Vital

No gusto rememorarme en épicas,

de batallar en asfalto de emboscadas

trincheras en olvido de las sombras,

las llagas, la crudeza en las entrañas.

 

Yo no digo que este tránsito sea fácil,

no lo es,

ni que yo misma,

no haya tropezado contra muros,

desangrado mis soles,

o temido haberme ahogado

en los mares de la impotencia.

 

Sin embargo,

una vez  llego  a la orilla,

me sacudo las larvas y las flechas

y destierro las cicatrices de mi ropa,

pues mi victoria es seguir mirando

la claridad de todas mis mañanas.

 

Amo, por convicción,

el suave talante de mi brisa,

la tersura de tus arrugas,

la tibieza de las noches,

la sonrisa de la piel recién duchada

y esa sensación de novedad

en cada instante

de la vida.

 

Por eso las batallas no las cuento,

porque la única materia contable

entre mis versos

son tus besos,

resguardados,

en el ancantilado de tu risa.

 

Anuncios

De mudanzas, patatas y teléfonos

 

              Hay un conocido chiste que habla de un insistente vendedor de patatas, quien las ofrece una y otra vez a una misma persona. Un día, hay un importante apagón, y el vendedor se le acerca diciéndole ¿Quieres velas? Los ojos como platos (al fin lo que le interesaba). “¿ De verdad, vendes también velas?”…”No si quieres velas(verlas)… las patatas”.

              Existen  incansables vendedores de patatas en la realidad. Llevo tres mudanzas  en esta Ciudad donde habito y trabajo, y el mismo vendedor de patatas. En el primer piso en el que viví ya hace años apareció un buen día un joven ofreciendo patatas. Vendía por sacos las patatas que cultivaba a domicilio y desde aquel día cada mes llamaba a la puerta por si quería comparle patatas. Me cambié de casa. No anuncié dicho cambio al joven de las patatas, pero luego comprobé que no era necesario. Era mejor que el CNI.  Un día, cuando iba paseando por la calle, me abordó diciéndome “no te acuerdas, soy el de las patatas…” Y así cambió su ruta a mi nueva dirección. Hace solo unos días me he cambiado de casa, Tan solo unos días os lo juro, llaman a la puerta, y cuando la abro, cual es mi sorpresa, el vendedor de patatas. Ahí estaba, con una flamante sonrisa, diciéndome “Oh…Te has cambiado. ¿Quieres patatas?”

             Bromas aparte, reconozco que es muy agradecido que te traigan unas buenas papas a domicilio, por lo que no me quejo.

             Lo que no sé es cómo diantres me puede localizar él sin problemas, y a telefónica le cuesta entender que no me he cambiado de Ciudad, insistiendo cuando navego o preguntó a Google en ofrecer las búsquedas en catalán o señalando que mi móvil tiene como ubicación Girona (y bien lejos me queda). Debe ser que nuestro joven vendedor es mucho más listo que el satélite, sin duda.

 

¡Feliz Miércoles a todos!!

Linaje

   Dice la leyenda artúrica que existen muchos reinos, guardando el grial. Quizá, la verdadera encomienda no es la tutela de ninguna posesión. Contrariamente,  lo que ha de custodiarse no es una copa, un plato, o un referente histórico, ni siquiera la memoría de alguien, sino nuestra propia esencia; la fuerza para mantener la claridad en la mirada.

               

   No beberé del agua de la inclemencia,

          ni de la ausencia de calor en los pasillos de la espera,

                        ni de ese ver al otro objeto, al otro perdido, en un yo no soy de esos,

                            destierro hacia el submundo inanimado.

 

                     No me sentaré a la mesa de los sabios

                 pero compartiré el azúcar de las manos tendidas,

                     ante los ojos de un niño que voltea las láminas de  un dibujo,

                         en los templos de la selva

                             

No creeré en las palabras de soberbia:

                   La impaciencia, el fracaso, la histeria, la noche, la sombra, la duda, el deseo, el ansia, la desolación y también el amor son tan humanos,

                  como los brazos recostados sobre el regazo madre

                         de todas las tormentas.

     Por eso, no quiero salvadores, ni hechiceros ni profetas

            quiero manos frágiles, ardientes, emotivas,

manos coronadas,

                       en el Outeiro Rei de todas nuestras vidas

                 

 

 

 

23 días

23 días,

penitentes,

por un golpe de quimio,

cabalgando

como una pena sin ley,

en el código de todas las sonrisas.

Cuántas veces

se hacía mudo el silencio,

retándonos,

impotentes,

sobre la extrema luz de esos ojos

hacia el infinito.

Cuántas veces,  campeona,

frente a las cédulas de la ira…

 

23 dias,

cuántas veces,

sobrepasando los decibelios de todas ordenanzas,

enredamos la música hasta los cielos,

mientras bailábamos

para saciarnos de angustia,

tacónes sobre el suelo,

desatando

los timbales del miedo,

arrebatándonos,

los minutos que restan.

 

23 días.

cosiéndonos los hilos,

para no perdernos

y no dejar de verte.

Mal hombre

Cuanta indolencia maquillada

en las lagunas de los miedos,

cuanta madre acallada

sobre la sombra tintineante de testosterona

cuanta deshonra

cuantos pasos,

negativos,

pretendiendo callar

progesterona y estrógeno,

la simiente de la luna.

El tiempo

La arena, deslizándose,

sobre tus manos

en su inquebrantable volteo

con el machacón sonido de un despertador antiguo

tic tac tic tac , sobre tus dedos

respondiendo a la llamada de las arrugas.

Tic tac tic tac

La arena, siempre movediza

guillotinando las horas…

 

 

Los días son una apuesta contra-reloj

en el deseo de no llegar nunca a la meta

No estás permanentemente en la casilla de salida,

por mucho que curvemos el espacio

derrotándonos en una maratón de alegorías.

 

 

Y tú me miras y asientes, carpe diem, carpe diem,

yo no sé si desmentirte o arroparte,

en realidad fue ayer cuando nos vimos,

y nunca se vive lo suficiente

cuando la enredadera de tus besos

se pega al horizonte de sucesos

 

 

El secreto de Santiago López

                  

                  La familia de Santiago era una familia feliz.  Sus abuelos, siempre tan sonrientes, Ángel y Laura, sus padres, Lisa y Quique, y su pequeño hermano Luis de siete años. Santiago tenía ya quince años y era un gran aficionado a la astronomía. Podía pasar noches y noches contemplando las estrellas. Su abuelo le observaba y le decía siempre la misma frase: “En algún momento todos seremos una estrella de ese firmamento”.

                Todos vivían en una bonita casa en el centro de la ciudad, con un impresionante jardín de margaritas. Sí Margaritas, porque a la abuela de Santiago le gustaban mucho las margaritas. Un día la abuela se puso mala, muy mala. Santiago tuvo miedo y rezó, rezó mucho para que se curase. Sorprendentemente pasados dos días el milagro se hizo y su abuela, de ochenta años, volvió a florecer tan impresionantemente fuerte como sus margaritas. Otro día su padre tuvo un fatal accidente. Eso sí que fue terrible, pensó lo peor, pero mirando al firmamento pidió a las estrellas que lo curasen. Y así se hizo.  Por eso Santiago se sentía tan seguro contemplando el cielo desde la ventana de su cuarto.

              El abuelo llevaba tres días algo molesto, así que llamó a Santiago.

  • Santiago, ven, debo contarte algo

               Santiago accedió. El abuelo abrió una puerta secreta, y tanto, jamás hubiera pensado estaba ahí, tras el hueco de la escalera y llevaba a una gran estancia, en la que había máquinas que nunca había visto, ordenadores, impresoras 3d muy sofisticadas y otros artilugios que no conocía. En una cámara adyacente el más terrorífico escenario. Unos robots que parecían de carne y hueso con la apariencia de su abuelo, de su madre, de Luis y de él.

  • Tendrás que irlos renovando a medida que crezcáis o tu madre envejezca- dijo el abuelo. Queda en tus manos decidir cuándo debamos morir. Dentro de unos días deberás elegir si continuas con mi labor y me revives. No tenemos mucho tiempo y tienes mucho que aprender.

            El abuelo enseñó a Santiago grandes conocimientos de robótica, el uso de la maquinaría y la paciencia del trabajo anticipado. Curioso, el abuelo preparaba con mimo su propio robot.

           Al cabo de tres días el abuelo entró en coma. Cuando el médico de diagnóstico su muerte cerebral, Luis pidió a las estrellas del firmamento, que tanto caso habían hecho a su hermano Santiago, que no le pasara nada al abuelo. Y el milagro se hizo. Ahí estaba su abuelo ¡curado!

            Es reconfortante sentirse seguro mirando a las estrellas.