El rayo que me alcanza

Después de unos días de obligada actividad en otros ámbitos e inactividad del blog, ahí va mi primera recuperación:

 

EL RAYO QUE ME ALCANZA.

 

Yo me erijo entre las noches,

anestesiando el dolor entre la ropa,

pues el rayo que me alcanza

sobre la descordura de mis manos,

se erige en la sombra de los parias.

 

Cuando la condena es no poder confesarse,

es un insulto recibir castigo,

y no hay alimento que deslumbre

la lealtad del pasado,

el nuevo desconcierto

y el retablo de sueños de futuro.

 

El rayo que me alcanza

no tiene muesca ni número de serie

sino una decimal aproximación,

un maremoto,

de pulsiones que vienen y que van,

que a veces ni me escuchan

y que claman libertad cuando son yugo,

ese tan propio,

que eleva al victimario a tan alto poder

que incluso mendiga la indulgencia.

 

El rayo que me alcanza

tiene un poco de cielo entre su risa,

un segundo de luz,

ese que empuja,

con la fuerza titánica de un Dios

a los desamparados de la vida

 

Y aquí estoy, o estamos

para decir sin trampas

que la verdad perdura

y siempre en la baraja

hay un angélico comodín para el que sufre.

 

La cuestión es no perderse deslumbrado

ante el repóquer de quien aprisiona

en celdas de versiones la palabra.

 

 

 

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Vital

No gusto rememorarme en épicas,

de batallar en asfalto de emboscadas

trincheras en olvido de las sombras,

las llagas, la crudeza en las entrañas.

 

Yo no digo que este tránsito sea fácil,

no lo es,

ni que yo misma,

no haya tropezado contra muros,

desangrado mis soles,

o temido haberme ahogado

en los mares de la impotencia.

 

Sin embargo,

una vez  llego  a la orilla,

me sacudo las larvas y las flechas

y destierro las cicatrices de mi ropa,

pues mi victoria es seguir mirando

la claridad de todas mis mañanas.

 

Amo, por convicción,

el suave talante de mi brisa,

la tersura de tus arrugas,

la tibieza de las noches,

la sonrisa de la piel recién duchada

y esa sensación de novedad

en cada instante

de la vida.

 

Por eso las batallas no las cuento,

porque la única materia contable

entre mis versos

son tus besos,

resguardados,

en el ancantilado de tu risa.

 

De mudanzas, patatas y teléfonos

 

              Hay un conocido chiste que habla de un insistente vendedor de patatas, quien las ofrece una y otra vez a una misma persona. Un día, hay un importante apagón, y el vendedor se le acerca diciéndole ¿Quieres velas? Los ojos como platos (al fin lo que le interesaba). “¿ De verdad, vendes también velas?”…”No si quieres velas(verlas)… las patatas”.

              Existen  incansables vendedores de patatas en la realidad. Llevo tres mudanzas  en esta Ciudad donde habito y trabajo, y el mismo vendedor de patatas. En el primer piso en el que viví ya hace años apareció un buen día un joven ofreciendo patatas. Vendía por sacos las patatas que cultivaba a domicilio y desde aquel día cada mes llamaba a la puerta por si quería comparle patatas. Me cambié de casa. No anuncié dicho cambio al joven de las patatas, pero luego comprobé que no era necesario. Era mejor que el CNI.  Un día, cuando iba paseando por la calle, me abordó diciéndome “no te acuerdas, soy el de las patatas…” Y así cambió su ruta a mi nueva dirección. Hace solo unos días me he cambiado de casa, Tan solo unos días os lo juro, llaman a la puerta, y cuando la abro, cual es mi sorpresa, el vendedor de patatas. Ahí estaba, con una flamante sonrisa, diciéndome “Oh…Te has cambiado. ¿Quieres patatas?”

             Bromas aparte, reconozco que es muy agradecido que te traigan unas buenas papas a domicilio, por lo que no me quejo.

             Lo que no sé es cómo diantres me puede localizar él sin problemas, y a telefónica le cuesta entender que no me he cambiado de Ciudad, insistiendo cuando navego o preguntó a Google en ofrecer las búsquedas en catalán o señalando que mi móvil tiene como ubicación Girona (y bien lejos me queda). Debe ser que nuestro joven vendedor es mucho más listo que el satélite, sin duda.

 

¡Feliz Miércoles a todos!!

Linaje

   Dice la leyenda artúrica que existen muchos reinos, guardando el grial. Quizá, la verdadera encomienda no es la tutela de ninguna posesión. Contrariamente,  lo que ha de custodiarse no es una copa, un plato, o un referente histórico, ni siquiera la memoría de alguien, sino nuestra propia esencia; la fuerza para mantener la claridad en la mirada.

               

   No beberé del agua de la inclemencia,

          ni de la ausencia de calor en los pasillos de la espera,

                        ni de ese ver al otro objeto, al otro perdido, en un yo no soy de esos,

                            destierro hacia el submundo inanimado.

 

                     No me sentaré a la mesa de los sabios

                 pero compartiré el azúcar de las manos tendidas,

                     ante los ojos de un niño que voltea las láminas de  un dibujo,

                         en los templos de la selva

                             

No creeré en las palabras de soberbia:

                   La impaciencia, el fracaso, la histeria, la noche, la sombra, la duda, el deseo, el ansia, la desolación y también el amor son tan humanos,

                  como los brazos recostados sobre el regazo madre

                         de todas las tormentas.

     Por eso, no quiero salvadores, ni hechiceros ni profetas

            quiero manos frágiles, ardientes, emotivas,

manos coronadas,

                       en el Outeiro Rei de todas nuestras vidas

                 

 

 

 

23 días

23 días,

penitentes,

por un golpe de quimio,

cabalgando

como una pena sin ley,

en el código de todas las sonrisas.

Cuántas veces

se hacía mudo el silencio,

retándonos,

impotentes,

sobre la extrema luz de esos ojos

hacia el infinito.

Cuántas veces,  campeona,

frente a las cédulas de la ira…

 

23 dias,

cuántas veces,

sobrepasando los decibelios de todas ordenanzas,

enredamos la música hasta los cielos,

mientras bailábamos

para saciarnos de angustia,

tacónes sobre el suelo,

desatando

los timbales del miedo,

arrebatándonos,

los minutos que restan.

 

23 días.

cosiéndonos los hilos,

para no perdernos

y no dejar de verte.

Mal hombre

Cuanta indolencia maquillada

en las lagunas de los miedos,

cuanta madre acallada

sobre la sombra tintineante de testosterona

cuanta deshonra

cuantos pasos,

negativos,

pretendiendo callar

progesterona y estrógeno,

la simiente de la luna.

El tiempo

La arena, deslizándose,

sobre tus manos

en su inquebrantable volteo

con el machacón sonido de un despertador antiguo

tic tac tic tac , sobre tus dedos

respondiendo a la llamada de las arrugas.

Tic tac tic tac

La arena, siempre movediza

guillotinando las horas…

 

 

Los días son una apuesta contra-reloj

en el deseo de no llegar nunca a la meta

No estás permanentemente en la casilla de salida,

por mucho que curvemos el espacio

derrotándonos en una maratón de alegorías.

 

 

Y tú me miras y asientes, carpe diem, carpe diem,

yo no sé si desmentirte o arroparte,

en realidad fue ayer cuando nos vimos,

y nunca se vive lo suficiente

cuando la enredadera de tus besos

se pega al horizonte de sucesos