Dentro de mí percutían unos versos abruptos. Sentía dolor e impotencia. Mi imaginación, sin embargo, me llevó por otros derroteros.
He visto una mujer alada, de sonrisa apacible y armoniosa. Una mujer de piel brillante, traslucida como un espectro, bendecida por el torrente de las aguas.
— Vengo a hablar por todas para todas — dijo. Su voz apaciguaba mis oídos, era calma, tan cálida, como una estrella. — No temas, no vengo a anunciar mares apocalípticos, ni hablar de dogmas ni ausencias. Habitaré vuestros sueños hasta que despierten las palabras de los árboles. Mi dolor percute como un fuego extraño y la gravedad se oculta en el paisaje. Todo flota. La materia es elástica, como una goma espuma. La miro y todo se recompone. — No dejes que el dolor te paralice. Escucha, no hay nada sincero en este viento maldito que acobarda las murallas de la tierra. Los tambores de guerra rezuman por dentro, están podridas las trompetas de la ira. — El príncipe de la mentira ha usurpado el trono desde el comienzo de los tiempos — dije. — Los hombres, han sido los hombres, aquellos que se regocijan del sacrificio de la sangre ajena. Recuerdas, esos templos con cimientos bañados por la sangre inocente. Ese olor maldito, con muchos nombres, bajo muchos cuentos. Son los hombres. La luz no precisa de sangre para regalarte sus ráfagas generosas. — Pero tú no eres humana… — La piel que tu vistes lleva un sello de olvido y debes desasirlo de tu ropa. Mira… Su mano ligera me señala un árbol. Y se abre su copa como si fuera un abanico. En ella veo una hoguera, gritos, el dolor de inocente. Veo gente alrededor, mucha gente. —¿Quién si no es un depravado puede presenciarlo? — Respira — me dice —Y toma aire. Me trago el fuego como si fuera un faquir. Y se pegan pedazos del tiempo. Las quemadas alcanzan la indulgencia del agua, renaciendo entre cenizas. — Reconforta poder hacer eso, pero quién podría… — No preguntes con los ojos clavados en la estaca de los vampiros de sueños. Eres mujer, rebelde, manzana y universo. Nuestro útero es un maravilloso ejemplo de esa vertebral formación. No dejemos que nuestros hijos pasen por el fuego de ningún dios humano, de ningún poderoso. Ya comimos el fruto de la ciencia. Ahora vamos por el árbol de la vida. El custodio es solo un holograma, porque el verdadero fruto lo tenemos dentro.
No se trata de ser inmortal, pensé. Se trata de ser rebelde a toda violencia. Y siguió el dolor percutiendo versos abruptos, pero fuertes en rebeldía.
La tierra desangrada es una tierra extraña, demasiado agria para sentirla propia, cruentos, limitantes, parecen sus designios, y la luna se amarga sobre un cielo en silencio. Y eres tú quien decreta un terrible castigo, Imaginando naipes de tela descosida, remendados de alambre, y esposas que subyugan. El miedo te acobarda, y la mirada calla, el paso se detiene, y esa tierra atrapada, va trabando grietas en los propios zapatos y acaba contagiando a nuestras propias manos. Caemos sobre el suelo, donde el árido fruto apenas ramifica y todo sobrecoge, el cuerpo se hace rígido, se toma por emblema un estandarte roto por ajenas batallas, los ojos desconectan, no sueñan, no respiran aquel tributo fresco de cada primavera, nos dejamos perder y por perdidos somos, agitando ese vórtice de extremos insondables.
Y sabes que te digo, levantemos el paso, si el pasado no es, tampoco lo es el límite, no parece sencillo, pero por eso mismo es tan solo un engaño que te deja perdido. Tienes piernas y brazos, estamos preparados, podemos alcanzar aquella fuente de agua y regar las entrañas desangradas y fieras, para que reverdezca de nuevo la esperanza, Pues sabiéndose vivo ya no hay reto que anule la suave templanza de un silencio nocturno tu futuro ya es tuyo y tuyo es este vuelo, las flores de tu cuarto, el jardín de tus ojos, el café de la tarde, el abrazo de amigo, y ese beso que eterno deposito en tu oído para que tú me escuches cuando yo esté perdida, para que tú me busques cuando tú estés perdido, y seamos sustento de lo que no fue escrito.
Si bien la crítica activa, siempre desde el respeto, el cariño y las buenas palabras, puede ayudarnos a mejorar, la toxicidad del reproche convierte las relaciones en una solera de cemento en la que no pueden crecer las flores.
Pienso que la frase “he dicho lo que pensaba” a veces no es tan positiva como nos parece; no hay que decir siempre lo primero que se te venga a la cabeza, lejos de ser sincero- no lo es a menudo porque está contaminado por la ira, la rabia o el dolor- es más bien imprudente cuando no se ha medido el daño que pueden provocar las palabras.
En ocasiones todo parece salir mal. Nos sentimos emocionalmente heridos y descendemos, con nuestros demonios, a los parajes más oscuros de nuestros miedos. Podría haber hecho, debería haber hecho, no lo debí permitir, tendría que... Este poema habla de ese momento en el que ya estamos cansados de ese martirio. Decidimos abandonar la tiranía de nuestra propia mente y ya no nos importan sus machacones mensajes de culpa o de rabia Y, curiosamente, en este momento, comenzamos a sentirnos mejor. Hay veces que la oscuridad es la que nos permite ver la luz.
Reinvento ese grito,
que me abrasa,
pues no hay brebaje que calme la comezón de mi piel,
Imagina que puedes trasladarte entre un bosque de nubes; que eres ligero, ligera, porque has soltado todo aquello que te oprimía. Cuando abras la ventana de tu mente y puedas alcanzar aquel castillo, ya no estará encadenado. Flotará, sin gravedad, ligero. Tú lo habrás liberado y te habrás liberado. No hay cargas. El futuro no pide cuentas ni reproches. Desata las cadenas. Tu fantasía se hará en ti, libre, suave…sin peso…soltando…