Las cinco esquinas

LAS CINCO ESQUINAS

  Cinco personas y sus familias vivían atrapadas en un espacio en forma de pentágono. Estaban confinados por una razón desconocida y su único contacto con el exterior era el empleado de correos, que le traía lo necesario para subsistir.

  Su mundo se vio reducido a unas estancias particulares en las esquinas del pentágono y un espacio común, en su centro, donde al menos podrían socializar mínimamente. Su vida se convirtió en rutinaria. El tedio era tal que, día a día, todo iba perdiendo sentido.  

 María era una mujer solitaria que vivía con un precioso gato de color café. Desarrolló una compulsión por las compras, de forma que pedía objetos de todo tipo, para poder así mantener algún contacto con el empleado de correos. Lo había idolatrado. Él conocía el exterior. Fantaseaba con la idea de que, algún día, le confesase su amor. Y eso nunca ocurría. Un día el cartero le comentó que estaba casado y tenía dos hijos. ¿Hijos? En su reducido espacio nadie había tenido hijos. Su fantasía romántica se quebró. Ese amor imposible que le dolía por dentro le llevó a otra compulsión: comprar y comprar cosas para agradar a los otros vecinos del pentágono. A veces se las aceptaban con una sonrisa y otras se notaba que les desagradaba mucho les comprase objetos que ellos no habían pedido.

Ernesto era un hombre rudo, con un carácter quizá demasiado irascible. Era muy exigente consigo mismo y con su familia. Vivía con su mujer, Alejandra y su hijo Esteban de 20 años. Esteban sufría el rigor de su padre, quien fantaseaba con poder salir del maldito pentágono si su hijo se convertía en un deportista de élite. Le exigía una rutina dura de entrenamiento y alimentación. A penas le dejaba respirar. Alejandra sufría por su hijo. Sabía que su deseo era ser escritor. Pero Alejandra no se atrevía a decirle nada a su marido.

Alberto era muy atractivo. Un hombre moreno y alto de rasgos marcados. Tenía carisma. Todos le escuchaban. Vivía con Ana, su novia, la cual solo veía a través de sus ojos. Era el habitante más popular. Nadie le rehuía y si salía a las zonas comunes, todos acudían para conversar con él. Decía tener un plan para salir de dicho habitáculo, pero sus ideas quedaban en humo. Nunca había una propuesta concreta.

Horacio era el intelectual. Siempre estaba leyendo libros y no deseaba el contacto con ningún otro ser, salvo el cartero, y solo cuando le traía un paquete con su nuevo pedido de libros. Vivía solo. Nunca salía a los espacios comunes. Los demás le parecían poco para él. Su conversación le aburría. El deseaba seguir estando encerrado y no le preocupaba salir. Solo quería seguir estudiando y que nadie le importunase. No había nadie como él, al menos, eso pensaba.

Cristina era la mejor. Siempre estaba sonriendo y dispuesta a ayudar al resto. Era equilibrada, de buen carácter. Vivía con su sobrina Valeria. Una preciosa niña de 10 años y la única niña del lugar. Le gustaba contar cuentos, imaginar historias y viajar con la mente. Al menos así hacía que Valeria no se sintiese tan limitada. Por las noches lloraba en silencio por su sobrina. Temía que nunca pudiera ser libre.

Tuvieron que pasar, desgraciadamente, muchos años, hasta que los vecinos de tal particular pentágono descubriesen la salida. Era muy fácil, estaba justo en el espacio común. No pudieron verla hasta que cambiaron su forma de pensar. María comenzó a pensar en sí misma y entendió que su valor no residía en cómo la vieran los demás. Daba, pero no pensando en ella, en la ganancia de agradar, sino en ayudar cuando alguien de verdad lo necesitase. Dejó de idolatrar al cartero y pensó en todo lo que podía hacer en el exterior, sin importarle tanto lo que pensasen de ella sus vecinos. Alejandra y Esteban fueron capaces de poner límites a Ernesto. Ernesto comprendió que uno debe vivir su propia vida y que su hijo también. Ana dejó de mirar a través de los ojos de Alberto. Le hizo saber sus debilidades y Alberto comprendió que si no se actúa, por mucho que se hable, uno no alcanza la victoria. Horacio entendió que los libros no podían darle aquello que debía vivir por sí mismo. Debía ser humano, no un autómata asimilando información, sentir, vivir, amar, respirar. Cristina, por fín, se dio cuenta que no podría salvar a Valeria si no se salvaba a sí misma.

 Salieron, un día de primavera, dispuestos a enfrentar la aventura de sus propias vidas.  ¿Cuántas esquinas tenemos que limpiar? Quizá no exactamente estas, pero tal vez otras.

Cartas desde la caverna

Miguel Altiere, quiere dirigirles una nueva carta. Dice que ha estado meditando mucho esta semana. Está muy agitado, mueve las manos sin parar y quiere que todos salgan de sus casas con un farol para alumbrar su caverna. Dice que nunca podrá ser totalmente iluminada si todos ustedes no encienden su luz.

Tú eres único/a. Puede haber alguien parecido, quizá te parezcas mucho a tu padre, tu madre, tu hermano…Pero aun así eres único/a. Siempre hay algún rasgo, complexión, gesto, que te diferencia.

Esa diferencia no es solo física. Es también mental, en tus capacidades y habilidades.

Puede que muchas de tus ideas sean parecidas a otros, incluso las mismas, pero la forma en la que las entiendes, cómo las expresas y lo que concluyes de ellas es único. Cada persona aporta siempre una visión diferente.

Como eres único/a puedes hacer cosas únicas. Deja de cortar y pegar. Deja de reescribir o copiar lo que han dicho otros. ¿No conoces el tema? Infórmate y medítalo. Atrévete a expresar lo que piensas. Sea más elaborado o no, aportará una particular visión, la tuya.

Alabas a las personas que hacen cosas únicas porque tienen éxito, en el trabajo, en sus relaciones, en sus inversiones, en sus intuiciones…

Pero no es un secreto. Tú también eres único/a y puedes hacer cosas únicas.

¿Y por qué otros únicos/as tienen éxito?

Porque actúan. Porque las hacen realidad. Fracasarán alguna vez, o muchas, pero seguirán haciendo cosas únicas y obtendrán éxito en alguna.

¿Y qué nos diferencia a los demás de aquellos/as que hacen cosas únicas?

Que tememos no ser capaces de hacerlo.

Así que actúa. Lánzate a la vida. Experimenta. Sé único/a.

Si piensas que no puedes hacerlo, deja a tu vocecita interior de lado y pruébalo. Te ruego que saques tu farol a la calle y ayudes a iluminar esta cueva oscura.

No escribo esto como un consejo de autoayuda, sino como una necesidad. Estoy harto de alumbrar solo esta caverna oscura. Todos dependemos de todos. Precisamos que los demás aporten su lado único.

Un mundo en el que se pierden tantas cosas únicas porque muchos/as no confían y no se atreven a hacerlas, no es el mundo ideal. Nos estamos perdiendo algo mejor. El mundo puede ser mejor si todos aportamos nuestra forma única de mirarlo.

El espejo de Margarita

Margarita se desconocía. Muchas veces no confiaba en sí misma y daba vueltas a las cosas, pensando no hacía nada bien. Siempre tenía un fallo que recriminarse. Ella estaba acostumbrada a complicarse la vida. Estudió dos carreras universitarias a la vez. Emprendió un pequeño negocio y a primera hora de la tarde daba clase en la universidad. Y todo ello compaginado con la crianza de dos hijos, para los que siempre reservaba las tardes, desde que salían del colegio. Era una madre cariñosa y presente, aunque en ocasiones, lo reconocía, cuando llegaba la noche se sentía desfallecida. El padre de sus hijos, desde el divorcio, se había convertido en un padre ausente.

  Un día, embebida en esa carrera vertiginosa por hacer todo al mismo tiempo, decidió darse un respiro, para pensar qué cambios podía hacer en su negocio. La pandemia estaba afectando de manera considerable a sus ingresos. Y en esos momentos de incertidumbre, tuvo una pequeña crisis de ansiedad. Sintió como si el esternón se le hundiera hacia dentro, con un dolor punzante y una sensación de ahogo constante. Cuando en la consulta de urgencias le comunicaron que era una crisis de ansiedad, no daba crédito. ¿Ansiedad?, yo nunca tengo ansiedad, pensó.

 Aun así, se dejó convencer por sus amigas y decidió acudir a la consulta de una “coach”, para ver si podía mejorar su rutina. Las entrevistas con la psicóloga no fueron tan gratificantes como pensaba. La coach hablaba muy acelerada y afirmaba estar muy ocupada, tener que hacer muchas consultas y nunca tenía tiempo para completar la media hora que, por otra parte, Margarita pagaba por anticipado.

 Está muy ocupada, decían. ¿Ocupada?, ¿y qué justificación es estar ocupada? Se preguntaba. Ella nunca retrasó un contrato, ni falló a un compromiso. Le comentaron que su coach siempre llegaba tarde a la consulta. Empezaba tarde y las citas se le agolpaban, debiendo reducirlas. Margarita no entendía por qué no reducía el número de citas y cumplía sus compromisos, si no podía abarcarlo todo.

 En ese momento comprendió que ella sí estaba muy ocupada. Y aun así sabía gestionar los tiempos. Dejó a la coach con la palabra en la boca y dedicó toda la tarde para sí misma y sus hijos. Respiró, tomó confianza. Saldría adelante.

 ¿Cuántas buenas cualidades tienes que no reconoces?

  A veces es necesario un espejo en el que se reflejen nuestras capacidades y cualidades positivas.

Aprendiz de faquir

Viajo, a veces, con las manos vacías,

queriendo coger turno en la rebusca,

de todos los objetos imposibles.

Busco la fantasía que trasgreda

este acontecer distorsionado,

aquella página que me libere

de las estanterías de una biblioteca.

Imagino que existe un universo,

ese objeto imposible para mí,

la línea que rompe el círculo

y visibilizará mis partículas,

en el corta y pega de los tiempos,

un primer asiento en la academia

de hacedores del destino.

Confieso que prefiero el ácido a la tarta,

la pasión de las letras capitales,

capitulares, también, de este principio.

Amo a todos los pies que se descalzan

sobre la rugosidad del esparto,

los que se mecen sobre el mayor número de clavos,

aquellos que persisten,

nadadores,

de la desembocadura de las páginas.

Soy aprendiz de faquir,

buscando el truco,

para no dolerme.

1 de abril.¿ La vida te arrolla?

       Buenas tardes, permítanme que me presente hoy aquí, de improviso. Me llamo Aurora y quienes me hayan leído en una anterior entrada conocerán alguna cosa de mí. Mi creadora me ha pedido que les cuente algo sobre mi vida, lo que me resultó más difícil de aprender y, por lo que, en ocasiones, sufrí muchas desilusiones. Yo era como un recipiente, un pequeño cubo que se pone en el exterior y no se mueve, de forma que si llueve recibe lluvia, si nieva nieve y si hace un sol arrollador se abrasa. La vida me arrollaba, yo no tenía las riendas. Y esa fue la experiencia de vida que me costó más aprender. ¿Y cómo lo hice? A base de golpes, desilusiones y sensaciones de caos. Reconozco que en ese proceso tuve un encuentro providencial.

         Mi primer día de colegio encontré a mi mejor amiga, fue la primera que me habló. Las otras no lo hacían. Me eligió ella, no yo. Y a partir de ahí, mi vida comenzó a funcionar con las mismas reglas.  Cuando llegó la adolescencia, yo quería tener novio como las demás, y mi primer novio fue uno de los primeros que me lo pidió. Resultó un fiasco. También él me eligió, yo solo estaba esperando como ese cubito en el exterior, a recibir agua, nieve…lo que fuera. Conocí a mi marido en una fiesta de cumpleaños. El primero que me pidió bailar. También fue un horror. Doce años de matrimonio convertidos en martirio. Elegí mi profesión tras consultar mi carta astral. Al final la dejé por aburrimiento y comencé a estudiar filosofía, y ahora estoy aquí, dando clases de filosofía en una ciudad que elegí en una tirada de dados.

        Mis parejas me decepcionaron, mis amigas me decepcionaron, mi trabajo me daba problemas. Un día, leyendo el periódico, observé un anuncio de una consulta de psicología. Marina Bao, psicóloga. Me gustó el nombre. Y como todo en mí es intuición, allá fui. Lo que yo ahora les voy a contar, para mí, fue esencial. Una mujer de 52 años resultó iluminarse por una joven de 30. Desde ese día, podríamos decir que, pese a mis peculiaridades, he tomado las riendas de mi propio carro.

       —Así que te gustan los dados para guiar tu destino. Juguemos al tarot.

       Marina puso encima de la mesa de la consulta la carta del carro. Genial, pensé, la primera psicóloga bruja que me he encontrado. Gracias universo, será mi psicóloga para siempre. Pero ella me preguntó:

      —¿Qué opinas de esta carta?

      —Pues el carro, el regreso, el destino.

      —¿Cómo elegiste este destino, trabajar aquí?

      —Porque en los dados me salió el seis. Asigne un número a cada destino del concurso de traslado y salió el 6.

     —¿Y a tu marido?

     —Porque ese día bailamos y me pareció que la luna brillaba más fuerte. Era un mensaje. De todos los que allí estaban, era el más guapo.

     —¿Tus amigas?

    —Aquellas que quisieron serlo.

    —¿Y tú, cuando has elegido algo?

      Me quedé pensativa. Era cierto, eludía mi responsabilidad al elegir, esperando que la vida me diera lo que me correspondiera.

      —Si eres un mero recipiente estático, recibes las inclemencias del tiempo. Si decides dónde situarte. Podrás recibir lo que buscas. Eso no quiere decir que no puedas tener desilusiones, pero lo que tú haces es jugar a la ruleta rusa —observó Marina.

      Era eso, en la vida no hay que esperar lo que venga. Hay que elegir. Para elegir debemos aprender a saber lo que queremos. De lo contrario, la vida te arrolla.

31 de marzo. Sé océano y no roca

Sé océano, no seas roca. Las piezas del mapamundi

“Lo sentimos, pero su producto no encaja en nuestra línea”. Un nuevo rechazo a la propuesta de comercialización de lo que, para Alberto, había sido su mejor idea. ¿Cómo podía ser posible que no encontrase financiación para ejecutarlo? Los bancos le denegaban los créditos, las grandes firmas comerciales su apoyo y su pequeña fábrica de productos de higiene ya no podía resistir un nuevo envite. Había diseñado una nueva línea de geles de baño para deportistas con una gran capacidad antibacteriana y la posibilidad de monodosis, de modo que se podía llevar al gimnasio, incluso, en un bolsillo de la cazadora del chándal. Era ideal para viajes cortos. La fragilidad económica de la empresa que había heredado de su abuelo, el sentimiento que debía sostenerla como débito a las generaciones que le precedían y la posibilidad de asumir los costes, si no encontraba ayuda, le abocaban a un callejón sin salida. Cuanto más lo pensaba e insistía en buscar nuevas ideas para conseguir financiación, más puertas se le cerraban.

  Era la hora del desayuno, así que pidió un café solo bien cargado y una tostada en el bar de enfrente de una conocida entidad bancaria. No tenía ninguna confianza de obtener algo diferente a unas buenas palabras. La camarera le sirvió el café en una taza con mensaje. “No hay nada imposible si confías”. Tuvo ganas de tirar la taza al suelo y pisotearla hasta que dicho mensaje se diluyera. El engaño de las frasecitas de autoayuda. Dejó la taza y sin acabar ni siquiera el café, pidió la cuenta. La camarera se acercó y mirándole fijamente a los ojos, como si tuviera un mensaje importante que decirle.

—Son 7,10 señor. Con 10 céntimos no se olvide.

—7, 10, aquí tiene.

—No le cobre, Susana —dijo un hombre de unos cincuenta años, de pelo canoso alborotado y rasgos faciales muy diminutos, unos ojos que casi no se veían si no fuera porque brillaban intensamente —. Deje que le invite por hoy. Sé que vendrá mañana y será usted quien me invite.

 —Mañana no vendré aquí, no vivo cerca. Gracias, pero no creo que sea posible que vuelva.

—Volverá, no tengo duda.

  A Alberto le pareció bien extraña esa invitación sorpresiva, pero estaba demasiado agobiado para reparar en ello. Aceptó la invitación y se dirigió a la entidad bancaria. El director no estaba, había tenido que salir para resolver un asunto urgente. Le dieron cita para la mañana siguiente. ¿Cómo era posible que aquel hombre lo supiera?

  Volvió a dirigirse a la cafetería para interesarse por ese extraño individuo. Se alegró al ver que todavía no se había ido.

—¿Cómo sabía usted que tenía que volver mañana?

—Obvio. Hoy usted necesita pasear un tiempo a solas. Mañana será otro día.

   El hombre misterioso le dijo adiós afectuosamente y sin más palabra se levantó de su mesa, despidiéndose de la camarera.

—¿Quién es?, ¿usted lo sabe? —Alberto se dirigió a la camarera.

—Es un vecino, vive por aquí, eso creo, porque viene todos los días. Es un hombre amable. Se llama Javier, no sé mucho más.

    Alberto salió del bar intrigado, pero ya no pudo ver a dónde se dirigía ese misterioso interlocutor. Decidió encomendarse al destino y comenzó a pasear sin rumbo por las calles. De pronto se vio delante de un escaparate de una juguetería. Se centró en un rompecabezas del mapamundi, de gran tamaño. Recordó inmediatamente su infancia. Tuvo uno parecido. Nunca logró terminarlo. Recordó que pasaba los días, en la mesa de la cocina, intentándolo montar, mientras su madre le decía: “eso es muy difícil, Alberto, no lo harás nunca. No sabes colocar las piezas”.

   No sabes colocar las piezas. Esa frase retumbó sobre su cabeza. Vivía agobiado porque desde siempre había creído que no sabía colocar las piezas. A veces las etiquetas nos maldicen. Ahora lo sabía, pero ¿cómo aprender a colocar las piezas? Volvió a pensar en el mensaje de la taza. Si confías, nada es imposible. Quizá era eso, no tenía confianza en sí mismo, en su capacidad para colocar las piezas. Volvió caminando a la oficina.

  Cuando revisó su proyecto, se dio cuenta que, como pretendía que todo saliese bien y tuviera un buen resultado, había supervisado hasta el mínimo detalle, el color de los productos, la forma de su envasado, sus utilidades, hasta la forma de portarlo. Y pensó que, si fuera a él a quien le presentasen un producto en el que todo está diseñado tan rígido, donde no había espacio para poner el propio sello, idear, colaborar contribuir, tendría dos opciones, rechazarlo o hacer una contrapropuesta en la que sugeriría una serie de cambios. La primera opción era la más fácil y menos comprometida. Y esa era la que se encontraba cada vez que proponía su lanzamiento.

    Como si fuera invadido por una gran inspiración, cambió el planteamiento de su producto y se dirigió, dossier en mano, a la oficina de una de las grandes marcas. Sintió un vacío en el estómago. Le parecía una locura, lo más seguro es que le dieran con la puerta en las narices, pero algo le impulsaba a hacerlo. Tenía que cruzar ese abismo.

   Sin saber prácticamente cómo, el recepcionista le atendió y lo mandó al departamento comercial y desde el departamento comercial al director general. Cuando le pasaron al despacho del director no dio crédito a lo que veía. Allí estaba ese hombre de rasgos diminutos que le había invitado al café.

  —Pase y siéntese. No le esperaba hoy sino mañana. Me ha sorprendido gratamente.

  Alberto notó la cara de satisfacción de Javier mientras revisaba su propuesta.

  —Es una gran oferta. Colaboraremos. Me temo que tendrá que invitarme a más de un café.

  —Eso está hecho.

  El exceso de control, la sobreprotección, el ser nuestro propio policía interior, puede tener puntos positivos, ya que el perfeccionismo nos lleva a mejorar activamente, pero también negativos, porque la rigidez impide veamos otros puntos de vista y recibamos las bendiciones que la vida nos pueda ofrecer. No etiquetes, no seas rígido, sé océano.

Martes 30 de abril. Tú no eres unas zapatillas rosa

        Tú no eres esas zapatillas rosas

 Referirse al calzado metafóricamente para asimilarlo a nuestra esencia, alma, o ser espiritual, es algo arraigado en nuestra cultura y que tiene unas bases conocidas. Cambiar de calzado y cambiar de esencia puede ser una alegoría que nos impulse al crecimiento personal pero, en su sentido más literal o materialista, es creernos distintos por una determinada apariencia. Los cuellos más bellos que he visto raramente están vestidos con diamantes.

 Ana era una chica alegre y divertida, siempre estaba riendo, buscando un motivo para una broma o para hacer un chiste. Qué decir tiene que, pese a sus 14 años, era el alma de su casa. No se podía no quererla. Era una joven de largo cabello castaño, con unos ojos grandes que te miraban fijamente, mientras no paraba de reír, contagiándote la risa. ¿Quién podría negarle algo?

 Ana quería unas zapatillas rosas de una marca conocida, cuyo precio acumulaba tres cifras. Su madre no era muy partidaria de gastarse un dineral en ese calzado, cuando tenía suficientes deportivas.

—Todas las chicas las tienen, mamá.

—¿Y tú tienes que querer lo que quieren todas? Debes pensar en lo que necesitas, no en caprichos.

—Si yo no las llevo pareceré una colgada, una freak. Mira estas zapatillas que llevo, mamá, no las querría poner ninguna chica de mi clase.

—Iremos a ver esas zapatillas, pero no te prometo nada.

   En la zapatería tenían un puesto destacado. Ahí estaban las flamantes y deseadas zapatillas. Ana cogió un par, de color rosa intenso, y el emblema de la marca bien visible.

 —Esas no, Ana. Mira, estas son más discretas le dijo su madre, mientras le exhibía un modelo del mismo color, pero en el que el logo de la marca era muy pequeño, casi imperceptible.

 —Esas no, mamá. Esas no las quiero. No se ve de qué marca son…

 —Entonces tu no quieres unas zapatillas de esta marca porque sean más cómodas y de mejor resultado. Tú lo que quieres es llevar un cartel en tus zapatos en el que diga “mira lo que llevo, tanto valgo”. Si no quieres las zapatillas, nos vamos. Yo no te voy a comprar un cartel. Si necesitaras llevar un cartel para gritar al viento que has podido comprarte unas zapatillas caras, me daría mucha pena, Ana. Yo no te he educado así.

 —Mamá, pero si no se ve la marca, las chicas van a decir que son feas.

 —Nunca hubiera pensado que una cosa es bonita o fea porque ponga su marca en grande. Para eso, que vendan unos sacos de patatas con su logo, y ale, todos con los sacos por la calle.

 —Mama…

 —Tú no eres unas zapatillas rosas. Eres Ana.

 Ana finalmente accedió a comprarse las zapatillas con el logo más discreto. Quizá en ese momento aprendió que no necesitaba otras zapatillas y que lo que buscaba en ellas era algo que no le podía dar un objeto. La identidad se construye. No llevar un objeto simplemente para ostentar es un lujo que pueden permitirse pocos.

Pudiera ser…

Ese reto y apuesta desmedida,

que a destiempo te prueba

y te nomina,

y también te reclama

y desconcierta,

pudiera ser la vida.

Aquello que te pide y te confía

que des un paso más,

que no abandones,

que subas los peldaños,

que destierres

la sensación de pérdida y la huida.

Pudiera ser la vida simplemente,

omitir esas nieblas pasajeras,

cerrar los ojos y aprehender el tiempo,

olvidarse del miedo

nunca cerrar el libro,

nunca poner finales,

para renacer en todos los principios.

No importa cuando llegues o te vayas,

tarde o temprano, en caída o maremoto,

al final toda luna es un anuncio

de que pronto saldrá el sol,

que la luz brilla

cuando piensas que todo está perdido.