Cómo sería capaz de lograr encontrarla? No sabía dónde vivía ni dónde trabajaba. Si estaban de verdad predestinados, se volvería a encontrar con ella. Pero pasaban días, meses, y no ocurría nada, hasta que un día, paseando por una calle comercial, vio a aquella muchacha ordenar los zapatos en el escaparate de una conocida zapatería. Era ella, sin duda. Ella colocaba los zapatos con tanta delicadeza, dejándolos perfectamente alineados que ni el mismo lo haría mejor. A Simón le incomodaba la gente que no cuidaba sus zapatos. Su abuela le había prevenido: Alguien que no coloca bien los zapatos no está equilibrado. No contendrá sus emociones, será reactiva y su vida será un tormento.

     Nunca viene mal tener unos zapatos nuevos. Así que entró en aquella zapatería, dispuesto a conocer su alma gemela. Se llamaba Sara y era perfecta. Pronto comenzaron una relación que culminó en matrimonio en pocos meses. Amor a primera vista. ¿No hay mejor señal de que las almas están predestinadas?

    La convivencia no fue como esperaba. Cuando Sara llegaba a casa, dejaba los zapatos tirados por todas partes. Decía que ya tenía bastante con ordenarlos todos los días en la zapatería. Al principio Simón los colocaba cuidadosamente, pero poco a poco se fue cansando. Esos molestos zapatos de tacón invadiendo el dormitorio por doquier, en cualquier parte. Definitivamente no era su alma gemela. Pero, ¿Qué podía hacer? Lo mejor era divorciarse y emprender de nuevo la búsqueda, antes de consumirse en una vida sin sentido.

    Simón tenía confianza con un sabio rabino. Le consultó su problema, pero el rabino no le dijo lo que Simón pretendía escuchar. “No estás preparado, para divorciarte. Debes seguir tu camino, si no toda mujer que encuentres será la misma. Debes esperar y si no ocurre en esta vida, quizá en otra merezcas encontrar tu alma gemela”.

  ¿Pero cómo confiar en esa afirmación? ¿Y si no hubiera otra vida? Aquello era como pedir que renunciara a su felicidad. Además, si hubiera otra vida ya no recordaría nada de esta, por lo que su “sacrificio” sería inútil. Simón no dejaba de dar vueltas, una y otra vez, a las palabras del rabino.

   Pensó cambiar de religión, pero casi todos, sacerdotes y pastores, le seguían diciendo lo mismo, que no debía divorciarse. Simón se encontraba cada vez más perdido y molesto ¿Era justo exigirle semejante sacrificio?

    Simón tomaba café todas las mañanas en un bar cercano a su trabajo. Un día encontró cerrado el establecimiento. De vuelta al trabajo y molesto por el cambio que la causalidad estaba imponiendo en su rutina, se cruzó con una mujer rubia, de largos cabellos, a la cual miró profundamente. La siguió. Trabajaba en una panadería y colocaba los panes meticulosamente ordenados, tan simétricos, que cualquiera diría que era su propio espíritu. Es ella, pensó. El rabino se equivocaba. Ella estaba ahí delante de sus ojos.

   Simón se divorció de Sara y se arrojó a los brazos de María. Tras un año se casó con ella y los zapatos de tacón desordenados, caídos por doquier, volvieron a ser la estampa cotidiana de su dormitorio. Simón tuvo dos hijos con María, de la cual terminó divorciándose.

   Unos dicen que Simón sigue buscando a su alma gemela en cualquier escaparate de zapatería y, mientras tanto, enseña a sus hijos a ordenar meticulosamente los zapatos.

  Otros, que logró comprender que el amor no consiste en buscar y exigir que el otro sea un reflejo que responda siempre a nuestra medida, sino permitirse sentir amor y no temer amar. Por eso ahora bebe los vientos por Esther, una mujer que diseña zapatos asimétricos y de diferentes colores.

  No somos sino gotas, en un océano, que no comprendemos la inmensidad del conjunto.

Léase, por zapatos, las pasiones y emociones más reactivas. Simón lo que buscaba era aquella persona con la que pudiera vivir una vida serena. Como quiera que escudriñaba el “orden” de sus posibles parejas futuras, para intentar que su mente ordenase el proceso, se forzaba a enamorarse de aquello que le impresionaba iba a ser correcto y acababa siempre, contradictoriamente, con personas muy reactivas, enredándose en discusiones y reproches sin final. Cuando dejó de tener miedo, conoció a Esther.

 Quizá es tan malo dejarse llevar por lo que suceda, sin criterio, como intentar controlarlo todo. Al final, la vida arrolla.

Proyección

Cuanto más me imaginas,

más me alejas,

proyectándote entre mis densidades,

y todo es más opaco,

ilusorio,

el alea sin rumbo,

la bienvenida al caos,

entre la confusión de tus abrazos.

Cuanto más te imagino,

más te alejo,

proyectándote en mis oscuridades,

y todo es más difuso,

mi tierra se hace yerma,

y todas las rosas se marchitan

a la entrada de mi puerta.

Solo hace falta mirarse.

Las manos amantes

se moldean

para unificar sus nombres

en la primavera de los besos.

Muchas veces hablamos de las reglas del juego de la vida, si se pueden llamar así. Quizá una importante regla es no superponer imágenes. Imaginaros una fotografía que la superponemos y mezclamos con otra, no vemos nada claro. Pues todo funciona igual. La proyección psicológica puede ser negativa (proyectamos nuestros defectos o miedos) o positiva (proyectamos nuestros deseos o las cualidades que buscamos). Que esa proyección sea positiva tampoco quiere decir sea buena, pues si proyectamos en otro cualidades que esperamos y no las que tiene no le miramos tal cual es. Quizá no le estemos amando a él o a ella, sino a una ilusión. Si deseamos algo, tenemos una meta, y añadimos a esa meta imágenes de miedo o nuestras inseguridades, lo que veremos será confuso. Y así resultará complicado encontrar el camino para lograr nuestro propósito. Enfoca. Mira, observa. Vive, simplemente.

Y es que el amor…