Bukowski

Este mi poema va dedicado a un último maldito. Maestro en ese ver profundo en el reflejo de nuestras miserias. Ahi, va…

Sangrar los dedos,

mientras las teclas absorben la vida

y te devuelven

duplicada

la abrupta sinceridad de quien no posee

ningún emblema debajo de su ropa.

Tus versos sobre mis dedos,

deslizándose,

sobre las caras lánguidas,

esas caras derrotadas

que no comprenderán el juego
de ser artificio en  noches invernales

y nieve sobre el verano.

 Dices que creerán

 que nuestro amor es imperfecto,

porque no han sido capaces

de amar plenamente.

Es cierto,

no hay nada perfecto,

si se siente

y todo es acorde,

si simplemente se asiente

ajeno,

al devenir de las notas redoblando,

la marcha triunfal,

esa indecente caída,

que arrebata la inocencia

bajo un papel de celofán.

La indecencia no está en sorberse el sexo,

ni en abarrotarse del vino más barato,

ni siquiera en la caída libre sobre los adoquines

de la impaciencia,

la indecencia está en no sentir,

más que el odio perfecto.

Los dedos siguen desangrándose

y ya me es ordinaria

su cadencia.


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Escribimos

              Escribimos

                en la purga incesante de un intestino carroñero,

el balón del mundo postrado ante los ojos,

               esos ojos,

        que se resisten a navegar silenciados

sobre los cristales que se clavan en la huida,

           de la conformidad

                   de un plato de lentejas.

             Escribimos,

             para no persistir ajenos

al pulso de las rocas

               y levitar sobrevolando mares de palabras,

esas palabras,

              que han de traer nueva savia a nuestras venas

y la renovación de nuestra boca.

           Escribimos,

              para resquebrajar las convenciones

                   desatar tempestades,

                sobre el fruto carnoso del deseo

              y traer las verdades a la mesa.

            Escribimos

                en el espacio del comensal ausente,

                   con la cómplice fecundidad

                    de acumular manzanas

                          para mayor gravedad del plato

                    y el desacierto de las flechas.

            Por eso,

                     la poesía duele,

a veces

                      tanto,

                      como la vida

Eloisa ya es poeta

Sus manos avejentadas se posaban sobre aquel trozo de papel, muy arrugado, que escondía un poema que escribió en su juventud e intentaban estirarlo lo mejor posible. La soledad se derretía en sus párpados, mientras desde la ventana de la residencia de ancianos, observaba el tránsito incesante de la calle. Se veía reflejada en aquellos rostros jóvenes que bulliciosamente corrian, galopando entre risas, en la madre que empujaba un carrito de bebé, en la mujer apresurada para intentar evitar no llegar tarde al trabajo, a recoger al niño, al supermercado, a la cita…y pensaba lo que cambiaría si volviera a ser joven. Escribiría poesía, se decía, solo poesía

-¿Por qué no lo haces? Una voz sonaba lejos. En la habitación no había nadie.

– Soy Melchor- dijo desde la puerta un hombre disfrazado de Rey Mago, con una barba blanca que parecía de esponja.

-¿Qué haga qué? Preguntó Eloisa.

-Escribir, es lo que quieres no, dijo aquel hombre.

-Ya soy vieja-dijo Eloisa-pero gracias por el consejo.

-El mundo precisa voces viejas- afirmó el Rey Mago- aquellas que ya saben que caminar, subir las escaleras, ser capaz de leer o poder ver la sonrisa de un niño, es un regalo. El mundo ya está lleno de gente que expresa ira, rabía, desazón o que demanda que la providencia le resuelva su suerte. Cuéntales que harías tú si fueras ellos.

-Yo lo que haría- A Eloisa se le iluminó la cara- es pasear disfrutando del aire por el Retiro. No puedo hacerlo, ya apenas puedo moverme por aquí, irme a tomar un café a la calle Mayor, sentir el calor del sol sobre mi piel y sobretodo volver a ver el mar, dejando que las olas mojen suavemente mis pies.!Qué feliz sería si pudiera volver a ver el mar!

-Lo vés. Eloisa, ya eres poeta.

Aquel hombre se marchó dejándole sobre sus manos una pequeña libreta, en la que estaba impreso su viejo poema:

Exigir al viento que exhale su oxígeno,

hablarle, para hablarse a sí mismo,

enfadarse con el arrullo bullicioso de una simple rima,

cuando las palabras no hacen piruetas,

ni manan libres entre las hojas del bosque.

Clamar al oráculo,

cortando la baraja desde el mismo lado,

y esperar, esperar, que todo cambie.

La diosa fortuna,

posada,

sobre un cetro de mentiras.

La nada es un concepto dificil

el vacío siempre esta repleto de partículas,

y recuerda siempre a ese grito de náufrago

buscando un pasaporte hacia el oasis.

Cerrar los ojos y abrirlos nuevamente.

Aunque es cruel la medicina del reloj,

es la que te indica,

cuando ya casi no hay tiempo,

que simplemente observar es un regalo,

El rayo que me alcanza

Después de unos días de obligada actividad en otros ámbitos e inactividad del blog, ahí va mi primera recuperación:

 

EL RAYO QUE ME ALCANZA.

 

Yo me erijo entre las noches,

anestesiando el dolor entre la ropa,

pues el rayo que me alcanza

sobre la descordura de mis manos,

se erige en la sombra de los parias.

 

Cuando la condena es no poder confesarse,

es un insulto recibir castigo,

y no hay alimento que deslumbre

la lealtad del pasado,

el nuevo desconcierto

y el retablo de sueños de futuro.

 

El rayo que me alcanza

no tiene muesca ni número de serie

sino una decimal aproximación,

un maremoto,

de pulsiones que vienen y que van,

que a veces ni me escuchan

y que claman libertad cuando son yugo,

ese tan propio,

que eleva al victimario a tan alto poder

que incluso mendiga la indulgencia.

 

El rayo que me alcanza

tiene un poco de cielo entre su risa,

un segundo de luz,

ese que empuja,

con la fuerza titánica de un Dios

a los desamparados de la vida

 

Y aquí estoy, o estamos

para decir sin trampas

que la verdad perdura

y siempre en la baraja

hay un angélico comodín para el que sufre.

 

La cuestión es no perderse deslumbrado

ante el repóquer de quien aprisiona

en celdas de versiones la palabra.

 

 

 

Vital

No gusto rememorarme en épicas,

de batallar en asfalto de emboscadas

trincheras en olvido de las sombras,

las llagas, la crudeza en las entrañas.

 

Yo no digo que este tránsito sea fácil,

no lo es,

ni que yo misma,

no haya tropezado contra muros,

desangrado mis soles,

o temido haberme ahogado

en los mares de la impotencia.

 

Sin embargo,

una vez  llego  a la orilla,

me sacudo las larvas y las flechas

y destierro las cicatrices de mi ropa,

pues mi victoria es seguir mirando

la claridad de todas mis mañanas.

 

Amo, por convicción,

el suave talante de mi brisa,

la tersura de tus arrugas,

la tibieza de las noches,

la sonrisa de la piel recién duchada

y esa sensación de novedad

en cada instante

de la vida.

 

Por eso las batallas no las cuento,

porque la única materia contable

entre mis versos

son tus besos,

resguardados,

en el ancantilado de tu risa.

 

De mudanzas, patatas y teléfonos

 

              Hay un conocido chiste que habla de un insistente vendedor de patatas, quien las ofrece una y otra vez a una misma persona. Un día, hay un importante apagón, y el vendedor se le acerca diciéndole ¿Quieres velas? Los ojos como platos (al fin lo que le interesaba). “¿ De verdad, vendes también velas?”…”No si quieres velas(verlas)… las patatas”.

              Existen  incansables vendedores de patatas en la realidad. Llevo tres mudanzas  en esta Ciudad donde habito y trabajo, y el mismo vendedor de patatas. En el primer piso en el que viví ya hace años apareció un buen día un joven ofreciendo patatas. Vendía por sacos las patatas que cultivaba a domicilio y desde aquel día cada mes llamaba a la puerta por si quería comparle patatas. Me cambié de casa. No anuncié dicho cambio al joven de las patatas, pero luego comprobé que no era necesario. Era mejor que el CNI.  Un día, cuando iba paseando por la calle, me abordó diciéndome “no te acuerdas, soy el de las patatas…” Y así cambió su ruta a mi nueva dirección. Hace solo unos días me he cambiado de casa, Tan solo unos días os lo juro, llaman a la puerta, y cuando la abro, cual es mi sorpresa, el vendedor de patatas. Ahí estaba, con una flamante sonrisa, diciéndome “Oh…Te has cambiado. ¿Quieres patatas?”

             Bromas aparte, reconozco que es muy agradecido que te traigan unas buenas papas a domicilio, por lo que no me quejo.

             Lo que no sé es cómo diantres me puede localizar él sin problemas, y a telefónica le cuesta entender que no me he cambiado de Ciudad, insistiendo cuando navego o preguntó a Google en ofrecer las búsquedas en catalán o señalando que mi móvil tiene como ubicación Girona (y bien lejos me queda). Debe ser que nuestro joven vendedor es mucho más listo que el satélite, sin duda.

 

¡Feliz Miércoles a todos!!

Linaje

   Dice la leyenda artúrica que existen muchos reinos, guardando el grial. Quizá, la verdadera encomienda no es la tutela de ninguna posesión. Contrariamente,  lo que ha de custodiarse no es una copa, un plato, o un referente histórico, ni siquiera la memoría de alguien, sino nuestra propia esencia; la fuerza para mantener la claridad en la mirada.

               

   No beberé del agua de la inclemencia,

          ni de la ausencia de calor en los pasillos de la espera,

                        ni de ese ver al otro objeto, al otro perdido, en un yo no soy de esos,

                            destierro hacia el submundo inanimado.

 

                     No me sentaré a la mesa de los sabios

                 pero compartiré el azúcar de las manos tendidas,

                     ante los ojos de un niño que voltea las láminas de  un dibujo,

                         en los templos de la selva

                             

No creeré en las palabras de soberbia:

                   La impaciencia, el fracaso, la histeria, la noche, la sombra, la duda, el deseo, el ansia, la desolación y también el amor son tan humanos,

                  como los brazos recostados sobre el regazo madre

                         de todas las tormentas.

     Por eso, no quiero salvadores, ni hechiceros ni profetas

            quiero manos frágiles, ardientes, emotivas,

manos coronadas,

                       en el Outeiro Rei de todas nuestras vidas